AFLUENTES

 
Compilado por el consejo editor de el interpretador
 
 

 

Afluentes

 

Ofrecemos a continuación una selección de fragmentos, ordenados cronológicamente, en los que el río escrito fluye en la literatura argentina. La selección es tan arbitraria como innumerables son las posibilidades de hacer hablar al río, de introducirlo en la escritura. Haber elegido fragmentos responde a la lógica del picoteo; la búsqueda tuvo en cuenta tanto el recuerdo de lecturas como las intervenciones particulares y múltiples que, sin distinción de géneros, el río demuestra tener por/ la fuerza de sus aguas en la literatura. La selección fue realizada por el equipo editor de El interpretador.

 

 

Literatura Argentina - Fragmentos

 

Ulrico Schmidl, Viaje al Río de la Plata 1534-1554. Editado en 1903.

 

Desde allí zarpamos al Río de la Plata y después de navegar quinientas leguas, llegamos a un río dul­ce que se llama Paraná Guazú y tiene una anchura de cuarenta y dos leguas en su desembocadura al mar. Allí dimos en un puerto que se llama San Ga­briel, donde anclaron nuestros catorce buques y de inmediato nuestro capitán general don Pedro Men­doza ordenó y dispuso que los marineros conduje­sen la gente a la orilla en los botes, pues los buques grandes solamente podían llegar a una distancia de un tiro de arcabuz de la tierra; para eso se tienen los barquitos que se llaman bateles o botes.

 

Desembarcamos en el Río de la Plata el día de los Santos Reyes Magos en 1535. Allí encontramos un pueblo de indios llamados Charrúas, que eran como dos mil hombres adultos; no tenían para co­mer sino carne y pescado. Estos abandonaron el lu­gar y huyeron con sus mujeres e hijos, de modo que no pudimos hallarlos. Estos indios andan en cueros, pero las mujeres se tapan las vergüenzas con un pe­queño trapo de algodón, que les cubre del ombligo a las rodillas. Entonces don Pedro Mendoza ordenó a sus capitanes que reembarcaran a la gente en los buques y se la pusiera al otro lado del río Paraná, que en ese lugar no tiene más de ocho leguas de ancho.

 

Allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires: esto quiere decir buen viento. También traíamos de España, sobre nuestros buques, setenta y dos caballos y yeguas, que así llegaron a dicha ciudad de Buenos Aires. Allí, sobre esa tierra, hemos encontrado unos indios que se llaman Querandís, unos tres mil hombres con sus mujeres e hijos; y nos trajeron pescados y carne para que comiéramos. También esta mujeres llevan un pequeño paño de algodón cubriendo sus vergüenzas. Estos Querandís no tienen paradero propio en el país sino que vagan por la comarca, al igual que hacen los gitanos en nuestro país. Cuando estos indios Querandís van tierra adentro, durante el verano, sucede que muchas veces encuentran seco el país en treinta leguas a la redonda y no encuentran agua alguna para beber; y cuando cogen a flechazos un venado u otro animal salvaje, juntan la sangre y se la beben. También en algunos casos buscan una raíz que llama cardo, y entonces la comen por la sed. Cuando los dichos Querandís están por morirse de sed y no encuentran agua en el lugar, sólo entonces beben esa sangre. Si acaso alguien piensa que la beben diariamente, se equivoca: esto no lo hacen y así lo dejo dicho en for­ma clara.

 

Esteban Echeverría, El Matadero, 1838

–Reventó de rabia el salvaje unitario –dijo uno.
–Tenía un río de sangre en las venas –articuló otro.

 

José Mármol, Amalia, 1851

Tercera parte. En Montevideo

El lector tendrá que acompañarnos esta vez a un paseo de pocas horas a la parte septentrional del Plata, siguiendo con nosotros a uno de los actores principales de nuestra historia; y después volveremos a tomar el hilo de los acontecimientos históricos.

Era una noche de los últimos días del mes de julio.

El cielo del Plata estaba argentado con toda su magnífica pedrería; y la luna, como una perla entre un círculo de diamantes, alumbraba con su luz de plata las olas alborotadas del gran río, sacudido pocas horas antes por las alas poderosas del pampero.

Doscientos bajeles se balanceaban dentro del ancho puerto de Montevideo, imitando a un vasto y espeso bosque de palmeras, sacudidas en una noche del otoño por vientos que las azotan y despojan.

El Cerro, ese cíclope que vigila a la más joven de las hijas de América, parecía esa noche, a la claridad de la luna, levantar más alta que nunca su cabeza, jugando con los eclipses de su inmensa farola.

Como saliendo del pie de esa inmensa montaña, desde las siete de la noche se divisaba allá en el horizonte una cosa parecida a esas palomas del Mar del Sur que, arrebatadas por el viento de las costas de la Patagonia, vuelan sobre las ondas de esos mares, las mayores del mundo, rozando las aguas con sus alas, inclinándose ora sobre una, ora sobre otra, mostrándose y perdiéndose a la vez entre las montañas flotantes, hasta encontrar el mástil de algún buque, o las escarpadas rocas de Malvinas.

Como una blanca pluma del ala del pampero, el pequeño bajel que tenía la audacia de surcar las ondas de ese río que desafía al mar en los días que da curso libre a sus enojos, se deslizaba rápidamente sobre ellas, y por instantes se aproximaba al puerto. Los buques de guerra distinguieron pronto que era una ballenera de Buenos Aires; embarcaciones que hacían diariamente el contrabando durante el bloqueo francés sobre aquel puerto

Esta pequeña embarcación descubierta, sólo traía cuatro hombres. Dos de ellos, sentados en el medio, prontos a cazar la gran vela tiriana que la hacía volar sobre las ondas; de los otros dos, el uno estaba al timón, cubierto con un capote de barragán y un gran sombrero de hule; el otro reclinado sobre la pequeña borda, envuelto en una capa de goma, teniendo en su cabeza una gorra de paño con visera. El primero sólo movía sus ojos de la vela a la onda, y de la onda a la vela; el segundo no los separaba de un solo punto: hacía media hora que estaba contemplando la ciudad, plateada con los clarísimos rayos de la luna, y que se presentaba a sus ojos en forma de anfiteatro, descendiendo sus edificios de una leve colina, como se ven las piedras cristalizadas del hielo desde las orillas del mar Pacífico, sobre la Cordillera de los Andes.

Pero no era simplemente la bella perspectiva de la ciudad lo que absorbía la atención de ese hombre, sino los recuerdos que en 1840 despertaba en todo corazón argentino la presencia de la ciudad de Montevideo: contraste vivo y palpitante de la ciudad de Buenos Aires, en su libertad y en su progreso; y más que esto todavía, Montevideo despertaba en todo corazón argentino que llegaba a sus playas el recuerdo de una emigración refugiada en él por el espacio de once años, y la perspectiva de todas las esperanzas sobre la libertad argentina, que de allí surgían, fomentadas por la acción incansable de los emigrados, y por los acontecimientos que fermentaban continuamente en ese laboratorio vasto y prolijo de oposición a Rosas, en ese Montevideo en donde sólo con dejar hacer, la población se había triplicado en pocos años, desenvuéltose un espíritu de comercio y de empresa sorprendente, y amontonádose cuanto elemento parecía suficiente para dar en tierra con la vecina dictadura.

Quinta Parte. La ballenera

La noche estaba nebulosa pero suave; el río tranquilo; una brisa fresca, pero dulce, picaba ligerísimamente las aguas que, en alta marca, cubrían las peñas de las costas y se derramaban sin rumor en las pequeñas ensenadas de sus orillas. Apenas de vez en cuando se dejaba ver una que otra estrella en el firmamento al través de los pardos celajes, como aparece una que otra esperanza en el cristal empañado de un alma desgraciada.

