el interpretador aguafuertes

 

Múltiples personalidades

Usted abre un mail, un cajón, una carta, y piensa cosas

Usted

 

 

 

 

Usted hace muchas cosas y piensa. Cosas. Claro. Hoy, por ejemplo, rozando el límite temporal de envío de esta columneja, abre un mail y piensa cosas. No piensa en escribir esto. Piensa otras. Más banales, más prosaicas. Más otra cosa que esto. Entonces: mail que se abre y pregunta de amigo. ¿Sabés que en la revista Pirulito están usando el mismo procedimiento de Usted? Usted pasea por la calle y se pregunta para qué sirve la literatura. O algo así. Más o menos. Más menos que más, posiblemente.

Entonces Usted sorpresa. Usted cierta incomodidad. Usted un poco de ofensa. Usted levemente indignada. Usted googlea la revista Pirulito (y no, no va a poner el nombre de la revista así no salen corriendo a leerla, por razones que pronto se revelarán). La revista Pirulito no tiene website. Punto a favor. Punto en contra. Habrá que esperar hasta leer el posible plagio. Corneta de aviso: ¿plagio? ¿Qué es eso? ¿De qué se trata plagiar a alguien? Hace días hablaba de homenajear a Ionesco. Hoy cree que es digna de ser plagiada. Palabras que reordenan el caos del caso: un recurso ampliamente usado, la apelación al lector, la aproximación a la experiencia, el juego de pronombres que rompe, cada tanto, la hegemonía del narrador.

La calma retorna. La calma se va. Llega la duda. ¿Y si en Pirulito Usted es mejor? ¿Y si Usted-Pirulito es más interesante? ¿Pensará mejores cosas? ¿Las expresará de forma más divertida? Ay, caramba, qué dilema. ¿Usted se ofende? ¿O decide plagiar a su vez a Usted-Pirulito? ¿Y si le propone a Usted-Pirulito escribir las aguafuertes de forma conjunta? De esa forma, se ahorraría una escritura velocísima y bien vacía de sentido mes por medio. Buen negocio. Usted piensa. Será cuestión de cambiar un par de adjetivos. Abusar de algunos adverbios para darle un toque personal. Quizás juguetear con algunas palabras, con la disposición en la página, con la puntuación.

Usted medita brevemente sobre el caso del coso.

Usted piensa, ahora [en-es-te-mo-men-to], sobre este texto. Repasa lo escrito ya en casi dos años. Rescata solo uno de los tantos textos aporreados en esta y otras maquinolas. Entiende que no se puede robar tanto, durante tanto tiempo, sin que la cosa se ponga fulera.

¿Será hora de despedirse? ¿Será, quizás, este, el momento de sacrificar a Usted en pos de una nueva idea, una chiquita, diminuta, titilante, lejana, idea? Una robada, aunque sea. Las ajenas son mejores. Como las novias.

Repasa, como la tabla del 2, el resto de los prohombres que le quedan. ¿Quién será la próxima víctima? ¿Yo? Nahh. Decir yo es un acto de fé. ¿Tú? Pasa. El tú mejor para las canciones de Christian Castro. ¿Él? La tercera está demasiado gastada. ¿Nosotros? Y entonces algo suena. Puede que sea algo que se rompe. Pero algo suena.

Es un recuerdo. Estamos jodidos: se nos puso nostálgica.

Usted recuerda. Como en las mejores telenovelas, si en los últimos diez minutos no matamos a alguien o alguien se casa (todo esto puede ocurrir al mismo tiempo, claro), recordamos tiempos pasados.

Usted revuelve el cajón del escritorio [de-es-te-es-cri-to-rio] y saca un sobre. De la época en que las cartas se escribían en papel, se metían en sobre y se mandaban. O no. Esta carta está en el cajón hace... [ahora, a-ho-ra, revisa el sobre] más de dos años. Fue escrita el 18 de agosto de 2003. A la tarde. Después de una siesta perezosa. La carta tiene una introducción, una dedicatoria. Usted omitirá en este momento [en-es-te] detalles para proteger la identidad de... en realidad, para ocultar ciertas metáforas espantosas solo achacables a su juventud.

