Buenos
Aires, 9 de Marzo de 1998
Sostengo
la misma opinión que mis compañeros:
el acceso a la misteriosa ciudad de Eyeston cambia cíclicamente
su situación por diferentes lugares de la Capital Federal y el
Gran Buenos Aires, y si existe será porque los hombres duermen
—o escriben, dicen algunos— y porque alguien tuvo la abominable
idea de inventar las muñecas rusas y las pilas de Carlomagno
(1).
Pertenezco
a la cofradía azul; nuestro punto de reunión ha sido siempre
la esquina en donde muere la Avenida de los Corrales, frente al viejo
Resero, aunque a veces, si hace mucho frío, nos vamos a la casa
del doctor Acosta, que vive a una cuadra.
He
decidido escribir todos estos detalles y contaré también
todo lo que sabemos acerca de Eyeston, lo hago porque tengo serios motivos
para temer sobre mi vida y la de mis compañeros, ni siquiera
confío en la cofradías verde y roja, que, es necesaro
señalarlo, jamás hemos visto. Lo poco que sabemos de ellos
es que los rojos se esconden en algún lugar de Almagro y que
los verdes son de Avellaneda.
La
relación entre las cofradías ha sido desde siempre por
carta, y por supuesto que jamás hemos usado ninguna empresa de
correo, organizaciones más que sospechosas. Como alternativa,
a lo largo del tiempo hemos implementado un complejo sistema de comunicación
que consiste en esconder las cartas en colectivos, subtes o trenes.
En otras épocas, solíamos ocultarlas en los libros de
bibliotecas previamente elegidas; este método fue habitual entre
nosotros y, sobre todo, entre nuestros antecesores, pero en los últimos
tiempos ha caído en desuso debido al riesgo que implica la posibilidad
de ser descubiertos por algún lector inesperado (aunque ahora
eso no tiene demasiada importancia). La fecha, hora y lugar exactos
para recoger las misivas las decide el emisor, quien adjunta los datos
necesarios para que el destinatario sepa donde ocultar la respuesta.
Así, sucesivamente. Debo aclarar que no sabemos quién
es el responsable del comienzo de esta cadena: la carta más antigua
que está en nuestro poder tiene como fecha el 18 de agosto de
1872, sin embargo, tenemos conocimiento sobre cartas anteriores en el
manuscrito que el Coronel Banegas escribió el 16 de Julio de
ese mismo año, horas antes de su desaparición. En él
cuenta los motivos que lo llevaron a quemar las primeras cartas, sin
dar mayores detalles acerca del génesis de los grupos ni del
descubrimiento de Eyeston. El manuscrito será adjuntado a este
documento.
Hemos
decidido reunir toda la información que poseemos y esconderla.
El lugar que acoja a estos papeles no necesita ser nombrado porque el
azaroso lector de estas historias
—usted— ya lo ha descubierto. Hemos preferido abandonar
nuestros planes tan obsesivos y racionales, toda aquella compleja organización
que configuraba la divulgación de las cosas que sabemos, porque
no nos ha dado resultados; ya no escribiremos más cartas a ninguna
cofradía porque de todos sospechamos. Pero, como estamos en grave
peligro y no queremos que nuestros descubrimientos desaparezcan, hemos
decidido buscar ayuda en lo inesperado: el Azar. Sí, con esta
carta a la deriva hemos optado claramente por la impredecible suerte,
que se convierte en nuestra última esperanza. Ojalá sea
usted la persona que anhelamos. Le pedimos que no nos olvide, ni al
tema Eyeston, todo esto es de suma importancia. A continuación
sabrá por qué.
Antes
de que penetremos en los relativos pasadizos de la verdad, quiero contarle
que existe un mito sobre una cuarta cofradía, la cofradía
negra, pero nadie los ha visto ni ha recibido carta alguna, así
que no podemos creer en su existencia ni suponer paraderos donde hallarlos.
También es cierto que no podemos descartarlos.
Yo
ingresé en la cofradía azul en el año 1970, invitado
por un compañero de la Facultad de Arquitectura: Ricardo Nazca.
En cuanto a él, no sé quién pudo haberlo invitado,
nunca quiso decirlo, y ya no lo sabré: hace tres semanas fue
hallado en su casa, ahorcado.
