el interpretador dossier

 

La aventura de los bustos de Eva

Capítulo 8 -fragmento-

Carlos Gamerro

 

 

 

 

Venciendo la vergüenza que le daban las pringosas prendas que le habían prestado en la villa, Marroné dio dos o tres firmes aldabonazos sobre la puerta, que resultó no ser de bronce sino de madera patinada, también decorada con motivos partidarios. Al punto se abrió una mirilla disimulada en el rostro de Perón, y cuando aparecieron dos ojillos desconfiados fue como si el propio General lo mirara.

- ¿Qué quiere? – preguntó la voz desde el interior.
- Busco a Eva – respondió Marroné sin titubear.

Como si hubiese acertado con la contraseña correcta sintió un descorrerse de pesados cerrojos y la puerta giró sobre goznes chirriantes.

- Adelante. Eva lo espera. Póngase en la fila.

El que le había abierto era un lacayo de librea peronista: traje tirolés celeste bordado con hilo de oro, camisa blanca con volados abierta al cuello, un distintivo partidario sobre el bolsillo del corazón, medias de seda y alpargatas de cuero negro lustrado. Marroné se ubicó último en la cola donde ya había otros esperando. Dos cosas lo sorprendieron. La primera, la variopinta facha de sus integrantes: había rotos como él, mendigos, villeros; también campesinos, peones de estancia y hasta un gaucho de bombacha y rastra; algunos obreros de overol y casco, un gordo de campera de cuero con facha de sindicalista y por último uno o dos bacanes de trajes impecablemente cortados; todos, esos sí, con su carta en la mano. La segunda, que fueran todos hombres, y adultos: no se veían ni niños ni mujeres. Seguramente, pensó Marroné, rememorando los eslógans partidarios, a éstos los habrían hecho pasar primero, para que no esperaran. La fila doblaba el recodo de un pasillo y luego ascendía unas escaleritas, al cabo de las cuales Eva los esperaba. Al principio la cola ni se movía, cosa que no lo sorprendió porque Eva, como él bien sabía, acababa de llegar, pero a los pocos minutos debió estar lista e instalada en su despacho, porque empezaron a avanzar a ritmo sostenido.

Entonces era cierto, pensó Marroné. Todos los rumores, todas las leyendas. Evita está entre nosotros, Evita ha vuelto. Evita vive, como se leía en las pintadas, que tan absurdas siempre le habían parecido, en portones, carteles y casas. No había muerto en el 52, de alguna manera la habían salvado, quizás para sustraerla a las garras de sus enemigos, y el tan cacareado cadáver que habían paseado de aquí para allá nada más que un simulacro. Pero de ser así, Eva debería hoy tener más de cincuenta años, y la mujer que él había seguido por las callejuelas de la villa no parecía tener un año más que Eva al morir, incluso varios menos: aunque era verdad que muchos sostenían que su dolencia la había aniñado. Fuera como fuera, aquí estaba. ¿La habrían congelado? Quizás esa había sido la tarea del afamado doctor Ara, mantenerla en estado latente hasta que se descubriera una cura para su enfermedad. ¿Y si fuera al revés? ¿Y si hubiera efectivamente muerto, pero su cuerpo intacto, impecablemente preservado, hubiera sido animado por las prácticas umbanda del Ministro de Hechicería José López Rega, y la Eva sonámbula que había seguido fuese en realidad un zombie? Se daba cuenta cabal de lo disparatado de sus pensamientos, aunque a fin de cuentas lo eran menos que esto, la realidad palpable que intentaban explicar con sus manotazos de ahogado.

Para ese entonces ya había subido los escasos escalones y franqueado las puertas del despacho de Eva, y allí la vio, sentada en su silla Luis XV detrás de su imponente escritorio de caoba, con las piernas cruzadas y el rodete en la nuca, atendiendo con su radiante sonrisa los pedidos que cada suplicante murmuraba en su oído y leyendo las cartas, en todo como la Eva de sus fantasías, salvo por un detalle: en lugar de llevar su trajecito sastre con solapas de terciopelo, esta Eva estaba completamente desnuda.

