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Carta ampliada

Sobre dos artículos (Acerca de la rebelión envasada y La cifra de un arrepentimiento) publicados en el número de octubre de el interpretador

Diego Toribio Achaval

 

 

 

El texto que sigue a continuación es la ampliación de los conceptos expresados en un e-mail que remití a el interpretador con motivo de los artículos publicados en la sección “en discusión” del número del mes de octubre pasado.

 

A los miembros de el interpretador:

Acabo de leer los dos artículos que aparecieron en la sección "en discusión" del último número de su revista (10/04), sobre los que me interesa hacer algunos comentarios.

Beatriz Sarlo es el epicentro de los ataques en ambos textos. La ráfaga de ametralladora también pega con fuerza sobre la Facultad de Filosofía y Letras (Puán), sobre Jorge Panesi, así como sobre la deconstrucción. Ahora bien, desde dónde se aprieta el gatillo crítico. Desde la reivindicación de la militancia de los años 70, desde cierto anti-academicismo, desde cierta hermenéutica que desde el marxismo abraza la contribución de Walter Benjamin, y sobre todo, desde una vocación enunciada de modificar radicalmente la sociedad.

Está claro -al menos para los que andamos metiendo las narices en el campo cultural porteño desde hace algunos años- que no hay nada demasiado original en el planteo de dicho antagonismo. Es más, creo que es el Boca - River de la calle Corrientes, que se viene jugando durante los últimos 20 años. Con esto quiero significar que quienes critican están tan insertos (al menos sus palabras lo están) en las discursividades institucionalizadas como aquellos que son criticados en los artículos. Los autores de los dos textos se están alineando en uno de los dos bandos. Decir que se habla desde afuera de la academia no sólo se contradice con el mero conocimiento de la temática en pugna sino que basta con revisar el organigrama de todas las instituciones que conforman la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires para ver en qué lindos sillones se han sentado también los dueños del circo al cual adhieren los autores de los dos artículos.

En resumidas cuentas, aquí Artaud no es nadie. Si Artaud está entre nosotros se enterarán, con suerte, nuestros hijos. Por lo tanto, ya que somos pocos, nos conocemos bien y estamos bajo el mismo techo, me parece saludable dejar de lado las chicanas victimizantes y que nos pongamos a pensar más allá de los internismos de turno.

Ayer en un programa de cable escuché a Horacio Tarcus decir que hoy por hoy ser de izquierda es en cierta medida ser conservador.

El punto y aparte fue para darnos tiempo a que nos caiga la ficha sobre todo lo que significa esa frase. Y es esa cosmovisión de la cuestión la que también engloba a los artículos ya citados. ¿Qué es lo que hay que conservar? Es una función discursiva que atraviesa el campo cultural llevándolo a recaer nuevamente en teorías que fueron geniales en el siglo XIX y que a lo largo del XX devinieron Biblia, siempre con un séquito de celosos hermeneutas con pretensiones de cientificidad alrededor.

Sí, se puede (y se debe) criticar a Sarlo y a Panesi –porque de lo contrario del encuentro con ellos sólo tendría lugar la incomprensión de sus propuestas o la obsecuente idolatría- pero desde un lugar a la altura de dichos contendientes. Esto es, no diciendo que entendieron mal a los autores que utilizan para formular sus argumentaciones teóricas, como si en aquellos brillantes pensadores subsistiera una “verdadera interpretación” de los mismos que a su vez sería la “verdadera interpretación de la realidad social actual”. Ese es el eterno retorno a un pozo ciego irreductible que se auto-reproduce al margen de los vaivenes de esa sociedad de la que se dice conocer sus causas últimas. Desde ese lugar no sólo no se los refuta (no se los problematiza, no se les encuentra contradicciones internas) ni a Sarlo ni a Panesi, sino que se emputece el ambiente cultural con consignas retrógradas y coercitivas, que a más de uno nos ha costado años sacarnos de encima para poder empezar a tratar de pensar en nombre propio. Ya bastante fascista es la lengua en sí misma como para que nos empeñemos en ponerle límites. ¿Qué se podría decir desde un solipsismo agorafóbico? ¿Qué sentido tiene intentar convencer a un chico de que Papá Noel no son los padres cuando el niño ya los descubrió cargando las bolsas en el Alto Palermo? Sería tapar el sol con la mano. En consonancia con esto está la cruzada de imponer cátedras dogmáticas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA por fuera de los concursos para que supuestamente la verdad vuelva a encontrarse con la academia. Esos actos, esos gestos, esa ansiedad censora, son los manotazos de ahogado de una discursividad enceguecida en su retirada que no duda en denunciar con el pecho hinchado de indignación como banalización de la palabra la cosmovisión del asunto instaurada por el argelino recientemente difunto. Todo, como ya dijimos, en nombre de algún saber certero sobre la realidad concreta, que no hace más que mostrar la nostalgia por lo que nunca fue más que un sueño del que no se termina de despertar.

