Gelatina de Vermú

 

Pedro M. Martínez

 

 

No te metas con la masturbación. Es hacer el amor
con alguien a quien yo quiero.

(WOODY ALLEN - Annie Hall - 1977)


Saturnino Rabote nació de pie, un buen día del otoño de 1952. Todos dijeron que era señal de buena suerte, menos su madre que quedó hecha fosfatina por el parto. A Misericordia Rabote, que así se llamaba la interfecta, le tuvieron que quitar los ovarios, por lo que sumó a la maternidad en soltería una esterilidad que la abrumaría para siempre. En un gesto de oscura venganza, la deprimida madre puso al recién nacido el nombre que creyó le cuadraba peor al apellido.

-¿Que por qué le he puesto Saturnino...? -contestó Misericordia a pregunta de su madre- Pues porque ha nacido de pie, seguro que tendrá suerte y nadará en la abundancia.

La madre de Misericordia, la abuela del bebé escuálido y paliducho que a la sazón era Saturnino, se quedó como estaba con la explicación pues había trabajado de cocinera y nada sabía de los significados de los nombres, aunque sí barruntó algo sobre el gesto con que su hija, una auxiliar de la biblioteca municipal de Ávila, recibía al primogénito. Saturnino nació de pie pero los primeros años fue una calamidad, lloraba sin parar noche y día, como si se oliera ya el cachondeo que se iban a pasar en el colegio con él, y devolvía las comidas. Misericordia, al cabo de un tiempo, desapareció un buen día abandonando al crío en brazos de su abuela que, más firme de carácter por haber pasado una guerra, lo cuidó y alimentó sin dejar de rezar por su hija que, al parecer, terminó por recalar en una fábrica de rodamientos, en la Alemania.

La casa de la abuela fue una especie de santuario para Saturnino. Limpia como los chorros del oro y silenciosa como una ermita un lunes por la mañana, determinó la psiquis ingenua y el aspecto simplón del chiquillo que, con el paso de los años, creció más bien poco en estatura, casi nada en dignidad y cero pelotero en gobierno. Remigia, la abuela, tenía como objetivos en la vida ser la primera en la cola de la Caja de Ahorros para cobrar la pensión todos los meses y la última en pagar la contribución urbana, amén de leer todas las semanas El Caso, pues el mundo, decía, era un valle de lágrimas y todo lo demás cuento.


Saturnino lo pasó fatal en el colegio. Los compañeros se descojonaban de él y hacían olimpiadas a ver a quién se le ocurría el mejor mote para el Rabote.

-Pero, niño, tampoco será para tanto, son bromas, ¿no? -le replicó Remigia, una tarde que Saturnino se atrevió a hipar un poco en su presencia, contándole lo último que le habían dicho en el recreo de la clase.

-Es que me llaman Rabote el Cipote y Saturnino el Chumino...-gimió el pobre crío.

-¡Bah! No hagas caso, hijo, además son palabrotas y no debes hacer caso de las palabrotas, tú a lo tuyo... -le dijo, volviendo después a su lectura, un número atrasado de ¡Hola! que le había dejado una vecina.

No se sabe si fue este sufrimiento continuado o el susto que tuvo aquella tarde en que estuvo a punto de atropellarlo un tranvía, lo que produjo el fenómeno que marcaría la vida del niño, pero sí que el chaval no volvió a contar nada a la abuela sobre sus pesares.

Saturnino se convirtió en un gafe, en un cenizo de órdago. Fue como si la naturaleza, solidaria con sus penas, le proveyera de un escudo protector. Las cosas cambiaron al poco tiempo de completarse la mutación, pues después de que Carlitos, El Chupi, se rompiera cinco dientes y un brazo tras un resbalón jugando a pídola y Magín y Rafa fueran expulsados tres meses del colegio, por mirar a través de un agujero cómo se cambiaban de ropa las señoras de la cocina, Saturnino empezó a descansar un poco de bromas y motes. Lo del brazo y los dientes de El Chupi fue memorable: Saturnino la ligaba de burro y lloriqueaba que no valía, pero El Chupi, que iba de primero, mandó tabaca aumentativa y cogió carrerilla desde la mitad del patio, para llegar con más fuerza al salto y aplastar la rabadilla de Saturnino, cuando en el camino pisó una cáscara de plátano que nadie había visto hasta el momento, salió volando por el aire, puso el brazo para atenuar la caída, el cual se tronchó como una rama seca, y dejó a continuación los piños en el cemento. Un mes después del terrible accidente, la clase suspendió en bloque la asignatura de Matemáticas, salvo Saturnino y Ángel Corrionero, un chaval que decían que era marica y que nunca se había metido con el gafe, y, dos días más tarde, el maestro enfermó de algo grave del estómago. Estos hechos, y otros de parecido corte, dieron pábulo a la leyenda del Rabote. Los rumores se extendieron entre los corros del recreo, como aceite en el papel que envuelve un bocadillo de panceta:

