Uno
Dejé de jugar al fútbol porque me rompí la rodilla. En realidad, no me la rompí. Fue un accidente. Una vez, un boludo, me dijo que, inconscientemente, quería dejar el fútbol porque sabía que no iba a llegar muy lejos. A ese lo mandé que lo garche un toro. A mí me encanta jugar al fútbol pero el traumatólogo fue muy claro.
-¿Y ahora qué sigue?
-Sigue que vas a poder jugar pero con tus amigos; olvidáte de la exigencia física profesional.
Otro que mandé garchar. Aunque éste tuvo razón: si corro 3 días seguidos, se me traba la rodilla. Ojo que no duele; es más bien un trabo y me voy.
Para jugar en inferiores había que ser amigo de algún dirigente. O tenías que hacer buena letra en la Escuelita de Fútbol. Un filtro muy jodido; de cien pibes, entraban cinco. Me quejaba de la corrupción pero creía que estaba bien llegar de la mano de un poderoso; tenías “garantías” de que todo fuera muy bien. A ese nivel, los jugadores no son más que una posible inversión “no demasiado rentable”. Si sos un Maradona, lo sos a partir de los 14 años; nosotros ya teníamos 17.
A mí me iba muy bien; buena pegada, resistencia física, la 10 en la espalda y a veces la cinta de capitán, que me disputaba con Walter Cisternas (un matungo morocho de gran potencia física) y Darío Carabajal (un rugbier campesino que venía de 25 de mayo y dormía en la casa de nuestro técnico, el gordo Palma). Los tres alternábamos la capitanía del equipo según la dificultad del rival: a Darío le tocaba cuando jugábamos contra 11 animalitos de Dios bien feos, a Walter cuando el equipo andaba distraído o había tenido una semana de jodas y a mí cuando nos superaban técnicamente. Ese era el criterio del gordo Palma. Y éramos muy buenos: los mejores tres del equipo. Había suplentes más jóvenes, que prometían pero no cumplían, así que nosotros teníamos el puesto asegurado.
Para destacarte en el grupo, decía Darío, tenés que ser más piola y no ir primero en los ejercicios de fondo pero tampoco atrás del cuarto. Al gordo Palma hay que hacerle caso pero también hay que putearlo en voz baja para que te escuchen los otros, tendés. Pero lo que siempre repetía, como regla de oro, era que tenías que bautizar a tres jugadores pa’ que te riespeten, carajo. Y si no te riespetan, los mandás que los garche un toro, nomá.
“Bautizar”, para Darío Carabajal, era divertir a todo el equipo a costa de los defectos y virtudes que tuviera un jugador. El que bautiza más rápido es un grosso, decía Walter. Cada uno tenía sus tres bautismos pero siempre cambiábamos, dejábamos al que ya no presentaba un peligro para meternos con el “nuevo” o “el potencial capitán”.
Pocas veces nos mirábamos a los ojos pero siempre sabíamos en qué andaba cada uno, con el radar las 24 horas prendido para que no te confundieran con un pichón de gil. Cuando el campesino ordeñador me avivó de que valía menospreciar a otro usando sus virtudes, me cayó la ficha. Porque no conozco a nadie que pueda estar sobrio, ponéle, las 24 horas los 365 días del año, por más abstemio que sea.
Están los que corren todo el partido y los que corren todo el entrenamiento, los que son callados, los que son generosos, los que se visten sin exagerar, los optimistas, los que nunca gritan, los que no toman alcohol o toman toda la noche y jamás se emborrachan, los que saben bailar, los que dicen la verdad o los que hablan bien.
Es más fácil encontrar una virtud que un defecto; después es cuestión de obligarlo a ser “perfecto” en todo momento y listo, se abre la Caja de Pandora de la hijaputez.
Y ahí te quiero ver, turrito. Arruinarlo es tan fácil que es más jodido que juntar birra y merca: incontrolable y peligroso.
Hoy ya no me como ninguna. Cuando me hablan del mens sana in corpore sano me hago caca de la risa. Si venís roto de fábrica o se te resbala el último patito de la fila, no hay mens sana que valga. Es más bien mens ágil.
Ponéle que no sos puto, más bien estás podridito; ver a tu compañero buscando su bolso, en todo el vestuario, mientras diez tipos se descostillan de la risa porque está en bolas, mojado y hace más frío que pedo de pingüino te hace pervertido, no puto.
Ponéle que sos puto y te reís porque te gusta su culito redondito, paradito, lampiño y con piel de gallina. Ponéle. Entonces sos un hijo de puta. Porque nadie lo ayuda y si alguien lo hace, vos, el campesino o el matungo lo cagan a trompadas. Darío, Walter y yo éramos más jodidos que cachetear a tu vieja con la pija dura mientras te prepara milanesas. Un verdadero (y ágil) hijo de puta espera que sonrías para romperte los dientes. Y no sé vos pero yo estoy seguro de una sola cosa: que dejé de jugar al fútbol porque me rompí la rodilla.
