"Tú me arrojaste a lo más
profundo, al medio del mar: la corriente me envolvía, ¡todos
tus torrentes y tus olas pasaron sobre mí!"
Jonás, 2, 4.
"Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora
y lo que sucederá en el futuro"
Apocalipsis, 1, 19.
Del
firmamento brotó esta historia en una lóbrega
jornada, toda noche, toda palabra de Dios.
Mi
entendimiento, abyecto órgano de mi conciencia, no sabe reproducir
el lenguaje de las tinieblas, pero mi conciencia, órgano eremita
de mi tiempo en este mundo, puede contemplar. Ahora, contemplaré
con usted la historia revelada, pero incomprendida; ahora, beberé
con usted la leche que brota del pecho de Dios.
Antes
de que el tránsito comience, invocaré a la oscuridad
que no es negra sino diáfana, blanco indefinible de lactancia
divina, primera metáfora de donde nacen todas las palabras
y todas las conciencias, para que este sueño, lóbrega
jornada, toda noche, toda palabra de Dios, destile letras, ornamentos
de perdición:
Llegó
Dios hasta la ciudad en forma de viento, penetró en nuestras
moradas, vigiló los actos, miró, escuchó, tocó,
comió, olió, desplegó los infinitos sentidos
que el hombre no posee y tomó una grave determinación:
Él, que alguna vez creó el tiempo, como también
creó la luz, decidió destruir el tiempo en nuestra ciudad.
Así
y por el castigo de Dios los habitantes quedaron inmóviles
cual estatuas; todos los movimientos de todos los rincones perecieron.
Ni siquiera la brisa recorría las esquinas ni los pájaros
volaban sobre las veredas ni las nubes formaban figuras en el cielo
sobre las calles ni el sol distribuía horas y luces. La ciudad
fue una ciénaga de aire ensombrecido.
Quizás
por ser justo, o por dedicarme al oficio de la escritura, estuve ausente
en aquella jornada. Hallándome, pues, en la isla llamada Patmos,
fui arrebatado en espíritu y oí tras de mí una
voz fuerte, como de trompeta, que decía: “Lo que vieres
escríbelo en un libro”. Inmediatamente me encontré
en nuestra ciudad, pero antes de su Apocalipsis. Me encontré,
vituperado por hombres y mujeres que no conocía, aún
que conocía, en las sendas vertiginosas que dividen edificios
y negocios, en los pasillos que se hunden implacables dentro de los
barrios de la desidia, en las rutas que conducen al hedor de los parques
sucios y pestilentes. Me insultaban y me lapidaban. En esa situación
taciturna me encontré en nuestra ciudad para narrar el fin
de su tiempo.
Entonces
y de alguna forma, avancé por la ciudad en forma de viento,
penetré en las moradas de sus habitantes, vigilé sus
actos, miré, escuché, toqué, comí, olí,
desplegué infinitos sentidos que el hombre no posee y determiné
lo inevitable: destruir.
Pero,
por hombre, preferí huir de Dios antes que predicar la muerte
sobre la ciudad. Compré un pasaje en las cercanías del
puerto y me embarqué hacia algún lugar alejado de Dios.
Navegué sobre la superficie de las aguas desconocidas durante
muchos años, hacia el poniente, huyendo del Distribuidor del
Tiempo que me perseguía, mas en el mediodía del mar,
el Creador, Padre Todopoderoso, me alcanzó mientras dormía
y envió una gran tempestad sobre el barco.
Los
marinos, criaturas siempre supersticiosas, clamaron a diferentes dioses
y amuletos. El comandante mismo se acercó hasta mí,
y, despertándome del vaporoso estado que me envolvía,
me ordenó que invocara a mi Dios para que cesara la tormenta.
Al mismo tiempo, los hombres echaron una moneda en busca del responsable
de la cólera divina: la suerte cayó sobre mí.
Los
marineros y los pasajeros me interrogaron; yo les narré esta
historia; el mar embravecía.
Aquellos
hombres se atemorizaron y me preguntaron: “¿Qué
vamos a hacer contigo para que el mar se nos aquiete?” Respondí
con la verdad: “Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietará,
pues bien sé yo que esta gran tormenta os ha sobrevenido por
mí.”
Me
echaron al mar y el mar se aquietó en su furia.
Hallándome,
luego, en las aguas desconocidas fui devorado por un gigantesco pez
enviado por Dios. Desde el vientre de la bestia clamé con gran
angustia a Dios con toda clase de oraciones y promesas durante tres
días y tres noches. Entonces Dios ordenó al pez que
me vomite.
Cuando
era expulsado del estómago del infierno, cuyo cerrojo fue echado
sobre mí para siempre, tuve conciencia de la destrucción
del tiempo: del valle de las sombras de la muerte, vientre embarazado
de olvido y silencio, Dios, como una partera, arrancó mi ser
de aquella jaula y tomando mi cabeza entre sus manos me recostó
en un nido tibio de luz y de vida: ahora era Dios quien me tragaba.
Entonces,
nuevamente, me encontré en nuestra ciudad. Pero en esta ocasión,
pasaje bifurcado del tiempo, sala inaccesible para el reloj, me había
convertido en santo. Así pues, ordené la destrucción
con palabras irreproducibles.
Y
ahora, los habitantes fornican con la muerte, criatura sin tiempo.
Ahora, los habitantes de nuestra ciudad son vituperados por mí.
Ahora, yo, Juan, Jonás, mamo las letras que fluyen de los pezones
de Dios y escribo lo que veo. Ahora, yo, Juan, Jonás, soy Dios,
lóbrega jornada, toda noche, toda palabra.