Tiempos de novela
En La aventura de los bustos de Eva, de Carlos Gamerro, el título constituye sin duda una acertada declaración de principios. Palabra altamente significativa esa de “aventura”, sobre todo tras cierto tiempo de impugnación de las posiciones narrativistas fuertes en la crítica literaria vernácula. Al respecto, hay que decirlo, el texto cumple lo prometido en el título: escrita en tercera persona, y focalizada en el personaje Ernesto Marroné, la novela está estructurada –si bien como flashback- en base a un dilatado encabalgamiento exponencial de sucesos.
Gerente de Compras del grupo empresario Tarmerlán e Hijos, Marroné se halla encargado de cumplir una misión muy particular: conseguir 92 bustos de Eva Perón a fin de cumplir una de las exigencias planteadas por Montoneros para liberar al secuestrado presidente de la empresa. El desafío en cuestión lo llevará a vivir situaciones impensables hasta poco antes en su vida: desde aplicar técnicas de motivación empresarial entre los obreros y militantes de la fábrica hasta reencontrarse con los fantasmas de su infancia en la villa donde funciona un paraíso prostibulario de falsas Evas.
A pesar de la trama inabarcable, la saturación en la novela de Gamerro nunca es un riesgo ya que en ella se halla presente, en aceitada marcha, y como elección estética definida, el particular verosímil de la novela de peripecias. Poco importa que redunde el gesto obvio de lucidez metatextual afanoso por conjurar, de manera explícita en la letra, ese fantasma de la sobrecarga(1). La apuesta narrativa llevada adelante por Gamerro mueve a pensar hasta qué punto estuvieron –o están- mal planteadas las polémicas en torno a la antinomia narrar vs experimentar(2), por momentos dominantes en los tanteos críticos y periodísticos dedicados a la literatura argentina contemporánea.
Quizás el error principal de la impugnación contra las posiciones narrativistas sea esa simplificación torpe de la propuesta de contar una historia. Casi como si –implícito esto en la impugnación- hubiera una única manera de realizar en la escritura dicha propuesta. Como si hubiera un sólo registro posible para contar. Un único camino estético a seguir. Dicho en términos más precisos: lo que en esa impugnación estaba en curso era una operación que implicaba, en primer lugar, homologar narrativismo y realismo –o una vaga forma de éste-, y, en segundo lugar, desacreditar por razones tan evidentes como nunca formuladas con claridad los postulados de la estética realista. Se pensaba que contar una historia equivalía a atenerse a los parámetros de dicha estética, injustamente relegados, sin considerar por lo demás que también se podía contar una historia satírica, paródica, picarescamente: tal como sucede, ni más ni menos, en La aventura de los bustos de Eva.
Lectores en acción
Uno de los rasgos definitorios del personaje Ernesto Marroné es el hábito entregarse a la lectura aplicadísima de obras para empresarios: El Quijote en la empresa, El samurai corporativo, Cómo ganar amigos e influir en las personas... Sorprendentemente, actualizado en la trama ese mismo hábito sustenta nada menos que una forma especial de bovarismo. Porque la psicología del management –además de definir al personaje- tiene relevancia estructural en la narración, en tanto participa con frecuencia en los puntos de avance de la acción. Por momentos, de hecho, es sólo en virtud de la creencia superlativa en la letra de sus libros, en la creencia en su aplicación sin fisuras en la realidad, que Ernesto Marroné logra seguir adelante.
Por otra parte, a partir de enfrentar los antagonismos –reales o virtuales- de la época, La aventura de los bustos de Eva termina transida de figuras especulares que no tardarán en desmentirse como tales. Es así como en contrapartida a la figura del lector empresario hay una representación de la lectura vinculada a las organizaciones armadas. La misma se halla condensada en María Eva, la montonera a quien Marroné sorprende una noche de guardia con un libro en la mano. Y al respecto no es un dato menor de la escena el pequeño engaño allí en marcha: por los prejuicios de la sociedad de poder de la militancia, María Eva se ve obligada a ocultar En busca del tiempo perdido, del burgués Proust, detrás de las tapas de Los condenados de la tierra, del combativo Franz Fanon. En las circunstancias dadas, cualquier lectura desvinculada de la acción es una falta grave. “Por favor no le cuente a mi responsable”, le pide María Eva a Marroné. “La otra vez que me agarró leyendo a Proust me hizo escribir mi autocrítica. Si se entera que reincidí…”. Sin perder jamás la línea de un humor sensible, la novela desarticula antagonismos hasta entonces irreductibles. Tanto para la empresa como para la militancia, la lectura y el pensamiento improductivos, por no decir placenteros, deben quedar fatalmente de lado.
Es a un tiempo compleja y sutil la forma en que Gamerro elabora las idas y vueltas entre vida y literatura a lo largo de la novela. Antes de encontrar personalmente a María Eva de guardia, por ejemplo, Marroné ya la ha visto en las ilustraciones de la fotonovela Evita Montonera. Y más allá de las configuraciones ideológicas, esa misma historia, leída desde la óptica de Marroné, permitía a su vez soñar con un nuevo libro, el cual sería apto –cuándo no- para generar reglas prácticas de acción empresarial en la faena diaria: Eva en la empresa, tal sería un título posible.
