el interpretador ensayos/artículos

 

Youthanasia

Leonardo Sai

 

 

 

 

“Crear la muerte de esa manera artificial como lo hace la medicina actual es impulsar un reflujo de nada que jamás fue provecho para nadie... ¿Pero quien garantiza que los alienados de este mundo puedan ser curados por auténticos vivientes?”
“Alienación y Magia Negra”; Artaud.

“¿Qué van a decir ahora que no existe el comunismo? Que son todos drogadictos, que son todos boluditos...”
León Gieco.


Repetición—. Allí donde las márgenes de lo urbano parecen terminar y tan sólo existe un doblez que lo hace posible. ¿Qué es lo que se desplazó hacia las villas y no cesa de infiltrarse? ¿Guerra de Countries contra Villas? Ambos no se atacan directamente. Lo hacen de modo indirecto y sobre el espacio que co-existe entre ellos: ni siquiera es la “clase media”. Si el villero detecta algo “del country” en un sujeto x, lo monitorea como “cheto”, es decir, un peinado, una marca, colegio privado, Raza. Si la garita(1) del country detecta un sujeto x con gorra, un mestizo en bicicleta = intervención de las seguridades privadas. Esta exageración matemática advierte de que lo que está en juego no son sólo objetos parciales de deseo social: un celular digital, un auto, un mini-disc. La delincuencia no es un problema de consumo. No es fácil matar a otro ser humano. La razón coexiste con la demencia y no se deja persuadir con facilidad(2). La voluntad se inventa un motivo y lo llama Robo. Ese hombre no quiere avergonzarse de su locura, un discurso sobre la fatalidad existencial y social vomita en su interior como extensiones de resentimiento, envidia, venganza, rechazo que recibe y devuelve a la sociedad. El robo es una excusa. En las villas existe un placer asesino ligado, por ejemplo, a la muerte de un policía. Esto se concibe como trofeo, es signo de reputación, de virilidad, de lealtad. El que sufre quiere hacer sufrir. Schopenhauer bien sabía que el dolor existe y que no es algo construido. El castigo supone preservar de un daño futuro —intimida— según dicen. Aquí la sociedad castiga en pos de su conservación. En los tribunales se organiza jurídicamente la venganza y se trata de reestablecer un estado de cosas. La sociedad busca una reparación como violenta réplica asegurada por la debilidad del acusado. Esta venganza por reparación da cuenta de que quien causó el daño no temía hacerlo, ahora nosotros tampoco. El castigo es odio por miedo y ausencia de miedo —ambos asociados a la venganza. Estos elementos diferentes del odio contribuyen a mantener una confusión de ideas en virtud de la cual el individuo que se venga no sabe generalmente lo que quiere. El castigo devuelve un mal con otro. El círculo lejos de cerrarse sobre sí se disemina.

Nuestra urbanidad cotidiana del 2001/2002 no fue otra cosa que hostilidades materiales y psicológicas, semi-indirectas, de sospechas y miedos, de racismos, vigilantes y castigados, de apariencias, de paranoia. Por un lado, todo la dramática de la seguridad. Y, por el otro, ese boom musical de la “cumbia villera”. En las discos, boliches y pubs de “clase media” se baila al ritmo de la cumbia hit del momento, se comenta el programa tropical, se imitan personajes, se copian tonos y palabras de esa “tribu” o “guetto” que se denomina “pibes chorros”. ¿Se podría pensar esto como trasgresión de un individuo sobre su clase? No. La peligrosidad del delincuente, las violaciones, los secuestros, las entrevistas laborales no son casualmente tramas de películas porno nacionales. Guerra casi indirecta, entre murallas, y sobre pactos de ambos lados con la policía. Esta polarización social que espantaba a los periodistas de las ediciones matutinas cuando despuntaban sus “reflexivas” intervenciones en los asesinatos de “Sopapita”, Fuerte Apache, 1996. Fenómeno social conocido por muchas latitudes. “Menem lo hizo” insisten todavía algunos. Adjudicar “el Mal” a Menem impide comprendernos. La “década del 90” podría haber desembocado en el modelo de una sociedad de tolerancia cero. Cuando el estado de excepción deja de serlo la distinción entre guerra y política se borra y la guerra misma organiza la sociedad: es muy claro que el segundo mandato de Bush el escenario de despliegue de sus ambiciones es el mundo entero. Es una cuestión de poder pura y no de derecho. Por eso este modo de hacer funcionar la guerra anula en la práctica lo interior y lo exterior: la guerra hay que ganarla todos lo días ya que esa lógica es la misma que la de la competencia(3). El discurso de los derechos humanos permite universalizar operaciones militares en interés de la humanidad. Este poder/control entra en contradicción con las nuevas formas de productividad, de vida, de expresión. Nada se resuelve con cierta fobia izquierdista contra el sistema de seguridad y si permite eludirlo como problemática. El Deseo que se agita debajo de la frase de campaña “voy a militarizar las villas” no es otro que el modelo de esa sociedad cuya materialidad se observa en el verano 2005 en Pinamer, en Cariló como “operativo policial faraónico”. Es ilusorio pensar que se trata sólo de proteger al turismo TOP(4). La jurisprudencia se diseña también con planes maestros, con libretos ejemplares. En un mundo donde el estado de excepción se convierte en regla una “aldea vigilada” es un sueño político y social de ciertos sectores para su Argentina deseada.

