"-Cortázar se fue de Argentina, pero después se reencontraron en el Museo del Prado. Cuando lo vi...con su figura inconfundible, yo estaba delante de El perro semihundido, de Goya, uno de mis cuadros preferidos. Y entonces se lo dije a Borges, y él me preguntó si yo quería saludarlo, y yo le contesté que sí... si él quería. «Sí, claro... ¿por qué no?», me dijo.

-Tuvo usted a «sus» dos escritores juntos y unidos por el arte.

- ¡Sí! Y en el mismo momento Cortázar -un escritor más que consagrado en aquella época- vio a Borges, y entonces se acercó, y fue divino, y maravilloso, y único... uno de esos instantes irrepetibles que nos regala la vida. Cortázar le recordó que le había llevado su primer cuento, y destacó la generosidad de Borges con él. Y Borges rió y le dijo: «Bueno, no me equivoqué, fui profético».

Fragmento de la entrevista de Cristina Castello a María Kodama.

Borges Kodama Cortázar por Juan Lázaro Rearte
 

el interpretador Borges y su jardín secreto

 

Entrevista a María Kodama

por Cristina Castello

 

 

 

 

Borges la descubrió en su mirada de niña cuando ella andaba en puntillas por su adolescencia. La niña lo había elegido para estudiar con él inglés antiguo e islandés. Y los unió el misterio: la única certidumbre, según Paul Gauguin. El misterio del amor y del arte, «for ever, and ever... and a day».

La escritora María Kodama fue compañera durante muchos años y luego segunda esposa del autor argentino más universal. Publicó en colaboración con él, entre otras obras, Breve Antología anglosajona (1978) y Atlas (1984), fruto ?uno más? de los viajes de la pareja alrededor del mundo. María fue también un gran soporte de la actividad literaria y personal de Borges, y lo ayudó en la dirección de su colección «Biblioteca Personal», que en Argentina se publicó de manera incompleta, por la muerte del escritor.

En este diálogo, no sé si es María quien me cuenta de él o si es Jorge Luis Borges ?unidos los dos en el misterio? quien habla en la voz de su amada, desde el «jardín secreto» que ambos tuvieron: el Universo.

por Cristina Castello

 

 

—¿Borges era un universo?

—Borges era como Leonardo da Vinci, complejísimo y lleno de matices, con inteligencia fascinante e imaginación enorme. ¿Sabe?... Me gustaba su cráneo de conejo y verlo reír, porque... era como un cachorro de tigre al sol, una imagen de mucha belleza.

—Como muchos enamorados, ¿él tenía algún apodo para usted?

—Me decía «Ulrica», que es un nombre nórdico que quiere decir «osita».

—«Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrazaba la sed», escribió en «El Inmortal». ¿Cuál era la sed de Borges?

—La poesía.

—¿Estaba poseído por los dioses, según definió Platón a los poetas en el Fedro?

—Sí, por ese espíritu que hace que el poeta pueda ser una especie de intermediario de aquello por lo que es poseído: el «daimon».

—En su casa de la Rue Ferdinand, en Ginebra y muy joven, era desdichado y, para serlo más, leía a Dostoievski; pero en 1916 descubrió a Whitman y sintió vergüenza por su actitud... ¿La función chamánica de la poesía lo despertó a la dicha?

—Claro, por la visión maravillosa y vastísima de Whitman y por la literatura que creó a través de la poesía. Porque, como bien decía Borges, uno tiene que escribir dentro de una armonía y un equilibrio; es necesario saber las reglas de la construcción de un soneto para poder desconstruir y —recién entonces— intentar el verso libre. Si no... uno tendría que haber nacido Whitman.

—Según Philippe Brenot, «talento» significa conocerse a sí mismo y saber que se ha sido conducido a tal o cual idea concreta; y «genio», que nunca se sabe adónde se llegará, pues se obedece a un terrible impulso. Borges, ¿genio y talento?

