Era
inevitable: había que matar al perro. Matar al perro.
Matar al perro. Matar, matar, matar al perro. No había alternativa,
nada, ninguna opción: había que matar al perro, al perro,
matarlo. Romperle la cabeza a martillazos, desquebrajársela,
partirle la quijada, verle caer la sangre sobre el piso y seguir repiqueteando
con la masa sobre su cráneo. Había que matar al perro.
Era inevitable. No hay bien ni mal, sólo matar al perro. No hay
bien ni mal sin matar al perro. Ver cómo matar al perro, quién
mata al perro, dónde, cuándo, con qué se mata al
perro. Matar al perro: había, había, había que
hacerlo. Era lo único, lo único que había, lo único
que había era eso: matar al perro. Clavarle un cuchillo en la
garganta que se deshace en borbotones de sangre que brotan de la perforada
piel que no contiene las escupidas de sangre que se escapan cubriendo
al piso de un charco rojioscuro que se expande reptando hacia todos
lados llenando todo de la sangre que en borbotones escapa de la garganta
que se deshizo por el cuchillo clavado. Una y otra vez: matar al perro.
¿Qué? Nada. Eso. Eso era todo. Es todo. Matar al perro.
Lo de siempre, lo que marca todo, matar al perro. Matarlo pronto. No
puede no matarse. ¿Qué hacer sino matar al perro? ¿Qué?
¿Qué? ¿Qué preguntar sino cómo, cómo
matar al perro? Matar al perro es eso: todo. Todo lo que hay es eso.
Todo lo que es es eso. Todo es matar al perro. Ni atrás, ni adelante,
ni adelante, ni atrás. Matar. Al. Perro. MatarLo. Hay que. Hay
que matar al perro. Matar está mal. Mal. Mal. Hay que matar al
perro. Maltratar al perro. Matar al perro. Al perro. ¿Qué
hacer sino matar al perro? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué
preguntar sino quién mata al perro? ¿Qué preguntar?
¿Por qué preguntar? ¿Preguntar? Sí, claro,
matar al perro. Fingir que nada, que otra cosa. Que otras cosas, que
muchas cosas. ¿Qué cosas? Nada. Nada. Nada. En el fondo:
maTar al peRRo. Perro. Siempre lo mismo. Siempre la misma herencia,
la misma vieja herencia. Ya sabido: matar al perro