Paniagua (Gog y Magog, 2005), último libro del poeta argentino Martín Rodríguez (MR), aborda como uno de sus temas fundamentales el problema de los orígenes. Esta cuestión no sólo se relaciona con la insistente imagen del paraíso pre- natal que surca éste y otros libros del mencionado poeta y que, en términos psicoanalíticos, podríamos categorizar como el tiempo mítico anterior al apresamiento del sujeto en la cadena significante. Leyendo Paniagua privilegiadamente desde una perspectiva psicoanalítica, lo reduciríamos a un persistente comentario del desamparo freudiano (2). Pero lo que sucede en este texto es bastante más interesante porque las imágenes de las que él se alimenta no tienen un sentido unívoco y en el entramado final se lee algo así como una superposición de historia y mito. En este trabajo me propongo analizar la modalidad de relación de esas dos dimensiones temporales a partir de una imagen clave de la poética de MR, a saber, la imagen del agua. Los sentidos que esa imagen convoca y los rasgos históricos específicos que va adquiriendo a lo largo del poemario, me permitirán dar cuenta de las historias de origen que en Paniagua se reponen. Según mi hipótesis de lectura, estos relatos no tratan sólo de los orígenes míticos de la vida, sino que también intentan reponer un origen histórico: el “antes” de Estado argentino, es decir, las condiciones indispensables para su fundación.
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El agua como imagen mítica
Se trata de hablar de aquello que a uno lo toca más de cerca con el mayor cuidado posible. Es eso: la poesía es una combinación de palabras, pero también intimidad sometida a una clase de circulación pública (…).
Santiago Llach en “Algunas ideas en torno a Lampiño” (2004).
Una de las imágenes más omnipresentes de la poética de MR es el agua (3). En el caso puntual de Paniagua, en cuyo mismo título está presente este elemento convertido en el nombre de su personaje principal, esta imagen constituye una pieza clave del texto. Así, en el primer poema, aparece delineando su pertenencia a una mítica “anterioridad” paradisíaca:
Antes que la leche está el agua…/ Antes que la sangre está el agua. / El vino, la sangre y la leche salen de unas tetas negras. /El paraíso está antes.
El líquido transparente (4) se opone, entonces, a los líquidos opacos como la leche, la sangre y el vino (5). Mientras el primero pertenece al mundo pre- natal (incluso podría pensarse que refiere al líquido amniótico en el que vive el bebé dentro del vientre materno), los segundos se corresponden al mundo del post- nacimiento, esto es, a la posterioridad histórica.
Pero el agua, además de constituir el elemento en el que se sostiene el mundo de la pre- natalidad, también transporta al bebé directamente al agujero quemante de la tierra. Más aún, la insistencia del texto en la imagen del fluir de la cuna en el río puede ser leída de dos maneras simultáneas y opuestas: por un lado, los bebés antes de nacer están felizmente a la deriva, es decir, están perdidos en tanto habitan un mundo libre de la subordinación a referencias tales como el nombre, las relaciones de sangre que éste supone y el sexo. Pero, por otro lado, la “perdición”, en su sentido figurado, pesa de antemano sobre ellos como una condena inevitable en tanto el agua es, a la vez que el elemento del paraíso, el medio que los conduce al nacimiento, al “fuego” de la tierra cuya característica quemante nos remite a la imaginería judeo- cristiana del infierno; de ahí que también pueda hablarse del nacimiento como acontecimiento maldito en el que la vida y la muerte se mezclan (6):
Pasa, en su cuna, flotando, hacia el incendio de su casa. / La casa es el río, el incendio también. El agua yendo hacia el fuego. / El fuego en el agua.
En relación a lo anterior, en este poema podríamos leer lo que Damián Selci considera en su texto sobre la poesía de MR la “clara tendencia a la homogeneización” de la escritura de Paniagua, operación por la cual los elementos opuestos terminan mezclándose. Pero del enunciado de Selci debería enfatizarse la palabra “tendencia” porque, justamente, lo fundamental de este texto es que los opuestos, a pesar de llevar en sí una tendencia a la homogeneización, nunca logran desaparecer el uno en el otro en forma acabada, es decir, siempre hay un resto indisoluble que les es mutuamente irreductible (7).