He aquí la carta en sí:

No recuerdo bien cómo comenzó. Quizás, como todos los sueños: de repente. Estoy sentada en una silla de la facultad, en un aula de la facultad, en esta misma, donde ahora lees esta carta (1). De alguna manera, sé que es miércoles y que son las dos de la tarde. A mi derecha está sentada una chica que nunca vi en mi vida. A mi izquierda está sentada Vanesa, una compañera de la secundaria que alguna vez fue mi mejor amiga. En unos segundos llegan dos chicos y se sientan enfrente mío. Yo tengo algo en las manos, quizás un libro, y lo sujeto frente a mi cara, me tapo, para no ver lo que pasa. Presiento que las cosas son extrañas, que algo anda mal. Tengo la sensación de que estoy en la reunión de otro Potrero, pero no sé cuál (2). De pronto, escucho que uno de los pibes dice: sí, sí, y me parece que Berduque perdió a la quiniela. En ese momento siento un calor en el pecho, palpitaciones y sé que es furia. Tres pasos. Me cuesta articular las palabras y más aún porque estoy enojada. Mi voz brota casi desde mi estómago y le pregunto: ¿Cómo te llamás? Se ríe, mira a su amigo, luego a mí: Sánchez. Mirá, Sánchez, le digo, te prohíbo que uses mi apellido junto a una palabra tan pelotuda como quiniela. El pibe se ríe pero yo quiero que se calle y no entiendo qué hace en una reunión del Potrero. La desconocida de atrás murmura algo. Me doy vuelta. ¿Qué te pasa?, le grito. Ella mantiene la calma: que ya mandaste mucha mala onda por mail, ¿viste?. Quisiera arrancarme los oídos porque no puedo creer lo que escucho. ¿Quién es esta pelotuda y cómo leyó los mails del Potrero? Espero que Vanesa diga algo para putearla de arriba abajo, pero se mantiene callada.

En un segundo, justo cuando veo que el aula es inundada por una horda de desconocidos de todo tamaño y color, resuelvo salir a buscarte. Comienzo a recorrer los pasillos pero me doy cuenta de que ya no estoy en la facultad. Corro por los pasillos del primer piso del colegio Mariano Acosta, pero aún así tengo la esperanza de encontrarte, tengo la certeza de que vos tenés la culpa de todo. Me meto por un pasillo largo y oscuro que me recuerda al cuento "La escuela de noche", de Cortázar. Y en realidad la atmósfera es similar: pesada, acuosa, delirante, como un sueño. Hay puertas altísimas de madera por todas partes, gente que corre y me entorpece el camino. Las paredes son de un color espantoso, sangre y cal estilo Barbie.

No sé cómo, pero te encuentro caminando hacia el aula. Te veo y estás cambiado; de repente, me doy cuenta de que te parecés muchísimo a un actor de Hollywood. Te paro, pero seguís caminando. Voy a los saltitos al lado tuyo para alcanzarte y que me escuches.

- ¿Qué carajo está pasando en el Potrero?

- Pará, no te pongas loca – me decís muy calmo, desde tu cabeza rapada y cubierta por una especie de sábana blanca.

Y ahora te veo como una mezcla de Vincent D´Onofrio y Ghandi, y me pongo más loca, a pesar de tu advertencia, y te quiero arrancar la sábana, porque yo sé que vos sos Juan, no un actor y menos un mesías.

- Lo que pasa es que las cosas cambiaron y vos sos muy loca y te interesan otras cosas. Ahora vamos a trabajar junto al pueblo.

Tus palabras se pierden en el barullo porque no me mirás al hablar, mantenés tu cabeza erguida y seguís caminando. Llegamos a uno de los descansos de las escaleras de la facultad, pero al lado hay una cocina, de la que sale un vapor horrible. Vos te sentás en los escalones, yo te obligo, y pasás el dedo por un tacho marrón que siempre tuviste en las manos. Luego te metés el dedo en la boca y lo chupás con placer, como si estuvieras juntando los restos de una crema o algo así. Yo sigo gritándote, pero ahora mi ataque de ira y el vapor me dan ganas de llorar. Vos estás sentado, impasible.