—Borges era una persona genial... única, pero yo no coincido con la definición de Brenot. Para mí la genialidad es un «plus» al talento: es introducir un cambio radical dentro de la historia. Se puede tener mucho talento sin ser genial: sin crear.

—No habrá sido fácil ser la mujer del escritor argentino más universal... de alguien que es patrimonio de la humanidad...

—Mire...yo nunca sentí eso con Borges. Me hubiera quedado petrificada. Comencé con él una relación de maestro-discípula cuando era muy niña, y entonces era como... desenfadada, y le hablaba de un modo fresco y espontáneo... si hasta le discutía sobre autores y cosas insostenibles para mí entonces. Pero quise conocerlo, porque las obras suyas que me habían leído me hicieron sentir una hermandad en el misterio.

—¿Y qué sentía Borges frente su desenfado?

—Lo divertía. Sabía que yo no era obsecuente, como la mayoría; y que prefiero pensar que el destino no existe para no perder mi libre albedrío, incluso a costa de ser prisionera de mi libertad. Soy libre como un animal en la selva... aun con su genialidad.

—En el siglo XIX se renovó la idea del genio. En Alemania, Klinger y Schiller se opusieron a la filosofía de la Ilustración e intentaron imponer la estética espontánea para la creación. ¿Era así Borges?

—Sí, pero sólo para empezar a escribir, pues su búsqueda de perfección lo llevaba a hacer infinitas correcciones. Él consideraba que tenía que trabajar sobre los sueños, sobre lo espontáneo que surge del inconsciente.

—¿En sus sueños había pesadillas?

—A veces... y cuando despertaba veía si sus sueños podían o no servir para que escribiera; el segundo paso era pensar si les daría forma de cuento o de poema.

—Y no bien se levantaba, tomaba un baño de inmersión y empezaba a dictarle sus textos, ¿no es así?

—Sí, a mí o a otras personas: periodistas o estudiantes que lo visitaban. Pero no se quedaba en el impulso: retomaba los textos por la tarde y pulía y corregía en cada revisión, hasta... bueno...¡hasta siempre!

—¿La «creatividad» de Borges lo era en el sentido de la lingüística generativa de Chomsky, en cuanto a la capacidad innata de los humanos para generar lenguajes hasta el infinito?

—Sí, él generaba lenguajes, pero, como le dije, no se conformaba con lo primero que hacía. Así es que, sobre todo con la prosa, provocó un giro en la forma de narrar de la lengua española. Es decir que las dos grandes revoluciones que se produjeron en este idioma partieron de América; una, con el modernismo de Rubén Darío y la otra, con Borges y el cambio radical que impuso en la narrativa, cambio que está cimentado en su bilingüismo, en su concisión y en su lectura crítica, desde muy pequeño.

—Fue un escritor prodigioso.

—Creo que esencialmente es un poeta y que lo prodigioso en él fue sentir desde muy pequeño cuál sería su destino...

—... Y fue niño prodigio. A los siete años escribió en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, el cuento «La visera fatal», inspirado en un episodio del Quijote; y a los nueve tradujo del inglés "El príncipe feliz" de Oscar Wilde...

—Sí...y cuando se publicó «El Príncipe Feliz», muchos pensaron que era una traducción hecha por su padre.

—Su padre... No olvido que a Borges siempre le pareció oír su voz cuando le recitaba de memoria, en inglés: «Tú no has nacido para la muerte, /¡inmortal pájaro!», de John Keats. Y que aquellas palabras le revelaron la poesía...

—Sí... Keats fue importante para él por eso, pero le gustaba más la épica y, sobre todo, la anglosajona de los siglos IX y X, y las baladas inglesas. También Emerson y Browning y... ¡Walt Whitman!

—Decidió ir a Ginebra para morir. ¿No tenía miedo?