Paniagua está escandido por citas del libro Dichos, creencias y costumbres del Litoral, cada una de las cuales inaugura las diferentes series de poemas que lo conforman. En la tercera de las citas se da cuenta de una peculiaridad de los niños correntinos que refiere a una ambivalencia estructural de la existencia humana y que se relaciona, justamente, con la irreductibilidad entre opuestos. En ella, el narrador de Dichos… afirma que, dada la gran cantidad de lagunas que hay en Corrientes, “la mayoría de los niños son verdaderos anfibios dentro del elemento y, como consecuencia, se animan hasta a jinetear un yacaré”. A pesar de que el relato parece primero querer dar cuenta de una correspondencia feliz entre los niños y su acuoso medio ambiente, resulta finalmente desilusionante, puesto que la intimidad con el agua determina nada menos que la condición de “anfibios” de los niños, es decir, una existencia semiterrestre que se desarrolla entre dos espacios opuestos, esto es, la tierra y el agua. Podría pensarse, por tanto, que la condición anfibológica que se relata en Paniagua es marca, otra vez, de la pérdida de un paraíso anterior, es decir, de la pérdida de la correspondencia absoluta con el hábitat líquido que constituía el vientre materno o, en términos psicoanalíticos, a través de la anfibología de los niños podría estar haciéndose referencia a la no complementariedad entre sujeto y objeto (8). Así como los verdaderos anfibios sufren una radical metamorfosis cuando su respiración branquial, característica de su estado larvario, muta a una pulmonar, otro tanto sucede con el cachorro humano: a partir de su nacimiento se instaura para el bebé un abismo entre su incipiente subjetividad y el mundo objetivo o, en términos freudianos, entre el umwelt y el innenwelt que provoca lo que los psicoanalistas llaman la subversión de la adaptación al medio. Y esto porque, dado el desamparo inicial del niño, se produce una hiancia entre la satisfacción de la necesidad biológica y la realización del deseo humano, la cual se logra a partir de la alucinación de lo que Freud llama en “Proyecto para una psicología de neurólogos” la mítica primera vivencia de satisfacción (9). Así, el sujeto humano está encabalgado entre dos realidades distintas: entre la necesidad biológica, por un lado, y el cumplimiento del deseo, por el otro, que muchas veces contraría la satisfacción de la necesidad. En palabras más cercanas al imaginario del texto, podríamos decir que el sujeto aparece partido entre la nostalgia por lo perdido y la ficción desiderativa que intenta reponer esa falta (la poesía misma de Paniagua) y el mundo actual de la pérdida, de la insatisfacción de la necesidad.
Hay dos poemas de Paniagua donde se figura magistralmente ese momento inaugural de metamorfosis, de corte radical con una mítica instancia primera, momento “terrorífico” a través del cual el poeta hace corresponder toda la pérdida con el corte que da origen a la vida (10) y en cuyo hueco, se inscribe, nada menos, que la posibilidad del nombre, esto es, la organización simbólica (11):
En la ilación del canto de los grillos y las flores/ el hilo se cortará/ y el ánimo dará su fruto: un terror/ en la mente/ empezará a nombrar/ lo que hasta ahora era humo. / En el primer día del mundo (el subrayado es mío).
Es hora de la separación de la carne y el alma. / Es la última cara del paraíso. / El alma sube al agua. / La carne al toro.
Más allá de los nombres que puedan ponérsele a esos momentos de corte que traman Paniagua (agua/ fuego, paraíso/ tierra, sujeto/ objeto, necesidad/ deseo), lo importante es señalar que a través de su escritura el yo poético parece querer experimentar con la “barra” de la separación que mantiene la tensión entre opuestos. Más aún, creo que en esta experiencia anida el núcleo del padecimiento que se relata en el texto. La particularidad de Paniagua es que se trata de un padecimiento del cual el mismo poema es testigo a la vez que carne. Y esto porque, si se refiere un desfasaje estructural entre elementos contrarios, la escritura poética hace carne de ese desfasaje y se convierte en una escritura estructuralmente desencontrada. Citando un verso de “Poema”, poesía perteneciente a Maternidad Sardá (Vox, 2005), podríamos decir que la “mecánica del poema” copia a “la mecánica del parto”, puesto que mientras en el último se constituye el punto cero del exilio y de la nostalgia por lo perdido, la escritura poética no hace otra cosa que relatar ese desencuentro volviéndolo un momento de su propia materialidad. Para el caso de la imagen- agua, en principio podemos decir que el desencuentro se sostiene en una valencia entre benéfica y maldita: el agua es el elemento del paraíso pre- natal, pero a su vez, su condición de fluido la hace funcionar como una especie de trampolín que empuja hacia el mundo humano.