-El Chumino es un gafe... ¿Vistes la hostia de El Chupi? ¿Y el Rafa, por qué le pillaron al Rafa? Joder, todos los que se le arriman terminan mal.

-¿Y qué es un gafe? -preguntó uno de párvulos.

-Calla, enano, y vuelve p’a tu clase. Es un cenizo, os lo digo yo, y si no mirar como al julay no le pasa ná..., claro, como es amiguete suyo...

Los tres últimos enemigos de Saturnino cayeron en una redada del conserje mientras alquilaban revistas de tías en pelotas en los váteres, a treinta céntimos la mirada, y Saturnino terminó el curso más tranquilo que dios. Su abuela, inmersa en el análisis del último crimen de la calle Francisco Silvela, en Madrid, no se percató, por desgracia, del cambio que se había operado en su nieto quién pululaba por la casa sonriente, casi feliz.


Corría el año 1967, cuando a Saturnino le dio por fumar, una nociva inclinación que tuvo gran importancia en su futuro. Remigia, limpia y pulcra, como ya hemos dicho, le pilló a la primera aún a pesar de que antes de ir para casa el muchacho se comió tres Sacis de menta para disfrazar el olor de la nicotina. La bronca fue de órdago y estuvo dos domingos castigado sin salir. No es que Saturnino hiciera demasiadas cosas los domingos, pero se perdió La última noche del Titanic y una de los hermanos Marx en el cine del barrio y aquello le sentó fatal.

Dos meses después, a Remigia le aplicaron un decreto regulador de la Seguridad Social y le bajaron la pensión un diez por ciento; el palo fue tan grande para ella que, desorientada, llegó a comprar el diario Pueblo para enterarse del porqué de la rebaja, consiguiendo tan sólo deprimirse un poco más. Comenzó a llegar tarde a la cola de la Caja de Ahorros, estuvo varios meses compungida y lo pagaba con Saturnino que, aún a pesar de ser de natural sencillo, comprendió que las cosas se le ponían chungas. De haber sido consciente de lo que era, habría aprendido lo que ya está científicamente demostrado sobre los gafes y ello es que, a veces, la mala suerte de un aguafiestas le alcanza al propio cenizo de rebote: un día, mientras escuchaban el parte en la radio y Remigia rezaba para que el Caudillo destituyera al Ministro de Trabajo, culpable directo de su penuria y de que no tuviera una televisión, espetó a Saturnino:

-¡Tienes que buscar un trabajo!

-¿Un trabajo, abuela? -contestó Saturnino, sobresaltado- ¡Pero si no he terminado todavía la reválida de cuarto!

-Es igual, estudias por la tarde.

Y Remigia se quedó en silencio, pensando en que ya lo había colocado en la lechería de la esquina, como chico de los repartos, y que el sueldo del chaval le vendría de perilla para compensar lo que le había quitado aquel canalla de Madrid. Así, Saturnino comenzó a trabajar y en dos años tuvo tres empleos: la lechería la cerraron pues vendía leche a granel ilegalmente, una ferretería en donde se colocó como dependiente se quemó y la oficina de venta de pisos de aquel catalán desapareció, después de que el tipo se marchara a Brasil con un montón de pasta. Remigia estaba cada vez más vieja y ya casi no compraba El Caso pero había conseguido el televisor y se pasaba las horas muertas viendo las corridas de El Cordobés, Bonanza e Historias para no dormir.

También ella había ido tomando conciencia de la mala suerte que tenían y miraba de reojo a Saturnino, por aquel entonces lleno de granos en la cara, pensando que habría nacido de pie pero que algo raro había en aquel muchacho desgarbado, de cara sencillota, flequillo moreno sobre la frente y ojos de pescadilla a medio freír. Una noche, Remigia se puso a llorar ante el televisor, sin darse cuenta, viendo un reportaje sobre Fabiola de Mora y Aragón y Saturnino la miró con ternura recobrada, como cuando le llevaba al parque de pequeño. Sintió que tenía que hacer algo y se puso a la tarea. Dos meses después, había encontrado trabajo de ayudante de sepulturero y las cosas comenzaron a marchar mejor. Pocos problemas podría dar ya a los clientes de una empresa tan terminal.