—No, porque no le gustaban las cosas dramáticas o —como él decía— sentimentales. Borges vivió de manera natural también la muerte: como todos los días, como siempre. Era una persona estoica.

—En su lápida dice, en anglosajón: «And Ne Forhedan Na», esto es, «Y que nada temieran». ¿No temía?

—No, porque él lo tomó como una aventura y como un lugar donde satisfaría su curiosidad sobre los misterios de la vida... Quería saber si había algo o no después de ella.

—Pero es casi sobrehumano no tener miedo a la muerte...

—Bueno, como usted sabe, él tenía una manera de sentir un poco oriental, por todo lo que había leído sobre esa filosofía, sobre budismo, zen y sintoísmo. ¡Eso es la sabiduría...! Saber disfrutar de lo que nos acerca la vida. «Qué importa el tiempo sucesivo / si en él hubo una plenitud / un éxtasis, una tarde...», escribió en Fervor de Buenos Aires.

—¿Tuvo en toda su vida esa misma disposición para cruzar el umbral, hubiese lo que hubiese al otro lado?

—Sí, la tuvo en toda su actitud. Por otra parte, el hecho de haber estado siempre contra la corriente indica un valor muy grande.

—María, ¿Borges la amó?

—Yo creo que sí, ¿no?

—¿Y usted lo ama? ¿O lo amó?

—Lo amo.

—Hace un momento el camarero del bar donde tenemos esta conversación la descubrió: «Usted es la mujer de Borges», le escuchamos. Y en alguna de las entrevistas que hicimos anteriormente, me dijo: «No soy la viuda de Borges; soy el amor de Borges». Habló en presente, como muchas veces en esta charla. ¿Los une el Infinito....el «ansia de absoluto», según expresión de Louis Aragon?

—Yo creo que cuando uno encuentra la mitad del alma, es para siempre. Forever and ever… and a day.

—¿Borges fue generoso con todo lo que contiene la vida?

—Sí, y también con los misterios de la vida.

—Sin embargo, no parece haber dado importancia a algunos escritores. A Julio Cortázar, por ejemplo, a quien también le fascinaba la literatura fantástica.

—Se equivoca, porque Borges sabía que era un gran escritor. Él lo descubrió y lo llamó al segundo día de que Cortázar le dejara «Casa Tomada», para que lo leyera; y le dijo que lo iba a publicar y que su hermana Norah lo ilustraría.

—Pero la relación de los dos no continuó... ¿Por qué?

—Cortázar se fue de Argentina, pero después se reencontraron en el Museo del Prado. Cuando lo vi... con su figura inconfundible, yo estaba delante de El perro semihundido, de Goya, uno de mis cuadros preferidos. Y entonces se lo dije a Borges, y él me preguntó si yo quería saludarlo, y yo le contesté que sí... si él quería. «Sí, claro... ¿por qué no?», me dijo.

—Tuvo usted a «sus» dos escritores juntos y unidos por el arte.

—¡Sí! Y en el mismo momento Cortázar —un escritor más que consagrado en aquella época— vio a Borges, y entonces se acercó, y fue divino, y maravilloso, y único... uno de esos instantes irrepetibles que nos regala la vida. Cortázar le recordó que le había llevado su primer cuento, y destacó la generosidad de Borges con él. Y Borges rió y le dijo: «Bueno, no me equivoqué, fui profético».

—Usted me transmite la magia de aquel encuentro...

—Sí, fue mágico... ¡ésa es la palabra! Tenía conmigo a dos escritores a quienes yo admiraba y amaba ... ¡Y delante de ese cuadro! Goya-Borges-Cortázar y El perro semihundido: fue algo perfecto.

—Sin embargo, suele presentarse a Borges y a Cortázar como dos polos opuestos de la literatura argentina; y Cortázar no es recordado como merecería por la gran crítica, salvo en 2004, por el aniversario de su muerte...