Esta bivalencia del agua la convierte en la materia clave de inscripción de la trama diversificada del texto. Si en Paniagua los sentidos se diversifican entre lo histórico y lo mítico el agua presta su materialidad para esta diversificación. Para dar cuenta más detalladamente de esto, hay que reponer todos los intentos de restablecer el tiempo anterior al nacimiento que atraviesan los versos del poemario o, en palabras freudianas, la deriva desiderativa del texto que encuentra en el agua su imagen central. De esta manera, se constituye un persistente e irresoluble desafío para el yo poético: dar actualidad a eso mítico que sólo podemos captar retroactivamente, volverlo actual a través de la materialidad del lenguaje, hacer del paraíso una instancia histórica de la vida del sujeto. Paniagua está plagado de escenas que imaginarizan ese tiempo anterior:
Despertar al niño dormido con el golpe del viento en las ventanas. Pero esa casa/ no tiene ventanas. Es una casa en el agua. Una cuna perdida en el fluir de la piel/ transparente (¡se le ven los órganos!). Y no lo tiñó la leche todavía. Ni se refleja/ la luna en su cara. Ni tiene cara. Apenas un círculo líquido.
Qué madre. No todo es pezón, hoguera…/ Los huevos también tienen su jardín. Sin el burdo/ semblante (permanente) de lo sexual, de lo que tiene que ser/ atravesado por el rayo de cobre de la leche sólida.
Pero todo esto se hace utilizando un arma de doble filo: inevitable saber que la lengua que usa el poeta es la misma que nos condena a la pérdida, a la temporalidad retroactiva y a su consecuente lastre nostálgico. Y esto porque en el orden simbólico se instituye, precisamente, el punto cero- la marca más flagrante- de corte con la pre- natalidad.
Lejos de encerrarse en un estéril lamento nostálgico, Paniagua extrae de esta negatividad estructural de la escritura varias de sus prerrogativas: si el precio del restablecimiento del paraíso es la historización, paga como ningún otro ese precio en tanto historiza literalmente el paraíso, es decir, en tanto lo convierte en sede de acontecimientos clave de la historia argentina. Así, en este poemario “el agua” no escapa a lo que en Maternidad Sardá el poeta llama “el estigma de lo nombrado”, es decir, el agua como imagen adquiere contornos geográficos específicos, puesto que es también río y, más precisamente, el río Paraná, el Paranacito (la parte sur del Paraná, es decir, la zona más cercana a la desembocadura en el Río de la Plata) y también el río Paraguay. Según mi hipótesis de lectura, a través de la territorialidad específica que el agua adquiere en el texto se ilumina una parte de nuestra historia: el “antes” del Estado argentino, las luchas civiles gracias a las cuales (o a pesar de las cuales) aquel se pudo fundar en beneficio de los intereses portuario- ganaderos de Buenos Aires y que, según la lectura histórica que parece proponer Paniagua, tuvieron como territorio de guerra, como causa y como botín fundamental, los ríos que desembocaban en el Plata y en su conflictivo puerto único.
2- El agua como imagen histórica.
A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y como el aire.
Jorge Luis Borges, “La fundación mítica de Buenos Aires” (1929).
En Paniagua hay dos zonas privilegiadas: el Litoral argentino y el Paraguay. Tanto para una como para otra los ríos constituyen un elemento fundamental de desarrollo económico. Si pensamos en el Litoral de nuestro país y en su condición de estar, como el nombre de una de sus provincias lo indica, literalmente “entre ríos”, se hace evidente que la productividad de la economía de esta región dependió siempre de la libre navegación de los ríos interiores que la surcan y que desembocan en el Plata y del acceso al puerto internacional de Buenos Aires.