¿Quién es Axel Blumberg? En una zona como Garín es el cuerpo del odio del villero medio, como ideal del hijo del Amo, futuro Amo: una interioridad insoportable que hay que borrar. La villa tiene padres que no ejercen límites, presencia de lo mágico, es decir, Umbanda y una relación con la Raza. El villero no ve en el “Empresario” un hombre que se hizo a sí mismo sino un Heredero. El Villero en tanto figura no querida es repudiada pero vuelve bajo la forma de alucinación paranoica: “me roban” “no me dejan vivir tranquila” “esa música de mierda por todos lados” Y se filtra: en los secundarios, en los preceptores, en los stereos. El adolescente que tiene que ser un “nene bien” no percibe la villa únicamente bajo la sensibilidad social de lo bajo, lo sucio, lo feo y todo aquello que no debe imitarse: lo percibe como peligrosidad, como lo que los espacios de lo nocturno gritan “joda”: un imaginario que se liga al placer y al exceso. Entonces, un “hijo rebelde” de “clase media” cualquiera compra Cumbia Villera. No es extraño que un local de música especializada en San Isidro centro venda los originales de “Damas Gratis” a 22 pesos, baje una señora de una 4x4 a comprarlo y le diga a mi amigo vendedor “no le puedo sacar esa música de la cabeza”. Lo marginal es absorbido, se familiariza y se admite como trasgresión adolescente. Una caricatura del mapa turístico. De la misma manera que se vende la alegría de la batucada en las fabelas. Axel Rose vivía en las calles de New York, se drogaba con todo lo que podía, se prostituyó y armó el último gran grupo de rock: Guns n’ Roses. Noel Gallagher se drogaba con pegamento, robaba y como no tenía recursos para hacer vida universitaria y detestaba el trabajo industrial de Manchester formó el mejor homenaje a John Lennon: Oasis, un grupo de rock de clase obrera inglesa que captura el espíritu mismo de la composición Beatle sin caer en la copia profesional, erudita, ni tampoco distanciándose como influencia-inspiración. Los pibes de las villas manejan opciones similares: entre la formación delictiva y el trabajo manual, el fútbol y la cumbia villera. El paso del peronismo al menemismo, al nivel de las líricas de la música popular, es la transformación de la dignidad del pobre a la revancha del villero. El punto en el que la gente vive su destino de clase en forma auténtica y no impuesta es cuando lo dado se reforma, se muta y se aplica a nuevos fines.