Marroné miró hacia adelante, a los hombres que se interponían entre él y ella, y hacia atrás, a los que se habían sumado. Nadie más parecía notar la anomalía, o fingían no hacerlo por cortesía o vergüenza. Volvió a los que lo precedían, para tomar nota del procedimiento. Avanzaban en fila india, dando pasos cortitos como de galeotes encadenados, la cabeza gacha y el sombrero, quienes lo llevaban, entre las manos: su postura y su expresión contrita sugerían la de fieles comulgando. Al llegar, cada uno entregaba su carta a Eva, quien entonces la abría, la leía, escribía algo en una tarjeta y se la entregaba sonriente. Apenas con los de riguroso traje de corte inglés o italiano variaba en algo el procedimiento: a las cartas de éstos correspondía no con una sonrisa fresca sino con una mirada indignada, y en lugar de hacerlos pasar, su brazo perentorio les señalaba un rincón donde ya se amuchaban varios como ellos, esperando parados. El que estaba justo adelante, un linyera de pelo revuelto y ropa mugrosa y maloliente, al llegar a su lado se  prosternó ante ella y solicitó besar su mano, a lo que Eva consintió de buen talante. Y ahora finalmente era Marroné el que había llegado y era tanta su turbación y tal la compostura de ella que se diría que era él el que estaba desnudo y expuesto entre toda esa gente.

- Bienvenido a la Fundación de Ayuda Sexual Eva Perón. Todos tus deseos serán satisfechos. ¿Trajiste la carta?

Marroné trató de mantener los ojos fijos en su rostro, aunque cada tanto se le piantaban a los pezones violetas y al jopo de vello oscuro que asomaba entre los muslos cruzados. Había una razón adicional, además de las que a la vista estaban, para su turbación: esta Eva no era la misma que había seguido por las calles de la villa. De su tez más oscura quizás pudiera acusarse al cambio de luz lunar a eléctrica; pero las orejas, que el peinado tirante a la nuca volvía especialmente visibles, estaban salidas hacia fuera como las de un chimpancé, y el arreglo del cabello en sí tampoco era idéntico: más que el nervioso rodete de manos tensas ésta llevaba, como correspondía a su atuendo, un chignon más soufflé, menos austero.

- ¿Entonces? – lo animó Eva.
- No… Eh... La carta no…
- No importa – dijo Eva con soltura -. Podés pedirme lo que quieras, no tengas miedo. Me lo podés decir al oído si te da vergüenza – concluyó orientando en su dirección una de sus apantalladas orejas.
- Bustos – espetó Marroné al fin –. Quiero los bustos de Eva.

Eva anotó algo en una tarjeta con membrete de la Fundación y se la entregó sonriente. Marroné se dirigió a la puerta por la que habían salido todos los que lo precedieron.

Del otro lado lo esperaban más sorpresas. La puerta daba a un vasto salón decorado en un kitsch peronista, mezcla de constructivismo soviético blando y estilo provenzal californiano, con toques de yesería neoclásica, fuentes, y palmeras en maceta; y por este decorado de fantasía se paseaban, en todas sus variantes, hasta una docena y media de Evas. Las había de chignon y traje príncipe de Gales, de velo y sombrero, de vestido de verano y cabello suelto; una reina de Dior enjoyada de pies a cabeza, alguna envuelta en suntuosas pieles, otra enteramente enfundada en vinilo negro, una sin otra ropa que el portaligas y las medias, otra sin siquiera eso, ambas de riguroso rodete. No vio por ningún lado, por más que tendió la vista en todas direcciones, a la que lo había guiado hasta el lugar. Alrededor de cada Eva pululaban una multitud de hombres, como zánganos alrededor de una abeja reina.

El perfume de colonia barata anegó sus narices y una voz chillona sus oídos antes de que sus ojos lo vieran.