Algunos,
los extraños, hablan de suicidio, sin embargo nosotros sabemos
que eso es una mentira. En cada uno de los últimos tres meses
uno de nuestros compañeros ha sido encontrado muerto; los tres
fueron hallados ahorcados, y los tres encontraron la muerte en la misma
fecha, el día 16. No sabemos quién será la próxima
víctima, pero el temor crece ante la cercanía del tiempo
siniestro: falta solamente una semana.
Es
probable que usted haya descubierto que las fechas de las muertes coinciden
con la que vio desaparecer al Coronel Banegas hace más de un
siglo. Según un viejo periódico, un hombre, que no pudo
ser identificado, fue encontrado ahorcado en los campos donde hoy se
encuentra el barrio de Mataderos. Nosotros suponemos que ese hombre
es el mismo Banegas, aunque no podemos estar seguros. Por último,
quisiera señalar otra coincidencia, que abre las puertas a un
futuro sombrío: faltan cinco “días 16” de
acá a Julio, mes del aniversario de la que suponemos fue la muerte
de Banegas, y cinco somos las personas que aún quedamos en la
cofradía azul.
Hemos
pensado en escribir todos los “días 17”, comenzando
este mes y continuando de esa forma hasta junio; lo hará el que
esté vivo. Luego el último sobreviviente escribirá
el 15 de julio, un día antes del anunciado y siniestro final
de nuestro grupo. Después enterrará estas páginas.
No tenemos muchas esperanzas; sabemos fehacientemente que todos nosotros
vamos a morir en los días estipulados por el plan macabro de
nuestros verdugos, enemigos invisibles.
En
cada una de las fechas iremos develándole a usted todo lo que
nos pasa y todo lo que sabemos acerca de Eyeston. Por las dudas me despido
de usted, quizás sea otro el que continúe con la escritura.
Lo sabremos dentro de ocho días.
Facundo
Lozano, arquitecto, miembro activo de la Cofradía Azul.
Buenos
Aires, 17 de Marzo de 1998
Lamento
contarle que nuevamente uno de nosotros ha muerto: Ayer, en la cochera
de su casa, apareció Teresa Persi colgando de una viga, ahorcada
con un cinturón. Al igual que Pepe Farías en diciembre,
María Hornos, la veterinaria, en enero, y Ricardo Nazca en febrero,
otra vez somos presa del desconsuelo y la impotencia. Sólo quedamos
cuatro integrantes en la cofradía azul: El doctor Acosta, Hugo
Ponzo, el panadero, la estudiante de ciencias económicas Marianela
Fabricio y quien escribe, yo, Facundo Lozano.
Quizás
pueda imaginar el atroz miedo que padecemos; el tiempo se cierne sobre
nosotros como una ruleta rusa. Aún así, debemos seguir
adelante, intentando develar el misterio Eyeston antes de que los meses
descarguen sus enigmáticos crímenes sobre nosotros. Tal
vez, si pudiéramos acercar nuestros pasos a la ciudad del sueño,
quizás, podríamos detener la nefasta realidad de la vigilia.
Para
que usted, persona que nos lee desde el futuro inalcanzable, pueda conocer
más acerca de Eyeston y de los pormenores de nuestra situación,
hemos decidido grabar la reunión que la cofradía mantuvo
hasta hace un rato y transcribirla a continuación. De este modo,
podrá leer las opiniones de todos nosotros. Yo haré algunos
comentarios a modo de narrador, para la mejor comprensión del
texto.
Transcripción de la cinta grabada:
Reunión
de la Cofradía Azul,
en la casa del doctor Acosta,
a la hora veinte del 17 de marzo de 1998.
Se
encuentran presentes los últimos cuatro integrantes del grupo.
El doctor Acosta toma la palabra:
—Debemos
calmarnos y tratar de pensar; nada podemos hacer ahora con respecto
a Teresa.
—No
sé si puedo pensar —contesta Marianela Fabricio.
Les
propongo:
—Hay
que organizar las cartas, los periódicos, las fechas, los manuscritos,
la memoria, todos los datos que tenemos, tal vez logremos descubrir
algo.
El
señor Ponzo está de acuerdo conmigo; Acosta comienza a
hablar:
—Estamos
seguros de que Eyeston existe.
Todos
asentimos con la cabeza.
