el interpretador columnas

 

Las chicas de Letras se masturban así XVIII (*)

Elsa Kalish

 

 

 

 

Para vos

claro

esta larga carta de amor

estúpida

como toda carta de amor.

 

 

 

Esos bichitos  malvados son las niñas de sus ojos.

 

Cuando se dice que el artista crea personajes verdaderos, tal es una bella ilusión; de hecho, no sabemos gran cosa de los hombres auténticos y vivos; a esta situación tan imperfecta ante el hombre es a la que responde el artista: hace bocetos de hombre, tan esquemáticos como lo es nuestro conocimiento del hombre. Una o dos características a menudo repetidas, con mucha luz encima y poca penumbra alrededor, más algunos efectos poderosos, responden bastante bien a nuestras exigencias.

 

Pensé en viejos chistes como ese del tipo que va al psiquiatra y dice, <<doctor, mi hermano está loco, piensa que es un pollo>>, y el doctor dice, <<¿por qué no lo convence de que no lo es?>>, y el tipo dice, <<porque necesito los huevos>>. Bueno, supongo que ahora me siento mejor con las relaciones. Son totalmente irracionales, locas y absurdas. Y supongo que nos mantendremos a través de ellas porque la mayoría de nosotros necesita huevos.

UMA, OTRA VEZ UMA THURMAN.

 

Extraído de los Diarios de La Dama de Negro.

 

Martes, XX de XXX, de XXXX.

 

¿Por qué no leí el horóscopo del domingo de Viva para saber que me depararía mi signo astral esta semana?:

 

“Amor: Marcas profundas. Recuerdos del pasado vuelven a usted con sentimientos inquietantes...”

 

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Fumo.

Fumo mucho.

Fumo, casi tanto, como las chicas del Moyano.

 

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Me abrazaría al diablo sin dudar

Por ver tu cara al escucharme hablar.

Eres todo lo que más quiero

Pero te pierdo en mis silencios.

Mis ojos son dos cruces negras

Que no han hablado nunca claro.

Mi corazón lleno de pena

Y yo muñeca de trapo.

 

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Es difícil ser una súper héroe de una modernidad periférica. Se necesita una entereza, una templanza, un equilibrio, del cual carezco, a veces, por completo. Por eso, cuando hace unos meses atrás, vi haciendo zapping por la tele, una propaganda de Sprayette promocionando un set completo de tecnologías del yo para el cultivo de sí, no dudé un instante en levantar el tubo y llamar ya para encargarlo. Claro que este set completo para una correcta epimeleia heautou me ayudó a mejorar mis objetivos, metas y rendimientos de parrhésiastes, a sostener mi cuerpo con más dignidad, verdad y coraje gracias a las rutinas de áskesis a las que te obliga la tejne tou bíou, y a enfrentar con más precisión y menos vacilaciones los desafíos a los que es sometida una teórica súper héroe como yo.  Pero en el fondo, sé, que estoy rota, que mi alma es un sótano oscuro y húmedo, lleno de cucarachas. Por mucho que me mate durante horas a pura áskesis, la eleuthería y la autárkeia necesarias para una correcta tejne tuo bíou no aparece y, las cucarachas, feas, negras y grandes como mis hojotas Havaianas, no dejan de asomarse del fondo del sótano de mi alma y pasearse, muy orondas y cancheras, frente a mis narices, haciendo chistes y cagándose de la risa en mi cara.

 

Ayer particularmente fue un día difícil. Uno de esos lunes que no deberían existir en el calendario. Pero existen y negarlos sería índice de una corrupción existencial que me conduciría derechito al hospicio o al despotismo. Voy a intentar contar mi lunes imposible, desquiciado, triste, patético. Después de todo, los súper héroes también somos seres humanos de carne y hueso a los que les pasan cosas, cosas que a veces no les pasan sino que las atropellan, les estallan en las manos y el alma vuela en mil pedazos.

 

Como todos los días me levanté temprano, fui al baño, encendí la radio, tomé  mate y comí cereales. Luego me dediqué a mis tareas de áskesis, a mi epimeleia heautou. Y ya al mediodía, previo pasar por el tocador y colocarme una base de foto shop en el rostro para corregir imperfecciones y marcas que delatan que la fecha de vencimiento impresa en el dorso de mis días se venció hace tiempo, partí en mi Renault 12 break a ocuparme de las obligaciones y deberes de súper héroe. Nada serio, apenas un par de casos donde tuve que intervenir sin ejercer la violencia ni derramar sangre. Luego me fui a mi oficina de Puán a ordenar papeles, terminar un trabajo sobre la figura del héroe épico en la literatura argentina del siglo XX, y después me subí al departamento de letras a tomar mate con bizcochitos y ver la novela de las cuatro con Jorge Panesi.