—Yo creo que eso es una suerte de purgatorio por el que pasan todos los autores... Después que mueren su obra vuelve a surgir. Y aquí es donde más se distingue un best-seller de la obra de un creador.

—«Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas», escribió Cortázar. Fue un escritor comprometido...

—Sí, estuvo comprometido como persona, pero no en toda su obra; tiene cuentos de literatura fantástica que no están politizados y obras que sí lo están.

—¿Y qué pensaba Borges y qué piensa usted de El libro de Manuel?

—No leí El libro de Manuel. Leí Rayuela y me pareció una cosa fascinante, como un juego, y también Los Premios es fantástico. Es extraordinario cómo —después de vivir tantos años lejos de su país, y con otro idioma— logró conservar el lenguaje de Buenos Aires.

—Cortázar fue distancia y soledad; amor, nostalgia y dolor de Buenos Aires, así como su silencio con palabras.

—Es verdad, y yo soy muy lectora de sus cuentos. En «La noche boca arriba» —uno de mis preferidos— él mezcla espacio y tiempo, de una manera extraordinaria; y también lo hace en Prosa del Observatorio, en realidad una nouvelle, una prosa poética fascinante. Esa es la parte suya que más me interesa.

—María: año 1981 y dos actitudes. Cortázar en el Centro Cultural de la Villa de Madrid y aquel texto suyo sobre el poder de las palabras; y Borges, quien clamaba por «cien años de dictadura militar», mientras desaparecían miles de personas en Argentina.

—Sí, pero Borges también estaba muy comprometido con lo que él pensaba.

—¿Qué pensaba?

—Pensaba lo que publicó, dijo, se discutió, se le criticó y por lo cual se lo sigue criticando, a diecisiete años de su muerte. Pero él había creído que aquello era lo mejor. Lo que él sintió, lo sintió. Y cuando vio que no funcionaba lo que él había defendido, cambió. Es decir: no era rebaño ni era hipócrita. Era coherente y nunca se traicionó, no medró, ni coqueteó con unos u otros para conseguir cosas. Y eso me parece extraordinario.

—¿Usted coincidía con sus opiniones?

—No, diferíamos mucho y discutíamos. Pero lo admiré porque fue honesto.

—¿Fue por influencia suya que él recibió después a las Madres de Plaza de Mayo y se conmovió con ellas?

—Las recibió, pero no sé si yo influí. Sólo le dije que soy pacifista y que lo peor que hay es utilizar el Poder para el mal.

—Ahora hace usted una reedición de su obra, que incluye textos dispersos en diarios y revistas. El mundo se lo agradecerá...

—Mire... yo creo que será importante para profesores, estudiantes y escritores, porque la obra de Borges es una lección de estilo. Permitirá ver el revés de la trama de lo que siempre hizo él: la reelaboración permanente, sobre todo de su obra poética.

—¿Publicará «Los salmos rojos», que Borges escribió a sus diecisiete años y enamorado entonces de la Revolución Rusa?

—No. A los veinte años Borges destruyó el libro donde está ese poema, porque al principio creyó que la Revolución bolchevique elevaría el conocimiento y las condiciones del pueblo. Pero cuando vio que los jerarcas de entonces querían ocupar el lugar de los zares, cortó con esa ideología. Para siempre.

—Pero «Los salmos rojos» se publicó en la revista «Grecia» y en alguna otra de España...

—Sí, y en un periódico de Ginebra. Pero lo único que quedó fue el poema «Los salmos rojos», que daba título a la obra; y lo que quedó... eso sí está.

—¿Alguna vez lo vio llorar?

—Sí, cuando conocí el original de la «Victoria de Samotracia», lloré de emoción, y Borges lloró conmigo. La visión de esa escultura en un libro fue la primera lección de estética que me dio mi padre.

—¿Cuándo lo oyó reír?