—También
sabemos que proviene del sueño de los hombres y que actúa
cíclicamente en el mundo real o de vigilia; este descubrimiento
no es un capricho de la imaginación, todo lo contrario, ha sido
el fruto de años de investigación seria de nuestra parte
y de nuestros antecesores, investigaciones como la del Coronel Banegas
hace más de un siglo. Aunque ninguno de los presentes haya rondado
en las cercanías de Eyeston, otros sí lo han hecho, y
aunque no lograron ingresar, sí pudieron vislumbrar sus puertas.
—No podemos estar seguros de eso, doctor Acosta —le dice
Hugo Ponzo.
—Es
verdad que las pruebas son insuficientes, pero las cartas que tenemos
de las víctimas, que suponemos han escrito horas antes de morir,
y que recibimos, en cada uno de los casos, un día después
de dichas muertes, así lo dicen, y deberemos confiar en sus afirmaciones
porque la escritura es, sin lugar a error, del puño y letra de
cada uno de ellos...
Hago
acá un alto en la transcripción de la reunión grabada
para adjuntar las cuatro cartas, escritas supuestamente por nuestros
compañeros y recibidas el día posterior al asesinato de
cada uno de ellos. Los mensajes fueron depositados en el escondite que
hemos construido en las cercanías del Resero.
| Compañeros de la Cofradía Azul:
Estuve frente a Eyeston
pero no logré atravesar sus puertas.
Éstas se encuentran en la esquina
de Guatemala y Thames,
en Palermo Viejo.
Pepe Farías |
Compañeros de la Cofradía Azul:
Estuve frente a Eyeston
pero no logré atravesar sus puertas.
Éstas se encuentran en los bosques
de Palermo,
cerca del Planetario.
María Hornos |
Compañeros de la Cofradía Azul:
Estuve frente a Eyeston
pero no logré atravesar sus puertas.
Éstas se encuentran en la esquina
de Guatemala y Thames,
en Palermo Viejo.
Ricardo Nazca |
Compañeros de la Cofradía Azul:
Estuve frente a Eyeston
pero no logré atravesar sus puertas.
Éstas se encuentran en la esquina
de Thames
y la avenida Corrientes.
Teresa Persi |
Continúo
con la transcripción de los diálogos grabados:
El
doctor Acosta continúa con su exposición:
—Ninguno
de nuestros amigos ha logrado poner sus pies sobre Eyeston, pero nos
advierten acerca de “unas puertas”. En vano hemos ido a
recorrer esos lugares, jamás encontramos nada. En cuanto a las
diferencias sobre el verdadero paradero de las puertas, hemos llegado
a la conclusión de que Eyeston se mueve cíclicamente.
Obviamente, esto lo deducimos a partir de la repetición del primer
y tercer mensaje, que coinciden en situar a la ciudad misteriosa en
Guatemala y Thames. Igualmente, aunque sabemos que el movimiento de
Eyeston es cíclico, aún no hemos logrado averiguar qué
leyes lo rigen, es decir que tampoco podemos predecir el lugar del próximo
paradero, y ni pensar en el tiempo exacto del mismo.
—Esas
cartas son muy extrañas—plantea Marianela Fabricio—:
mientras nuestros compañeros vivían, nada nos dijeron
al respecto, en cambio, una vez muertos, aparecen las misivas en el
escondite del Resero.
—¿Quién
trajo esos mensajes? —Pregunta Ponzo.
El
doctor Acosta responde:
—No
podemos estar seguros de eso, pero sí podemos afirmar, sin lugar
a error, que fueron nuestros amigos quienes han escrito las cartas.
Todos conocemos sus letras.
—Es
verdad.
Yo
les digo:
—Por
favor, compañeros, acérquense y leamos detalladamente
todas las cartas y anotaciones que tenemos. Fin de la transcripción
grabada.
Después
de buscar, sin éxito, respuestas en las cartas de nuestros amigos,
y debatir acerca de su veracidad, decidimos separarnos y encontrarnos
al mes siguiente, el 17 de abril. El relato de nuestra despedida hubiera
compuesto una tragedia digna de las mejores obras de Esquilo o Shakespeare,
sin embargo, nuestros saludos quedarán ocultos en la hidalguía
del anonimato.
Cada
uno llevó consigo una copia de las misivas entregadas por nuestros
compañeros para estudiarlas e intentar descubrir alguna pista
sobre Eyeston y los asesinos.