-Primera vez, ¿verdad?

 A su lado se había deslizado, untuoso como un pan de manteca en una sartén caliente, un lacayo de librea peronista algo diversa: chaleco recamado en hilo que apenas le cubría el trasero, ajustados pantalones de torero y chinelas de raso brillante, todo en celeste y blanco y dorado. Marroné asintió, todavía boquiabierto.

- ¿Y? ¿Qué le parece?

Buscó una frase de compromiso en su atontada mente.

- Y… Al fin… La felicidad del pueblo.

Un obrero particularmente insistente metía la nariz bajo los volados de la acampanada falda de Dior e intentaba meterse en cuatro patas debajo, con la evidente intención de acucharse dentro, y Eva con risitas divertidas lo iba esquivando con movimientos valseados y le daba golpecitos de abanico para sofrenarlo.

Su acompañante le deslizó una risa de compromiso, seguida de una mano de dorso velludo:

-Aníbal Vitelo, como todos aquí en la Fundación, para servirle. ¿Qué se le ofrece?
- Quisiera… Conocer.
- Permítame entonces. Seré su cicerone.

A su lado pasó rauda, sirviendo sidra de una botella con los perfiles de la pareja presidencial en la etiqueta, una de las tres meseras, de frente de tacos altos, tailleur sobrio y cabello tirante, de espaldas de rodete, dos tiritas de raso cruzadas para sujetar el frente de la chaqueta y un par de braguitas minúsculas, quedando a la vista desnudas espaldas, nalgas y piernas. Su guía tomó dos copas y le alcanzó una para brindar por Eva.

- Salud… A todo esto… ¿Qué pidió? ¿Me deja ver su tarjeta?
Marroné se la alargó, alelado, fijándose recién ahora en lo que decía en ella. “Vusto de Evita” había garrapateado la Eva desnuda con letra de analfabeta. Aníbal batió palmas en el aire. Las tres Evas más cercanas se dieron vuelta.

- A ver, chicas…

Una estaba envuelta enteramente en un suntuoso abrigo de marta cibelina que se doblaba sobre su cuerpo en soberbios pliegues, como esos animales con pieles más amplias que su carne; los ojos de Marroné recorrieron la palidez de mármol de su cutis, sus labios purpurinos, los menudos pies enfundados en zapatos aún más pequeños. La segunda, la más alta, se acercó como flotando dentro de un vestido de lamé dorado que parecía inspirado en los films de la Metro-Goldwyn-Mayer: la cola abierta en abanico, el corsage sin mangas muy ajustado al talle y el corpiño bordado que le abultaba hacia arriba los senos, sandalias doradas con perlas y la cabeza peinada en rulos con forma de banana. La última llevaba un sencillo vestido de verano estampado con flores, sandalias bajas y cabello castaño suelto.

- Este pobre grasita quiere ver el busto de Eva.

A la Eva de las pieles le bastó con abrirse de par en par el tapado, no llevaba nada debajo y sus tetas eran grandes y marmóreas, surcadas de tenues venitas azul cielo, apenas caídas y algo estriadas, con forma de pera. La Eva de vestido floreado ayudó primero a su compañera hollywoodense a soltar los ganchos que ceñían el corsage a su cuerpo, y luego mientras ésta sacaba de las tazas del corpiño primero una y después otra teta blanca, a ella le bastó soltarse los breteles de un hombro y de otro y bajarse el vestido hasta el ombligo para exhibir sus pechos redondos y pequeños.

- ¿Y, compañero? ¿Qué le parece? ¿Cumple o no cumple Eva?

En el cansancio infinito y el subsiguiente estado confusional que anegaba por momentos su entendimiento, Marroné se estaba desarticulando lentamente, separándose en sus partes componentes: mientras su mente movía las patas en el aire como un cascarudo dado vuelta, buscando las frases con que aclarar el terrible malentendido, sus partes bajas respondían al despliegue de carne femenina con una erección batiente y oleadas de ofuscación sexual que le subían al rostro y le nublaban la vista. Se aferró a su sentido del deber como de una cornisa en una caída.