A las nueve de esa noche, una embarcación habíase desprendido del costado de una de las corbetas bloqueadoras con un joven oficial francés, el patrón y ocho marineros.

En la primera hora la ballenera corrió al largo con su proa al oeste cuarta al norte, con su vela englobada, ligera y graciosa como una creación de la noche posada en el ala de la brisa, mientras que el joven oficial, envuelto en su capa, y tendido sobre el banco de popa, con esa indolencia característica del marino, sólo bajaba su vista de rato en rato, a ver una pequeña carta abierta a sus pies; y alumbrado por una linterna a cuya luz echaba una mirada de vez en cuando a una rosa náutica que sujetaba el pequeño plano, mostraba luego con la mano, y sin hablar una palabra, la dirección que debía dar a la ballenera el patrón que dirigía el timón. Y a la luz también de esa linterna colocada en el fondo de la ballenera, se distinguían los fusiles de los marineros, colocados de babor a estribor.

[...]En pocos minutos llegaron a la orilla del río donde la ballenera estaba atracada y aquietada por dos robustos marineros que habían saltado a tierra con ese objeto.

La embarcación había dado por casualidad con una pequeña abra del río.

Al acercarse las señoras, el oficial francés saltó a tierra con toda la galantería de su nación, para ayudarlas a embarcarse.

Había un no sé qué de solemnidad religiosa en ese momento, en medio de las sombras de la noche, y en esas costas desiertas y solitarias.

Madama Dupasquier se despidió con estas solas palabras:

-Hasta muy pronto, Amalia.

Un unitario jamás se atrevía a decir, ni aun a creer, que Rosas se conservase ocho días más. Pero Florencia, organización en que pocas veces había el consuelo de las lágrimas, sintió rotas al fin las fuentes de su corazón, y bañó con ellas los hombros y el semblante de su amiga.

Amalia lloraba dentro su alma mientras que las imágenes más tristes y fatídicas cruzaban por su rica y desgraciada imaginación.

-Vamos -dijo al fin Daniel, y tomando a su Florencia de la mano, la separó de Luisa que lloraba también, y alzándola por su cintura de sílfide, la puso de un salto en la ballenera, donde ya estaba madama Dupasquier al lado del oficial.

Todavía un ¡adiós! se cambió Florencia, Amalia y Eduardo; y a una voz del oficial la ballenera se desprendió de tierra, viró luego hacia el sur, y enfiló la costa con su vela tiriana desplegada, y sin las precauciones con que se había acercado un cuarto de hora antes. Seguía la costa con la intención de tomar más abajo un cuarto más de viento en su bordada al este.

Amalia, Eduardo y Luisa la siguieron con sus ojos hasta que se perdió entre las sombras.

Entonces posó Amalia su brazo en el hombro del bien querido de su alma, y alzó sus lindos y tranquilos ojos a contemplar los fragmentos de nubes que volaban entre las alas de la brisa, y que de vez en cuando dejaban aparecer los astros, mientras que Eduardo la contemplaba embelesado, rodeando con su brazo derecho su cintura.

Ocho minutos habrían pasado apenas, cuando una súbita claridad y la detonación de una descarga de mosquetería, en la costa, y hacia el lado en que navegaba la ballenera, vino a herir de súbito, y como un golpe eléctrico, el corazón de Amalia, de Eduardo y de la tierna Luisa.

 

Juan Bautista Alberdi, 1855  

"Para subir el Mississippi y ver lo que será el Paraná dentro de cincuenta años". 

 

Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles, 1870 

Es el caso que mi estrella militar me ha deparado el mando de las fronteras de Córdoba, que eran la más asoladas por los ranqueles.

Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que habiendo emigrado en distintas épocas de la falda occidental de la cordillera de los Andes a la oriental, y pasado los ríos Negro y Colorado, han venido a establecerse entre el Río Quinto y el Río Colorado, al naciente del río Chalileo.

Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente aprobó, con cargo de someterlo al Congreso.

Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario.

¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales?

Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades relativas a su ejecución inmediata.

Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación a las correrías azarosas y lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese mundo que llaman Tierra Adentro, para estudiar sus usos y costumbres, sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, e inspeccionar yo mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las fuerzas que están bajo mis órdenes -he ahí lo que me decidió no ha mucho y contra el torrente de algunos hombres que se decían conocedores de los indios, a penetrar hasta sus tolderías y a comer primero que tú en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz.

[...]Al general Arredondo, mi jefe inmediato entonces, le debo, querido Santiago, el placer inmenso de haber comido una tortilla de huevos de avestruz en Nagüel Mapo, de haber tocado los extremos una vez más. Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no te gano la delantera.

Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me manifestara que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que mi suerte no le era indiferente. Sólo los que no son amigos pueden conformarse con que otro muera estérilmente... y en la oscuridad.

La nueva línea de fronteras de la provincia de Córdoba no está ya donde tú la dejaste cuando pasaste para San Luis, en donde tuviste la fortuna de conocer aquel tipo que te decía un día en el Morro: -¡Yo no deseo, señor don Santiago, visitar la Europa por conocer el Cristal Palais ni el Buckingham Palace, ni las Tullerías, ni el London Tunnel, sino por ver ese Septentrión, ¡ese Septentrión!

Está la nueva línea sobre el Río Quinto, es decir, que ha avanzado veinticinco leguas, y que al fin se puede cruzar del Río Cuarto a Achiras sin hacer testamento y confesarse.

Muchos miles de leguas cuadradas se han conquistado.

¡Qué hermosos campos para cría de ganados son los que se hallan encerrados entre el Río Cuarto y Río Quinto!

La cebadilla, el potrillo, el trébol, la gramilla, crecen frescos y frondosos entre el pasto fuerte; grandes cañadas como la del Gato, arroyos caudalosos y de largo curso como Santa Catalina y Sampacho, lagunas inagotables y profundas como Chemeco, Tarapendá y Santo Tomé constituyen una fuente de riqueza de inestimable valor.

Tengo en borrador el croquis topográfico , levantado por mí, de ese territorio inmenso, desierto, que convida a la labor y no tardaré en publicarlo, ofreciéndoselo con una memoria a la industria rural.

 

Ricardo Güiraldes, Pampa, 1920

El río

Debe venir de muy lejos según están de cansadas sus aguas.
Sus barrancas de tierra clara y pelada llevan encima un plano horizontal de pasto como la frente del indio bravío.
Su lecho es de tosca barrosa y su color loguno se satura de arcilla. El cauce corre secretamente en una depresión y da inexplicables vueltas como para escapar de toda obsesión geométrica.
Yo se una parte en que surge a flor de tierra para poder elegir su camino y mirar los macachines, los prados y los montes ostentosos de las estancias y es esta aparición como un salto de pez plateado de escamas.
Los sauces, Narcisos agachados sobre la hondura, dejan caer, para tocar su reflejo, largas ramas que inútilmente quisieran perpetuar una ínfima herida en el agua.
En las toscas ribereñas  alguien ha clavado un hoyo cilíndrico en busca del manantial y toda su concavidad se ha llenado de un agua pura en cuyo fondo camina sin apuros, vista su longevidad, un diminuto y como traslúcido cangrejillo.
Pero el agua en perpetua búsqueda de nivel y cuyo curso sólo interrumpe el irrespetuoso pisoteo de las tropas en algún paso, no sabe de éstos pequeños detalles y va siempre progresiva arrastrándose como un reptil, indiferente al sol estival que le hace sudar el lomo y a las madrugadas de invierno que escarchan sus orillas como quien pone un vidrio a la ventana para guarecerse del viento.
Entre las toscas el agua cuchichea risueña y sus rizos son tan metálicos que los saltos de las mojarritas no parecen ser reflejos que quisieran irse hechos luz.
Cosas torpes son las honduras en cuyo fondo limoso el bagre y la vieja guarecen su pereza en eterna siesta.
Pero el río tiene su orgullo en el dorado cuyo salto potente y luminoso prueba al incauto bicho de la tierra que el río lleva en el celoso escondite de su opacidad ovales tesoros de sol vivo.