- Hubo un aviso – me decís, y me enumerás todas las cosas que había que llevar para el miércoles.

- ¿Pero cuándo avisaron eso? – grito de nuevo, y antes de que contestes me doy cuenta de que hace unos días no tengo computadora. Intento calmarme, explicarte todo, pero es en vano.

- No te pongas loca - repetís

- Pero, ¿y los chicos? – pregunto – No ví a ninguno

- No sé – respondés, y parece que no te importa.

Todo perdido. El vaho de la maldita cocina es insoportable. Terminás de pasarle el dedo al tacho y me lo das. Es tuyo, me decís. Muy rica, me decís.

El colmo: no sólo me dejás afuera del Potrero con tus ideas socialistas, también me mandás a lavar los platos.

Se acabó. Mientras voy a buscar la mochila que dejé en el aula, te digo: Lo único que vas a ganar es que nos vayamos todos y te dejemos solo, y armemos el Potrero en otra parte.

No veo tu reacción porque me voy corriendo. No sé cómo volver al aula porque estoy de nuevo en el Acosta. Comienzo a bajar una escalera, pero tropiezo porque está hecha de adoquines rosa, me resbalo y comienzo a caer. Bajo la escalera interminable casi sentada. Finalmente veo el aula: está llena de gente que espera algo. En el fondo hay chicos jugando y gritando. No entro, doy por perdida también la mochila (3). No veo ninguna cara conocida, nadie que me salve. Me voy antes de que vos llegues a hablarle a esa masa como un gran líder, con turbante y todo.

Me voy con la certeza de que ese es otro Potrero: el Potrero Solidario.

Carolina

 

Usted piensa. Le duelen las manos de tanto tipear. Piensa. ¿Habrá sido capaz alguna vez de hablar desde el Nosotros? ¿Lo será el mes que viene? ¿Es la literatura una cuestión de muchos? Piensa. Los dedos que duelen. Un acto casi casi onanista. Pura paja intelectual, diríamos [ups: nosotros!].

Usted

 

 

(1) Esta carta nunca fue entregada, por lo que esto es falso.

(2) El Potrero Literario fue un grupo formado por estudiantes de Letras de la materia Literatura Argentina II, que huían de los teóricos narcolépticos del Prof. Romano para leer y comentar producciones propias.

(3) Cualquier semejanza con Casa Tomada es pura coincidencia.

 

 

 
 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Usted

Nació en Buenos Aires, en el año 1980. Estudia letras en la Universidad de Buenos Aires. En otra vida quisiera ser un libro. En esta también.

Publicaciones en el interpretador:

Número 4: julio 2004 - Usted decide ir al teatro y preguntarse cosas (Didascalia, o la aventura de ser algo más que un espectador) (aguafuertes)

Número 6: septiembre 2004 - ¿Qué hacemos acá, leyendo esto? Usted va a la facultad y se pregunta cosas (aguafuertes)

Número 7: octubre 2004 - Relato del grillo y la identidad Usted va a un concierto y se pregunta cosas (aguafuertes)

Número 9: diciembre 2004 - Usted navideño (yingle bel, yingle…) Usted sale a la calle un día de diciembre, huele la Navidad y piensa cosas (aguafuertes)

Número 11: febrero 2005 - Usted se toma el 21 y piensa cosas

Número 16: julio 2005 - Migajas. Usted tiembla en Plaza Italia y piensa cosas

Número 17: agosto 2005 - Otitis. Usted se enferma y piensa cosas

Número 18: septiembre 2005 - Formas de la orientación. Usted se pierde en Buenos Aires y piensa cosas

Número 19: octubre 2005 - Fragmentos de una confusión - Usted va a clase y piensa cosas

Número 20: noviembre 2005 - Elemental, Cacho - Usted reniega del anecdotismo


   
   
   
   
   
 
 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: René Magritte, Golconde (detalle).