Y así, por el camino de las aguas, llegamos a un punto álgido de la organización nacional de nuestro país: como afirma Puiggros en su libro Historia económica del Río de la Plata, el problema que las provincias colocaban en primer término y cuya solución consideraban previa a la organización constitucional de la República era, justamente, el problema del puerto único (12). El usufructo de éste exclusivamente por parte de la provincia de Buenos Aires no sólo impedía la nacionalización de las rentas aduaneras, sino que también, muchas veces, suponía un gravamen para los productos que desde el interior se querían colocar a través de dicho puerto en el mercado externo. Desde una perspectiva histórica, entonces, los afluentes del Plata se convierten en causa y sede del período más cruento de la historia argentina, es decir, del período de las luchas civiles que acompañaron los intentos de organización nacional y durante el cual Buenos Aires, que gozaba de una posición hegemónica debido a su acceso al Atlántico, se enfrentó con el resto de las provincias argentinas. Hay una imagen en Paniagua que figura como ninguna otra el valor histórico del agua:
La política del vino y el agua chocándose en sus vasos./ Ley seca pero adentro todo mojado. Adentro el vino toro y el agua corriente/ siguen su lucha/ de civilización y barbarie.
En el poema citado el agua se transforma en el lugar privilegiado de la contienda entre “civilizados” y “bárbaros”, términos de larga historia y tradición en nuestro país, cuya oposición, desde una perspectiva sarmientina, puede estar queriendo reponer la lucha entre los caudillos federales del interior y los “civilizados” liberales de Buenos Aires. La política restrictiva de estos últimos en relación a la navegación de los ríos los enfrentaba con el resto del país, puesto que en tal política, precisamente, se jugaba la hegemonía de la provincia porteña sobre las otras.
A instancias de esta lucha, entonces, el agua pierde su transparencia, característica que, según el imaginario de Paniagua, la asociaba con el paraíso. Así, el agua se mezcla con el vino, líquido opaco que, como la sangre y la leche, habitan el mundo histórico. Si el choque del vino y el agua que estos versos figuran se sostiene en una política de la mezcla que refiere a las políticas prohibitivas de navegación de los ríos y a las guerras que éstas provocaron, su mención también puede leerse en clave autorreferencial: se trata nada menos que de la política misma que vehiculiza la escritura de Paniagua, la cual, como vengo sosteniendo desde el principio, apuesta por la articulación de las dimensiones histórica y mítica.
En cuanto al Paraguay, desde la declaración de su independencia, corría la misma suerte que el Litoral argentino: dada su posición mediterránea, esta región necesitaba más que ninguna otra participar libremente del tráfico de los ríos y puertos abiertos al comercio exterior. Pero, al no poder alcanzar estos objetivos sin poner en jaque su independencia respecto de los estados o provincias que sí tenían jurisdicción sobre los ríos que conducían al océano, rompió sus lazos con el mundo y se dedicó a desarrollar una economía autosuficiente agrícola, artesanal y pastoril (13).
De esta manera, la mediterraneidad del Paraguay aunaba su destino con el Litoral y el resto de las provincias argentinas que tampoco tenían libre salida al mar. Esta situación hacía de ese país un candidato excepcional para la alianza con la causa federal argentina. En este sentido, la Guerra de la Triple Alianza (1864- 1870), a la que Paniagua hace múltiples referencias, condensa con sus infortunados resultados el desenlace de años de lucha federal argentina: la alianza frustrada entre el interior argentino y el Paraguay a causa de la “traición” Urquiza cuyos intereses con la banca internacional determinaron su traspaso a la causa de la “nación” (14), la derrota final, a manos de las fuerzas mitristas, del federalismo del interior tras numerosas sublevaciones (15), la consecuente imposición en toda la República Argentina de un régimen liberal porteño- portuario y, sobre todo, la destrucción del Paraguay y del proyecto de nación independiente respecto de las grandes metrópolis que en ese país se perfilaba.