 

Horacio Quiroga, Los desterrados, 1926 

El regreso de Anaconda

-¡Bajemos! ¡El triunfo es nuestro! ¡Lancémonos en seguida!

Y ya era tiempo, podría decirse, porque el Paranahyba desbordaba hasta allí mismo, fuera del cauce. Desde el río hasta la gran laguna, los bañados eran ahora un tranquilo mar, que se balanceaba de tiernos camalotes. Al norte, bajo la presión del desbordamiento, el mar verde cedía dulcemente, trazaba una gran curva lamiendo el bosque, y derivaba lentamente hacia el sur, succionado por la veloz corriente.

Había llegado la hora. Ante los ojos de Anaconda, la zona al asalto desfiló. Victorias nacidas ayer y viejos cocodrilos rojizos; hormigas y tigres; camalotes y víboras; espumas, tortugas y liebres, y el mismo clima diluviano que descargaba otra vez, la selva pasó, aclamando a la boa, hacia el abismo de las grandes crecidas.

Y cuando Anaconda lo hubo visto así, dejóse a su vez arrastrar flotando hasta el Paranahyba, donde arrollada sobre un cedro arrancado de cuajo, que descendía girando sobre sí mismo en las corrientes encontradas, suspiró por fin con una sonrisa, cerrando lentamente a la luz crepuscular sus ojos de vidrio.

Estaba satisfecha.

Comenzó entonces el viaje milagroso hacia lo desconocido, pues de lo que pudiera haber detrás de los grandes cantiles de asperón rosa que mucho más allá del Guayra entrecierran el río, ella lo ignoraba todo. Por el Tacuarí había llegado una vez más hasta la cuenca del Paraguay, según lo hemos visto. Del Paraná medio e inferior, nada conocía. Serena, sin embargo, a la vista de la zona que bajaba triunfal y danzando sobre las aguas encajonadas, refrescada de mente y de lluvia, la gran serpiente se dejó llevar hamacada bajo el diluvio blanco que la adormecía.

Descendió en este estado el Paranahyba natal, entrevió el aplacamiento de los remolinos al salvar el río Muerto, y apenas tuvo conciencia de sí cuando la selva entera flotante, y el cedro, y ella misma, fueron precipitados a través de la bruma en la pendiente del Guayra, cuyos saltos en escalera se hundían por fin en un plano inclinado abismal. Por largo tiempo el río estrangulado revolvió profundamente sus aguas rojas. Pero dos jornadas más adelante los altos ribazos separábanse otra vez, y las aguas, en estiramiento de aceite, sin un remolino ni un rumor, filaban por la canal a nueve millas por hora.

A nuevo país, nuevo clima. Cielo despejado ahora y sol radiante, que apenas alcanzaba a velar un momento los vapores matinales. Como una serpiente muy joven, Anaconda abrió curiosamente los ojos al día de Misiones, en un confuso y casi desvanecido recuerdo de su primera juventud.

Tornó a ver la playa, al primer rayo de sol, elevarse y flotar y sobre una lechosa niebla que poco a poco se disipaba, para persistir en las ensenadas umbrías, en largos chales prendidos a la popa mojada de las piraguas. Volvió aquí a sentir, al abordar los grandes remansos de las restingas, el vértigo del agua a flor de ojo, girando en curvas lisas y mareantes, que al hervir de nuevo al tropiezo de la corriente, borbotaban enrojecidas por la sangre de las palometas. Vio tarde a tarde el sol recomenzar su tarea de fundidor incendiando los crepúsculos en abanico, con el centro vibrando al rojo albeante, mientras allá arriba, en el alto cielo, blancos cúmulos bogaban solitarios, mordidos en todo el contorno por chispas de fuego.

Todo le era conocido, pero como en la niebla de un ensueño. Sintiendo, particularmente de noche, el pulso caliente de la inundación que descendía con él, la boa dejábase llevar a la deriva, cuando súbitamente se arrolló con una sacudida de inquietud.

El cedro acababa de tropezar con algo inesperado, o por lo menos, poco habitual en el río. 

 

Ezequiel Martínez Estrada, Argentina, 1927

 

Río Paraná

 

Labardén hizo un canto al Paraná, a su modo.

Hay allí una botánica retórico-poética

y una ornitología pictórico-fonética.

Y así es el Paraná, después de todo.

 

Río de la Plata

 

Este mar de linaza y caramelo,

turbio en el día y en la noche claro,

por un error catóptrico bien raro

refleja su interior en vez del cielo.

 

Ni logra despertarlo la bocina

del vapor, ni la draga lo importuna;

duerme y le importa poco que la luna

eche sobre él su gota de estearina.

 

Bajo sus aguas se presiente el yermo

y, agazapado entre los muelles, tiene

cierto andar triste, cierto ademán lene

del hombre arruinado y de animal enfermo.

 

Cae sobre el agua el mástil y se quiebra,

la amarra ondula como una serpiente

y el casco del vapor en la corriente

toma el aspecto de una piel de cebra.

 

A lo lejos –un punto– el transatlántico

su rabo de humo en el azul congela;

y algún yate en la lona de la vela

simplifica un crepúsculo romántico.

 

 

 J. L. Borges,  Cuaderno San Martín, 1929

 

Fundación mítica de Buenos Aires 

 

¿Y fue por este río de sueñera y de barro

que las proas vinieron a fundarme la patria?

Irían a los tumbos los barquitos pintados

entre los camalotes de la corriente zaina. 

 

Pensando bien la cosa, supondremos que el río

era azulejo entonces como oriundo del cielo

con su estrellita roja para marcar el sitio

en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron. 

 

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron

por un mar que tenía cinco lunas de anchura

y aún estaba poblado de sirenas y endriagos

y de piedras imanes que enloquecen la brújula. 

 

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,

durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,

pero son embelecos fraguados en la Boca.

Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo. 

 

Una manzana entera pero en mitá del campo

expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.

La manzana pareja que persiste en mi barrio:

Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga. 

 

Un almacén rosado como revés de naipe

brilló y en la trastienda conversaron un truco;

el almacén rosado floreció en un compadre,

ya patrón de la esquina ya resentido y duro.

 

El primer organito salvaba el horizonte

con su achacoso porte, su habanera y su gringo.

El corralón seguro ya opinaba Yrigoyen,

algún piano mandaba tangos de Saborido. 

 

Una cigarrería sahumó como una rosa

el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,

los hombres compartieron un pasado ilusorio.

Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente. 

 

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:

la juzgo tan eterna como el agua y el aire. 

 

Raúl González Tuñon, Calle del agujero en la media, 1930

Riachuelo de la Villete

Cualquier tarde.
Yo anduve por sus muelles
sombríos, largos, de fluviales nombres
-Marne, Loir, Oise, Seine-

Las aguas sucias de petróleo y aceite.

Hablo del riachuelo proletario, abandonado,
a los pies de París,
arrastrándose
igual que esos pontones de maderas cansadas
que cargan vino, cemento y cereales
y por la noche cuidan los perros guardianes.

Esos perros lanudos, atorrantes, tan humanos,
de sordos ladridos y turbias miradas
que a veces cuelgan en los viejos puentes
una tristeza dolorosa y extraña.

Boliches para obreros y ladrones
que al mediodía comen carne de buey y hablan
de cosas importantes.

Mostradores maduros de puñetazos y de canciones
moscas aplastadas contra los vidrios por los mocosos sin calzones.