En seis años, Saturnino ascendió a oficial en el cementerio, una carrera meteórica. Todo iba de buten, sin sobresalto alguno, hasta el sepelio del duque de Campoblanco, una ceremonia vistosa y llena de periodistas que regaron con destellos de flash la comitiva y las lápidas cercanas. Entre los deudos, para sorpresa de Saturnino, estaba El Chupi, inconfundible a pesar de los años transcurridos, embutido en un traje cruzado y con hombreras, pisando de puntillas para no mancharse los bruñidos zapatos. -¡Joder con Carlitos! -pensó Saturnino viendo cómo El Chupi llevaba colgada del brazo a una tía rubia con pinta de tener una buena pasta- Éste ha dado un braguetazo.

Sus miradas se cruzaron y Saturnino percibió el odio en los ojos del otro. Al cabo de unos minutos. el capataz pidió a Saturnino, con gesto serio, que dejara las herramientas y se retirara, que luego hablarían y éste comprendió que detrás de la orden estaba aquel hijoputa que, aún a pesar de los años transcurridos, le pasaba factura por lo ocurrido en el colegio. -¡Bah, que le den por culo...! -rezongó Saturnino, mientras caminaba hacia la cripta del cementerio civil pensando en que era un buen momento para zamparse el bocadillo. Había empezado a meterle el diente a la tortilla con pimientos verdes fritos, cuando escuchó unos alaridos lejanos desde donde estaban enterrando al conde, aún cuando no les dio mayor importancia: hay gente muy sentida para esto de los entierros y él ya era un profesional con experiencia.

-¿Puedo hablar contigo un momento? -Saturnino estaba terminando una cervecita, cuando le sorprendió la voz. Era un tipo de unos treinta años, vestido con una gabardina blanca, casi cerrada hasta el cuello, gafas de sol de color verde oscuro con cristales reflectantes en forma de pera, como las de los americanos del Viet-Nam, y una gran bolsa colgada al hombro.

-¿Sabes lo que ha pasado? El tipo ese que te ha echado, porque te ha echado del entierro, me di cuenta, se ha caído a la fosa cuando iba a echar un puñado de tierra dentro, ¡joder!, ha sido el descojone y no te digo nada de las fotos que he hecho.

-¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Que se joda.

-No, si por mí... Pero quería hablar contigo, sobre un trabajo... ¿Quedamos esta tarde? Ahora tengo que mandar las fotos a la redacción... Toma, ésta es mi tarjeta. -el hombre le dio una tarjeta arrugada en donde Saturnino pudo leer: El Caso / Florentino Lerma / Reportero y una dirección; asintió con la cabeza, impresionado– Bueno, pues te espero en El Tizón, a las ocho, ¿vale...? -Saturnino volvió a asentir, boquiabierto.

El encuentro con el periodista fue providencial para Saturnino, aunque todavía no podía saberlo. Florentino era un gafe como él, pero en versión inteligente y tantas historias de crímenes y desastres que había fotografiado le tenían curtido en una materia que, además, había estudiado a fondo. Le costó convencer a Saturnino de que era un gafe. Y tras una larga charla, le explicó que si unían sus fuerzas, lo que él llamaba sinergia o cosa parecida, podían ganar mucho dinero.

-No pierdes nada con probar, Satur -era el primero que lo llamaba con este diminutivo, gesto que gustó horrores al enterrador-, yo te aviso del primer asunto que nos salga y te pago los gastos, pruebas cómo te van las cosas y si no te gusta te las piras y sigues enterrando fiambres, venga hombre...

-Pero, no es posible, no sé..., ¡yo no soy un gafe!

-¿Y lo que me has contado del colegio? ¿Y lo de la hostia del Carlitos en el cementerio? Eres un cenizo, Satur, como yo, y si sumamos nuestras fuerzas triunfamos, fijo, no sabes la cantidad de gente que está dispuesta a pagar por joder a los demás y nosotros lo tenemos chupado.