—Muchas veces. Mire... a mí me gusta mucho nadar, montar a caballo y bailar. De niña estudié danzas clásicas, después empecé flamenco, y con mis amigos bailo rock, salsa... todo eso. Y cuando Borges me acompañaba a mis clases de baile griego, se divertía mucho porque —como todos los alumnos se iban a hablar con él— mi profesor le decía que yo me hacía acompañar por Borges para gozar de unas «clases particulares».

—Tiene usted una cultura vastísima y sigue estudiando...

—Sí, adoro estudiar. Me serena. Y escribir es para mí como un jardín secreto. Fíjese que Borges decía que soy como el ojo del huracán: serenidad y silencio cuando todo se arremolina a su alrededor.

—Y eso le gustaba de usted... ¿Qué más?

—Mi relación lúdica con la vida, que él no había encontrado más que en su abuela inglesa, aunque yo creo que el lúdico era él. Pero... después de su muerte, quedé durante mucho tiempo como recortada en un centro de silencio y me sentí en la mira telescópica. Porque si bien el amor de Borges me protegió, lo que ese amor despertó en otros me dejó a la intemperie. Y fui acosada, perseguida y hostigada, aunque no por todos; y sufrí, pero gracias a los horrores, descubrí en mí un centro de equilibrio. Entonces entendí las palabras místicas de Dante, cuando en el Paraíso —en referencia a Dios— dice: «El amor que mueve el sol y las estrellas».

—Amor sublime el de ustedes, pero, ¿y la cotidianeidad...?¿Dónde convivieron, un misterio para tantos?

—En mi casa, y tomábamos el desayuno, con aroma a café y a naranjas, en algún bar. Yo no lo preparé jamás, porque no sé cómo hacerlo ni quise aprender.

—¿Y cuándo descubrió usted que él era «su» hombre?

—Me di cuenta... en un avión, donde pasó algo muy especial que me hizo sentir «eso», pero... no se lo dije. Bueno, por favor, no me pregunte: esto es mío.

—Contarlo la humaniza...

—Mire... nos pasó como en la historia de la mayor de las hermanas y de su muchacho, en la película Sensatez y sentimientos. Todo era tan victoriano al principio, como la contención primera entre Borges y yo.

—Y como en la película, ¿hubo después un estallido pasional?

—¡Ah, no!... del estallido no hablaré: es mi autobiografía... compréndame.

—¿La complicidad entre ustedes hacía que él le diera a leer sus textos?

—Sí, él era muy personal y me decía, por ejemplo: «Vea, María, vamos a cambiar esta palabra», y luego ... «¿O usted prefiere la otra?». Si yo le decía «la otra» o «ésta», él me decía: «¿Por qué?». Entonces yo le explicaba mis razones y él contestaba: «Bueno, voy a pensarlo». A veces aceptaba, y otras veces me decía: «Usted tiene razón, pero yo prefiero ésta». Éramos muy libres.

—Él, emocional y racional a la vez. ¿Cómo era esa dicotomía?

—Esa es, justamente, toda la fuerza de su vida y de su escritura. Con la sola emoción, no habría logrado esa precisión del lenguaje.

—A ustedes les gustaban mucho Thomas De Quincey, Emily Dickinson...

—...Y Kipling y «La balada del Oriente y el Occidente». Y John Donne, quien consigue un ritmo y una musicalidad en cada verso...

—«Música», me dice...¿como la que usted, según me contó en otra ocasión, siente en el desierto?

—Sí... ese sonido de notas lejanas, o el de la arena cuando algún animalito la agita a su paso. O el del mar, tan potente, que parece que, de pronto, diera la vida; acre a veces y fuerte; también tiene el olor de un animal y también tiene música.

—La música, que parece unir cielo y tierra…

—¡Sí! Y puede desarmar las pasiones más negativas. Recuerdo El silencio, de Bergman, donde dos hermanas —dentro de un hotel— se aman, se odian y se gritan. Ni siquiera reparan en la música de la radio. Pero entra el mucamo y, conmovido, dice:«Es Johann Sebastian Bach». Entonces esos rostros que estaban crispados se van suavizando y la historia se trasforma...¡y es como si de pronto uno entendiera los misterios de Orfeo! Es el Infinito.