Riachuelo escurridizo, estrecho, verdoso, gris, nublado siempre
su cielo de taller, de aserradero, de molino harinero
su horizonte de fábricas en donde
sueñan las chimeneas.
Calles tortuosas y húmedas que mueren en sus bordes,
calles angostas de sonoros nombres,
de alzados nombres populares
queridos al oído de sus habitantes.
Calles que vienen de los mataderos
y traen todo el rumor y todo el polvo de ese arrabal
de las insurrecciones, de las resignaciones, de los asesinatos
de los entierros pobres,
de las ferias trashumantes y los circos sin nombre.
Faroles rezagados y ventanas de visillos ahumados.

Bassin de la Villete tan humilde, tan trágico,
hermanito menor del Sena, desheredado.
Una tarde, a la hora en que los niños pobres vuelven de sus escuelas
y orinan graciosamente en sus orillas

 

Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia, 1935

La causa remota

En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.
Además: la culpable y magnífica existencia del atroz redentor Lazarus Morell.

El lugar

El Padre de las Aguas, el Mississippi, el río más extenso del mundo, fue el digno teatro de ese incomparable canalla. (Álvarez de Pineda lo descubrió y su primer explorador fue el capitán Hernando de Soto, antiguo conquistador del Perú, que distrajo los meses de prisión del Inca Atahualpa enseñándole el juego del ajedrez. Murió y le dieron por sepultura sus aguas.)
El Mississippi es río de pecho ancho; es un infinito y oscuro hermano del Paraná, del Uruguay, del Amazonas y del Orinoco. Es un río de aguas mulatas; más de cuatrocientos millones de toneladas de fango insultan anualmente el Golfo de Méjico, descargadas por él. Tanta basura venerable y antigua ha construido un delta, donde los gigantescos cipreses de los pantanos crecen de los despojos de un continente en perpetua disolución y donde los laberintos de barro, de pescados muertos y de juncos, dilatan las fronteras y la paz de su fétido imperio. Más arriba, a la altura del Arkansas y del Ohio, se alargan tierras bajas también. Las habita una estirpe amarillenta de hombres escuálidos, propensos a la fiebre, que miran con avidez las piedras y el hierro, porque entre ellos no hay otra cosa que arena y leña y agua turbia.

Los hombres

A principios del siglo XIX (la fecha que nos interesa) las vastas plantaciones de algodón que había en las orillas eran trabajadas por negros, de sol a sol. Dormían en cabañas de madera, sobre el piso de tierra. Fuera de la relación madre-hijo, los parentescos eran convencionales y turbios. Nombres tenían, pero podían prescindir de apellidos. No sabían leer. Su enternecida voz de falsete canturreaba un inglés de lentas vocales. Trabajaban en filas, encorvados bajo el rebenque del capataz. Huían, y hombres de barba entera saltaban sobre hermosos caballos y los rastreaban fuertes perros de presa.
A un sedimento de esperanzas bestiales y miedos africanos habían agregado las palabras de la Escritura: su fe por consiguiente era la de Cristo. Cantaban hondos y en montón: Go down Moses. El Mississippi les servía de magnífica imagen del sórdido Jordán.
Los propietarios de esa tierra trabajadora y de esas negradas eran ociosos y ávidos caballeros de melena, que habitaban en largos caserones que miraban al río —siempre con un pórtico pseudo griego de pino blanco. Un buen esclavo les costaba mil dólares y no duraba mucho. Algunos cometían la ingratitud de enfermarse y morir. Había que sacar de esos inseguros el mayor rendimiento. Por eso los tenían en los campos desde el primer sol hasta el último; por eso requerían de las fincas una cosecha anual de algodón o tabaco o azúcar. La tierra, fatigada y manoseada por esa cultura impaciente, quedaba en pocos años exhausta: el desierto confuso y embarrado se metía en las plantaciones. En las chacras abandonadas, en los suburbios, en los cañaverales apretados y en los lodazales abyectos, vivían los poor whites, la canalla blanca. Eran pescadores, vagos cazadores, cuatreros. De los negros solían mendigar pedazos de comida robada y mantenían en su postración un orgullo: el de la sangre sin un tizne, sin mezcla. Lazarus Morell fue uno de ellos.

[…] El método

Los caballos robados en un Estado y vendidos en otro fueron apenas una digresión en la carrera delincuente de Morell, pero prefiguraron el método que ahora le aseguraba su buen lugar en una Historia Universal de la Infamia. Este método es único, no solamente por las circunstancias sui generis que lo determinaron, sino por la abyección que requiere, por su fatal manejo de la esperanza y por el desarrollo gradual, semejante a la atroz evolución de una pesadilla. Al Capone y Bugs Moran operan con ilustres capitales y con ametralladoras serviles en una gran ciudad, pero su negocio es vulgar. Se disputan un monopolio, eso es todo... En cuanto a cifras de hombres, Morell llegó a comandar unos mil, todos juramentados. Doscientos integraban el Consejo Alto, y éste promulgaba las órdenes que los restantes ochocientos cumplían. El riesgo recaía en los subalternos. En caso de rebelión, eran entregados a la justicia o arrojados al río correntoso de aguas pesadas, con una segura piedra a los pies. Eran con frecuencia mulatos. Su facinerosa misión era la siguiente:
Recorrían —con algún momentáneo lujo de anillos, para inspirar respeto— las vastas plantaciones del Sur. Elegían un negro desdichado y le proponían la libertad. Le decían que huyera de su patrón, para ser vendido por ellos una segunda vez, en alguna finca distante. Le darían entonces un porcentaje del precio de su venta y lo ayudarían a otra evasión. Lo conducirían después a un Estado libre. Dinero y libertad, dólares resonantes de plata con libertad, ¿qué mejor tentación iban a ofrecerle? El esclavo se atrevía a su primera fuga.
El natural camino era el río. Una canoa, la cala de un vapor, un lanchón, una gran balsa como el cielo con una casilla en la punta o con elevadas carpas de lona; el lugar no importaba, sino el saberse en movimiento, y seguro sobre el infatigable río... Lo vendían en otra plantación. Huía otra vez a los cañaverales o a las barrancas. Entonces los terribles bienhechores (de quienes empezaba ya a desconfiar) aducían gastos oscuros y declaraban que tenían que venderlo una última vez. A su regreso le darían el porcentaje de las dos ventas y la libertad. El hombre se dejaba vender, trabajaba un tiempo y desafiaba en la última fuga el riesgo de los perros de presa y de los azotes. Regresaba con sangre, con sudor, con desesperación y con sueño.

 

Eduardo Mallea, La ciudad junto al río inmóvil, 1936

Sumersión

Avesquín, llegado al puente, se detuvo. El puerto abría su boca monstruosa, la noche viajaba, las bellas aguas nocturnas oscilaban brillando. Una queja de animal poderoso vibraba; trepidantes, usinas y sirenas rompían la garganta del estuario, conmovían los mástiles, los castillos esqueléticos, todo lo que vela, por la noche, el sueño de las naves. Avesquín contempló absorto ese abismo. Apretó las manos en el parapeto mientras lo invadía una alucinación angustiosa. Un lejano reflector resbalaba de pronto, escrutaba, descubría en la cubierta de los barcos, en medio del gran foco de maderas podridas, tripulantes dormidos; por un instante ponía en aquellas caras amarillas o negras el mismo relieve luminoso; después desaparecía, dejaba que la noche les diera una muerte lívida y transitoria. Los inmensos muelles rectangulares oprimían.

 

Juan L. Ortiz, El ángel inclinado, 1937

Fui al río...


Fui al río, y lo sentía 
cerca de mí, enfrente de mí. 
Las ramas tenían voces 
que no llegaban hasta mí. 
La corriente decía 
cosas que no entendía. 
Me angustiaba casi. 
Quería comprenderlo, 
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él 
con sus primeras sílabas alargadas, 
pero no podía. 