Dos
Ese último año, habíamos firmado un pre-contrato con el club. Por esa época entró Mariano Casciari, un flaco de rulos que tenía la pija más grande que vi en mi vida. Siempre digo que si no me gustó ese homenaje al falo de la entrepierna de Casciari, no puedo de ninguna manera ser puto. Y lo digo seguido porque soy un heterosexual sano que tiene ganas de que se lo garchen cada tanto. Lo de Casciari, repito, era perfecto. Más que pene era un penón. Venoso y alegre, no le faltaba nada. Y, encima, era tremendo hijo de puta. Por eso nos caía bien. No era bueno con la bola, más bien, era zurdito.
Y nos contaba unas jodas buenísimas: llamaba por teléfono a cualquiera y le hacía creer que eran amigos o parientes que hacía años que no se veían y lo citaba en un bar para verse las caras. Nunca iba. Un día se fue de mambo con una vieja en un pueblo y no lo hizo más. Igual nos dimos cuenta que guardaba mierda en los bolsillos porque entre bomberos se huelen los soretes, viste.
Mariano y Walter jugaban de ocho así que el matungo fue claro de prepo: loco, lo quiero afuera del equipo.Nunca nos vimos a los ojos durante tanto tiempo. Darío, después del silencio atronador, preguntó ¿cómo hacemos?
Y yo rompí el chanchito: Mariano no toma alcohol, muchachos, dije.
Mariano Casciari no tomaba alcohol porque tenía un hígado frágil. Había nacido así aunque lo secreteaba. El mismo día que firmamos el pre-contrato me llamó aparte para felicitarme que estábamos adentro y se sinceró: ayer me llamaron a casa que voy a firmar el contrato aunque Walter haya firmado el pre.
-¿Qué? ¿Van a fichar dos ocho?
-No, boludo. Mi tío es el Tesorero García Casciari.
El Tesorero García Casciari era el mejor amigo del gordo Palma, nuestro técnico. Si yo jugaba en primera división iba a ser gracias al gordo Palma, que agradecía al Tesorero García Casciari, que era el tío del pijudo Mariano quien no iba a firmar el pre-contrato porque eso incluía análisis clínicos los cuales no iba a superar por su hígado frágil que solo yo sabía que tenía.
Cuando me contó el tongo para dejarlo afuera al matungo Walter, lo mandé que lo garche un toro antes de ir a buscar a Darío. Y rompí el chanchito.
Mi cumpleaños es a fines de noviembre, así que lo invité al pijudo Mariano, dos putas muy perras, chicas del equipo de vóley del club, a Walter y a Darío; fue una noche íntima. No costó nada que las putas lo obligaran al pijudo a meterse en el baño para disfrutar del matafuego enrulado. Además, por un billete extra que pusimos Walter, Darío y yo, tenían que ponerlo en pedo.
Siempre digo que si pagué una puta barata, puedo cogerme cualquier cosa. Y lo digo seguido porque soy muy pajero. Y un tremendo hijo de puta.
Mariano Casciari dejó el fútbol después de mi cumpleaños. Una insuficiencia hepática lo internó en el Piñero tres polvos después de meterse al baño con unas putas y haber salido con su hígado chorreando bilis por la nariz.
Tres
Aunque al gordo Palma le sorprendiera, a mí no me parecía mal que Walter y Darío me hayan cedido la cinta cada vez que les tocaba a ellos. Fui el Capitán indiscutido durante seis largos meses hasta que me saqué de lugar la rodilla en una jugada estúpida y tuve que dejar el fútbol, casualmente, días antes de firmar el contrato con el Club. Ya no era ni siquiera “potencialmente rentable”.
Una vez, ese boludo que creía que me había lesionado a propósito, me preguntó cómo terminarán esos hijos de puta que nos joden la vida. Me lo preguntó porque alguien lo había jodido. Mal. Y lo preguntaba seguido. Un día me aburrí de sus virtuosas reflexiones. Así que lo cansé de su propio discurso. Nos veíamos y le tiraba la lengua para que se pusiera a reflexionar. Pasaba horas hablando solo, tratando de explicarme, enseñándome, hasta que se aburrió. Sin embargo, le pedía que siguiera, que él sabía, que él entendía, que él comprendía de qué se trataba todo, que siguiera con sus virtuosas reflexiones. Le presté la oreja y él habló tanto pero tanto que se agotó de su voz. Harto de sí mismo apenas si podía afeitarse. A los gritos, eufórico, me dijo por teléfono que no quería verme porque era un hijo de puta.
Y así como así, desapareció y no lo vi más.
Lucas Funes Oliveira