Estamos
solos en esto, no podemos confiar en la policía ni en ninguna
otra institución, pues, desde nuestro punto de vista, todos son
sospechosos: A lo largo del tiempo hemos descubierto cosas extrañas
que serán adjuntadas al final de nuestras cartas.
Me
despido de usted, quizás para siempre.
Facundo
Lozano, arquitecto, miembro activo de la Cofradía Azul.
Buenos
Aires, 17 de Abril de 1998
Una
vez más, la muerte cubre con su somnoliento vaho a los integrantes
de la Cofradía Azul: El doctor Acosta ha muerto ayer a la mañana,
ahorcado.
En
esta ocasión nos hemos reunido en la casa de Marianela Fabricio.
Transcribiré a continuación la reunión que grabé
allí hasta hace menos de una hora, agregando yo, nuevamente,
relatos y comentarios de las circunstancias en las que transcurren nuestros
diálogos.
Transcripción
de la cinta grabada:
Reunión
de la Cofradía Azul,
en la casa de Marianela Fabricio,
a la hora veinte y treinta del 17 de abril de 1998.
Se
encuentran presentes los últimos tres integrantes del grupo.
Estamos asustados y tristes. El silencio se oye como lluvia y la grabación
es un transcurso sin voces.
Finalmente,
tomo la palabra:
—Tengo
en mi poder una carta del doctor Acosta, aparecida en el escondite del
Resero. Como en los mensajes anteriores, Acosta anuncia la situación
geográfica de las puertas de Eyeston. En este caso, se trata
de un nuevo lugar: Donato Alvarez y la avenida Juan B. Justo.
—Las
direcciones —dice Ponzo, el panadero— comienzan a tener
un sentido definido. La primera y la segunda carta trazaron su rumbo
hacia el este, luego la tercera retrocedió hacia el oeste, hacia
el mismo sitio que nombra la primera carta, y por último, la
cuarta y la quinta siguen prolongando la línea imaginaria hacia
el oeste.
—Es
cierto, y también es cierto que las distancias entre las mismas
son idénticas —afirma Marianela.
—¿Estás
segura?
—Sí,
aquí tienen un mapa de la Capital Federal; pueden comprobarlo.
—¿Y
cuál es la distancia?
—Mil
seiscientos metros.
Ponzo
y yo estamos asombrados: una vez más, el número 16 nos
persigue.
Repentinamente
alguien arroja una carta debajo de la puerta.
A
la quietud que reina en la sorpresa le sucede nuestra vertiginosa corrida.
Salimos a la calle.
Aunque
investigamos en las cercanías de la casa, no logramos ver a nadie;
quien haya sido, logró escapar protegido por la oscuridad.
Al
abrir el mensaje inesperado, todos quedamos perplejos ante su contenido,
y como exégesis del asombro, nuestros ojos aumentaron extremadamente
sus círculos ante la lectura de los firmantes.
Puede
leerlo usted mismo:
Integrantes
de la Cofradía Azul:
Ante todo,
queremos decirles que olviden a las cofradías roja y verde,
todos ellos han muerto.
En cuanto
a Eyeston, tendrán que saber que la ciudad abre sus puertas
en el mismo instante en que cada uno de ustedes abandona la vida. |
En
el año 1602, Galileo observa, comparando el balanceo de
las arañas en la catedral de Pisa con su propio pulso,
la notable regularidad del movimiento pendular. Ustedes descubrirán
Eyeston según el tiempo y los crímenes.
La
Cofradía Negra |
Continúo
con el relato de nuestra reunión:
Durante
un largo rato nos mantenemos en silencio, estupefactos, mirándonos
sin hablar, buscando en nuestros ojos respuestas que nunca llegan. Por
fin, les digo:
—Debemos
estudiar este mensaje e intentar descubrir alguna pista.
—Disculpe
Lozano —me contesta Ponzo—, pero este asunto lo tomaría
entre pinzas: jamás hemos sabido nada de ellos y ahora, ¡¿aparecen
de la nada?! No podemos confiar en esa gente, arquitecto, me huele que
la carta es una trampa. Le digo más, creo que la cofradía
negra no existe; es posible que alguien nos mienta para confundirnos.
—Y
esta carta —interrumpe Marianela, asustada— ha sido arrojada
debajo de mi puerta; si es como dice Ponzo, estoy perdida: ya saben
donde vivo. ¡Tengo que escaparme lejos, cuanto antes!