Volviendo con más precisión a Paniagua, si leemos detenidamente las referencias históricas del texto, enseguida nos encontramos con la otra cara de las mismas, es decir, con un sentido que se continúa con la dimensión mítica. Porque, si bien tanto el Litoral como el Paraguay y los ríos que los surcan constituyen en el texto mojones privilegiados para la lectura en clave histórica, también aparecen como espacios míticos, imbuidos en un mundo legendario: el Litoral desde los epígrafes mismos que escanden el texto y que recogen las supersticiones de esa región; el Paraguay porque se lo representa como lugar de leyenda: “Me voy al Paraguay, dice paniagua./ Casi, casi, no hay hombres ahí, dice la leyenda”. En cuanto a este último país las cosas van más lejos en la medida en que se le otorgan rasgos de recogimiento propios del paraíso pre- natal: “Es el espacio interior de preservación. Asunción: ciudad blanca”, escribe el poeta en uno de los primeros poemas. ¿Cómo leer, entonces, esta doble valencia de los espacios intervinientes, esto es, de los ríos y de los territorios que estos demarcan? ¿La historia siempre termina desdibujada por el mito? En relación a esto, en Paniagua parece operar una retórica que hiperboliza el hecho histórico hasta el punto de volverlo mítico: por un lado, el Paraguay, sede de una de las guerras más nefastas del siglo XIX en cuanto a sus consecuencias demográficas, se vuelve tierra legendaria en la que casi no hay hombres y en la que, entonces, la cantidad de nacimientos tuvo, por fuerza, que reducirse; de ahí que se hable de Asunción como “espacio interior de preservación”; por el otro lado, la prohibición de la navegación de los ríos, que condenaba a las provincias litorales y al Paraguay a la miseria más absoluta, es tramitada por el imaginario de Paniagua como la “pérdida del paraíso”, como la maldita inauguración del mundo del desamparo y de la necesidad (16):
Los niños tienen sed. / Los niños siguen al renacuajo famélico/ por un camino, por una canilla, por un desierto, / siguen la gota de agua. / El sol de polvo de tiza escupe su fogonazo. / Los niños tienen hambre. / Un hambre sin costillas. Un hambre de pura expansión. / Un hambre que se escribe con tiza en el vestuario, / con una cruz de tiza blanca/ en la pared blanca.
En estos últimos versos, entonces, lo histórico deviene mítico y viceversa: la sed y el hambre refieren tanto a una circunstancia histórica- la pobreza a la que se condenaba al Litoral y al Paraguay- como a una pérdida mítica e imposible de saldar. Así llegamos a la imposibilidad de decidir por el sentido último de las imágenes del texto: en Paniagua la imagen del agua procede, casi como copiando el fluir mismo del líquido que representa, a una especie de exención del sentido (17), es decir, permite el reenvío continuo de la historia al mito del paraíso perdido, lo que clausura la posibilidad de determinar su valor último.
Por el camino de las aguas…: desmitificación e imaginario contra- fáctico.
De cara al próximo libro de MR, que por lo que se sabe va a llamarse Paraguay, la Triple Alianza, tan cara al imaginario de Paniagua, parece tomar cierto relieve que excede los límites de un poemario para entramarse con un proyecto de escritura que podemos suponer más vasto. En el caso del texto analizado, la Guerra del Paraguay se convierte en una instancia clave de definición histórica, es decir, ocupa el lugar de acontecimiento originario. La derrota final de los levantamientos federales que tuvieron lugar en el transcurso de la misma (1866- 1867) constituye, precisamente, uno de los hitos fundacionales del Estado argentino que, ya a fines del siglo XIX, pudo fortalecerse sin resistencia bajo el liderazgo económico e intelectual del puerto de Buenos Aires. Por tanto, la gran jugada estratégica del gobierno mitrista y su verdadero triunfo en esta guerra redundó siempre en cuestiones internas que, una vez dirimidas, permitieron la imposición en toda la república del liberalismo porteño- portuario.
Pero más allá de toda referencia histórica, se podría pensar que el vaivén entre lo histórico y lo mítico que hace posible la escritura de Paniagua corre con el riesgo del anquilosamiento en una mitología de la historia que eternice ciertas condiciones. Sin embargo en este texto de MRtodo relato mítico parece fundarse en el advenimiento de una realidad nueva. Como dice Mircea Eliade: “Todo mito de origen narra o justifica una ‘situación nueva’- nueva en el sentido de que no estaba desde el principio del mundo-. Los mitos de origen prolongan y completan el mito cosmogónico: cuentan cómo el mundo ha sido modificado, enriquecido o empobrecido (18)”. En este sentido, casi como contestando el afamado poema borgeano que afirma la fundación “mítica” de Buenos Aires, Paniagua apuesta por la genealogía del Estado nacional para mostrar que éste no existió “desde siempre” y que su existencia está históricamente fundada en cierto intereses para cuya imposición tuvieron lugar largas luchas. Entonces, hay que decir que una operación semejante, al reponer las condiciones de la fundación de tal formación social, permite historizarla y, por lo tanto, hace de ella un lugar abierto a la praxis política.
