el interpretador

 

Curacó

por Aníbal Ford

 

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PRESENTACIÓN

Aníbal Ford no sólo se interesó por la historia del conocimiento geográfico del país –para lo cual realizó investigaciones tales como aquella sobre las maneras en que se vio en el país el viaje de Fitz Roy y Darwin (como lectura de contrainformación frente a la versión de la BBC de Londres)– sino que también realizó numerosos viajes que alimentaron tanto sus investigaciones (en relación con  el estudio de la historia de la ciencia en la Argentina) como su producción literaria. El recorrido, los caminos de país -de la puna a la Isla de los Estados, donde está el Faro del fin del mundo- son uno de los centros fuertes de sus escritos. 

Ford realizó una de las primeras navegaciones del Chadileuvú – el Salado de La Pampa- durante el conflicto de esta provincia y la de Mendoza. Este recorrido por un río que se pierde en el desierto le permitió no solo investigar la historia y la situación del oeste pampeano, su creciente desertización, proceso sobre el cual publicó diversos trabajos reunidos en Desde la orilla de la ciencia, sino reescribir esa experiencia en clave literaria en la nouvelle Ramos Generales y el cuento “¿Tienen lugares los pueblos”? (un fragmento del cual reproducimos en “Afluentes”). Fueron varios los viajes que realizó Ford a la zona, entre ellos el relatado en “Curacó” (crónica que puede leerse  en este número), siguiendo las huellas del famoso viaje de Estanislao Zeballos. También sobrevoló en una vieja avioneta todo el sistema hídrico de la Pampa y sacó una de las primeras fotos de la conexión del Curacó con el Colorado, viejo sueño de conectar la Pampa con el atlántico cuando la Argentina era un país que se pensaba también desde la navegación fluvial y no solo ferrocarrilera. Casi todos los relatos de Ford parten de viajes y experiencias en los caminos. De muchos guarda un gran archivo de fotos de los disparadores que originaron los relatos, testimonios y estudios (también reproducimos aquí una galería de dichas imágenes) 

En esos viajes, el río cobra un protagonismo fundamental. Ford recorrió en bote los ríos, hasta El bajo del temor, por donde iba el personaje de Sudeste de Haroldo Conti. Esto se publicó en Navegaciones y también en la colección de clásicos Archivos de dicha novela donde se reprodujeron las fotos que acompañan el ensayo sobre Sudeste. Asimismo registró en “Haroldo y las aletas de tiburón” un viaje que ambos realizaron por las costas del sur para estudiar la posibilidad de comercializar las aletas de tiburón. Este fue el último viaje de Haroldo, gran amante de los caminos, en medio de una situación sumamente difícil – fines de 75- y pocos meses antes de su desaparición y muerte. Este testimonio y homenaje a Haroldo se publicó por primera vez en El Porteño y después fue reproducido en otros libros.  

Oxidación, por su parte, nace de un viaje al Perito Moreno con el antropólogo Guillermo Gutiérrez, en el cual, a la vuelta, erraron el camino y tuvieron que hacer noche en un puesto cercano a Río La Leona. Ese disparador, porque obviamente todo lo que sucede es invención, se cruza con numerosas experiencias en diversas zonas de la Patagonia, que es otro de los temas-zonas que exploró Ford. De hecho, actualmente está escribiendo un libro sobre el Faro del Fin del Mundo, situado en la Isla de los Estados, a donde viajó dos veces cruzando el bravo estrecho de Lemaire –que separa la isla de Tierra de Fuego- para reconstruir la historia del faro de San Juan de Salvamento que inspirara la novela de Julio Verne. Posteriormente, realizó, en un gomón sin motor, la navegación del río Santa Cruz, desde Calafate hasta la isla Pavón cerca de su desembocadura registrando las descripciones y observaciones del viaje que Fitz Roy hizo con Darwin, así como del viaje por ese río que realizó el Perito Moreno.

Los viajes, como las investigaciones, se cruzan con muchos de los relatos de Aníbal Ford, que fueron recogidos en Del orden de las coníferas (2007). Es el caso de relato “Tienen lugares los pueblos”, basado en el éxodo que se produjo en el oeste pampeano por la pérdida de los ríos; “La aleta dorsal”, “La construcción del oasis”, “Haiku”, y otros.