- No. Yo… Me refería a un busto… como una estatua… de piedra… o de yeso… - concluyó con un hilo de voz cada vez más fino.

Su chaperón lo miró perplejo, más sólo por un momento; luego con una mirada sabedora le indicó a las tres Evas que se cubrieran y se fueran a tomar el fresco.

- Bueno, bustos, lo que se dice bustos… ¿Vos decís como los de las escuelas, no? No tenemos… Nunca nos pidieron. Una estatua, eso sí. ¿Querés que te lleve a verla?

Marroné asintió, aliviado, aunque no sabía bien de qué. Quizás fuera que una estatua parecía algo palpable y comprensible en medio de tanto desconcierto.

La fuente era redonda, revestida de venecitas de colores, y en el centro se elevaba la estatua de Eva desnuda, de pie, con el largo cabello suelto al viento, cubriéndose apenas el sexo con una laxa mano ahuecada, la otra elevada sobre la cabeza ofreciendo sin malicia una manzana, de cuyo corazón manaba el agua que como un vestido transparente envolvía  su brazo, los senos pequeños, no demasiado erguidos, el vientre de rítmica redondez, que invitaba las manos a sostenerlo, las hermosas nalgas y los muslos de ensueño. Todo esto lo subyugó con su belleza, pero fue en sus rasgos, en su sonrisa más poderosa que la rigidez del mármol, donde su mirada se detuvo.

- Es... Es ella – balbuceó.
- Sí, está bastante parecida, ¿no? Acá estamos todos muy orgullosos de ella. Y tiene sus admiradores. Hay quienes vienen sólo por verla. Más de uno ha querido llevársela. Pero no está en venta. Mármol de Carrara, eh – aclaró, repicando con la uña sobre la nalga derecha –. Sentí, sentí.

Marroné comenzó a estirar una mano trémula, que su acompañante cazó al vuelo.

- Conque estatuitas tenemos. Vení conmigo. Me parece que ya sé lo que te va a gustar –. Se había atrevido al tuteo desde que las preferencias de Marroné le parecieron inclinarse hacia lo perverso -. Vos querés algo realmente especial.

Marroné tomó otro sorbito de sidra, asintiendo. Debía ser por el cansancio o la obnubilación, pero las burbujas se le estaban subiendo a la cabeza como champán, y sintió el advenimiento de una desquiciada euforia que no por fuera de lugar era menos placentera.

- Éste, por ejemplo – dijo señalando un amplio sofá de brocado rojo sobre el cual algunos de los pitucos perfumados olisqueaban bombachas y zapatos de fiesta, hundían el rostro en espesos visones y acariciaban sedas – es el rincón de los fetichistas. Les ofrecemos lo mejor. En ese abrigo de cibelina Eva recibió su condecoración de manos del Generalísimo. Y esa capa de plumas color salmón y cielo es un modelo exclusivo de Dior.
- ¿Son los auténticos?
- Los que no, son réplicas perfectas. Ni Dior mismo notaría la diferencia. Todos estos que ves de traje – dijo abarcando con un gesto a la concurrencia – son los masocas. Vienen así para que Eva los humille. Sobre todo, les encanta hacer antesala durante horas, viendo como en sus narices hace pasar a los cabecitas y a los grasas primero. Si por ellos fuera se quedarían ahí siempre, cuando llega la mañana a muchos los tiene que sacar el personal de limpieza a escobazos. Eso también les encanta.

Un calvo de bigote y torso velludo danzaba en puntas de pie, contoneándose en un vestido celeste con perlas en el corsage y un tutú de ballerina; una diadema de brillantes ceñía sus sienes y llevaba una varita mágica en la mano con la que tocaba cada tanto a sus compañeros, que apenas levantaban con gruñidos la nariz de las prendas íntimas de Eva y seguían con sus hurgueteos.