Por otro lado, la mitologización del Litoral y del Paraguay- Asunción, como “espacio interior de preservación”- permite cifrar en esas regiones la pérdida de algo que nunca se tuvo, de un proyecto de país o de un proyecto regional que finalmente quedó trunco. De esta manera, ambos territorios podrían querer simbolizar la otra opción ante el liberalismo porteño, esto es, el liberalismo del Litoral. En esta instancia, entramos en un régimen de preguntas contra- fácticas que, si por un lado nos reenvían a una realidad mítica que nunca existió, por el otro nos permiten historizar las condiciones reales. Para terminar voy a citar una serie de interrogaciones que se formula la historiadora Chianelli en su libro El gobierno del puerto:
¿Cómo hubiera resultado el país de haber triunfado Urquiza en Pavón? ¿Hubiera podido el liberalismo del Litoral- la otra opción- integrar equilibradamente al país, y resistir las pautas económicas impuestas por las naciones que dirigían la política mundial? (19).
Aunque estas preguntas no encuentren respuesta en el discurso histórico, lo cierto es que para el imaginario poético del que se alimenta Paniagua esa región y, sobre todo, el Paraguay parecen constituir un lugar de resistencia y “proteccionismo” respecto del liberalismo portuario que ostentaba la dirigencia mitrista y que, finalmente, terminó por triunfar.
María Laura Romano
(1)Este texto fue leído en el 3° Encuentro de Estudiantes de Letras que tuvo lugar en la Universidad Nacional de Cuyo en octubre de 2007. Lo más novedoso de esta tercera versión del congreso fue que por primera vez se realizaba en el interior del país, afuera de la Universidad de Buenos Aires. Tal circunstancia de federalización no fue ajena a la producción del presente trabajo; por el contrario, en él intento reflexionar sobre cuestiones que atañen a la organización nacional de la República Argentina, entre las que se destaca la “causa federal”.
(2)Este concepto será explicado y desarrollado en lo que sigue.
(3)Para otro análisis de la imagen del agua en la poesía de MR véase Llach, Santiago, “Algunas ideas en torno a Lampiño” en Rodríguez, Martín, Lampiño, Bs. As., Siesta, 2004 y Selci, Damián, “Martín Rodríguez, o por qué mantener a la familia” en Éxito n° 10, 2006, www.hacemellegar.com.ar/n10/.
(4)El agua no siempre fue transparente en la poesía de MR. Para convencernos de esto no hay más que leer el nombre de su primer libro de poemas, titulado Agua negra (Siesta, 1998). El agua, en este caso, no reenvía a ningún paraíso, ni mundano ni pre- natal, sino que, por el contrario, permanece turbia y casi como estancada, asociada a repetidas “guerras familiares” al decir de Lampiño. Pero en la poética de MR el sentido de la imagen del agua parece desplazarse. Así, según la hipótesis que desarrollaré en lo siguiente, Paniagua supone una inflexión fundamental, puesto que en dicho texto esta imagen se historiza a la par que las guerras a ella asociadas devienen “estatales”.
(6)Este signo paradójico que rodea el nacimiento está más claramente presente en Maternidad Sardá, texto en el que los partos abundan hasta volverse insoportables para el yo poético: “No se puede, / no se puede dormir en un barrio con una maternidad (…). / Un barrio desnudo/ con la seducción/ de los bebés que se arrastran/ como babas/ de un parto/ monstruoso/ felino/ helado…/ y que tiene la muerte en la garganta”.
(7)Me refiero al texto de Selci citado en la nota 3 en el que se sostiene también que Paniagua “no ofrece contrapuntos ni tensiones”. En este punto disiento con esta lectura, puesto que, como desarrollaré en lo siguiente, no es sino gracias a sus tensiones que el poemario puede fundar su escritura entre dos sentidos: el histórico y el mítico.