—Cálmese
—le sugiere Ponzo—, ése no es un camino viable; acuérdese
lo que le pasó a María, la veterinaria: se fue a Neuquén,
pero igual apareció muerta.
—Es
cierto, mis días están contados.
Marianela
llora; Ponzo y yo intentamos tranquilizarla.
—Vamos
a recordar —les propongo— todo lo que sabemos y a estudiar
minuciosamente el mensaje de la supuesta cofradía negra.
Fin
de la transcripción grabada.
Durante
horas intentamos sacar algo en claro de aquella carta, pero fue en vano.
Resignados, nos despedimos hasta el mes entrante; todos estuvimos de
acuerdo en no vernos hasta esa fecha por el riesgo que implica. Aunque
Marianela propuso estar juntos el día 16, rápidamente
descartamos esa idea, pues llegamos fácilmente a la conclusión
de que no nos salvaremos por estar los tres juntos: la fuerza a la cual
nos enfrentamos es muy superior, y consideramos que obviamente es mejor
que algunos queden vivos el mayor tiempo posible y lograr, quizás,
desentrañar los enigmas. Los tres nos vamos con una copia del
mensaje de la Cofradía Negra.
Facundo
Lozano, arquitecto, miembro activo de la Cofradía Azul.
Buenos
Aires, 17 de mayo de 1998
La
nueva víctima del misterio se llama Hugo Ponzo. Aunque quiso
escapar de su destino huyendo al Uruguay, nos han llegado noticias seguras
de su ahorcamiento.
Transcribo
a continuación la grabación de nuestros diálogos:
Transcripción
de la cinta grabada:
Reunión
de la Cofradía Azul,
en la casa de Marianela Fabricio,
a la hora veinte del 17 de mayo de 1998.
Se
encuentran presentes los últimos dos integrantes del grupo.
Compungidos
por la muerte de Ponzo y aterrorizados ante nuestro inevitable final,
Marianela y yo multiplicamos el temblor de nuestras manos en un apretón
mutuo, para desencadenar luego una vibración insoportable al
amparo de los abrazos. Nos separamos y comenzamos a conversar:
—Aquí
—le digo— tengo la carta de Ponzo. En ella, sitúa
las puertas de Eyeston en la esquina de Helguera y César Díaz.
—La línea sigue hacia el oeste.
—Así
es.
—Es
extraño: una sola vez fue hacia el este, después se dirigió
siempre hacia el oeste. Tiene que haber algún significado.
—Marianela,
¿ha logrado sacar algo en claro de la carta que, supuestamente,
hemos recibido de la Cofradía Negra?
—Tengo
algunas ideas. ¿Usted encontró alguna pista?
—No.
Por favor, cuénteme qué fue lo que pensó.
—Hace
tiempo que estamos seguros de saber algunas cosas; no intenté
refutarlas para comprobar su veracidad, como solíamos hacer:
las cosas que creemos desde hace tiempo las he tomado como algo “verdadero”.
De esta forma, intenté avanzar sobre los interrogantes, sobre
lo que nunca hemos sabido ni bocetado imaginariamente. Primero, he partido
de “la verdad” de una premisa: el movimiento cíclico
de Eyeston. Aunque nunca hemos logrado conocer todos los detalles de
este movimiento, sí hemos descubierto las distancias entre sus
paraderos: 1600 metros. Entonces, intentando predecir el próximo
sitio de las puertas de Eyeston, quise trazar una línea recta
a través de los lugares indicados por las cartas de nuestros
amigos, pero aquí, señor Lozano, nos enfrentamos al primer
problema: existen pequeñas diferencias entre los segmentos formados
por los puntos citados en las cartas que destruyen la continuidad de
la recta.
—¿No
hay manera?
—No,
la imaginaria recta se quiebra en cada una de los lugares citados.
—Es
decir, no hay forma de proyectar la distancia, los 1600 metros, hacia
una dirección certera.
—Exacto,
pero le sigo contando porque he buscado un camino alternativo.
—Por
favor, siga.