- Dior, también. Algunos no se contentan con tocarlos. El disfraz de hada buena es tan popular que tuvimos que hacer como cinco réplicas. Así que si te da por ahí, tenés para entretenerte. Ahora, si me preguntás, yo te recomiendo las de carne y hueso. Como verás, hay para todos los gustos. Te voy pasando los precios: dama del látigo, diez mil, esa de botas altas y cuero negro; Eva de las pieles, la que ya viste, doce; amazona de camisa blanca tableada, fusta y botas de montar con espuelas, diez mil, fijate qué delicioso lo apretado del rodete; institutriz de labios pintados bien chiquito, tacos aguja y puntero, diez mil también, incluye clase de doctrina peronista en la Escuela Superior del Partido; Evita capitana, es ésa, no, la de tailleur con botones dorados, galones y charreteras, ocho mil, y con esto más o menos completamos la oferta disciplinaria. Ahora pasamos a las princesas y estrellas de Hollywood: La Pródiga, esa de bucles oscuros y terciopelo, doce mil, el vestido es el auténtico, decime si no está idéntica a Heddy Lamarr; ésa vestida de campesina del Colón con las trenzas detrás de la oreja es la de La cabalgata del circo, medio sosa, la tenemos en oferta a siete, pero no te la recomiendo. La de lamé dorado, doce mil, ¿viste qué tetas?
- Y… ¿esa del vestido floreado?
- Ahh… ¿Te gustó, no? Una tetitas deliciosas, también. Esa es la amante de Perón, modelo isla del Tigre, diez mil, está para comérsela. En la línea Evita Duarte, que es la más económica, tenemos también a la estrellita en ascenso, esa que revolea los ojos y parece Betty Boop, muy años veinte, ocho mil; la bosterita en hot pants está saliendo bastante, ocho también, una ganga; y tenemos al fin la chinita de campo, lista pa’ servir al patchonshito, cuatro mil quinientos. Qué más. Línea Santa Evita. Madona de los humildes, con aureola, doce mil, debajo del manto no lleva nada; postizos y mantilla, vestido de seda negra y Cruz de Isabel la Católica sobre el pecho, trece mil, en ese hábito tuvo su audiencia con el Papa… Y creo que ya estamos, salvo por las especiales.
- ¿Cuáles?

La voz de su acompañante bajó varios decibeles para decirle al oído:

- Enferma de cáncer. Veinte mil. Treinta y tres kilos.

Marroné silbó bajito -: ¡La flauta! – había empezado a achisparse con la sidra, y poco a poco iba entrando en el juego.

- Tiene cáncer en serio. Con lo que saca acá se paga el tratamiento.
- Igual son algo salados, ¿no? No están que digamos muy al alcance del bolsillo obrero.

Su guía lo miró unos segundos con una sonrisa a medio camino, no sabiendo si tomarlo a broma o ponerse serio, optando al final por lo primero.

-Vos sí que te tomás en serio el personaje, eh. Qué realismo – dijo tomando la tela mugrosa entre los dedos, luego oliéndoselos y frunciendo la nariz con una mueca -. Igual… no es por criticarte, ¿no? – dijo señalando con los ojos al suelo -. Pero lo de las alpargatas es algo obvio. Está como quemado. Hoy por hoy las Adidas te dan mucho mejor el look villero. ¿De qué empresa sos?

The game is up, se dijo Marroné con un suspiro, lo habían descubierto. Demasiado tarde para preguntarse por qué, tal vez lo había delatado su acento de colegio inglés.

- Tamerlán e hijos.
- Aaah…cabáramos. Hubieras empezado por ahí. Clientes viejos… Mirá, ése si no me equivoco es un colega tuyo.

Marroné siguió la dirección del dedo, y cuál no sería su sorpresa al descubrir, hocicando bajo las botas de montar de la Eva amazona para lamerle la suela, al bello, al pulcro Aldo Cáceres Grey, vestido de pordiosero, salvo por el trasero descubierto cuya raya  lánguidamente acariciaba con la fusta la jineta.

