el interpretador artículos/ensayos

 

Vientres abiertos y las entrañas colgando

(excusas para hablar de la lectura en “La Caverna de las ideas” de José Carlos Somoza)

Inés de Mendonça

 

 

 

 

“Nunca niega nada; desviaré mi mirada, ésta será en adelante ni única negación(1)”.

Al comienzo (o antes del comienzo) considero necesaria una acotación metodológica: contaminada tal vez por la lectura, me permitiré insistir (y no eludir) en la confusión del texto, tema y forma seducidas, constituyéndose y limitándose constantemente. Del relato policíaco al enamoramiento traducido, de las palabras eidéticas a los conflictos filosóficos; este ir y venir entre niveles diferentes es una trayectoria voluntaria de la que, como lectores, formamos parte indiscutida.

Entro en el texto para creerle y sin embargo violento su forma en la desconfianza de mi mirada. Traigo, como siempre, a la mano, mi biblioteca y ejerzo, junto con Heracles Póntor, la práctica insidiosa de la sospecha.

¡Oh, maravilloso placer textual: acariciar el texto, gozar el texto, frotar mi pluma sobre el texto(2)!

En el debajo de la página (¿posición dependiente?), el trabajo del traductor se torna detectivesco, no sólo en el intento de develar la incógnita que sueña con el sentido oculto, ni en el de la resolución de la fábula, sino y más notablemente en el trabajo con la lengua. En su separación de cada palabra sospechosa, en su rotulación, en las apelaciones directas al lector, esta voz en letras pequeñas fractura el rectilíneo y progresivo devenir de la mirada; y traspone de ese modo, al uso, -a la performance real de la lectura- el movimiento de ascenso y descenso inscripto en el libro, el foco puntual o la dispersión involuntaria. Ahí mismo donde dejamos de leer nos recuerda, como un locutor desgastado, que es necesario regresar al camino, rearmando en discurso la práctica privada del que lee.

En esta apuesta audaz, el texto se asoma a su propio intersticio, acortando los tramos de espacio vacío entre arriba y abajo, separando la piel (desgarrando el vientre) que marca adentro y afuera.

Quizá todo lector se imagina a sí mismo en una escena así: él cree ser él, y ella, ella(3).

De la imposibilidad de la traducción como efecto especular, de estos traslados (translate: traslación significante) se arma, entonces, el contenido del relato, inclinado hacia el abismo del texto, el traductor incorpora y se incorpora a la progresión dramática, a la tensión sintáctica (constantemente llamando la atención sobre las formas diversas de posibles traducciones(4)), y al enigma interpretativo. El juego diseñado por la eidesis, en su intento de abarcar el sentido último, la clave final, se repliega en la lectura como un perro corriendo su propia cola. Búsqueda del ideal, búsqueda de invisibles significados, no hace más que mirar, y subrayar, y remarcar, y mostrarnos el dispositivo literario. Y este giro sobre sí mismo también implica al libro como objeto, dijimos traducir, pero también podemos decir editar(5). Montalo nos regala otro plano más de la materialidad del texto, no sólo palabras, ni eidesis, sino caligrafía, forma, tacto.

La textura en su doble implicancia - entramado lingüístico y entramado textil -produce otra capa de paralelismos, identificación, juego de espejos, trampa barroca de dudar de la separación entre obra y observador. Esta textura bífida nos atrae, como lectores, a la identificación y a la pérdida de consistencia, la misma que muestran el traductor y el editor desdibujándose en una fuga a negro hacia el final del texto.

"Nuestra naturaleza no es un texto en el que un traductor pueda encontrar una clave final...(6)"

 

Máscaras de la tragedia

Es en esa exhibición(7) del material textual donde se expone con mayor intensidad la honestidad de la novela; asesinatos falsos de por medio y recorridos montados para nuestra pretendida sagacidad, armado ex profeso para engañarnos, compartimos con los lectores incluidos(8), la ingenuidad y el misterio de seguir con la mirada una interrumpida búsqueda de la narración original. Hay allí, un vacío originario, reemplazado, versionado, que nos lleva a recordar una narración inexistente.

Este dar pasos en falso, este resbalarse en la superficie que nos cuenta la novela (sedosa, untuosa, afilada, suave como doncella, blanca como lirio), nos lleva a una acumulación de indicios que tarde o temprano se volverán irrelevantes. Ahora bien, esta irrelevancia ¿en qué consiste?. Innecesarios a la trama detectivesca(9), todos los episodios se arrastran en caída como un gigantesco dominó. Del estrépito, del edificio ficcional de la novela desarmado, se cae la mampostería, la escenografía, las alfombras y los cortinados. No hay, en este caso, un desplazamiento significativo respecto del rol que el referente ocupa en la novela, esta vez (a diferencia de otros textos que rompen con el canon realista) lo otro –lo que está fuera del lenguaje- no existe. No hay excusa descriptiva o desencadenante externo de la proliferación del relato. Exagerado juego literario, la novela exhibe su lugar en la biblioteca: un hueco entre otros libros.