 

Aníbal Ford

CURACÓ*

Busco un río. Un río que se tragó el desierto y que ahora ha vuelto a revivir. La avioneta entra en una térmica y pega una violenta sacudida. La cámara se me va para arriba y el estómago también. Vuelvo a enfocar, y ahí está, como hace siglos, el prehistórico Curacó venciendo al desierto y vertiendo sus aguas en el Colorado. La avioneta emprende un amplio círculo, y disparo repetidamente la máquina. No sólo intento registrar un hecho geográfico poco común —es la segunda vez que el Curacó llega al Colorado en lo que va del siglo—; también estoy siguiendo al viejo Zeballos que hace justo cien años, bordeando la insolación y el desastre, descifró las incógnitas de este río. Asimismo busco aclararme qué será de estas tierras despobladas, en lento proceso de desertización y regresión ecológica. La vista se pierde en las mudas travesías que fueron territorios de Calfucurá mientras la avioneta cierra su giro y reingresa en La Pampa. Ahí abajo, marcando los confines del País del Diablo, el Curacó vuelve a buscar al Colorado por ese cañón de pórfido que horadó durante milenios, verdeando apenas la estepa arbustiva, dándole un final exorreico, como entrevieron Rosas y Roca, a la cuenca del Desaguadero-Salado.

 

Sobre la mesa de la cocina de Servillano Salas, puestero de Lihué Calel, quedaron apartados los textos de Olascoaga, Ambrosetti, Costa, Monticelli, Stieben. Alguien puntea una milonga, se menciona a Luis Acosta García, se buscan noticias sobre las antiguas minas de cobre que hacia principios de siglo explotó el chileno Sepúlveda. En algún silencio de la conversación parsimoniosa me quedo detenido en una historia de una estancia del lote doce, una historia que ya escuché otras veces en el oeste pampeano: la aparición en la noche de los ruidos de la esquila, el murmullo de la comparsa, el chirrido de las tijeras. Ruidos de trabajo que suelen aparecer, o persistir, en tierras que se fueron despoblando. Los departamentos de Chalileo, Limay Mahuida, Curacó, Lihué Calel que venimos recorriendo —navegando, bordeando o sobrevolando el Salado— no llegan hoy al habitante por cada doce o trece kilómetros cuadrados. Un desierto que crece lentamente en medio de la Argentina. Afuera es noche cerrada y una llovizna prolija cae sobre los cerros que, esperanzado, ZebaIlos denominó de la Sociedad Científica Argentina. Adentro, en la penumbra de la cocina, la guitarra cambia de mano. 

 

Hace un siglo el Salado o Chadileuvú venía bajando desde el norte, desde La Rioja, y recogiendo las aguas de los ríos Jáchal, San Juan, Mendoza, Tunuyán, Diamante y Atuel. Desconocido tanto por los viajeros de la colonia como por los cartógrafos de Arenales, este imponente "desaguadero" seguía hacia el sur formando extensísimos bañados después del paralelo 36, ahí donde comenzaba a enredarse con el Atuel, hasta la laguna de Urre-Lauquén donde el inmenso río se perdía o insumía, como lo testimonió por primera vez, en 1805, la cautiva Petronila Pérez al viajero Luis de la Cruz.

 

Pero otras veces, y con cierta regularidad, el Salado desbordaba las lagunas de Urre-Lauquén y La Amarga para precipitarse impetuosamente por el Curacó hasta el Colorado. De ahí la verosimilitud del dato de Falkner, quien afirma que esta vía fluvial fue navegada del Atlántico a Cuyo; y la explicación de esa enorme ancla que, según el padre Monticelli, fue hallada a principios de este siglo en los alrededores de Puelches. También la esperanza de los mendocinos: ya sobre el final del XVIII, un capitán de las milicias de Mendoza, Sebastián de Undiano y Gastellú, había soñado con la llegada de los bastimentos españoles a "las ahora desiertas costas patagónicas en busca de los cueros, sebo y lanas" producidos por Cuyo y llevados hasta el Atlántico por vía fluvial.

 

Esta idea de conectar Cuyo con el Atlántico mediante la navegación interna persistió durante todo el siglo XIX. Rivadavia proyectó un famoso canal de Los Andes que, según Vicente Fidel López, sólo sirvió para juntar dinero para combatir a Bustos y Quiroga: Rosas, durante toda la campaña al desierto de 1833, insistió en la importancia de la comunicación entre el Salado y el Colorado, cosa que no pudo comprobar, aunque sí pudo visualizar como problema un hombre de su ejército, el coronel Velasco, jefe del estado mayor de la división de la derecha, comandada por Aldao. Plantado frente al Salado en una de las confluencias de éste con el Atuel, a la altura de Limay Mahuida, Velasco anotó en su diario: "El Salado tiene una bella perspectiva porque es magnífico en la cantidad inmensa de agua que lleva... es sin duda navegable con fragata y es muy posible con el gasto de 4.000 pesos reunirle con el Colorado y darle dirección facilísima de Bahía Blanca..."