- Ah… Marroné… - tartamudeó azorado cuando desde su posición rastrera lo vio cernirse sobre él -. ¿Qué hacés acá?
- Lo mismo que vos, supongo. ¿Primera vez?
- Eeeh... No, bueno, a decir verdad… - comenzó a decir, pero en ese momento su Eva desde el sillón le enganchó el cuello entre suela y taco y le empujó el rostro hacia el suelo.
- ¡Esclavo! ¡Ya te dije que no hables con extraños!
- Aaay… Pará un poco. Es un colega de la empresa.
- Mejor, entonces. Que vea bien lo que te hago, así mañana le cuenta a todos.
- Bueno, te veo ocupado. Nos vemos… - dijo Marroné comenzando a despedirse.

Cáceres Grey trató de extricarse de debajo de la suela, y recibió un fustazo en las nalgas como advertencia -. ¡Aay! ¡Sucia negra villera!

- ¡Quieto! Y no hables a menos que te dirija la palabra primero.

Marroné volvió con su guía, segundo a segundo más compuesto, ahora que estaba entendiendo.

- Somos todos empresarios, acá.
- No, todos no. Ése que ves allá, vestido de peón de campo, es estanciero. El estibador de musculosa y pañuelo al cuello es dueño de varias empresas y el colimba que  la capitana está bailando es coronel de artillería.
- Todos gorilas – musitó Marroné -. Ahora sí que me cierra -. ¿Y ése? – dijo señalando un barrabrava de rulos y peluda panza blanca que le asomaba bajo la camiseta de San Lorenzo.
- Ah, no. Ése trabaja acá. Les ponemos gronchos auténticos, a los que gustan hacerse montar vestidos de Eva. Para eso ponemos todo el guardarropa a tu disposición. Si te da por ahí…

Marroné declinó la invitación con un gesto -. Gracias. ¿Y ésos que parecen sindicalistas?

Dos gordos, uno achinado y peinado con raya al medio, otro de rulos engominados y barba de varios días, ninguno de más de cuarenta, recibían de las manos del hada buena una pelota de fútbol y una bicicleta.

- Sindicalistas. Saben venir bastante, como verás, metalúrgicos nostálgicos la mayoría. Están llenos de plata pero todavía añoran los años dorados de su infancia pobre, cuando recibían los regalos de Eva – dijo con un resoplido de sorna -. Pero son los menos. Los que la aman, digo, o la veneran. Acá, en general, vienen dos clases de personas. Están los que vienen a humillarla, y están los que vienen a dejarse humillar por ella. O, para no andarnos con vueltas, a cogérsela o a hacerse coger por ella.

- ¿Literalmente?
- Ésas que ves ahí. ¿Las tres altas? Las tres gracias las llamamos.

Eran la de lamé dorado, la institutriz de rostro anguloso y nariz afilada, y una que no había visto hasta ahora, que vestía un traje de seda de un blanco desvanecedor como el día, guarnecido de armiño, y una diadema de diamantes en el cabello. Las tres tenían pies grandes y nueces prominentes.

- Travestis. Nuestra clientela, amén de distinguida, es muy específica a veces. “A mi Eva la quiero con pija. Y funcionando.” Por eso no dejamos que se pasen con las hormonas.

La sombra de una sospecha cruzó fugaz por su mente, dejando a su paso una estela de celos.

- Y… ¿Evita montonera?

Su guía pegó un chistido y para indicarle que bajara la voz abanicó el aire con los dedos.

- Shhht. Ni la nombres. ¿Qué querés, que se caguen de miedo? Con algunas cosas no se juega. Bueno. ¿Estas listo para el plato fuerte?