Este verano percibe en sus costas cierto deseo de exhibición, es decir, las vacaciones permiten enmascarar aquello que liga a los sujetos a su vida cotidiana el resto del año; faceta de artista: los adolescentes se sueñan en las playas, entre una indumentaria y música rave-electrónica, ser parte de aquél souvenir de primer mundo. Las vacaciones proponen un ser otro, o mejor dicho: vivir lo que se desea ser sobre la base de una acumulación previa. Si la música electrónica pega y es fuerte en la costa no se debe tanto a su carente melodía sino a lo que gime y a su atractivo principal: la intensidad que barre los cuerpos. La electrónica es convulsión. La electrónica es más experiencia corporal, un sonido corpóreo. Esa violencia que descubrió el rock con los famosos “power chords” es amplificada al máximo al punto de que, desorganizada todas las secuencias de sonidos, subsistiendo sólo timbres, es hasta difícil de catalogarla como lo que es: música. Una música cuya innovación codea con la histeria: se baila tanto solo como con otro. No hay obligación de ir a bailar con una pareja, práctica jurásica. La electrónica retumba, es adicta, narcótica, y snob. La música electrónica es tan innovadora en lo que hace a la capacidad de mezcla y de composición con músicas ajenas como, por momentos, tediosa. Pocos Djs superan cierta maquinal repetición que es incompatible con la esquizofrenia del gusto ecléctico que necesita no sólo combinación de lo dispar sino constante renovación, cambio, fisura, otra canción, otro ritmo, otro corte. Creo que el límite de la música electrónica es su fuerza de incorporar y combinar prácticamente de todo. La electrónica se “pelea”, como dicen los sociólogos, con “tribus” o “guettos”: se trataría de una lucha simbólico-grupal(5). Esta guerra es con la cumbia. En rigor: la cumbia villera. La cumbia villera fusiona: “cumbia histórica”, es decir, los ritmos clásicos de la música tropical pero revierte sus temáticas: del amor traicionado y casi provinciano a la vivencia de la urbanidad, de la droga, del robo. La cumbia villera es música electrónica y su estructura musical no dista demasiado de las canciones que se cantan en los jardines de infante. Salvo que le agrega el baile que inventó el punk rock: el pogo. El Punk rock nace en una sucia ciudad inglesa, cercada por industrias y basureros y su símbolo fue Jhonny Rotten(6) y el grupo fundador “The Sex Pistols”. Los Pistols eran más provocadores que anarquistas y su pasión anti-sistema fue la misma la que los hizo encantador nutritivo de lo que decían combatir. El punk surge por el asco al hippimismo, por el aborrecimiento a las escaleras al cielo de Zeppelín: esa complejidad musical era combatida con tres tonos poderosos, simples e irrespetuosos. Mientras un pedazo de Inglaterra hablaba del amor, de las flores y del sexo libre: el punk rock y el naciente heavy metal denunciaban la mugre industrial, la contaminación y la basura de toda vida rutinaria, conservadora, apacible y feliz. La cumbia villera hace lo mismo sin el talento musical, la lectura, la visión política y radicalmente anticristiana de ese primer Johnny Rotten que cantaba “Dios salve a la reina”. La cumbia villera tiene como atractivo “la base”, es decir, la marca constante del bajo sobre el redoblante. Combinado con letras de fácil adhesión mental, que levantan banderas de grupo y de guettos como sistema de identificación, donde por momentos se hace testimonio de la marginación, de la experiencia de motín carcelario, del robo, de los tiros, de la policía, de la muerte festejada del “cheto”, de lo putas que son las mujeres, del sexo oral y anal como experiencias sublimes, de los trabajos de repartidores de pizza, de las peregrinaciones a Luján, de la televisión como trofeo. La cumbia villera se baila de a dos necesariamente y en todos los boliches es el momento clave del “levante”, de “encarar”. La seducción allí pasa menos por el lenguaje que por cierta disposición corporal, de cierta Actitud. La estrategia de distinción es parecer un chorro. La música de cumbia villera cruza antiguos clásicos de lo tropical, los bits de la música electrónica, y las letras de denuncia, marginación, cerveza y esquina propias del punk rock. La cumbia villera se reinvidica a sí misma como “más nacional” que la electrónica. Y, además, le atribuye a la electrónica falta de masculinidad: una música de putos. El amante de la electrónica codea con la bisexualidad en ciertos boliches de Palermo, pero también en las bailantes acceden —no los gays— los travestis. Esta música se mezcla con el rap y combina el look de los raperos negros americanos con los pelos teñidos de amarillo, al mejor estilo Maradona.