 

Así se hicieron las cinco y media de la tarde y yo me encontré nuevamente en mi oficina, con un baso de whisky en la mano y, ahí, justo ahí, una sombra me veló los sentidos, un no sé qué, algo, me dijo que no debía salir de allí. Quedarme en la oficina bebiendo o irme a casa a mirar tele o dormir. Pero le había prometido a Fálica y Fogosa que pasaría por el Centro Cultural Rojas a ver un corto suyo que daban a las siete de la tarde en el marco de un ciclo de cortos de realizadores jóvenes. Por un momento sopesé mi presentimiento y me dije, algo va a pasar y no vas a poder con ello. Chica de letras que huye sirve para otra operación teórica, dictaminé. Pero había dado mi palabra a Fálica y Fogosa y no ir al Rojas lo tomaría como una traición a ella, y era justo que así lo interpretara ya que el único argumento que tenía para no ir era que mi instinto teórico crítico periférico me decía, guardáte nena, hacéme caso, no salgas de tu casa.

 

Desoyendo a mis antenitas meteorológicas espirituales que me anunciaban posible temporal con fuertes lluvias y granizo para las próximas horas, liquidé lo que me quedaba de whisky Criadores en el baso y salí a la calle.

 

Al llegar a Corrientes busqué un estacionamiento donde dejar el Renault 12 break negro y me dirigí al Rojas. Adentro, ya estaban haciendo la cola Fálica y Fogosa junto a Bombón de Roquefort. Nos pusimos a charlar cosas de Chicas de Letras mientras esperábamos para entrar a la sala, y de repente, tuerzo la cabeza hacia la puerta de salida y la veo. Era ella. Estaba charlando con otra chica. Era ella, Uma Thurman. ¿Quién es Uma Thurman o que significa Uma para mí? No importa. No pienso detenerme a explicar, acá, eso. En todo caso solo diré que de repente se me aflojaron las piernas, me bajó la presión y entré en pánico. Volví a torcer la cabeza y lo agarré del saco a Bombón de Roquefort y empecé a tirar de él, y le repetí, no sé cuántas veces, histérica, ahí está Uma Thurman, qué hago. Dónde, me preguntaron Bombón de Roquefort y Fálica y Fogosa que había escuchado también. Les indiqué que miraran para la salida del Rojas. ¿Qué hago?, pregunté, ¿habrá venido también a ver los cortos?, ¿qué hago?, ¿la saludo?, ¿hago como  que no la vi?, ¿qué hago?...

 

Bombón de Roquefort y Fálica y Fogosa me pidieron que me calmara. Imposible. Entonces recordé que Martín González, un amigo de años, labura en técnica, en un cuarto cuya puerta está al lado de los baños. Era mi única salida, esconderme en técnica. Entrar a la sala sabiendo que ella probablemente también habría venido a ver los cortos o irme por la puerta estando ahí, me resultaban opciones suicidas. Con la mirada clavada en el piso detrás de mis anteojos negros me dirigí a los baños y golpeé la puerta de técnica. Por suerte estaba Martín González y me hizo pasar. Yo estaba fuera de sí. (¡Muchas tecnologías del yo y las pelotas de Séneca, Epicteto y Musonio Rufo, pero cuando las necesitás de verdad te las tenés que meter en el ojete y empezar a dibujar como loca si no querés que tu embarcación sucumba en la tormenta que quiere adueñarse de la nave que piloteás!) Él me contuvo y me pidió que le explicara todo. Lo hice, entre medio de otros empleados del Rojas, que me miraban como a una loca que estaba pidiendo a gritos un pastillón que la ayudara a enmarcarse dentro de algún principio de realidad, y me dijo que no me haga problemas, que no era para tanto, que volviera y enfrentara la situación. Yo balbuceé un no puedo. Bueno, quédate acá, me dijo Martín González, si querés podes ver el corto de tu amiga desde la sala de control o entrar a la sala cuando ya esté a oscuras y hayan empezado las pelis por una puerta que tenemos ahí, y me señaló hacia ahí.