Regresaba 
—¿Era yo el que regresaba?— 
en la angustia vaga 
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas. 
De pronto sentí el río en mí, 
corría en mí 
con sus orillas trémulas de señas, 
con sus hondos reflejos apenas estrellados. 
Corría el río en mí con sus ramajes. 
Era yo un río en el anochecer, 
y suspiraban en mí los árboles, 
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. 
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Al Paraná

                  Yo no sé nada de ti...
Yo no sé nada de los dioses o del dios de que naciste
         ni de los anhelos que repitieras
antes, aún de los Añax y los Tupac hasta la misma
                                         azucena de la armonía
                           nevándote, otoñalmente, la despedida
                                                            a la arenilla... 
                        No sé nada.. .
ni siquiera del punto en que, por otro lado, caerías
                                           del vértigo de la piedra
                                             bajo los rayos... 
                                 No sé nada...
                                            O sé, apenas, que el guaraní te
                                                    asimiló
                                    al mar de su maravilla...
y que ese puma de tu piel que te devuelve, intermitentemente,
   el día
                         lo tomas en un rodeo, no?,
                                        de tu destino. . . 
                                 No sé nada.. .
                           Aunque me he oscurecido, en ocasiones, al
                                  sentirte, arriba, 
                           entre un miedo de basalto,
                           buscándote,
                                       buscándote
                                       sin el ángel del sabiá,
                                                    aún. . . 
         Y me he recobrado, luego, contigo, en la Anaconda que
            decían.. .
                         y hasta cuando denunciabas
                   sobre ti
                         a los máuseres de las Compañías... 
                       No sé nada. ..
      Aunque te conocí, ha mucho, allá, donde mi río
                                      es de tu eternidad
                                            de Palmas...
               y por el salmón o por el rosa de Ibicuy
                                            y por las lunas de Zárate
y por la línea de tu agonía en el estuario, finalmente,
                                                     del alba...
Mas éste sería
                       tu sentimiento,
         y éste, acaso, el misterio que pareces bajar desde los
                 mismos
                              torbellinos del círculo? 
          No sé nada de ti. . . nada de ti. . .
Es, acaso, decirte enteramente, decir tus avenidas, sólo,
                                      al fin,
                             de silencios sin orillas,
que podrían ser, es verdad, derivaciones de gracia corriendo a
    redimir
                                     oh Canales,
                           la palidez del Norte? 
                 Es, por ventura, presente, siquiera,
el acceder únicamente a las escamas de tus minutos,
                                             bajo lo invisible, aún,
                                                      que pasa…
           o a las miradas de tus láminas
                             o de tus abismos,
         en los vacíos o en las profundidades de la luz,
                                           de tu luz?
                       Y se podría hablar de ti,
         intimando, aún por años, con las figuraciones que reviste,
               diríase,
                  aquí y allá, la corriente
                                                      de tu ser? 
Oh no...
no se podría, me parece,
tocarte todavía
         así… 
 
                         Cómo,
                        entonces, cómo,
                  asumir tu duración sin probabilidad de disminuir
                          tu tiempo, tal vez, de dios? 
        Y en el tiempo de un dios, qué de los que vinieron a
                apagar
                            las hogueras que te amanecían...?
y qué de los monosílabos que presumiblemente respondían a
     las gamas
                                   de tus espesuras de flautas
                                    y que se desconocían entre sí,
                          al llegar a interponerles; tú, las seis o siete
                              leguas
                                que entonces te abrían...? 
         Y qué de los dueños que arriaban, de arriba, todo un
                río de mugidos
                                   hacia los potreros que fluían, aquí,
   y que sólo detenía tu hermano con esa vena del naciente o ese
        azul
                        del surtidor de las avecillas...? 
         Y qué de aquél de la “Rinconada” enfrentándolos, el
                único,
                           más “adelante” que el siglo
                         y junto a la aorta del “país”? 
                  Y qué del otro que te cruzara por tres veces
                                                para salvar a Mayo
         de los cuernos de la derecha y de los cuernos del sur…? 
                          Qué, pues, todo ello y lo demás,
         si tú no sabes y no podrías saber, por otra parte, de las
              milicias de la ceniza,
                            ni de una sociedad de sílabas
                                                ni de una codicia de millas...
                      ni menos de los intercesores de los últimos,
         como tampoco de la caballería que se atreviera a rescatar
                                    el sol... de las neblinas,
                        para el “interior” al “exterior” no?, por ahí:
                              del azar o del olvido:
                                               qué…? 
         “Maya”, entonces, asimismo,
                                               para ti...
                  “Maya” las llamas y el vocabulario que se
                         entendía…
                                             “Maya” la cuaresma
                    sobre las lenguas de tus orillas...
                   “Maya” el despojo y la lujuria de praderías…
y la vista en alto, y la orden de las cañas, triplemente
    vadeándote,
                                        por los derechos del día...?
“Maya”, con más motivo, esos celestes de tus pupilas,
                              o de concentración,
en que, místicamente, desaparecerías, o poco menos, con tu
     tarde, sí
                          en la palidez del uno,
                                               allá,
           a no ser unas pestañas empequeñeciéndose en un cielo
                               o en un infinito de islas...? 
                                    Y “Maya”, así,
esa, si se quiere, sensibilización de la ausencia, ésa en que tú
      libras
                                     o recreas,
                        con unos signos que huyen,
                              el rostro mismo, diríase,
                                               del éter...? 
         Pero no sé nada de ti.
                  Nada. Nada.
Y hace, sin embargo, diecinueve setiembres que te miro y te
    miro.
                  Mas, es cierto, te miro
                         con los ojos de aquél a cuyo borde abrí los
                                  míos…
                              No podría hacerlo sino así.
         He de llevarlo, bien íntimamente, y a la izquierda, claro,
                  del latido,
                              y es él, sin duda, el que me haría preferir
                                       tu enajenamiento en el cielo
         a esa piel que hubiste, muy significativamente, de investir
                     por ahí...
         y que asorda los momentos en que debes de sentirte
                                      más leoninamente contigo...
Pero por veces, es verdad, sin una pluma que lo explique
                 desde el secreto, aún, del aire,
         flotas por el atardecer no se sabe qué alma
                   que suspendiese como el fluido
                                       de una inmanencia de cisne... 
                  Mas ve, ve:
                  sigo mirándote, mirándote, con las niñas del
                       origen…
                                Y todavía de aquí,
                                                 de aquí,
                         en que por ceñir, o poco menos, a la ciudad
                                 a la que hubiste,
                                sacramentalmente, de “alzar”
una “debilidad” más que de padrino, no podrías, no
     naturalmente, reprimir...
                                      Y es así
         que aun en la tempestad que te estira hasta el confín,
              diríase,
                              en una unidad de siena
                          que quemase el caos... el caos...
         pareces desplegarte lo mismo que una “cinta” para ella
                                detrás de los vidrios
                         y sobre la barranca que le cincelaran
                                todavía… 
                             Pero perdóname que insista
                                               e insista:
    no sé nada de ti. Nada, en realidad, de ti. Y no podré
          decirte jamás...
                         No es una “madera”
sino un “metal”, o los metales, mejor, o más de acuerdo, aún,
                               las ráfagas de unas tuberías,
                   o las ondas de unos hechiceros,
                                lo que requeriría eso que recelas
                    bajo lo femenino que te prestan las veleidades de
                           las horas
                     en complicidad con las estaciones
                                     y con tu infidelidad misma
                                       al que nombras
       y con la visión de un mediterráneo que vela
                           el idilio, ay,
                   de unos sauces en ojiva
sobre el sueño de unas muselinas que espectralmente despabila
                                        el después, sólo,
                                                 del cachilito,
                     plegándolas en seguida, y envejeciéndolas al
                     punto, en un final
                                                        de escalofríos
      que marchita hasta las cejas, hasta las cejas, ahí,
               del anochecer...
                            No sé nada de ti... 
               Y no podré decirte nunca, probablemente. ..
                                   nunca… 
     Pero deja que, al menos, te despida unos pétalos
                      de ese ángelus de mis gramillas
                      que desciende casi hasta el agua
                                 cuando ésta
                      pierde sus ojeras
y da en hilar, fúnebremente, con la primicia que deslíe
                          el duelo de arriba,
                                  la raíz
                          de la lágrima... 
        No sé nada de ti…

Nada… 

 

Alfonsina Storni, Mascarilla y trébol, 1938

Río de la Plata en arena pálido

¿De qué desierto antiguo eres memoria
que tienes sed y en agua te consumes
y alzas el cuerpo muerto hacia el espacio
como si tu agua fuera la del cielo?