Días después, cuando recibió la llamada de Florentino, se dio cuenta que ya estaba cansado de darle vueltas al asunto y después de un minuto de silencio dijo que sí. Doscientas mil pelas eran muchas pelas. Al día siguiente, le pidió el mes de vacaciones al capataz con la excusa de que su abuela estaba muy enferma y el otro se lo concedió, no sin mucho reparo y mirándolo de través.

El primer trabajo funcionó como la seda. Hundir a la Asociación de Comerciantes del Barrio de Fuenteplaza estuvo chupado: después de afiliarse los dos gafes a la misma y de varias asambleas en torno a la construcción de un hipermercado en la zona, al presidente le acusaron de pedofilia y se fue del barrio, el secretario vendió una partida de latas de sardinas en mal estado y le cerraron la tienda, por tres meses, y dos vocales se enzarzaron a hostias durante una reunión por un sugerente comentario de uno de ellos, en torno a cómo se lo hacía con un vecino la mujer del otro. Sumidos en las discrepancias, no consiguieron nombrar nuevo presidente, el plazo de alegaciones al plan de urbanismo del Ayuntamiento venció y las obras del hipermercado comenzaron.

A esta gestión le sucedieron nuevos éxitos: asociaciones de vecinos que se peleaban por cualquier cosa; gestoras de capitales que se arruinaban en la Bolsa de la noche a la mañana; clubes de fútbol que estaban a punto de ascender y se quedaban en Primera Regional, después de perder siete partidos seguidos y curros en otros sectores que fluían con abundancia desde la nutrida agenda de Florentino, con excepción del de la política pues ya se encargaban los propios afiliados de joderlo todo dentro de sus propios partidos: sólo les llamaron una vez, para poner en orden una agrupación comarcal que había elegido secretario general por unanimidad.


Pero, y del amor ¿qué? La cosa hormonal no era uno de los puntos fuertes de Saturnino, sólo tuvo noticias de las gónadas cuando se le puso la cara como una paella, allá por los años del lique y la tabaca-lique; después, alguna descarga ocasional que tampoco le incomodó demasiado, salvo porque tenía que levantarse alguna noche para cambiarse de calzoncillos. El amor no era lo suyo y el sexo menos, miraba con cara de pánfilo a las tías y alguna vez le chispeaban un poco los ojos pero la corriente no pasaba de allí, era como si tuviera algún plomo fundido.

Florentino no le proponía nada sobre el tema, lógicamente. Ir con un cenizo así de juerga le ahuyentaría los ligues, pero una noche se le ocurrió invitarlo, por una sola vez y sin marcar precedente, a la fiesta de un amiguete agradecido porque su concesionario de coches era el único que ya quedaba en el pueblo. La fiesta era de postín y el amiguete había echado el resto en la cena. De aperitivos, sorbete de gelatina de vermú con nata de aceitunas y una gota de vinagre; caviar y delicias de arenque en nata agria y, como plato fuerte, un solomillo de ternera en lecho de hojaldre. Después la tarta y el champaña, a servir en la piscina del chalé mientras las ninfas que había traído se remojaban en el agua iluminada. Saturnino, tímido como siempre, se aburría y salió al jardín. Contemplaba el agua de la piscina cuando ésta se iluminó y vio a la hija del colega de Florentino, una chavala preciosa de unos diecisiete años que se acercaba al agua y se zambullía a continuación. Se escondió detrás de unos setos y contempló cómo nadaba la muchacha: el cuerpo de la joven era una silueta perfecta, teñida de azul y blanco y su melena morena flotaba como la de una sirena. Saturnino sintió que se excitaba, pero no como en las noches solitarias, sino de manera irremediable. Sintió que necesitaba sacársela del pantalón, tal era el dolor que la cremallera de la bragueta y el propio pantalón le ocasionaban. Pocas veces se la había meneado y desde luego nunca con aquella satisfacción y energía; cuando terminó la gallarda sintió una extraña tranquilidad. Nadie se había dado cuenta de su momento de álgida soledad. Regresó a la fiesta procurando pasar desapercibido, un desconocido buen humor le inundaba por primera en su vez en la vida. Entonces vio el sorbete de gelatina de vermú y sintió que su cuerpo había cambiado, comprendió que a partir de aquel momento ya no existiría la mala suerte, que había otro mundo por delante.


-¿Qué lo dejas? ¿Estás idiota?, perdona..., ¿estás más idiota que de costumbre? -Le repitió Florentino después de más de dos horas de discusión-. ¿Qué ya no eres un gafe?, ¡no me jodas! ¿Y cómo lo sabes?