 

Yo no podía respirar. Encendía cigarrillos que apagaba a medio fumar y encendía otro. El humo del cigarrillo me ayudaba a no sentir esa sensación de asfixia que me oprimía el pecho, era el elemento químico perteneciente al sexto grupo del sistema periódico de los elementos, de símbolo O, número atómico 8, peso atómico 16 y que tiene tres isótopos estables, es decir, era el oxígeno tecno-industrial nicotinizado que los pulmones de mi alma necesitaban para que mi corazón no colapsara.

 

Finalmente vi el corto de Fálica y Fogosa desde el control del operador. Fue el tercero. Va, ver-ver no vi nada, pero seguí las imágenes como una vaca puede sentarse frente a una pantalla y mirar las sombras chinescas que se suceden en ella.

 

Después, mi sensación de asfixia y encierro, y mi necesidad de desaparecer, de huir por la tangente, de sentarme en un bar y tomar algo fuerte, se me presentó como un imperativo categórico trascendente kantiano ineludible, y en ello me iba la bolsa y la vida. Pero no tenía valor para salir sola de la sala de técnica y le pedí a Martín que me acompañara hasta la puerta.

 

Por suerte cuando salí del brazo de Martín hacia la puerta no me encontré con Uma Thurman. Y estaban Fálica y Fogosa y Bombón de Roquefort discutiendo. Fálica y Fogosa al verme me dijo que la había visto irse a Uma Thurman y yo pude recuperar algunos restos de mi conciencia calcinados por el delirio, los suficientes para no salir corriendo o ponerme a llorar en el lugar. Entonces le agradecí a Martín González por todo y nos despedimos. Un amor. Pero estos dos, dele que te dele, no paraban de discutir y yo que me sentía mal, triste, absurda. Sólo quería emborracharme y que ya fuera el día siguiente de un par de años después a este día.

 

Finalmente Fálica y Fogosa se quedó en el Rojas con una gente y Bombón de Roquefort y yo partimos. Le propuse ir a un bar a tomar algo, mientras él me hablaba de una cosa y yo de otra sin poder articularlo en un discurso coherente. Querés ir a La Academia a jugar un pool y tomar algo, me propuso y acepté.

 

Cuando entramos a La Academia cuanto no fue mi hórrido espanto al visualizar a Uma Thurman en una mesa charlando con la misma chica con la que estaba en el Rojas. Yo puteé entre dientes –como suele hacerlo Pepe Argento (Franchela) en Casados con hijos quejándose de su suerte – y me dirigí hacia la barra del local sin mirar a mi derecha donde estaba sentada ella. Pedimos una mesa de pool, un café para Bombón de Roquefort y un fernet para mí.

 

Una vez en el fondo de La Academia y con las bolas en la mesa para romper y empezar el juego, volví a sentirme asfixiada, encerrada, queriendo huir despavorida. Entonces Bombón de Roquefort me dijo que vaya y la saludara, que la invitara a venir a ella y a su amiga a jugar al pool, que vamos, sos una súper héroe, que no podés achicarte ahora, que no te olvidés que sos una dama y tenés que actuar en consecuencia.

 

Pero cómo hacía para volver a la parte de adelante del bar y saludarla si acababa de pasar a su lado y no saludarla, y probablemente me había visto en el Rojas donde tampoco la había saludado. Discutimos la estrategia con Bombón de Roquefort hasta que consensuamos que fuera a comprar cigarrillos al quiosco y, al volver a entrar, hacer como que la reconocía  y me acercaba a  saludarla. OK, eso hice. Salí, fui al quiosco que está a la vuelta, sobre Corrientes, compré cigarrillos y volví a La Academia. Yo era un manojo de nervios, Hiroshima al día siguiente que arrojaran la bomba atómica sobre ella, pero en la superficie, a simple vista, parecía dueña de mi cuerpo y alma, de mi destino, como cualquier profesora de letras frente a un alumno al que le está tomando un final. Así entré a La Academia y fui derechito a donde se encontraba ella. Hasta que no estuve a su lado y le tomé la muñeca y me agaché para darle un beso, ella no me registró, o fingió no registrarme muy compenetrada charlando con su amiga. Le dije, hola, cómo estás. Bien, me respondió. Buenísimo, chau, y sin siquiera saludar a su amiga ni nada enfilé para el fondo.