 

Dato importante, aunque fantasioso. Lejos estaba Velasco del Curacó, y ni él ni otros habían podido testimoniar de visu qué pasaba más allá de Urre-Lauquén, en esos territorios dominados totalmente por los indígenas. ¿Se insumía el Salado? ¿Había un río que lo prolongaba hasta el Colorado? ¿Era este río navegable? Casi todos confiaban en la navegabilidad del Atuel y del Salado, pero ¿qué pasaba después? Lo cierto es que Roca en 1878 todavía se preguntaba lo mismo. Justamente sobre el filo de la campaña, en setiembre de ese año, le escribía a Zeballos, al acusar recibo del original de La conquista de las quince mil leguas, diciéndole: "Tenemos además que corregir la geografía de esa región y averiguar por prolijos estudios hidrográficos sobre las innumerables corrientes que se desprenden de los Andes... y se precipitan al mar por el Colorado y el Negro; sí, como dice el coronel Velasco que acompañó al fraile Aldao en su expedición de 1833 al sur de Mendoza, el Chadileuvú y el Atuel son navegables por bergantines y fragatas y sí se podría vaciarlos con un costo de 4 o 5 mil pesos en el Colorado..." Y agrega Roca: "Los ricos y variados frutos minerales y agrícolas de la provincia de Mendoza tendrían su salida fácil y barata por Bahía Blanca".

 

Los interrogantes de Roca no podrían ser contestados por Ebelot, que recorre la zona poco después acompañando a Winter y a Levalle. Pero sí por Estanislao Zeballos, quien, un año después, en diciembre de 1879, en una de las expediciones más duras que recuerde la historia del conocimiento geográfico de nuestro país, comprobaba, palmo a palmo, la existencia de un cauce, seco en ese momento, que comunicaba la laguna de Urre-Lauquén con el Colorado: el río o arroyo Curacó, al que denominó Calfucurá. ("El río estaba allí —nota Zeballos—, el problema que había preocupado a los geógrafos y estadistas durante dos siglos quedaba definitivamente resuelto.") La conexión fluvial de Cuyo con el Atlántico era difícil, pero no imposible.

 

(Comparo: el Salado que vieron Cruz o Velasco, con su rica fauna lagunera, sus islas verdes, sus buenos 200m3/s, y el Salado que navegamos meses atrás, con sus escasos 20m3/s, atropellando bancos, troncos y desechos, pasando por arriba de algún jagüel o de algún alambrado que testimoniaban sus muchos años de seca; comparo también: los enormes bañados que formaban con sus derrames el Atuel y el Salado, esos bañados, que en 1879, Rudecindo Roca con su tropa tardó más de dos días en cruzar "con el agua hasta la raíz de los muslos", y esos brazos secos y borrados del Atuel, casi irreconocibles, como el que venía por detrás del puesto Vallejo para unirse al Salado donde está ahora el puente de la 143.) El Salado y el Atuel comenzaron a achicarse en lo que va del siglo a raíz de los aprovechamientos de “aguas arriba". El Atuel se secó del todo cuando se inauguró el Nihuil, en 1947. Entonces todo el sistema, que hasta ese momento llegaba bien a las lagunas (se pescaba fuerte en Puelches), se retrajo. Apenas hacía treinta años que había comenzado la colonización del oeste pampeano y ya sonaban a historia los entusiasmos posteriores al centenario: "Una de las primicias del territorio de La Pampa, el Valle de Beaufort, ¡En el río Salado! ¡La región más fecunda para la procreación de lanares! ¡Prados abundantes!...". Se secaron los ríos, y comenzó lo que el poeta denominó la "diáspora saladina". Pueblos incipientes como Algarrobo del Águila se transformaron en pueblos fantasmas. Estancias fuertes como Ventrencó fueron desalambradas. El departamento de Chalileo tenía, en 1947, 15.400 vacunos y 142.700 ovinos. Veinte años después estas cifras se habían reducido a 3.800 y 54.200 respectivamente.