-Algo ha cambiado dentro de mí, quiero hacer el bien a los demás, encontrar alguien que me quiera y no jeringar más a nadie.

-Pero, ¿qué mal hacemos, Satur? Es la suerte, bueno, la mala suerte, de los demás lo que nos da de vivir. Nosotros sólo ayudamos un poco. ¿Y los problemas que hemos resuelto?, ¿y la cantidad de gente que es feliz gracias a nosotros...?

-Que no, Florentino, que no... Los unos por los otros... Cuando le arreglamos algún asunto a uno, jodemos a otro y ya no quiero seguir...

-¿Y qué vas a hacer, tolili, volver a Ávila de sepulturero?

-Quizá...

Saturnino dejó el trabajo de gafe profesional, no volvió a Ávila y su abuela se curó de un cáncer de huesos para maravilla de los médicos de la residencia de El Bierzo, en donde vivía. Al cabo de un tiempo, en 1982, apareció en la vida pública como asesor de imagen del PSOE, se casó y la gente que lo rodeaba comentaba “que suerte tiene este chico, tan sencillo, tan simpático... Seguro que nació de pie...”, todos menos Florentino, claro, pues cada vez que le veía en la televisión o en los periódicos decía con ácida mala leche:

-¡Joder! Una cara de imbécil da mucho de sí en este país.


Pedro M. Martínez Corada
©Octubre de 2002

 

 
el interpretador acerca del autor
 
                           

Pedro M. Martínez Corada

(Madrid, España, 1951)

Es narrador y fotógrafo. Llegó a la escritura de la mano del Taller Literario de El Comercial, del que es uno de sus miembros fundadores, en cuyo trabajo participa desde el año 2000. Tres de sus relatos se encuentran publicados en el libro "Los cuentos de El Comercial" (Taller de El Comercial, 2002). Es cofundador del colectivo de cultura Margen Cero y director de la revista digital de Arte y Cultura "Almiar", socio fundador de la Asociación de Revistas Digitales de España (A.R.D.E.). Varios de sus relatos han sido publicados en revistas de América Latina y España:

-Heterogénesis (Suecia)

-Proyecto Patrimonio (Chile)

-El Escribidor (España)

-La Puerta Azul (Argentina)

-Wemilere de las Letras (Argentina)

El escritor Hilario Barrero escribió en Reseñas/Libro de notas sobre algunos de estos relatos:

"...en los de Pedro M. Martínez Corada son dos ciudades (Madrid y Oviedo) las que estructuran los tres relatos que tienen un lenguaje muy preciso y en donde el recuerdo del pasado es un personaje importante. Hay elementos fantásticos que me recuerdan a Cortazar, entre otros. Y en ellos hay un excelente dominio de imágenes visuales que le ayuda al lector a seguir la acción y los personajes como si de una película se tratara. Es el suyo un estilo cinematográfico, lleno de plasticidad. "Hilo de oro" es un cuento excelente y es mi preferido. Contado en primera persona es el testimonio de una nostalgia y en él se mezcla lo fantástico con lo real sin saber dónde empieza uno y acaba lo otro. Yo conocía otros cuentos de Pedro y recuerdo haber escrito lo siguiente, a propósito de su cuento "Felicia" que también nos sirve para estos que comentamos: El cuento ["Felicia"] tiene un excelente poder de evocación, es la crónica de un tiempo que nos trae, por medio de imágenes muy gráficas, todo un mundo de olores, sabores, colores, ideas... También me gusta el estilo narrativo: lento, grafico, limpio. Un cuento con vida y muerte, principio y fin, verdad y mentira, blanco y negro...con mucho detalle y es en estos en donde reside su fuerza....El detalle hace la diferencia... Los personajes están muy bien trabajados, trazados con línea firme y palabra precisa."

Como fotógrafo. participó en el libro "Laberintos" del Grupo Zebra (Caja de Madrid, 1986) y fotografías y artículos suyos han sido publicados por diversas revistas españolas: Arte Fotográfico, Periplo y Aventura. Una muestra permanente de sus audiovisuales se proyecta dentro de las clases de práctica de la Escuela Superior de Fotografía Flash (Madrid) y la Revista Literaria Literaturas.com publicó su reportaje de fotopoesía "Nueva York y Lorca".

 

   
   
   
   
 
 
 
 
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