—Ahora
entra en juego la carta que supuestamente hemos recibido de la cofradía
negra. Hurgué en ella a fondo, sin olvidar la premisa “verdadera”
del movimiento cíclico de Eyeston, y teniendo siempre presente
el problema de cómo proyectar la línea imaginaria, es
decir, el problema de cómo solucionar el enigma
de uno de los dos parámetros desconocidos(2):
el Espacio, el próximo lugar de las puertas de Eyeston. Acá
me detengo: hace tiempo ya que nosotros buscamos la conjunción
exacta del Tiempo y del Espacio para poder descubrir la ciudad misteriosa,
y, si mira bien, usted verá que la carta de la cofradía
negra también parece hablarnos de Tiempo y Espacio: En el final
dice: “Ustedes descubrirán Eyeston según el tiempo
y los crímenes”. ¿Sabe qué hice? Reemplacé
la palabra “crímenes” por “Espacio”.
De esta forma llego a la conclusión de que el enigma del parámetro
Espacio encuentra una pista en los crímenes. Y pienso: estamos
buscando un lugar, un sitio, y la carta me reemplaza eso por crímenes.
Y sigo pensando: no puedo dejar de pensar en una sola conclusión:
Lozano, el espacio lo hallaríamos en el lugar de los crímenes.
—
Gran razonamiento, nos abre nuevos caminos, pero continuando con la
idea me pregunto, ¿por qué nos dicen eso después
de hablar de Galileo y el movimiento pendular?
Ambos
nos quedamos en silencio.
De
pronto, Marianela grita:
—¡El
ahorcado!
—¿Qué?
—¡El
ahorcado! ¡El ahorcado es un péndulo!
—¡Es
cierto! Los enigmas serían resueltos en el movimiento pendular...
—...
del ahorcado —finaliza Marianela.
—¡Brillante!
Por eso no lograbas trazar una línea recta entre las puertas
citadas por las cartas de los muertos. ¡Porque la línea
dibuja una curvatura!
—Y
también por eso fue una vez al este y después siempre
hacia el oeste. Probablemente el péndulo toco su extremo en el
paraje cercano al planetario, luego volvió por la misma línea
que había dibujado en su viaje de ida, atravesando el paraje
de Guatemala y Thames, citado en la carta anterior y posterior a la
de María Hornos (la carta del planetario), y continuando después
siempre hacia el oeste.
—Y
lo hará hasta que toque el otro extremo, desde donde seguramente
Eyeston volverá a recorrer la línea pendular, pero en
sentido opuesto, es decir, hacia el este.
—Sólo
debemos proyectar una línea curva que una los puntos que tenemos
sobre el mapa; luego medimos sobre la continuación de la línea
una distancia de 1600 metros desde el último paraje, citado en
la carta que recibimos hoy del difunto Hugo Ponzo, es decir, Helguera
y César Díaz.
—¿Y
si ese lugar es el extremo oeste y ahora comienza a regresar hacia el
este?
—Tendremos
que arriesgarnos por una opción y yo me inclinaría por
seguir la línea hacia el oeste, porque si usted, Marianela, piensa
en la repetición del número 16, llegará a la conclusión
de que es muy probable que los paraderos de Eyeston sean 16, al igual
que el número que señala a la mayoría de los sucesos
acontecidos con respecto a todo este tema.
—Coincido;
hagamos el dibujo sobre el mapa.
Según
nuestros cálculos, el próximo lugar de las puertas de
Eyeston será en Elpidio Gonzalez y Marcos Paz.
Marianela
dice:
—Ahora
sólo falta conocer el parámetro Tiempo, el tiempo exacto.
La carta de la cofradía negra dice: “En cuanto a Eyeston,
tendrán que saber que la ciudad abre sus puertas en el mismo
instante en que cada uno de ustedes abandona la vida”. Esto no
tenemos forma de averiguarlo y, aunque es verdad, señor Lozano,
que aparentemente todos nuestros compañeros murieron a la misma
hora, entre las diez y las once de la mañana, no lo sabemos con
precisión en minutos y segundos. Fácil hubiera sido para
nosotros que el número “16” se repitiera también
en el horario de los asesinatos, pero no es así, y no habrá
forma de saberlo hasta el próximo crimen en donde alguno de nosotros
morirá.
El
espanto se dibuja en nuestros rostros; con voz entrecortada le digo:
—Aunque
esperemos hasta el mes que viene y uno tenga que sacrificarse, ¿cómo
hará el sobreviviente para saber el tiempo exacto?
—Tengo
una idea.
—Dígala
—El
16 del mes entrante podríamos ir juntos al lugar que hemos previsto
en nuestra proyección sobre el mapa: si alguno de los dos muere,
el otro estará en condiciones de atravesar las puertas de Eyeston,
siempre y cuando no fallen nuestros cálculos y estemos en el
lugar indicado.