Tan canónico como inagotable, el vínculo posible entre la letra y la realidad marca todas las concepciones de la lectura presentes en la novela en una dirección indubitable: se supone siempre una influencia mutua, una reiterada interacción. Y es justamente allí, en esa insistencia, o en la sospecha por esa insistencia, que la novela de Gamerro pareciera señalarse a sí misma como carente de un potencial, como inserta en un espacio en el cual toda idea de proximidad entre los términos ha caído hace algún tiempo. “Tengo la sensación”, dice Gamerro en el 2002 en una conferencia sobre Lo que falta y lo que sobra en los últimos veinte años de literatura argentina, “que en los años sesenta, y tempranos setenta, la cosa no era igual. Entonces (aunque bien puede ser un mito de la generación anterior, pero algo me dice que no era solamente un mito) cada novela, cada cuento, cada libro de poemas era una parte integrante, tan vital como el agua, el aire, el alimento, de la vida cotidiana de ese segmento de la población llamado los lectores”(3). Y no interesa aquí la palabra del autor como validación de una afirmación propia de la sociología de la literatura, de un estado de situación de la práctica de la lectura en la sociedad actual. Interesa más bien como disparador para instalar, o terminar de instalar, una pregunta hasta ahora flotando a la espera de formulación. Se trata, desde luego, de la pregunta por el valor de una novela que –según esta apreciación de su forma de autoinscribirse- no hace sino circunscribir el panorama de su recepción, anticipar la limitación de sus efectos, en definitiva, sugerir sus resignaciones.
Pero dentro del orden inescrutable de los efectos paradójicos, ese mismo panorama exento de euforias pareciera apuntalar las condiciones de posibilidad de la novela. En cierta medida, el uso del humor para narrar la militancia setentista –aún ubicado el centro en la reina inofensiva de su imaginería- requería un estado general de la literatura que quizás el olvido del presente nos impide captar como tal, cegados sin mayores inconvenientes vitales en la inmediatez imperceptible de su evidencia. En un artículo del 2002 en Punto de Vista que ya es célebre, María Teresa Gramuglio advertía que, en relación a los abordajes del pasado reciente en la literatura argentina, si bien la tragedia de la guerra de Malvinas había podido ser escrita satíricamente –Los pichiciegos de Fogwill, o Las Islas del propio Gamerro-, por el contrario el terrorismo de Estado y la lucha armada seguían siendo objeto de un tratamiento sacralizado. Por si es necesario verbalizar la conclusión obvia: La aventura de los bustos de Eva obliga ahora a replantear ese panorama.
La velocidad de los destinos
Más allá del verosímil propio de la novela de peripecias, en el cual tienen cabida ciertas notas de exacerbación, el vertiginoso trayecto seguido por el protagonista Ernesto Marroné no deja de iluminar algunos aspectos de otro de los mitos que circula por la novela: el de su homónimo, Ernesto Che Guevara, quien ya en el inicio del texto figura allí, “en blanco y negro (nunca un gris, nunca un matiz)”, a la manera de póster en la pieza de su hijo en la casa del country. Como bien señala Ricardo Piglia en El último lector a propósito del Che, parte fundamental del “mito del guerrillero heroico” es la velocidad de construcción del personaje, una velocidad que (al igual que en el imaginario yuppie, cabe agregar) tiende a escamotear cualquier condición objetiva para marcar simplemente una instancia de iluminación y surgimiento a la acción –toda una política de la eclosión que en el caso del Che tendrá luego, como correlato reflexivo, la teoría del foco revolucionario(4).
Respecto a la historia vernácula, la novela de Gamerro admite una lectura en la cual la mirada sobre el pasado –actores, acciones y resultados- se construye a partir del reconocimiento de una distancia. ¿Cómo es posible que Marroné avance meteóricamente por las filas de la huelga, primero, y más adelante por la pirámide de la organización montonera? Las casualidades y los prodigios del azar tienen también un límite en el pacto genérico, y más allá del mismo queda en evidencia, como resto del texto, como residuo de la risa, el señalamiento de la precariedad en la que se desenvolvió el destino de muchos lanzados a la acción política en esa época.
Lamento, compasión o incluso crítica contra los actores de entonces: ninguna de esas variantes –posibles o esperables, entre otras- es mantenida de forma certera en el texto. Quizás sea en los instantes de incredulidad del personaje Marroné sobre su propio destino donde haya alguna chance de encontrar, al menos oblicuamente, el posicionamiento del autor en relación a la época narrada. Para buscar comprender lo incomprensible, para elaborar lo ininteligible, para conjurar precisamente la sombra del absurdo del pasado: en esos horizontes es acaso que se construye y se justifica la ficción.