Tom Wolf que en el libro “A man in Full” (“todo un hombre”) cruza a un rubicundo texano (una especie de Bush empresario) con otro personaje en una cárcel que le habla de un “Michel Foucault” y aprovecha para burlarse de “Michelle FU KO” y todo “lo carceral”. Tom Wolf considera que en EEUU al poseer una “clase obrera” con buenos ingresos y nivel de vida el marxista no sabe qué hacer con ese “proletario” que está en un crucero con su tercer esposa y, por lo tanto, tienen que encontrar nuevos prole: mujeres, homosexuales, travestis, perversos, pornógrafos, prostitutas, árboles de madera nobles. Se trata de un Marxismo rococó, elegante como Fragonard, pícaro como Watteu. Como él mismo afirma: “demostraremos que, con perniciosa eficacia, los poderes fácticos están manipulando hasta la lengua que hablamos para atraparnos en un invisible panóptico...” En nuestro país tenemos cientos de estudiantes que se nutren de ese marxismo rococó y que encuentran en piqueteros, fábricas recuperadas, villeros, delincuentes un botín empírico-teorico de estrellas especialistas en estudios paraproletarios, el comercio sexual de menores en baños, bisexualidad, travestis, prostitución masculina, pornografía lésbica. Tenemos ejemplares de estudiantes con sus cabezas rapadas y con un librito de Deleuze en sus brazos, anteojitos de abuela y un pulido discurso sobre la sexualidad, el sadismo y el sistema penal. Entre este choque de personajes de Wolfe uno habla de “la fuga”, de que “los marginados son lo que mejor posición están para corregirnos a nosotros”. Del otro Charlie Croker —un blanco de raza, tradicional, texano, de 60 años, que tiene su teoría sobre lo que el hombre común quiere— soporta los aplausos. Luego silba y lo miran como si él estuviera loco. Hay quienes sostienen que el “intelectual de izquierda” es un erudito en el desprecio del hombre común porque de algún modo ese personaje observa que incluso con el cumplimiento efectivo del artículo 14bis lo que se gana si se cumpliese ese derecho es poco con respecto a lo que ellos proponen: Gana una hoja pero pierde el bosque. Los comunistas hasta el día de hoy levantan un precioso manto que esconde una voluntad ciega de destrucción. Sólo una inteligencia genial, descomunal y titánica como la de Carlos Marx pudo pensar ese puente. En el mismo libro, Wolf afirma que la moda de pantalones caídos tiene su origen en la indumentaria de la cárcel al no poder usar cintos debido a las peleas de las sectas de nazis, negros, latinos y judíos que las pueblan.

Algunos han detectado con precisión esas bajezas tan propias del demasiado humano, como las excelentes notas de James Nielsen/Tomas Abraham. Pero en este trabajo de meter la nariz donde el otro caga ¿dónde están las miserias de estos otros Intelectuales? ¿Por qué se han rebajado a la chicana barata de mostrar las indigencias ajenas en lugar de construir algo mejor? Flota en sus escritos el presupuesto tácito de que ya ha sido alcanzada toda la libertad concebible y asequible; el programa de emancipación ha sido agotado(7). “Mira dentro de tí, ni arriba ni abajo, allí en tu interior, donde se supone que reside tu astucia, tu voluntad y tu poder, que son todas las herramientas que necesitarás; tu Deseo es tu Potencia: Ahora vete a dormir, y no olvides leer unas hojas de “Así Hablaba Zaratustra”. Cuando tienen un ataque creativo nos hablan de sueños Republicanos: economía mixta, con estado jerarquizado y una clase política generosa y eficaz. Sostienen que quieren una Argentina donde no se confunda idoneidad con elitismo, que la eficiencia no es vicio neo-liberal y que respetar las reglas no significa ser un botón. ¡Bárbaro! ¿Y quiénes ponen el mismo sello todas las mañanas en ese Estado competitivo, jerarquizado y eficiente?

Nuestras conductas no obedecen a ningún mapa previo y el suelo no es otro que la desintegración del lazo social, conductas que se tientan con el suicidio y codean con excesos legitimados: la tentación es gigante, la tentación es legal. El nihilismo todavía no llegó como noticia en muchas mentes: se reúnen en cafés filosóficos, reflexivos, cursos sobre “Etica Nicomaquea”, seminarios sobre orientalismos en busca de un mapa, un código, Osho como predicador. Esa pérdida de objetivos trascendentes hace que muchos se quejen de su soledad pero en público la esgrimen como trofeo posmoderno e independencia profesional. Se trata del viejo diagnóstico durkhemiano, la Anomia. ¿Qué es República Crogmañón?

Los boliches son espacios sociales construidos sobre la significación cultural llamada descontrol. Son, al mismo tiempo, espacios sociales de luchas simbólico-corporal. Revancha, venganza y capacidad de imponerle al otro la propia agresividad entendiendo por tal ritual una forma de respeto, de autoestima, de masculinidad. Esto sucede en la bailantas y en la “joda” de “clase media baja”. El boliche despliega el descontrol. El motor de la noche parece sexual, sin embargo, es otra cosa lo que la noche mueve, hace mover, contorsiona los cuerpos, inyecta el deseo.