Esta elaboración de una poética ensañada con la autoreferencia y con el juego de encastres narrativos, genera en su expansión el efecto de disolución de distancias entre categorías narrativas supuestamente cerradas: acontecimientos, relatos y traducciones se sobreimprimen, así como también se contaminan anécdota y reflexión, personajes, autores y lectores. La trama, su arquitectura espacial, se diluye o expande: narración saturada, completa en sí, y simultáneamente, abierta a otras. Abierta también a la ruptura y al quiebre. Juego ilusorio. ¿Y qué es sino lo que leemos?. Pura lengua acumulada, repetida, convencional: palabra por palabra, un intento inconcluso por figurar.(10)

"Deja las frases inacabadas, como sus esculturas.(11) "

Y de las figuraciones presentes en el texto, la escultura inexistente (ese traductor esculpido que no supo significar lo que decían) traza un gesto hiperbólico de la ruptura. En la figuración de esta escena (traductor - texto - ausencia de significado), en su intento fracasado de fijarla en material marmóreo (el capítulo será reescrito evidenciando la productividad y multiplicación de la figura del traductor que no puede ser frenada -no puede congelar significados), podemos encontrar un momento de fuerte intensidad autoreferente. La escritura-escultura de Somoza nos presenta un ejemplo de fricción, de violencia ejercida con las posibilidades narrativas que llega al orden de la fisura y el quiebre.

 

Ruptura y quiebre. Fuera de Atenas: los cuerpos

El descifrador de enigmas encuentra el fracaso de sus razonamientos al devenir cuerpo, placer extático, abandono momentáneo del control. En las sectas devoradoras del cuerpo, la negación absoluta del “otro fin”, del mundo ideal donde la virtud es la totalidad, esta pregunta por el cuerpo se vuelve también una pregunta por el sentido. Si el cuerpo se desmembra, si el puro goce de la experiencia es más consciente aun que la consciencia, la supuesta existencia de un sentido reponible también se desarma. No es casual que el quiebre de la trama policíaca empiece con el roce de los cuerpos.

“Yasintra, no pienses. No uses tu cuerpo: que él te use a tí. {...} Deja que tu cuerpo te ordene: su voz es el deseo y su lengua es el gesto. No traduzcas su idioma. Escúchalo. No traduzcas. No traduzcas. No traduzcas.”(12)

Y a pesar de los encuentros sexuales efectivamente referidos en la novela, ninguno es narrado, sólo el de Heracles y Yasintra, que por otra parte es el único condenado a no terminar. Tal como dirá Barthes, es ese súbito mostrarse y no mostrarse (de la piel que aparece entre los pliegues) el que seduce, o, si queremos, el que sugiere. El espacio que queda entre arriba y abajo del relato se acorta y se expande según las necesidades del texto, es allí y no en otro lugar (en ese intervalo) donde se encuentra la atracción de la lectura, el juego, el sostén climático del relato. Tal vez por eso Yasintra espera casi el momento orgásmico para no terminar de matar a Heracles. Suspensión, tensión, placer.

 

Crímenes eróticos

Placer diferido: narración recuperada, reforzada en el relato en segunda instancia. El cuerpo de la novela se parte para mostrarnos sus vísceras colgantes. Palabras. Palabras que refieren a otras palabras y en su alusión sesgada del referente giran sobre sí mismas rebotando por momentos en la luz y por otros en la sombra. Opacidad del lenguaje desplegada a la disección del lector. Sobre la mesa, todo ahí, obscenidad del artificio que, imperativamente, dictamina su final. ¡Salid del texto! ¿Qué veis? ¿Sólo tinieblas? ¡No busquéis más(13)!

Esta autopsia literaria nos lleva nuevamente al no-origen, al cuerpo muerto tirado sobre el piso con el que comienza el relato, del que corremos el velo para ver simplemente un amasijo de reventones y desgarros(14).

Un detalle tiránico: cada lector ordenará ese caos amasijado como más le guste, pero esta novela no librará al observador la resolución del enigma. Despotismo del lenguaje, no habrá más que violación del cuerpo muerto. Nada para revivir, nada para descubrir, nada más que un relato falso(15).

¿Por qué entonces la inclusión del prefacio? La aclaración del doblez enunciado, tan evidente, por otro lado, en toda la lectura. ¿Por qué clausurar ese hiato y completar en parte la pregunta?. ¿No es una forma de intentar otra vez organizar unívocamente el camino del sentido, clausurar el placer?.

El concepto de autor puesto en juego en su literatura nos deja aun pendientes ciertas preguntas ¿funciona como principio ordenador?, ¿como figura de anterioridad a lo escrito?, ¿la traducción no será en última instancia la escritura como registro de algo ya existente?. ¿Se tratará entonces de un intento de cierre de todo lo abierto - sutura del cuerpo desgarrado?