Me parece que está claro que hubiese sido absurdo que en su época Marx se basara en Descartes y no en Hegel para hacer su crítica de la sociedad capitalista. Del mismo modo es absurdo pedir volver a formas que ya fueron teóricamente superadas. Sucede que hay que ponerse a pensar, y esto acarrea el peligro de quedarse solo, de convertirse en Artaud. Es una pena, no alcanza con ir a una marcha por mes. Así no sólo no se cae nada de lo instituido sino que se lo solidifica en la "quietud dinámica" de un habitus obvio y previsible. Justamente, lo que en Marx es defecto por causa de la sedimentación positivista propia de la época que le tocó vivir, hoy se ha reificado como jactancia intolerante. Que moleste que todo se pueda decir, es coherente en quien cree tener una ciencia certera. ¿Acaso no se dan cuenta que ese es el peor Marx, el que le hizo un guiño a los partidos únicos del socialismo real (ese muerto al que se le llenaba la casa para su cumpleaños y que sarcásticamente no tuvo quien le llevará el cajón a la tumba. Con la excepción de Cuba, cuya determinación sobre el campo cultural en Latinoamérica ha sido enorme y que aún lo es. Lamentablemente, por medio de Casa de las Américas, está liderando esta batalla contra la renovación del pensamiento de izquierda. Con esa política dejan en claro que prefieren un escenario de blanco o negro; Bush les trae menos problemas que Toni Negri o que Raúl Rivero. Espero que no llegue el día en que el hijo de Mas Canosa gobierne la isla y los jerarcas del partido comunista estén exiliados viviendo en las clases medias de países capitalistas. Sería triste.) para que construyeran sociedades autoritarias y sin futuro?

Por supuesto –y el verme compelido a hacer esta aclaración marca lo obturado del debate, una obturación a la que no soy ajeno –que el abogar por un recambio de teorías con las cuales analizar la realidad nada tiene que ver con, cosas que se dicen, una “estética de shopping”, la “liviandad de los sujetos”, ni con la famosa “resignación posmoderna”. Ese tipo de categorías no se encuentran salvo en autores mediocres o en dueños de quintas académico – políticas con mucho miedo al fantasma que trae consigo la obsolescencia de sus obras. Una retórica, ésta, obsesionada con degradar discursividades rivales por medio de una nominación malintencionada puesta ahí, en el campo cultural, para que sea devorada por incautos. El apoyo material lo reciben de parte de los dogmáticos partidos de izquierda que no se avergüenzan de seguir hablando de un pueblo que no se cansa de ignorarlos. Atados a categorías (a significantes demasiado vacíos) como si de ese combate por la apropiación y por la instauración a los empujones (como si fuese cuestión de empujar con el repiqueteo de la mismidad) de esos significantes al interior del campo cultural dependiera algo más que su propia vigencia dentro del fango. Toda esa espesa ofensiva no se ha privado de declamar la sobreabundancia de signos que invaden el espacio público del capitalismo globalizado, negando el campo en el que todo este combate se ejercita (básicamente el académico y el culturoso), generando una confusión más, en esta oportunidad, de contraespionaje semántico.

Otro síntoma al pasar: la semana pasada Jorge Altamira en una entrevista radial justificó el aislacionismo del Partido Obrero para evitar quemarse con el desgaste propio de la función pública, tras que ese supuesto conglomerado de agrupaciones de izquierda se hiciera con algún cargo ejecutivo. Altamira prefería esperar tranquilo, sacando el 1% de los votos, a que la conciencia de la clase obrera madurase y se diera cuenta de quiénes eran los verdaderos defensores de sus verdaderos intereses. El paroxismo de Altamira es la punta de un iceberg: casillas dentro de la estructura social en las que alguien puede esperar sentado a que la conciencia obrera madure. Y como para que llegue ese momento aún falta demasiado, la preocupación es al interior de ese lugarcito. Por eso tanto ruido y tan pocas nueces en la izquierda argentina. Recopilando, un campo que se reproduce en base a leyes internas y que se defiende en tanto que ocupa un lugar efectivo en la estructura de la sociedad. Así, prácticas teóricas y políticas se autoabastecen, por supuesto, todo al interior del capitalismo, que es cada vez más salvaje, de eso no caben dudas.

Seguramente estoy siendo injusto con los autores de los dos artículos al compararlos con este tipo de personajes. El punto no es ni Altamira, ni Tarcus, ni los autores de los artículos; sino una forma que toma la cultura argentina a partir de la post-dictadura, algo que nos excede a todos, y con la que tampoco podemos evitar hacer algo, en tanto la encontramos no bien nos asomamos en el campo cultural. Herencias dislocadas de la dictadura que impiden una articulación eficaz ni siquiera en el plano teórico. Trato de decir que el pensar tiene que proponerse superar los límites estructurales que nos impone la historia. Me parece que tanto Sarlo como Panesi están en ese camino, por eso los salgo a defender al entenderlos empeñados en ese esfuerzo al que considero fundamental para conseguir mejorar un poco las cosas. Y si bien sus actuaciones públicas, como sus discursos teóricos, merecen ser debatidos, está claro que están poniendo la problemática en un nivel cercano a la frontera de lo pensable aquí y ahora en relación a lo social y a lo cultural. De lo que se trata, en definitiva, es de reconstruir la izquierda argentina. Por eso no asombra que la reacción venga de parte de quienes creen que esas estructuras, que indudablemente forman parte de la sociedad, funcionando e incidiendo el funcionamiento de la misma, no merecen revisión ni autocrítica.


©Diego Toribio Achaval

 

 

 
 
 
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