Subieron unas escaleras, abrieron una puerta. Marroné tenía la impresión, a esta altura de los acontecimientos, de que ya nada podía sorprenderlo; y aunque no tenía idea de lo que le iban a mostrar, el haberla tenido no le hubiera ahorrado la impresión de verlo. Estaban en una sala cuadrangular enteramente tapizada de terciopelo negro, retratos de Perón y Eva ocupaban el espacio de una de las paredes, contra la otra había una imagen de la Virgen de Luján; cientos de cintas de colores, con letras doradas las más, colgaban del tapizado con alfileres: ETERNA EN EL ALMA DE TU PUEBLO – UNIÓN TRANVIARIOS AUTOMOTOR – COMISIÓN NACIONAL DE ENERGÍA ATÓMICA. En el centro de la estancia había un diván rodeado de flores frescas y cubierto por una sábana de seda, y sobre la sábana descansaba ella.    

Parecía la Bella durmiente de los cuentos, y en su piel estaban la palidez del mármol y el brillo de la cera. El cabello estaba peinado hacia la nuca en dos gruesas trenzas griegas, y una túnica color marfil cubría el resto del cuerpo, salvo las manos, entrelazadas sobre el vientre con un rosario entre ellas, y los pies desnudos de finos dedos que Marroné se contuvo de besar con un esfuerzo.

- ¿Y? ¿Qué me decís? – la voz de mercachifle en sus oídos sonó estridente.
- Es… perfecta – dijo en un susurro, incapaz de apartar los ojos de ella.
- Treinta mil.
- ¿Es… la auténtica?
- Claro.
- Pensé que la habían devuelto.
- A Perón le metieron el perro. La que tienen en Olivos es una de las tres réplicas originales. Ya sabés, modeladas en cera directamente sobre el cuerpo.
- ¿Y alguno la pide?
- Es la más codiciada, por lejos. Los milicos, sobre todos, se vuelven locos por ella.

Marroné contempló con avidez profesional la cabeza y la línea de los hombros. Con un serrucho tal vez lograría separarlos del resto del cuerpo y tendría un busto, le faltarían noventa y uno, ya era un comienzo. Acto seguido decidió que estaba perdiendo el juicio.
- Entonces… ¿Con cuál nos quedamos?

Marroné trató de pasar revista, en su memoria, a los contenidos de su billetera. No podía irse sin consumir, después de semejante despliegue.

- Eeehh… ¿A cuánto me habías dicho la chinita de campo?

Supo inmediatamente la clase de mirada que estaba recibiendo. Era la que se merece del vendedor de Dior un cliente que tras hacerle pasar entera la colección de temporada vuelve a preguntar en tono abyecto por el precio de un par de zoquetes.

- Vení por acá.

Tuvo que empujar la puerta de madera, que bailaba sobre las bisagras. La habitación tenía paredes descascaradas, un cromo de la virgen, una cama de hierro hundida, una silla y una mesa de luz con un velador de pantalla roja encima.

- Es una réplica exacta de las habitaciones del prostíbulo que doña Juana, la madre de Eva, regenteaba en Junín. Allí, Eva remató su virginidad a los doce años en una fiesta de estancieros; no por necesidad, sino por pura inclinación al vicio – recitó en el tono monocorde de guía turístico que hace todos los días el mismo recorrido.
- Pensé que lo del prostíbulo eran puras fantasías.

Esta vez la expresión de Aníbal fue francamente hostil.

- ¿Adónde estamos? – dijo abarcando el entorno con los brazos apenas levantados y abiertos -. ¿En el Museo Histórico Nacional? Si es así, recién me entero. Bueno. Esperá acá. Ahora te la mando.
- Eeeeh… - comenzó Marroné.

- Te la dejo en cuatro. Que la disfrutes – le dijo antes de salir y cerrar de un portazo.

 

Carlos Gamerro

 

 

 
 
 
 
Dirección y diseño: Juan Diego Incardona
Consejo editorial: Inés de Mendonça, Camila Flynn, Marina Kogan, Juan Pablo Lafosse, Juan Marcos Leotta, Juan Pablo Liefeld
sección artes visuales: Juliana Fraile, Florencia Pastorella
Control de calidad: Sebastián Hernaiz