Porque quieres volar y más se agitan
las olas de las nubes que tu suave
yacer tejiendo vagos cuerpos de humo
que se repiten hasta hacerse azules.

Por llanuras de arena viene a veces
sin hacer ruido un carro trasmarino
y te abre el pecho que se entrega blando.

Jamás lo escupes de tu dócil boca:
llamas al cielo y su lunada lluvia
cubre de paz la huella ya cerrada.

Río de la Plata en lluvia

Ya casi el cielo te apretaba, ciego
y sumergida una ciudad tenías
en tu cuerpo de grises heliotropos
neblivelado en su copón de llanto.

Unas lejanas cúpulas triznaba,
tu naufragio sobre el horizonte
que la muerta ciudad bajo las ondas
se alzaba a ver el desabrido cielo.

Caía a plomo una llovizna tierna
sobre las pardas cruces desafiantes
en el pluvioso mar desperfiladas.

Y las aves, los árboles, los hombres
dormir querían tu afelpado sueño
liláceo y triste de llanura fría.


Leopoldo Marechal, Adan Buenosayres, 1948

En la ciudad de la Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires existe una región fronteriza donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo, tal dos gigantes empeñados en singular batalla. Saavedra es el nombre que los cartógrafos asignan a esa región misteriosa, tal vez para eludir su nombre verdadero, que no debe ser proferido: “El mundo se conserva por el secreto”, afirma el Zohar. Y no a todos es útil conocer el verdadero nombre de las cosas.
[…] El jueves 28 de abril de 192., a las diez horas de la noche, siete aventureros detenían su marcha frente a la región temible que acabamos de nombrar. El que los capitaneaba, guía juicioso pero decidido, avanzó unos pasos todavía y pareció buscar alguna huella en el cerco de las tunas que limitaba la calle y el páramo […] Cierta nerviosidad incontenible reinaba ya en el grupo ante la inminencia de la partida: unos escudriñaban la negrura, que les oponía delante su hermetismo de esfinge; otros volvían sus ojos a la metrópoli que desertaban y cuyas luces parecían guiñarles desde lejos. Y ciertamente aquellos varones, porteños de origen o de vocación, se habían despedido largamente de la ciudad maravillosa […] Todos ellos habían cruzado la cerca y se internaban ya en el mismo campo de la aventura
[…] A partir de aquel instante una embriaguez telúrica enardeció a los expedicionarios: fue un loco desasirse de todas las ligaduras terrestres y una evasión del alma en lo maravilloso.
El primero en dar muestras de aquel poético delirio fue Adán Buenosayres, el cual, deteniéndose bruscamente y reclamando silencio:
–¡Oigan!– exclamó de pronto–. ¡Escuchen!
–¿Qué hay? –preguntaron algunas voces en son de alarma.
–¡Oigan! ¡Es el canto del Río!
–¿Qué río? –gruñó el de la voz humorística.
–¡El Plata!–declamó Adán exaltado–. ¡El río epónimo, como diría Ricardo Rojas! ¡Ha erguido su torso venerable sobre las aguas: lleva la frente ceñida de camalotes, y entona una canción de barro!
Se oyó una risotada en la tiniebla […] Pero Adán insistía:
–El que no ha escuchado la voz del Río no comprenderá nunca la tristeza de Buenos Aires. ¡Es la tristeza del barro que pide un alma! ¡Es el idioma del Río!
No pudo continuar, porque se le atragantó una ola de llanto […]
–El problema no está en el río –empezó a decir entonces el héroe de la talla diminuta–. Si evitamos las tentaciones más o menos líricas y abrimos los ojos…
Pero una mano fofa de molusco le tocó la espalda: era el hombre fortachón y bamboleante como un jabalí ciego.
–¡Alto ahí! –le dijo. Entiendo que Buenosayres nos ofrecía una versión poético-alcohólico-sentimental del Río.
–Vuelvo a sostener que el problema no está en el río –insistió el de talla diminuta con una insolencia muy superior a la que su escaso volumen dejaba esperar.
–¡Y yo sostengo que mientes por la mitad de la barba!– le grito el hombre fortachón, sin advertir que su oponente no la tenía.
–¿Que miento?– gruñó–. ¡Ahora voy a decirles cómo planteo yo el problema de Buenos Aires!
No consiguió hacerlo, porque el hombre de la voz humorística intervino aquí sonoramente.
–¡Atájenlo! –imploró en la tiniebla– ¡Por el divino Saturno, por la sagrada noche, atájenme a este petizo! ¿No ven que ya está oliendo a Espíritu de la Tierra? ¡El muy zorro va a encajarnos otra vez su condenada teoría!

 

Manuel Mujica Láinez, Misteriosa Buenos Aires, 1950

El pastor del río

Hoy, miércoles 30 de mayo, Buenos Aires se asombró desde el amanecer porque allí donde el río extendía siempre su espejo limoso, el río ya no está. El barro se ensancha hasta perderse de vista. Sólo en los bajíos ha quedado el reflejo del agua prisionera. Lo demás es un enorme lodazal en el que emergen los bancos. A la distancia serpentea el canal del Paraná, donde se halló el antiguo amarradero de las naves de España, y luego la planicie pantanosa se prolonga hasta el canal del Uruguay y desde allí hacia Montevideo. Nadie recuerda fenómeno semejante. Los muchachos aprovechan para ir a pie hasta el próximo banco de arena. Unas pocas mujeres llegaron a él, a pesar del viento, y anduvieron paseando con unos grandes velos que las ráfagas les trenzaban sobre las cabezas, de modo que parecían unos títeres suspendidos del aire. Se dice que algunos fueron a caballo a la Colonia, vadeando los canales. En el fango surgieron unas anclas viejísimas, herrumbrosas, como huesos de cetáceos, y el casco de un navío francés que se quemó el otro siglo. Hay doquier lanchas tumbadas, como es justo, ni un pez, ni un solo pez. Los pescadores, furiosos, discuten con las lavanderas, en las toscas resbaladizas. Hoy no se pescará ni se lavará. Y además ¡hace tanto frío!... tanto frío que todo el mundo tiene la nariz amoratada, hasta el señor Virrey don Nicolás de Arredondo, que contempla el espectáculo desde el Fuerte, con su catalejo.
La mañana transcurre entre aspavientos y zozobras. ¿Qué es esto? ¿Puede el río irse así? Y, ¿cuándo regresará? ¿Y si no regresara? San Martín, San Martín, ¿cuándo volverá el Río de la Plata? 