 

Pero la desgracia no vino sólo por la desaparición de los ríos, sino también por los "años malos", y éstos afectaron tanto al este como al oeste. El este, colonizado después de 1880, fue un "boom" hacia principios de siglo, la prolongación de la provincia de Buenos Aires. "Los tiempos se han cumplido. El pavoroso desierto del pasado, la terrible incógnita de nuestros mayores, las vastas y solitarias planicies que durante siglos fueron el antemural del salvaje contra la civilización, La Pampa, en fin.... crece más rápidamente que sus hermanas....., constataba un cronista viajero de Caras y Caretas en 1907. Pero poco duró la ilusión. Antes de 1930 comenzaron las secas y los vientos, el polvo y la erosión, un proceso en el cual de alguna manera había pesado la mano del hombre: la tala indiscriminada del caldén para proveer de combustible a las locomotoras durante la primera guerra y la explotación inadecuada de los suelos en el avance ciego de la frontera agro pecuaria de principios de siglo. Errores del hombre en la problemática del este y del oeste sobre los que no dejaron de alzarse voces alertas como la de don Enrique Stieben, que dejó páginas magistrales sobre la ruptura del equilibrio biológico en La Pampa, o la del padre Monticelli, quien, en enero de 1930, al comienzo de los "años malos", escribió en su diario de naturalista viajero palabras no solo constatadoras sino también presagiantes: “La Pampa no tiene arreglo: la mano del hombre sólo se encargará de agravar la sed de sus arenas suprimiendo la poca agua que la naturaleza había encauzado entre las márgenes del Salado”.

                         

La avioneta enfila hacia el norte. Sobrevolamos el Curacó, desandando el itinerario de Zeballos: La Vuelta de Carranza, La Vuelta del Tigre, Los Jagüeles de la Fuga... ("Querido teniente: levantar por primera vez, siquiera imperfectamente, un croquis geográfico de este río, es una empresa que compensa los sacrificios hechos, pues somos los primeros hombres de estudio que lo hallamos y lo revelaremos al mundo científico...") En el horizonte comienzan a dibujarse algunas figuras. A la derecha, suspendidas en la bruma, las sierras de Lihué Calel, a la izquierda el caserío disperso de Puelches, enhebrado con Lihué por las líneas que vienen de El Chocón y van hacia el este; en el centro, celeste y lechosa, casi sin límites, la laguna de Urre-Lauquén. Zona estratégica: " Allí han sido —le escribía el coronel Olascoaga a Zeballos— los campamentos de Mariano Rosas, Epumer, Baigorrita, Pincén y Namuncurá". La idea de Olascoaga era venir navegando el Atuel y el Salado para caer con caballada fresca sobre esos lugares, conjunto estratégico —asentamiento, comunicación, defensa— de los imperios indígenas.

 

Una "región australiana o del Illinois... Un magnífico emporio agrícola e industrial, cruzado por una dilatada arteria fluvial, cómoda, barata, jalonada por estanques de retención que aseguran por medio de regadíos, permanentes y metódicamente distribuidos, la agricultura intensiva..." Tras el viaje de Zeballos comenzaron los proyectos para canalizar y transformar en vía navegable el trayecto Atuel, Salado, Chadileuvú, Curacó, Colorado. Comenzaron los grandes sueños sobre el porvenir de la zona. Olascoaga, Floro Costa, Huergo, Barraquero. Al defender en 1908 el proyecto de este último en la Cámara de Diputados, afirmaría Manuel Carlés ya en el colmo de la ilusión fluvial: "No nos moriremos sin poder embarcamos en Jujuy para desembarcar en Cherburgo o en Southampton". Los proyectos de canalización de estos ríos y de desarrollo de la zona, sin duda ubicables entre los más ambiciosos de fines de siglo pasado, forman hoy parte de la historia de nuestras utopías. Pero desde la utopía también suelen señalarse cosas bien concretas, y en este caso lo eran: la necesidad de crear una vía de comunicación alternativa ante el alto costo del flete ferrocarrilero; la necesidad de encarar el desarrollo económico y la integración territorial del país en forma realmente global; la necesidad de basarse en una ética del progreso que no era, por cierto, la que empezaba a pesar en el puerto. Al defender la canalización de estos ríos, afirmaba Olascoaga, en su libro Topografía andina. Aguas perdidas (1909): “Un canal navegable como el que se propone es fuerza que sea el verdadero camino industrial del pueblo... la vía por donde el pobre se conduce hacia su mejoramiento llevando sobre sus hombros el engrandecimiento del país. Si hay tracción para abreviar los transportes, la pagará quien puede. El pobre agricultor que no puede pagar se conducirá en su canoa o jangada de propia confección y, aunque el viaje dure, no gastará más de lo que consume en su rancho. El secreto de la población y de todos sus progresos es el camino barato donde se mueven los pequeños: el conjunto de bienestar de éstos va directamente a la grandeza de la nación... Valen más para el desenvolvimiento étnico diez ranchos de paja felices que un palacio".