(8)Para un análisis de lo que en psicoanálisis se categoriza como falta de complementariedad entre sujeto y objeto, véase Rabinovich, Diana, “El deseo freudiano y su objeto” en El concepto de objeto en la teoría psicoanalítica. Sus incidencias en la dirección de la cura I. Bs. As., Manantial, 1988.
(9)Freud, Sigmund. “Proyecto para una psicología de neurólogos” en Obras completas, v. I. Bs. As., Amorrortu, 1991, pp. 355- 357.
(11)El corte que se produce para todo sujeto al momento de nacer deriva en el desamparo al que éste está condenado por la prematuración característica del bebé humano. Esta situación de indefensión, que para el imaginario de Paniagua equivaldría a la pérdida del paraíso, dura toda la vida según la interpretación lacaniana: “Y si la ananké somática de la impotencia del hombre para moverse, a fortiori para valerse, algún tiempo después de su nacimiento, le asegura su suelo a una psicología de la dependencia, ¿cómo eludirá el hecho de que esa dependencia se mantiene por un universo del lenguaje, justamente en el hecho de que por él y a través de él, las necesidades se han diversificado y desmultiplicado hasta el punto de que su alcance aparece como de un orden totalmente diferente, según se la refiera al sujeto o a la política? Para decirlo todo: hasta el punto de que esas necesidades han pasado al registro del deseo (…)” (Lacan, Jacques, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” en Escritos II. Bs. As., Siglo XXI, 1985). Así, el mundo como desamparo, esa visión pesimista de la vida humana de la que en Paniagua casi se hace bandera, se inaugura por y a través del lenguaje. Acá encuentra otra interpretación la manutención de la familia que opera la poética de MR y que constituye el vector central de la lectura ya citada de Selci. En un registro psicoanalítico se trataría de la manutención del Otro primordial, pero también de la de los otros del transitivismo de los que depende el sujeto humano debido a su desamparo inicial (en un poema de Maternidad Sardá se habla, incluso, de “la roña de esa subordinación”). Queda para otra lectura el análisis de las consecuencias políticas de esto, consecuencias que el mismo Freud se encarga de resaltar cuando afirma en Proyecto… que “el inicial desvalimiento humano es la fuente primordial de todos los motivos morales” (el subrayado es mío).
(14)Para un análisis de la posición de Urquiza frente a la Guerra de la Triple Alianza y de la malograda “Conjuración del Litoral”, Chianelli, Trinidad, El gobierno del puerto (1862- 1868), Bs. As., La Bastilla, 1975, pp. 187- 212.
(15)Se trata de las dispersiones de las tropas entrerrianas en Basualdo y Toledo que tuvieron lugar en 1865. A esto se suma, para fines de 1866, la sublevación de nueve provincias entre las que se cuentan las de Cuyo y La Rioja. Del interior de esta rebelión surge la proclama del caudillo catamarqueño Felipe Varela fechada el 10 de diciembre de 1866 que defiende a ultranza la forma federal de organización y ataca la política centralista llevada a cabo por la dirigencia porteña: “Compatriotas, desde que aquél (Mitre) usurpó el gobierno de la Nación, el monopolio de los tesoros públicos y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser el patrimonio de los porteños, condenando al provinciano a cederles hasta el pan que reservara para sus hijos. Ser porteño es ser ciudadano exclusivista; y ser provinciano es ser mendigo sin Patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del gobierno de Mitre” (citado en Sonego, Víctor. Las dos Argentinas. Pistas para una lectura crítica de nuestra historia, v. I. Bs. As., Don Bosco, 1985, p. 110).
(16)En relación a esto último, las palabras del presidente paraguayo Carlos Antonio López (1844- 1862) respecto de la política prohibitiva de navegación de los ríos instaurada por el gobernador porteño Juan Manuel de Rosas dan una idea de las consecuencias catastróficas de tal política: “La clausura de los ríos- escribía López en 1845 en El paraguayo independiente- representa una medida de exterminio y muerte contra las aguas del Paraná y contra los elementos de industria, civilización y riqueza de los pueblos” (cita extraída del texto ya citado de Puiggros, p. 228).
(18)Eliade, Mircea. “Prestigio mágico de los ‘orígenes’” en Aspectos del mito. Bs. As., Paidós, 2000, p. 29.