 

Antonio de Benedetto, Zama, 1956

Año 1790

    Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.
    Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.
    Entreverada entre sus palos, se manea la porción de agua del río que entre ellos recae.
    Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.
    Ahí estábamos, por irnos y no.
    Con ser tan mansa, cuidábame de la naturaleza de esta tierra, porque es infantil y capaz de arrobarme y en la lasitud semidespierta me ponía repentinos pensamientos traicioneros, de esos que no dan conformidad ni, por tiempos, sosiego. Hacía que me diese conmigo en cosas exteriores, en las que, si a ello me resignaba, podía reconocerme.
    Esos temas quedaban sólo para mí, excluidos de la conversación con el gobernador y con todos, por mi escasa o nula facilidad para hacer amigos íntimos con quienes explayarme. Debía llevar la espera ­y el desabrimiento­ en soliloquio, sin comunicarlo. Como me lo decía ese a veces insolente Ventura Prieto, que se me arrimó aquella tarde, por cierto que no buscándome, sino yendo al azar. Consideraba que, en esta tierra llana, yo parecía estar en un pozo. Me lo dijo una vez, y más de una, lo dijo a otros, descuidándose de lo que todos sabían: que fui gallo de riña o al menos dueño de reñidero.
    Apareció precisamente cuando me entretenía el mono y se lo enseñé, para distraerlo y atajar que me preguntara qué esperaba ahí. Y él, Ventura Prieto, que era inferior a mí, caviló un momento, como si buscara el medio de apabullarme en materia de curiosidades o descubrimientos. Luego me refirió una de esas que él llamaba investigaciones y yo ignoro si lo eran pero que, por sospechosas de insinuar comparación, me desconcertaban, dejándome repercusiones que podían superar lo sufrible.
    Dijo que hay un pez, en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar la vida, toda la vida, como el mono, en vaivén dentro de ellas; aún de un modo más penoso, porque está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo líquido que quiere arrojarlo a tierra. Dijo Ventura Prieto que estos sufridos peces, tan apegados al elemento que los repele, quizás apegados a pesar de sí mismos, tienen que emplear casi íntegramente sus energías en la conquista de la permanencia y aunque siempre están en peligro de ser arrojados del seno del río, tanto que nunca se les encuentra en la parte central del cauce, sino en los bordes, alcanzan larga vida, mayor que la normal entre los otros peces. Sólo sucumben, dijo también, cuando su empeño les exige demasiado y no pueden procurarse alimento.

 

Ezequiel Martínez Estrada, El hermano Quiroga, 1957

Evité tenazmente, hasta que tuve que ceder, acompañar a Quiroga en sus acrobacias náuticas. La vectación vespertina por la Avenida Alvear tampoco era cuestión de aceptar sin augures. Invitaba con voz que podía significar –“-¿Qué le parece si nos estrelláramos esta tarde? ¿No le resultaría magnífico que nos ahogáramos en el Tigre?”.
Ni él ni yo sabíamos nadar, ineptitud a la que no daba ninguna importancia. Lo que en realidad quería de sus acompañantes, es que juzgaran de la alta calidad de sus construcciones; según opinión de los técnicos, verdaderas obras de arte de la arquitectura naval. Esta era su gran maestría y recóndita vanidad.
La experiencia de cómo guiaba el auto me precavía de sus condiciones de piloto. Pero había siempre una romántica persuasión en su “Invitation au Voyage”. Le apasionaba cuanto representara un peligro mortal, porque en el fondo de su corazón deseaba morir. Como un jugador se entrega al azar con los ojos cerrados, se abandonaba él al albur de la tragedia. Tal es un rasgo peculiar de su psicología, pues evidentemente de ordinario conducía sus relaciones con el semejante dejándose llevar  o arrastrar por el “diablejo de lo perverso” hasta los bordes del precipicio de lo irremediable. Vivía tentando irrespetuosamente a las Parcas.
Sin duda un paseo tal era una prueba de nervios y nada parecido a navegar plácidamente por los canales contemplando los paisajes que constituyen el encanto peculiar del Tigre; paisajes de paz para disfrutar en paz. Pero Quiroga navegaba en el Tigre como Jack London en los archipiélagos del Pacífico. No podía esperarse otro gozo que el de la emoción violenta, el peligro como fin y finalidad de la excursión. Precisamente lo que a nadie se le ocurría ir a buscar al Tigre. No se tenía tiempo ni ganas de observar nada. Ignoro si el navegante vocacional puede unir los sobresaltos de lo imprevisto con la tranquilidad de la contemplación, pero para mí, las pocas veces que acompañé a Quiroga en sus malones al Carapachay, fueron una tortura. Me pareció cierto que tampoco él buscaba en esas correrías placer ninguno, sino, al contrario, la auto-flagelación psíquica, por las metamorfosis del peligro inminente, siempre igual y siempre inesperado. No tengo ninguna versación en temas de deportes violentos ni de seudomórfosis del masoquismo, y carezco de competencia para afirmar que Quiroga amaba lo que podía destruirlo. ¿Destruirlo? No le parecía cierto que pudiera morir. A mí tampoco, pues aunque lo veía tan frágil lo notaba seguro de sí mismo, como sus canoas, livianas e insumergibles.

“Yo tengo –y debo habérselo dicho- gran fe en mi estrella. Por ella esperé confiado en la recomposición”.

Por fin, una tarde Quiroga me persuadió, o quebró en mí el instinto de conservación, y probamos la excelencia de su último navío. Aquella tarde era una lámina luminosa de infinita calma y soledad. Partimos hacia la isla de Ogigia o las Bermudas. Después de sortear las sirtes del Gran Capitán se internó en el Río de la Plata. No sé si las aguas o el timonel imprimían a la embarcación un cabeceo hípico, convulsiones de potro marino. Medio bote sobresalía de la superficie, de modo que no se podía decir si navegaba o volaba. Iba yo asido al borde de la canoa, alerta de un viraje sin preparación que me arrojara por la borda, al mismo tiempo que admiraba la dignidad con que Quiroga empuñaba el timón, con toda la arrogancia de un almirante holandés, acurrucado en la popa. Era un jinete y no un piloto, que alardeaba de no tener ni idea de lo que estaba haciendo.
A pesar de todo, regresamos embarcados al muelle.
(Puedo dar fe de que los botes construidos por Quiroga eran insumergibles y, además, que él los gobernaba como a tritones que esperaban su voz de mando para echarse a volar).
La Era de la Canoa fue la última; la precedieron la de la Moto y la de la Voiturette.

 

Paco Urondo, Dos poemas, 1958

Arijón

A Juan L. Ortiz
A Hugo Gola

ha raspado mi hombro
desvío arijón ha sido
un espinillo que se aparta al pasar
dolorosos recuerdos
o peligrosas intenciones

 

era cuando crecía
como cualquiera
es simplemente el camino que se recorre
y desanda sin temor
fueron miradas
que vieron cada vez más y llegaron
—costeando el paraná por supuesto—
hasta estallar al norte
por san javier

 

y tuvieron que pensar
esos pobres ojos partidos
saber que nada era fácil como ir
ni tan penoso como buscar
desenterrar la validez
en nuestra intimidad más difícil

 […]

*

fue allí siempre
junto al río coronda
donde las aguas fuertes
agredían la tierra
o descubrían cangrejales absortos
o convertían la orilla en barro divino
la canoa era la aventura
el ceibo no era todavía símbolo nacional
sino una flor
—una mujer encendida—
y la arcilla blanda
la prueba de nuestro alcance
la resistencia

 

y fueron los primeros aromas
los ademanes primeros del amor
—como una olita—
abatidos como un junco
penetrando
—como el calor del barro en el pie sumergido—
comunicando la primera ternura creadora

 

—descalza cimbreante tibia
las que acompañó
las primeras andanzas
jugosa como el ceibo
junto al coronda
roja como el sol y su sangre—

 

no se sabe si allí fue
junto a los pajonales
donde fueron revelados
o donde se ocultaron algunos secretos
no recuerdo si entonces fue
por el llamado seco de la cascabel
o por las magnolias
o por el sol

*
caminando se llega
a las islas altas y cambiantes
del coronda
se ignora qué riesgos significan
si es allí el temblor dulce y perecedero
o la traición
si es el sábado lucido
o la ausencia del hombre de la isla
uno no sabe si es el laberinto verde y rosa
donde la avidez se transforma y se multiplica en el crepúsculo
o es que todo no existe
o es que al menos aparece por nuestra imaginación