—¿Y
si ambos morimos?
—Habrá
que arriesgarse.
—Estoy
de acuerdo. Fin de la transcripción grabada.
Me
despido, revestido de cierta esperanza. Si alguno de nosotros logra
resistir al próximo “día 16”, le escribirá
a usted, lector desconocido, el día 17.
Facundo
Lozano, arquitecto, miembro activo de la Cofradía Azul.
Buenos
Aires, 17 de Junio de 1998
“El
vago azar o las precisas leyes
Que rigen este sueño, el universo.”
Jorge Luis Borges
Una
caja dentro de otra caja, y otra, y otra, y la caja del final —la
más pequeña o la más grande— encuentra su
fin en el inicio, porque es una caja, y descubre que siempre queda algo
para albergar. Eyeston posee un número infinito de cajas. En
ellas habitan los tiempos de los muertos y los vivos, porque los hombres
duermen —o escriben, dicen algunos— y porque alguien tuvo
la abominable idea de entregarse al sueño de la vigilia, que
no es otra cosa que vivir la vigilia en un estado de sueño.
Ayer
estuvimos en las puertas de Eyeston y las cruzamos de lado a lado. No
somos los únicos que lo han logrado: en la esquina de Elpidio
González y Marcos Paz, paradero cíclico, encontramos a
otros hombres y mujeres que también han descubierto las leyes
que rigen a la ciudad pendular. Asombrados, haciendo equilibrio entre
la credulidad y la incredulidad, vimos personas de todos los siglos
y lugares; el coronel Banegas y otros más estaban presentes.
Ahora,
un día después, estamos anonadados, en el transcurso de
la comprensión, pero aún seguimos vivos, y para seguir
en esta condición, hemos averiguado que tendremos que estar nuevamente
en las puertas de Eyeston el próximo “día 16”.
De lo contrario, moriremos ahorcados como nuestros amigos.
Y
lo más increíble que hemos oído, prodigio que encuentra
sus puertas fuera de todo lo conocido, es que mientras acerquemos nuestros
pasos a Eyeston, como otros hombres lo hacen desde hace tiempo, la Vida
Eterna se impregnará sobre nuestros movimientos.
Esta
será la última carta, no habrá documentos ni informes
adjuntos; todo el material que poseíamos ha desaparecido de nuestras
manos: Marianela y yo hemos sido asaltados en nuestra ausencia; se llevaron
todo lo concerniente a Eyeston, lo demás está intacto.
De todas formas, enterraremos estas cartas —sobrevivieron porque
las llevo siempre en mis bolsillos— que anhelan lectores curiosos
que puedan resolver los últimos enigmas de Eyeston. ¿Por
qué tiene tanta importancia el número 16? ¿Por
qué la ciudad pendular se llama Eyeston? ¿Por qué
en estos tiempos Eyeston cierne su oscilación sobre Buenos Aires?
Si
usted lograra alcanzar los misterios, tal vez nosotros podamos escapar
de los viajes del péndulo, cajas que encierran a la eternidad.
Si fuera así, si accede a las puertas de salida, le pedimos,
le pedimos, le pedimos por favor que nos escriba una carta de respuesta
y la deposite en el escondite que aguarda impaciente frente al Viejo
Resero y la Avenida de los Corrales. Pero debe saber, y es mi obligación
advertirle, que una sola ojeada sobre los senderos de Eyeston, lo convertirá
en un integrante de la Cofradía Azul. Puede usted, lector desconocido,
imaginar los riesgos de semejante condición.
Sin
embargo, aunque los peligros que usted correría son muy grandes,
deseamos, por nosotros, esclavos de este plan siniestro e incomprensible,
que nos ayude, porque mientras tanto, mientras el rumbo de las cartas
yace exánime, enterrado, sin ojos lectores que develen sus oraciones,
nosotros somos inmortales condenados a muerte.
Facundo
Lozano, arquitecto, miembro activo de la Cofradía Negra
(1)La
pila de Carlomagno, que servía en el siglo XVI para establecer
el peso de las monedas, consta de una serie de platillos o cajas de
cobre que se encajan las unas en las otras, siendo la mayor la caja
de la pila.
(2)Los
dos parámetros desconocidos son el Tiempo y el Espacio.