¿Cómo se relaciona que un chico entre a un boliche con un cuchillo con el sexo? ¿Qué hay en el medio? ¿Una cuestión de seducción? “El rrocho tiene las mejores minas”, me cuentan los pibes.

El consumo de alcohol y de drogas tiene una explicación proporcionada por la misma lógica local: la droga / alcohol permite una rápida deshinibición, y también un justificativo que busque un perdón—ya sea de tipo legal o moral— pero fundamentalmente que el otro sexual sea, por decirlo simplemente, más accesible, menos controlado: el eje es el sexo fácil. Otro objetualizado en su cuerpo como placer: una forma de perversidad socialmente aceptada y deseada. Pero esta forma de sexo violenta, montada en toda la noche de Buenos Aires, que insiste en épocas de economía recesiva-depresiva-en expansión- tiene un costo. Atraviesa grupos y clases. “La locura” se vende, es mercancía, se la llama “descontrol” y da de comer a muchos. El domingo por la mañana se escuchan las voces indignadas de comerciantes que se quejan de “los pendejos borrachos” que salen de las discos. Los mismos quienes compran sus panchos, panes, churros, flores, cocas, cigarrillos. El cuerpo del adolescente es un negocio sobre el cual se imprime una economía local y un discurso hipócrita, resentido y masturbatorio.

Las formas heterogéneas de descontrolar el cuerpo y sus efectos psíquicos no son expresiones de la falta de proyectos de una juventud que no encuentra donde involucrarse y donde construirse. Esto dicen los sociólogos de izquierda que no encuentran material humano que cooptar para sus filas. Justamente, los proyectos existen, salvo que no todos se conciben en la legalidad y no tienen como articulación el deseo de vida: hay muertes proyectadas. El cristianismo muere lentamente y el Sacrificio en pos del trabajo y la sociedad a más de un “pibe chorro” le causa gracia. No se los convence con la foto del Che y prefieren aquello que el menemismo le propuso: reventar y aguantar más tarde, de todos modos: con plata se compran jueces, sentencias, libertad condicional y luego la calle, el robo, gastar 2000 o 3000 pesos por fin de semana cerrando un cabaret, es decir, fiesta privada. Bajo el contexto de desocupación y dificultades educativas, “El descontrol” de los sábados, bajo la máscara construida como “Diversión” o como “joda” es la condición de hacer aceptable en el interior del núcleo familiar un ejercicio de poder específico. El suicidio es el límite de la noche de Buenos Aires.

Foucault ya advertía que el biopoder de la tecnología de control de la población no consiste en matar sino en dejar morir. La estrategia del poder para reducir a las nuevas generaciones es librarlas a sí mismas. El joven entra en una serie local que le suministra el exceso bajo los límites de su propia resistencia. La advenida de la Eutanasia tiene su tierra bien trabajada. Pero “los jóvenes” no son ningunos imbéciles. ¿O sí? ¿Saben muy bien que borracho No se conduce? Sin embargo, es mejor no caminar por la calle un domingo a las 6 de la mañana en Villa Devoto, Pueyrredón, Flores, La Paternal o Pacheco. Los grupos de rock, de punk, de cumbia, una vez formados, se mueren por tocar. Lo hacen gratis, incluso pagan por hacerlo. Se toman el trabajo de vender las entradas, de invertir en panfletos, de ir a las radios a llevar demos que son cajoneados. No les importa el espacio y la mayoría de veces son estafados. Hay mucha piratería y no es fácil vender el cd. Todo se reduce a tocar en vivo, sólo allí están las ganancias. Y los locales para que toque un grupo enfrentan no sólo impuestos sino la heterogeneidad de denuncias sobre ruidos molestos, pibes que hacen pis en los árboles, humo. Los seguidores de estos grupos trabajan como cadetes mal pagos de oficina, repartidores de pizza a moto, peones, empleados de locutorios, prostitutas, baby-sisters, mucamas, desempleados que juntan las monedas y vuelven del recital caminando o gracias a la buena predisposición del colectivero que se animó —cosa que no todos hacen— a levantar a chicos a la salida de un concierto o de un partido. Muchos colectiveros están hartos del “bardo” que hacen quienes a la salida de un recital o de un partido se “amotinan” en el colectivo, asustan al pasajero que viene de trabajar y que como portador de “traje y corbata” es interpelado como botón, careta, cheto y ortiva. Por pequeñas cosas como esas a muchos la tragedia de once no sólo no les importa un comino sino que sostienen que la merecen. Joaquín Morales Solá retaba a la sociedad porque a pesar de la tragedia el comienzo del año se festejó con tiros y petardos. Decía que en Europa existía una mayor sensibilidad social y que el luto por el Tsunami se prolongó en los festejos que se redujeron a silencio. Aquí esto no pasó. Y Solá llamó la atención. Lo que olvida nuestro lector de Sebrelli y Beatriz Sarlo —a quienes invita para hacer “balances"— es que en Europa la calidad de vida es tal que un festejo es siempre algo más o menos tranquilo, civilizado. En una población como la nuestra la exacerbación del festejo no es otra cosa que desesperación contenida, bronca, y muchas rabias. Es muchas veces el festejo desesperado de un año que no se quiere volver a vivir.