 

Una vez ahí empezamos a jugar al pool con Bombón de Roquefort y le conté mi performance. Él me dio consejos, me armó nuevas estrategias, pero ya todo era inútil. Todo había salido mal y aunque mis antenitas meteorológicas espirituales me habían advertido que no saliera porque se venía un temporal ontológico, desoí sus advertencias y ahí tenía las consecuencias.

 

Cuando pagamos y salimos ya no estaba Uma Thurman y nos despedimos en la puerta de La Academia con Bombón de Roquefort, él se fue para Rivadavia y yo para Corrientes a buscar mi auto.

 

Estaba bastante borrachita y terminé en la casa del Teto Medina. Le pedí el celular del Facha, que es su dealer, que yo no lo tenía y que es carero pero vende gilada de la buena, y le encargué un par de gramos. Esperé y cuando llegó el Facha con lo que había pedido me fui a casa, me serví un baso de Criadores y me puse a peinar y tomar hasta la madrugada, hasta que la cruel luz del día me alcanzó poniendo de relieve mi fantasmal y deshilachada oscura existencia, y me clavé dos Lexotanil con un Actimel frutos del bosque y me fui a la cama.

 

Y eso es todo. Así terminó mi lunes fatal, triste y desquiciado. Absurdo, como todo. Tan absurdo, inverosímil y carente de sentido como estas palabras o como la señora que saca al perrito todas las noches para que haga sus necesidades, como que Alf no exista o Dios sí pero que nunca diga nada, como que la tierra sea redonda o plana, como el señor que se levanta a las cuatro de la mañana para ir a trabajar o que mañana yo esté muerta. Absurdo. Pero no por ello menos real. Así también es la vida de una súper héroe periférica. No es todo batallas ganadas al mal y sus secuaces o la férrea convicción inclemente de un destino que lucha contra viento y marea contra la banalidad de un mundo que ha perdido su norte. No. También hay oscuridad, soledad, flaquezas, miserias, fantasmas, y días donde lo absurdo la pone a una de rodillas y le escupe en la cara. En fin, una es una súper héroe, pero los súper héroes también somos seres humanos, con todo lo que esto implica. A veces patinar hasta el fondo de la propia idiotez y al llegar al fondo descubrir que no hay nada y no tener ni idea cómo salir de ese pozo negro donde no hay nada, nada de nada.

 

 

EL VIEJO ENCANTO DE UNA LÜGER.

 

 

La Dama de Negro buscó en el panel del hall central de Retiro el andén y la hora de salida de su tren. Faltaban diez minutos. Como a las tres de la tarde viajaba, relativamente, poca gente, se quedó al lado de la puerta del vagón fumando un pucho. Después buscó un asiento y se dispuso a leer.

 

Andaba a pie porque el Renault 12 breack negro hacía días estaba en el mecánico. La Dama de Negro, imaginó, que andar a pie para alguien que suele moverse por la ciudad en auto es lo mismo que para un gaucho moverse sin su caballo por el campo.

 

La Dama de Negro estaba rechiflada en su tristeza, no daba pie con bola. Esa mañana no había hecho sus trabajos de ascesis ni nada. Simplemente se había limitado a tomar mate, mirar dibujitos por la tele, sin sonido, para poder seguir las noticias del día por la radio y fumar como un escuerzo. Al mediodía, cuando se descubrió sirviéndose el segundo baso de whisky Criadores, decidió salir a la calle. Se sacó las pantuflas, el camisón y se cambió. Algo le decía que no iba a ser un día tranquilo y sacó del placard una automática calibre 38, cuatro cargadores de repuesto y el control remoto devenidor con foto shop que le acababa de regalar Jorge Panesi. Fue al espejo del baño y se maquilló: se levantó un poco las tetas, limó curvas, borró kilos, se agregó diez centímetros y finalmente trabajó su cara, cuidando de no perder sus rasgos, limitándose a devolverle un poco de frescura y vitalidad a un rostro castigado por la erosión de los  años y todo lo que de éstos se deriva.

 

El vagón olía mal. A pedo de vieja, a gente que no se baña ni usa antitranspirante, a basura. Y cuando se sentó a su lado un adolescente granudo con cara de pajero, se sumó a la atmósfera viciada del vagón olor a súper pancho con mayonesa, ketchup, mostaza y todo finamente rociado con una lluvia de papitas.