 

Abajo el Curacó, recuperado precariamente, serpentea por el desierto, cortando huellas y caminos que señalan sus muchas décadas de seca total: serpentea por el puro jarillal y no por praderas como las de Australia o del Illinois tal cual lo había imaginado el articulista del Boletín Geográfico Argentino, que comentaba el proyecto de Costa en 1896. No circulan por él barcazas trayendo frutos y minerales de Cuyo, tampoco se ven los canales de riego o las praderas de agricultura intensiva. Serpentea en un desierto ilimitado, poblado de interrogantes, de milongas del "ya no se ven”, de historias de criollos e inmigrantes, bandidos y pioneros que intentaron ganarle al desierto. La avioneta comienza a girar hacia la izquierda, pasa por arriba de las poderosas torres de El Chocón y enfrenta esa cruz de tierra parda y arbustos que es la pista de aterrizaje de Puelches. Tocamos tierra. Comenzamos a entrar en un pueblo disperso, de casas desparramadas que testimonian un proyecto mayor que no pudo ser. A un costado se alza, silenciosa, la pequeña iglesia donde relucen algunas piedras verdes, cargadas de cobre, traídas seguramente de las viejas minas abandonadas. Caminamos por un pueblo donde la estepa termina ahí nomás, confundida con el patio de las casas.

 

 

Aníbal Ford

 

 

*Publicado en Clarín, 4 de diciembre de 1980.

 

NOTAS

 

1 Ford, Aníbal, " Allá en la costa 'el Atuel, no hay corderos pa' comer" y “El oeste pampeano: un desierto que crece en el centro del país", en Crisis, 4 (39): 8-15, julio de 1976. (Incluidos en este volumen.)

2 Sin firma, “Primer viaje por el Salado Chadileuvú", en Clarín, 15 de setiembre de 1979.

3 Ford. Aníbal, “Curacó”, en Clarín, 4 de diciembre de 1980 (incluido en este volumen.)

4 Ford. Aníbal, El estreno de Cochengo Miranda en el puesto El Boitano”, en Crisis, 3 (33): 26- 77, diciembre de 1985. También Aníbal Ford, Jorge Rivera y Eduardo Romano, Medios de comunicación y cultura popular, Buenos Aires, Legasa, 1985.

5 Ford, Aníbal, "Una morada en la tierra. Notas sobre la cultura del territorio en la Argentina", en Crear, 2 (9): 7 -14, junio-agosto de 1982. (Incluido en este volumen.)

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Aníbal Ford

Es Profesor en Letras egresado de la UBA, escritor, investigador y periodista. En la actualidad, es Profesor Consulto de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Fue Profesor Titular de Introducción a la Literatura en Filosofía y Letras en 1973, jefe de redacción de la revista Crisis y formó parte de los equipos originarios de Eudeba y del Centro Editor de América Latina. También fue el primer director designado por elecciones de la Carrera de Ciencias de la Comunicación (Facultad de Ciencias Sociales, U.B.A.) y el primer director, por concurso, de la nueva Maestría en Comunicación y Cultura de la misma Facultad. Forma parte de la comisión directiva de la Maestría en Análisis del Discurso en la Facultad de Filosofía y Letras (U.B.A.)  y es investigador del Instituto Gino Germani. 

Actualmente trabaja junto con el antropólogo Carlos Masotta en un libro sobre el Faro del Fin del Mundo (a donde ya ha viajado varias veces); y en un texto sobre la navegación del río Santa Cruz que realizó en diciembre de 1993, en una embarcación sin motor,  reproduciendo el itinerario de Darwin y Fitz Roy. También está al frente de un nuevo proyecto on line, la revista de comunicación y cultura www.revistaalambre.com

Su último libro de relatos publicado es Del orden de las coníferas (2007)

 

 

Publicaciones en el interpretador:

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Número 33: mayo 2008 - Galería de imágenes

   
   
   
   
   
 
 
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