“El espacio destinado a mis palabras se acorta. Me vuelvo tan marginal como mis notas.
El autor decide finalizarme aquí
(16)”.

Una posibilidad más: La propuesta de Filotexto es sin embargo otro juego de semejanzas. Podemos acudir a la portada, a la contratapa, o a nuestras clases, para recordar que la tarea de engaño es exitosa, habrá un Somoza (nadie sabrá muy bien cuándo aparece), que no es Filotexto, que es otra entidad literaria más, otra mediación, otro impedimento para el cierre.

Del mismo modo que el hiperdetallismo se acerca a la deconstrucción de los objetos más que a su iconicidad referencial, la cercanía textual de la figura del autor Filotexto a la existencia empírica de una categoría acrecienta la tensión latente entre signos y referentes.

Más carente aun de densidad referencial, la hipertrofia del realismo se agranda con la puesta en escena de la escritura y la figura del autor, como ese falso capítulo ocho donde aparece la escultura, que diseña en un fragmento escrito(17) -en un detalle- la imagen paradójica del infinito.

En este gesto circular de construcción de la autoría y en su discusión con Platón por denostar la dicotomía idea-realidad, el texto aproxima para distanciarlos aun más la conjunción cosas y palabras, empasta aun más la percepción de experiencia de realidad con efecto de verosimilitud.

Lo “real”, entonces, quedará como una pregunta que nadie se anima a contestar pero que todos intentamos percibir.


©Inés de Mendonça

 

 

NOTAS

(1)Barthes, Roland. El placer del texto. Editorial Siclo XXI. Barcelona. 1998

(2)Somoza, Juan Carlos. La Caverna de las ideas. Santillana, Madrid, 1990, p 345.

(3)Idem II, p 344.

(4)¿No soy, en este reducto oscuro, dueño de lo que escribo? ¡Pues ésta es mi traducción, por chocante que resulte!. Idem II, p 334.

(5)Otra de las profesiones librescas que fracasa en su intento de simular la ausencia de mediaciones en un texto.

(6)Idem II, p 409

(7)¿irónica?

(8)Montalo, el traductor, Hercules, Diágoras.

(9)Desde el punto de vista de la trama.

(10)“La figuración se tiende hacia el rescate del significante concreto, sepultado por la abstracción, por el concepto, por la norma: el espacio que ocupa la figura es lo que busca su figuración, un espacio que todavía conserva las marcas de la represión que se ejerció contra el inconsciente primero que no ha podido ser ubicado ni eliminado por el sistema. La representación, en cambio, al menoscabar, por privilegio de lo representado, el acto de la escritura –que transforma el significante concreto- disimula el espacio, lo anula, lo reduce, confirma la legitimidad de un sistema que vive por represión". Jitrik, Noe. Producción literaria y Producción Social. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1975. P 66.

(11)Idem II, p 225.

(12)Idem II, p 340.

(13)Idem II, p 428.

(14)¿Cómo leer en segundo, tercer, cuarto grado?. Tal como plantea Barthes, elijo, en vez de ser cómplice, del libro, ser un voyeur. “Observo clandestinamente el placer de otro, entro en la perversión; ante mis ojos el comentario se vuelve entonces un texto, una ficción, una envoltura fisurada. Perversidad del escritor (su placer de escribir no tiene función); doble y triple perversidad del crítico y de su lector y así al infinito”. Barthes, Roland. Op.Cit. p 30.

(15)Me interesa pensar en relación con esta novela, en su uso de la espacialidad en la página en blanco, así como también por su “estilo” narrativo en la dimensión detectivesca en la reflexión que de Flaubert hace Barthes He aquí un estado muy sutil, casi insostenible del discurso: la narratividad está desconstruida y, sin embargo, la historia sigue siendo legible: nunca los bordes de la fisura han sido sostenidos más netamente.
Barthes, Roland. El placer del texto. Editorial Siglo XXI. Barcelona. 1998 p 18

(16)Somoza, Juan Carlos. La Caverna de las ideas. Santillana, Madrid, 1990. P 426.

(17)Como la caja de Polvo Royal, en un objeto la posibilidad de todos los objetos.


 
 

el interpretador acerca del autor

 

 

                 

Inés de Mendonça

Nació en Buenos Aires en 1978. Estudia Letras en la UBA.
(Hace mucho!) Intenta con la poesía y la narrativa mientras flota en los
pasillos de diversas oficinas, robando horas de computadora y tinta
gratuitas.

Fueron publicados algunos de sus poemas en ARDE FILO, revista de
estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras en 1998, y "Miro una serie de patos" en la antología de poesías ganadoras del concurso "Poesía en el Subte" editado por La Nación.

Publicaciones en el interpretador:

Número 5: agosto 2004 - Tres poemas

Número 7: octubre 2004 - Poemas

   
   
   
   
   
 
 
Dirección y diseño: Juan Diego Incardona