 

A todo esto había que sumarle los vendedores ambulantes. Nenitas y nenitos de cuatro o cinco años repartiendo estampitas con una leyenda que reza siempre más o menos así: mis papás no tienen trabajo, somos cinco hermanitos y pido en los trenes para comprar leche...y antes de retirar las estampitas y el papelito cantan una canción; ex Malvinas que te dan señaladores o stikers con las Islas con los colores patrios; drogones recuperados por la gracia de Dios y la granjita del doctor Drogueta que van con una canasta de mimbre llena de galletitas y facturas embazadas; ciegos que cantan canciones melódicas, norteños o de más allá que tocan folklore; tipos a los que les faltan los brazos o las piernas, sidosos con toda su lepra a la vista y con un papel que certifica su leprosidad; psicóticos de todo calibre; y también vendedores ambulantes para cada producto, ya sean caramelos, medias o lo que hayan conseguido en los remates de aduana, arman un spich de tres o cuatro minutos, que ni los más reconocidos, miserables e hijos de puta creativos publicitarios de la argentina podrían armar.

 

El tren arrancó y La Dama de Negro tenía frente a ella su libro sin poder concentrarse. Volvió a mirar al adolescente granudo con cara de pajero. Éste acababa de terminar el súper pancho y tenía la comisura de los labios sucia de ketchup y mayonesa.

 

Para ésto tanto quilombo, pensó La Dama de Negro imaginando que le hablaba al adolescente, acá esta todo el futuro que imaginaron y soñaron y por el que lucharon los hombres del siglo XIX. Este vagón es la epifanía de todos esos sueños. Porque como sabrás, Pajerín Come Salchichas, el tren fue una de las grandes metáforas del siglo XIX que englobaba la marcha ininterrumpida del futuro hacia un progreso pleno de libertades y logros ilimitados. Y acá estamos. En el tren fantasma de ese sueño descarrilado, imposible. No tenés más que mirar a tu alrededor para darte cuenta que todo el vagón y vos y yo no somos otra cosa que monstruos, monstruitos, formas erróneas, sueños equivocados y cuerpos sufrientes, poca cosa, apenas basura postcapitalista último modelo. ¿Entendés Pajerín Come Salchichas de lo que te estoy hablando? Y así siguió dando cátedra e instruyendo imaginariamente a su eventual y ocasional discípulo durante un rato. Hasta que se cansó y se pudo enganchar con el libro que estaba leyendo por esos días.

 

El libro era El jardín de las maquinas parlantes, de Alberto Laiseca. Recién lo empezaba. Cuando el tren estaba llegando a San Martín no pudo leer una línea más. Laiseca en el último párrafo del capítulo tres se preguntaba por qué si Suzuki y Okakura Kakuzo hablaban del té como una de las estéticas del zen, no podía escribirse acá un tratado sobre el mate como disciplina zen del sudamericano. Y unas líneas más abajo, La Dama de Negro, leyó, estas palabras, que la dejaron ciega, le quemaron los ojos: “No hay cosa más linda que tomar mate con la mujer de uno.” Al leer esto ya no pudo seguir con la lectura, tuvo que cerrar el libro, sintiendo una tristeza infinita, una derrota total y definitiva.

 

Cuando el tren por fin llegó a Chilavert descendió y bajo las escaleras. La casa de su padre no quedaba a más de ocho o diez cuadras. Caminó por la calle San Martín, desierta a esa hora, que corre paralela a las vías del tren, hasta Solís. Una cuadra antes de llegar a ésta, dos negritos feos, sucios y malos, en bicicleta, que iban en dirección contraria, la pasaron y escuchó que uno le decía al otro, che, pará, volvamos, seguro que la vieja nos da un peso para la birra. Y volvieron a pasarla y cruzaron sus bicicletas en la vereda obstruyéndole el paso a La Dama de Negro. Ésta no hizo caso, siguió caminando tranquila, estudiando la situación detrás de sus anteojos negros. Los dos negritos eran feos como la maldad y seguramente, tan idiotas y peligrosos, como la estupidez, que cuando no se la trabaja para negativizarla se vuelve un cáncer criminal y sádico que te va degradando poco a poco.

 

Che vieja dame toda la guita o te quemo, dijo el negrito más petiso.