“Yo no fui protagonista de la época”, declara el autor, nacido en 1962, en una entrevista periodística. “Fui simplemente un testigo”(5). Y esa distancia –no de la época sino de la acción, no del atestiguamiento sino de la comprensión- acaso permite establecer los cimientos de ese espacio fértil para narrar desde el registro elegido, para eludir felizmente las limitaciones de lo que Beatriz Sarlo denomina en Tiempo pasado la “coerción del testimonio”: imperativo ético y estético al que pareciera forzado el sujeto portador de determinadas experiencias(6). He ahí para Gamerro la puerta abierta al humor. O al menos, a la prueba de la risa.
Por lo demás, el presente se da cita en La aventura de los bustos de Eva no meramente como perspectiva, sino también como objeto de exploración: el Prólogo con que principia la novela, y que instala el largo flashblack del cuerpo principal de la historia, se desarrolla en una época reconocible como los noventa, cuando la vida en el country es parte consolidada de las costumbres de la clase dominante argentina. Es pensando en esa noche donde Marroné recupera “la película de su pasado rebelde” (pág. 13). Allí aparece la imagen invertida del trayecto seguido por Marroné, encarnada en quienes desde las filas de la revolución han pasado –o se han resignado- a ser parte de la clase dominante: “Aquí mismo, sin ir más lejos, ¿cuántos que hoy ocupaban sin asombro estas hermosas casas semiocultas entre las frondosas arboledas no habrían, con la misma mano que hasta hace un rato balanceaba con soltura la raqueta Slazenger, empuñado en el pasado las armas para luchar contra privilegios mucho menos injustos que los que ahora detentaban”. Se trata entonces de la sobrevida de la época en la particularísima figura del converso: una figura que, una vez asimilada las voces de las víctimas, ha tenido un lugar de considerable repercusión en parte de la literatura no ficcional referida al asunto(7).
Los sentidos y los partidos
El niño bien proletarizado, los compradores de armas en la villa, el activista mantenido por su esposa que fríe milanesas, la montonera que lee Proust a escondidas, los infiltrados, el líder de la revolución erigido como tal de la noche a la mañana, el converso que en los 90 se muda a un country… Mil y un militantes setentistas: delineados ya según los moldes familiares de los estereotipos, ya según la sorpresa combinatoria de una imaginación quimérica. Como sea, mecanismo clave de la novela de Gamerro ése de mostrar la proliferación de una silueta esquiva, un personaje no decantado, un fantasma complejo: en última instancia, en sentido amplio, también un mito.
¿Cómo asume una generación de escritores, no protagonistas en los setenta, una herencia que amenaza con las sombras de silencios varios, escamoteados quizá hoy más que nunca bajo la carcaza retórica del acoplamiento a una efeméride oficialista? En las tentativas de esa respuesta se cifra acaso la magnitud de la apuesta de Gamerro. Y al respecto, uno de los logros de la novela no es reconocer las mitificaciones en y de los setenta –algo obvio a esta altura-, sino más bien hacerse cargo de ellas, precisamente a través de elaborar su carácter simbólico. Representar, deformar, multiplicar, poner en circulación una figura: he ahí el potencial que brinda la materia literaria, arena simbólica al fin y al cabo.
La aventura de los bustos de Eva es por todo lo dicho una historia contada con alta conciencia del procedimiento global que la origina y sustenta. Se trata aquí de la muy conocida visualización de la novela como taller de experimentación. Es en esa búsqueda personal precisamente donde se escribe para interrogar lo que se desconoce, lo que aún no se comprende, lo que permanece como inasimilado. Por si hay alguna duda, que esa búsqueda autoral –incluso en su plena dimensión política- sea decisivamente íntima, no veda en modo alguno la entrada en juego del lector. A través de una aventura que afirma la posibilidad de un uso no cínico del humor, la novela piensa y dice generacionalmente a su autor, y, de la misma manera, bajo esa ineludible condición, invita también al lector a pensarse y decirse.
NOTAS
2) O mercado vs academia: otra formulación, acaso más en boga, de la misma polémica.
4) En palabras del propio Piglia: “En julio de 1955, Guevara está en disponibilidad, no sabe muy bien lo que va a hacer, y entonces aparece Fidel Castro. Es uno de los grandes momentos de la dramatización histórica en América Latina. Castro lo encuentra a las ocho de la noche y lo deja a las cinco de la mañana convertido en el Che Guevara. (…) Podemos pensar a Guevara como un marxista y seguramente lo era, pero eso no termina de explicar su decisión de sumarse a la expedición. Se trata de un salto cualitativo, para decirlo de algún modo. (…) Guevara se integra entonces como médico a la expedición del Granma, pero rápidamente se convierte en un combatiente, y al poco tiempo ya es el comandante Che Guevara”. Ref: Ricardo Piglia, El último lector, Buenos Aires, Anagrama, 2005, pp. 129, 130. Gracias Valeria Meiller.
7) El ejemplo más notorio sea tal vez la biografía de Rodolfo Galimberti. Ref: Marcelo Larraquy y Roberto Caballero; Galimberti. De Perón a la CIA. De Montoneros a Susana; Buenos Aires, Norma Editora, 2001.