el interpretador libros

 

A pesar de él, de nosotros

Sobre Los pichiciegos de Rodolfo Fogwill

Buenos Aires
Interzona, 2006
156 páginas

por Guadalupe Marando

 

 

 

 

Toda ficción actúa sobre la historia. La novela de Fogwill abre un espacio en el tiempo durante el que se prolonga la guerra de Malvinas, e inserta allí una fábula que contradice los hechos de la realidad para decir otros: los que esta misma realidad autoriza a imaginar y torna verosímiles. No fue así y, sin embargo, es así como podría haber sido, como debería haber sido si en el mundo real los acontecimientos tradujeran con la misma exactitud que en la literatura el significado de determinados momentos históricos. Lejos de ser el paisaje sobre cuyo fondo se erige un relato imposible, Malvinas es el escenario que posibilita y justifica el accionar de los no combatientes imaginados por Fogwill. La resistencia a arriesgar el cuerpo es el más perfecto correlato de esa verdad histórica que esta ficción subterránea descubre simultáneamente –y ese es su mérito– a lo que acontece, y que sus personajes muy pronto constatan: no hay nada en esa guerra, más allá de la propia supervivencia, por lo que valga la pena arriesgarse.

Dice Fogwill en la contratapa de esta edición de Interzona: "al escribirla, estaba lejos del autor cualquier preocupación sobre el acontecimiento. Como decía por entonces –digo–, estaba escribiendo sólo acerca de mí, de la revolución, la contrarrevolución, el amor, el comercio, la democracia que sobrevendría". Y en otro contexto: "Me hubiera gustado escribir Los pichiciegos sin Malvinas". Fogwill parece no saber que la novela triunfa precisamente allí donde fracasan sus pretensiones; que lo que vuelve a este libro perdurable –reeditable– es, al menos en parte, esa fricción entre realidad e invención, ese intercambio entre la subjetividad del que escribe y todo lo que no es él y se le escapa. Hay quienes piensan que en el acto de creación de toda obra resistente al paso del tiempo hay un momento de pérdida del artista en lo otro –la realidad objetiva–, y que es ese núcleo de realidad que se instala en la obra, incluso a pesar del autor, el que asegura que muchos, aún mucho después, puedan reconocerse en ella. Nostra causa agitur: se trata de nosotros, de un instante en la historia compartida que da origen al relato y cuyo sentido preciso –o su sinsentido– el relato logra captar. Fogwill tal vez no lo sabe, pero sí su novela, menos reticente que él a la hora de admitir su deuda con la realidad sobre la que opera:(1)

Al comienzo, a nadie se le hubiera ocurrido juntar tanto carbón, tanto paño de carpa, mantas, raciones, ropa vieja. [...] A él sí. Él precisó juntar. O primero necesitó la guerra y la posibilidad de mandar, para que le naciera aquella idea de juntar y cambiar.(2)

En la sintaxis, en la lógica causal de este pasaje es posible detectar la clave de ese efecto que produce la lectura de Los pichiciegos: la novela anuda de un modo necesario la ficción al acontecimiento histórico, la realidad de la época referida habilita la invención de hechos que no llegan a resultar del todo increíbles. Sin Malvinas no hay relato posible, o al menos no hay este, que es el que todavía nos interpela. Los pichis son la más lógica consecuencia de la guerra.

Y se trata de nosotros –y no sólo de Fogwill– todavía en otro sentido. Podemos, como ya se dijo, reconocer nuestra historia en el reverso, la sombra o el sueño de la historia que la novela escribe, pero también reconocernos en la sensibilidad de los cuerpos que la escritura vuelve nítida. El discurso del informante es puesto enteramente al servicio de la transmisión de una experiencia física: la de sobrevivir. Las palabras se adhieren a las cosas y a los cuerpos, como si quisieran actualizar la materialidad de sus referentes. Las frases son breves y precisas, y apelan al recurso poético sólo cuando el lenguaje corriente se queda sin recursos para significar una sensación o un proceso: "se siente el frío, se lo sufre, tarda en acostumbrarse: el frío duele, el aire es como vidrio y si uno quiere respirar parece que no entrara".(3) Al leer, es inevitable pensar: es así.

Todo eso bastaría para hacer de la descripción de las reacciones corporales y emocionales de estos hombres la descripción de la sensibilidad de los hombres en general. En el registro de la memoria de los soldados, que en condiciones miserables idealizan las miserias de sus realidades cotidianas anteriores a la guerra; en el registro de la necesidad, el instinto y el deseo; en el registro de los estados y, sobre todo, de los pasajes –del frío al calor, del silencio a la palabra, del miedo al miedo–, Fogwill atrapa algo que podríamos llamar lo humano. Pero esto además se ve confirmado por el estilo del lenguaje del informante, un lenguaje que transforma los hábitos del pasado en las islas, en saberes prácticos dichos en presente –que es el tiempo de los enunciados de validez universal–, y en el que no faltan los axiomas que condensan estos saberes: "pasando un tiempo en el calor, el hombre aguanta más el frío."(4)

Hay que decir algo más. La novela de Fogwill va a permanecer porque habla de nosotros, pero también porque está bien escrita. Bellamente escrita. Esto es algo imposible de justificar teóricamente. Se podría intentar –inútilmente– rastrear la belleza en el ritmo que al texto imponen las frases breves, en la ausencia de excesos retóricos, en la serenidad del tono con el que se dice lo violento, en la elección de un léxico cercano, familiar y hasta pueril –"olas que corrían cargadas de espuma como corderitos"–,(5) exacto en su simpleza. No sería suficiente. Convendría hacer silencio y dejar que el libro hablara por sí mismo.

Fogwill es uno de nuestros mejores escritores. Esto, él lo sabe, y en lugar de callar, como yo ahora, lo dice hasta el cansancio. Claro que sus novelas lo dicen y lo seguirán diciendo mucho mejor.

 

Guadalupe Marando

 

 

NOTAS

(1) Dada la ya conocida tendencia de Fogwill a verse como el acreedor –precursor, visionario, adelantado, profeta, fuente de inspiración y objeto de plagio– de las deudas del resto, es lógico que así sea.

(2) Fogwill, Los pichiciegos, Buenos Aires: Interzona, 2006, p. 103.

(3) Ibíd., p. 35.

(4) Ibíd.

(5) Ibíd., p. 156.

 

 

 
 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Michal Macku, Foto (detalle).