La sociedad como Todo no totaliza ni unifica. Si hemos inventado una visión en totalidades existentes solo al lado, si la vida se construye como puzzles esto no se debe a ningún avance o retroceso de ninguna teoría. Cuando la figura de un autor desaparece y cae en la espera de nuevas desfiguraciones es porque ha dejado de ser función y utilidad de la producción deseante en las relaciones sociales, políticas y metafísicas. Ver el mundo desde la conciencia fenomenológica, desde el espiral dialéctico, desde el inconsciente rizomático no se reduce a “la cosmovisión” sino a modificaciones de conductas y relaciones, economía política. Justamente, debajo no se agita ninguna conciencia que conoce ni tampoco el estímulo de la pulsión de un individuo sino el deseo de un campo social, de una sociedad, del mundo. En rigor, la maquinaria lejos de haber sido apartada para que la parte encuentre su singularidad y su diferencia ontológica se encuentra, de nuevo, en las profundidades, por todos lados, quebrándose, ampliándose, duplicándose a sí misma como aparte, fragmentada, mestizada. La máquina social es un todo abierto por todos lados y justo aquí una metafísica de la sociedad, una imagen sintomática de nuevas necesidades de producción económico, social, militar. Esta imagen misma es sintomática: una anomia sin bordes, por todos lados.

Diferencia.— Hay mucho más que anomia. Hay razones allí donde se protesta contra el proceso de individuación. No existe la política alienada sino la aceptación de política. La posmodernidad tiene sus mitos, como ese deseo de liviandad y licuefacción de tradiciones. Sólo superficialmente las culturas se han globalizado. Una dominación ejercida sobre la cultura de una comunidad modifica su apariencia, roza en lo interior, pero resiste en la medida de que el centro —un Yo, un Dios, un Símbolo— oculte sistemáticamente las leyes de su obediencia.

La Anomia existe y astutamente utilizada constituye el Gobierno que nos domina.

 

©Leonardo Sai

 

 

NOTAS

(1)La seguridad privada de garitas recibe un sueldo por sospechar de la pobreza circulante, escuchar la radio, leer un diario y vender una seguridad, muchas veces, ilusoria por el escaso y nulo entrenamiento. Se trata en todo caso de la disponibilidad de ojos, atención siempre quebrada por el hartazgo y el sueño, y un teléfono.

(2)Por eso las drogas.

(3)Mejor dicho: la lógica de la competencia es la lógica de la guerra.

(4)El hombre de derechas percibe la disposición del espacio del espacio político-social como una unidad orgánica que sólo ve perturbada su paz por la intrusión de extraños.

(5)Esquemáticamente: de un lado, la pasta base y el porro. Del otro, las pastillas. Entre ambos, la cerveza. “Ir a tomar un café” es hoy una cerveza en un quiosco, en un pool. Estos dos referentes son símbolo mentiroso de una polarización social. El pasaje de un ámbito a otro se dá todo el tiempo: el villero se mete en la rave, en la electrónica del mismo modo que ciertas sectores de “clase media baja y media alta” que no son puritanos de su religión musical hacen su visita al otro cultural. Una visita antropológica. El choque puede ser fatal. Las bailantas no reciben bien a quienes perciben ajenos al código estético y lingüístico del espacio y las raves ejercen su racismo de ser necesario. El sectarismo siempre existió. Quizás, lo nuevo es la capacidad de disfraz que permite a muchos jóvenes errar por estos espacios, adaptarse por una horas, arriesgarse al rechazo... o a ser aceptado.

(6)Rotten es basura, podrido en inglés.

(7)Porque no existen más “programas”.

 

 
 
 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Antonio Berni, Las vacaciones de Juanito (detalle).