—A propósito, a pesar del supuesto agnosticismo de Borges, su obra es una apelación al Infinito, y cuando se convoca al Infinito se convoca a Dios. Y en vísperas de su muerte rezaron —aunque haya sido por mandato de su abuela inglesa— el Padre Nuestro en anglosajón...

—No es que él creyera o no. Era agnóstico. Pero también su madre le había pedido el «Padre Nuestro». Antes de su muerte le dije que sobre ciertos temas yo no podía opinar, puesto que no tenía una formación religiosa; pero le pregunté si quería un sacerdote para que conversara de esto con él. Entonces Borges me dijo: «Lo que usted quiere decir es si yo necesito un sacerdote». Le dije: «No, sólo si usted quiere conversar con él de estos temas de los que yo no puedo hablar». Entonces me contestó: «Bueno, llamemos a un protestante y a un católico, así converso con los dos». Y fue por eso que, cuando murió, se celebró una ceremonia ecuménica. Con un sacerdote católico y con otro protestante.

—¿Qué fue lo último que él le dijo antes de morir?

—En los días anteriores a su muerte, me contaba de los caramelos «toffie» que le compraba su abuela y charlábamos de literatura y estudiábamos árabe. Y lo último que me dijo, bueno... él habló de los dos, pero jamás diré qué: eso es mío.

—En un artículo reciente, John Berger describe la lápida de Borges en Ginebra. ¿Por qué fue a morir a Suiza?

—Porque él admiraba aquel país, desde donde partió hacia Buenos Aires recién a sus veinte años; y —según me contó— al principio trataba de hablar mal de su lugar tan amado, para «despegarse»: porque sabía que tenía que hacer su vida en Argentina. Pero después no tuvo esa necesidad porque ya tenía perspectiva.

—¿A quién se le ocurrió el bajorrelieve de la tumba?

—No sé, probablemente a los dos. Se trata de la descripción de un fragmento de un poema medieval, La Batalla de Moldon, y comienza justamente con: “Y que nada temieran... » El primer libro que Borges me regaló era sobre literatura anglosajona, y la cubierta tenía ese escrito, ese fragmento.

—Borges fue a morir a un barrio cerca del Ródano —sigo con Berger— cuyas calles estrechas parecen pasillos que corren entre inmensas estanterías de libros, como una suerte de biblioteca...

—Sí, y sobre todo lo eligió porque es como su testamento a la humanidad.

—¿Qué ofrendas le dejan en la «La Cimitére des Rois», donde está enterrado?

—Flores, velas o alguna carta donde dicen que leyeron su obra.

—«Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. / Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines de Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio», le escribió. María, hoy, yo le pregunto, ¿cuántas mañanas, mares, jardines, ahora, sin él?

—Todos los mares, todos los jardines. Y todo Virgilio. Toda mi vida en él. Forever and ever… and a day.

 

 

Publicado en «Cuadernos Hispanoamericanos» - Madrid, septiembre 2004

©Cristina Castello

www.cristinacastello.com

 

Caricatura del encuentro entre Borges, Cortázar y Kodama frente a El perro semihundido de Francisco de Goya en el Museo del Prado:

Juan Lázaro Rearte

 

 

 
 
Agradecemos a Cristina Castello el material de Borges y su jardín secreto, que amablemente nos ha cedido para su difusión en este espacio.
 
 
 

Dirección y diseño: Juan Diego Incardona

Imágenes de ilustración:

Juan Lázaro Rearte, Borges Kodama Cortázar.

Margen inferior: Francisco de Goya, El perro semihundido (detalle) y Foto de Jorge Luis Borges.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Y no comprendo cómo el tiempo pasa,/Yo, que soy tiempo y sangre y agonía."