 

La Dama de Negro hizo oídos sordos y siguió caminando hasta quedar a dos pasos de ellos.

 

A ver, pedazos de mierda mal cagada, abran paso, córranse pelotudos, déjenme pasar, por favor, o...

 

O qué, vieja, dijo el negrito más alto. Éste sacó una 22 y el otro una navaja.

 

La secuencia, entre que La Dama de Negro articuló una sonrisa en la comisura de sus labios y los dos pobres negritos quedaron despanzurrados en el piso desmayados con la cara desfigurada, varios huesos rotos y su sangre y sus dientes regando las baldosas de la vereda, duró apenas una fracción de segundo.

      

Cuando llegó a Solis subió por ésta alejándose de las vías del tren. Hacía años que no iba a visitar a su padre a su casa. Lo solía ver en algunas fiestas familiares, tres o cuatro veces al año, pero a su casa, hacía años que no la pisaba. No sabía por qué estaba yendo ahora, pero ahí estaba, a menos de dos cuadras. Su padre era tornero, vivía en esa casa en la que había nacido – su madre, la abuela de La Dama de Negro, lo había parido en el comedor de la casa— y a la que había vuelto cuando éste se divorció de la madre de ella. Vivía en el garaje que había remodelado porque la casa la alquilaba. Cuando llegó al jardín delantero quiso retroceder, pero ya era tarde. Se vio a ella misma y a sus hermanas y a sus primos y a su abuela y a sus tíos y a Muky y a las flores que plantaba su abuela y a su madre y a él, a todos, en ese jardín, detenidos, felices, jóvenes los grandes y chicos los chicos, espectrales, mudos, mirándola desde el abismo del tiempo, como en una foto que no dice nada ni tiene sentido para nadie más que uno.

 

Adelante parecía no haber nadie. Cuando llegó a la puerta del garaje golpeó. Nadie respondió. Volvió a golpear y esperó. Puteó por no llamar antes y haberse hecho todo ese viaje al pedo. Aunque en realidad agradeció no haberlo encontrado a él, y ya se disponía a irse cuando tuvo el impulso de agarrar el picaporte de la puerta y ésta cedió, estaba abierto, sin llave. 

 

Adentro el garage estaba en penumbras. Lo vio a su padre en el otro extremo, sentado, entre la mesa y la cocina, frente al televisor apagado. La luz que entraba por unas ventanitas y los vidrios de la puerta que daban al jardín del fondo, caía sobre su rostro. La Dama de Negro caminó hacia él. Estaba un poco despatarrado en su silla. Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla y su barba le pico la cara. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. La Dama de Negro se sentó en otra silla, del otro lado de la mesa. Así permanecieron un rato. Cuando el silencio se hizo muy pesado –y siempre que iba a tomar mate a la casa de su padre ese momento llegaba y lo llenaban con palabras inútiles hasta que la farsa era insostenible y ella le decía que se tenía que ir y él le ofrecía alcanzarla hasta algún lado— La Dama de Negro encendió un cigarrillo y le propuso a su padre, ¿tomamos unos mates, dale? Agarró la pava, fue al patio, la llenó en la pileta y volvió. Puso a calentar el agua y preparó el mate.

 

Cuando el agua estuvo a punto, volvió a sentarse y empezó a cebar. Tomó el primero ella y luego le paso uno a él. ¿El agua está bien?, preguntó La Dama de Negro. ¿Sí, no? Siempre supe hacer mate, ¿no? La abuela me enseñó, desde chiquita que sebo mate, desde que tenía tres o cuatro años y me quedaba con ella... y se interrumpió La Dama de Negro. Buscó con la mirada en el lugar. En una repisa al lado del televisor, junto a botellas encontró lo que buscaba. Se levantó y agarró un vaso, una botella sin abrir de Horse White y dos fotos apoyadas contra botellas. Y volvió a sentarse.

 

No te jode que mientras tomamos mate, tome también un par de whiskys, ¿no?

 

Con la colilla del cigarrillo que estaba fumando encendió otro. Sí, ya sé, fumar hace mal y es un vicio papá, pero a esta altura tendrías que saber, que no fumar es también un vicio como cualquier otro. El padre no dijo nada y La Dama de Negro se sirvió un vaso lleno de whisky, se tomó una buena medida y volvió a llenar el vaso.