 

en las islas altas y cambiantes
era posible olvidar mirando
eludir mirando
tratando de sorprender la gracia y la maldad
era fácil quedarse y esperar
pero en las islas altas uno fue
estuvo merodeando y con la adolescencia voló
y es ahora penoso no volver a jugarse el destino
a torcer el itinerario de las aguas calientes

[…]

*

algunos pescadores navegan el nervioso leyes
algún aire conmovido sacude las hojas

 

el porvenir está en el próximo recodo
el pasado mira por el hoyo de los remolinos
el presente silba como una víbora

 

canta en las cuerdas del río
y huye detrás de la aparente tranquilidad

[…]

*
y se mantiene esa pequeña vibración
se desconoce si ella es nuestra
o un latido de las aguas
es un temblor que se teje
de un lado a otro de la trama
y que llega hasta san javier incluso
donde los bañados se mezclan con los algarrobales
donde el arroz aún elimina
a “mucho ignorante” donde la tragedia vibra
en el contorno de un carancho
lugar donde aún permanece el dulce casero
el aparecido
la superstición la diamela de los patios
la enredadera fresca y propicia para conversar
para el amor entre los hombres “de mano en mano”

 

allí y antes también
en cacique ariacaiquín
los últimos indios caen
sin quejarse
y el hachero también allí calla y anuda sus huesos
hilando la trama que va
de una punta a la otra del paisaje
de un vínculo a otro de la juventud
ellos también resisten la crueldad
y esperan
la hora de la palabra y la soltura
*
todo nacía en los salitrales de sauce viejo
junto a la esperanza arcillosa del coronda
en arijón
que nos araña como una mujer ávida
como el filo de las cortezas
como el calor del pecho
y la ternura rápida de una mano

 

y hasta tan lejos para perderse
en las maderas del chaco
de ese lado y hasta tan lejos
siguen la yarará el sueño la tensión el amor

 


Haroldo Conti, Sudeste, 1962

Entre el Pajarito y el río abierto, curvándose bruscamente hacia el norte, primero más y más angosto, casi hasta la mitad, luego abriéndose y contorneándose suavemente hasta la desembocadura, serpea, oculto en las primeras islas, el arroyo Anguilas. Después de la última curva, el río abierto aparece de pronto, rizado por el viento. A pesar de su inmensidad, allí las aguas son muy poco profundas. Desde la desembocadura del San Antonio hasta la desembocadura del Luján es todo un banco. El Anguilas vuelca en la mitad de este banco, entre una llanura de juncos. Según se mire, el paraje resulta desolado, y en un día gris, de mucho viento, sobrecoge a cualquiera. 

 

Julio Cortazar, Rayuela, 1963

Capítulo XV

-En Montevideo no había tiempo, entonces -dijo la Maga-. Vivíamos muy cerca del río, en una casa grandísima con un patio. Yo tenía siempre trece años, me acuerdo tan bien. Un cielo azul, trece años, la maestra de quinto grado era bizca. Un día me enamoré de un chico rubio que vendía diarios en la plaza. Tenía una manera de decir "dário" que me hacía sentir como un hueco aquí... Usaba pantalones largos pero no tenía más de doce años. Mi papá no trabajaba, se pasaba las tardes tomando mate en el patio. Yo perdí a mi mamá cuando tenía cinco años, me criaron unas tías que después se fueron al campo. A los trece años estábamos solamente mi papá y yo en la casa. Era un conventillo y no una casa. Había un italiano, dos viejas, y un negro y su mujer que se peleaban por la noche pero después tocaban la guitarra y cantaban. El negro tenía unos ojos colorados, como una boca mojada. Yo les tenía un poco de asco, prefería jugar en la calle. Si mi padre me encontraba jugando en la calle me hacía entrar y me pegaba. Un día, mientras me estaba pegando, vi que el negro espiaba por la puerta entreabierta. Al principio no me di bien cuenta, parecía que se estaba rascando la pierna, hacía algo con la mano... Papá estaba demasiado ocupado pegándome con un cinturón. Es raro cómo se puede perder la inocencia de golpe, sin saber siquiera que se ha entrado en otra vida. Esa noche, en la cocina, la negra y el negro cantaron hasta tarde, yo estaba en mi pieza y había llorado tanto que tenía una sed horrible, pero no quería salir. Mi papá tomaba mate en la puerta. Hacía un calor que usted no puede entender, todos ustedes son de países fríos. Es la humedad, sobre todo, cerca del río, parece que en Buenos Aires es peor, Horacio dice que es mucho peor, yo no sé. Esa noche yo tenía la ropa pegada, todos tomaban y tomaban mate, dos o tres veces salí y fui a beber de una canilla que había en el patio entre los malvones. Me parecía que el agua de esa canilla era más fresca. No había ni una estrella, los malvones olían áspero, son unas plantas groseras, hermosísimas, usted tendría que acariciar una hoja de malvón. Las otras piezas ya habían apagado la luz, papá se había ido al boliche del tuerto Ramos, yo entré el banquito, el mate y la pava vacía que él siempre dejaba en la puerta y que nos iban a robar los vagos del baldío de al lado. Me acuerdo que cuando crucé el patio salió un poco la luna y me paré a mirar, la luna siempre me daba como frío, puse la cara para que desde las estrellas pudieran verme, yo creía en esas cosas, tenía nada más que trece años. Después bebí otro poco de la canilla y me volví a mi pieza que estaba arriba, subiendo una escalera de fierro donde una vez a los nueve años me disloqué un tobillo. Cuando iba a encender la vela de la mesa de luz una mano caliente me agarró por el hombro, sentí que cerraban la puerta, otra mano me tapó la boca, y empecé a oler a catinga, el negro me sobaba por todos lados y me decía cosas en la oreja, me babeaba la cara, me arrancaba la ropa y yo no podía hacer nada, ni gritar siquiera porque sabía que me iba a matar si gritaba y no quería que me mataran, cualquier cosa era mejor que eso, morir era la peor ofensa, la estupidez más completa. ¿Por qué me mirás con esa cara, Horacio? Le estoy contando cómo me violó el negro del conventillo, Gregorovius tiene tantas ganas de saber cómo vivía yo en el Uruguay.
-Contáselo con todos los detalles -dijo Oliveira.
-Oh, una idea general es bastante -dijo Gregorovius.
-No hay ideas generales -dijo Oliveira. 

Capítulo XXI

[...] ¿Qué le voy a hacer? En mitad del gran desorden me sigo creyendo veleta, al final de tanta vuelta hay que señalar un norte, un sur. Decir de alguien que es un veleta prueba poca imaginación: se ven las vueltas pero no la intención, la punta de la flecha que busca hincarse y permanecer en el río del viento. 
Hay ríos metafísicos. Sí, querida, claro. Y vos estarás cuidando a tu hijo, llorando de a ratos, y aquí ya es otro día y un solo amarillo que no calienta. J`habite à Saint-Germain-des-Prés, et chaque soir j’ai rendez-vous avec Verlaine. / Ce gros pierrot n`a pas changé, et pour ocurrir le guilledou... Por veinte francos en la ranura Leo Ferré te canta sus amores, o Gilbert Bécaud, o Guy Béart. Allá en mi tierra: Si quiere ver la vida color de rosa / Eche veinte centavos en la ranura... A lo mejor encendiste la radio (el alquiler vence el lunes que viene, tendré que avisarte) y escuchás música de cámara, probablemente Mozart, o has puesto un disco muy bajo para no despertar a Rocamadour. Y me parece que no te das demasiado cuenta de que Rocamadour está muy enfermo, terriblemente débil y enfermo, y que lo cuidarían mejor en el hospital. Pero ya no te puedo hablar de esas cosas, digamos que todo se acabó y que yo ando por ahí vagando, dando vueltas, buscando el norte, el sur, si es que lo busco. Si es que lo busco. Pero si no lo buscara, ¿qué es esto? Oh mi amor, te extraño, me dolés en la piel, en la garganta, cada v