 

En una de las fotos estaba la abuela con todos sus nietos. La abuela la miraba a La Dama de Negro desde sus preciosos ojos claros, y ella le dijo, hace tiempo que no sueño con vos abuela, hace mucho. En una época soñaba siempre con vos o vos me visitabas en sueños, particularmente cuando estaba mal. Pero ahora hace mucho que no sueño con vos, por qué será. Siempre que soñaba con vos les decía a papá o mamá que había soñado con vos y era una fija, ellos iban a la agencia y jugaban un peso a nacional y provincia, y era fija, al otro día pasaban a cobrar. ¿O no, papá?

 

La otra foto no la pudo mirar, se le había nublado la vista. Volvió a tomar el vaso y bebió con ganas. Apagó el cigarrillo en el cenicero y encendió otro.

 

Y, ¿todavía no tomaste el mate?, se va a enfriar, le dijo La Dama de Negro a su padre, mirándolo, ahora sí, por primera vez, de frente, de lleno, a la cara.

 

¿No vas a decir nada? Te vas a quedar callado. Querés pasarme facturas, dale, es el momento, es ahora o nunca. Habla viejo hijo de puta. ¿No vas a decir nada? Bueno, te tiro letra, a ver... ¿Cómo andas papá? Y, acá ando, tirando. ¿Y en el laburo que onda? Y son unos hijos de puta esos, te explotan, son unos negreros. Ojo, laburo entra, siempre tienen trabajo y agarran más del que pueden y te hacen laburar como negro, pero después a la hora de pagar empiezan a llorarte, que no hay plata... va, lo de siempre, una cagada, es todo una mierda, se aprovechan porque saben que uno lo necesita y... Sí, sí, lo de siempre. Y ahora de qué querés hablar, ¿de mamá, de Claudia y Patricia, de qué? Dale, empezá, si es tu tema favorito. Estas muy loco papá y nos enfermaste a todos. Ya sé. Vos sos un buen tipo, un tipo que sólo quería lo mejor para su familia, que nunca faltó a su trabajo y que hizo todo por su familia, lo sé. Y algo de eso me llegó. Pero también estabas muy enfermo, muy loco, y nos lastimaste mucho durante muchos años, sin querer, claro, lo sé, no hay ironía en esto, en serio, lo sé, pero lo que hiciste lo hiciste. Si no supiera eso no estaría tomando mate acá con vos. Si no hubiera trabajado sobre mí misma durante años estaría tan loca como vos. Pero gracias a eso solo estoy casi tan loca como vos. Sí, sí, casi, para qué mentirnos, lo que se hereda no se quita. En fin, papá, me tengo que ir, se me hace tarde, me voy. ¿Me tirás hasta la estación? No, está bien, gracias, voy caminando. Sabés una cosa, imaginé muchas veces este momento, muchas, y sin embargo, ahora, todo es diferente a como lo imaginé, y en algún punto igual. Escucháme, hay algo que quiero decirte antes de irme, algo que alguna vez me dijo la prima Romina sobre vos y creo que eso te define de cuerpo entero, y por favor, no lo tomés como recriminaciones de una hija ya demasiado vieja para recriminar a sus padres por cagadas propias como si fuera una adolescente, nada que ver, lo que quería decirte, que me dijo una vez Romina y creo que se ajusta a vos y casi, casi, casi a mí, es lo siguiente: tu viejo no puede hacer las cosas sino todo mal. Eso quería decirte, papá, que hiciste todo mal, todo, sin quererlo, pero lo hiciste y es una cagada. ¿Hace cuántos años que estabas muerto? ¿Hace cuántos años papá que la muerte te obligaba a seguir a rajatabla el libreto de una vida que no existía? ¿Cuántos, papá? ¿Por qué decidiste seguir vivo el día que la muerte clausuró tus días? ¿Era necesario, papá? ¡Por qué! Por qué, por qué, por qué...

 

Después La Dama de Negro se levantó y cuando agarró su baso de la mesa, descubrió un papel con unas palabras escritas con la torpe caligrafía de su padre. En el papel estaba escrito el nombre de las dos hermanas y la madre de La Dama de Negro y el suyo, y debajo, siempre las quise, siempre las voy a querer, un beso, papá. 

  

La Dama de Negro volvió a llenarse el baso y bebió. No te jode que peine una rayita delante de vos, ¿no? Sacó una tiza de debajo del poncho antibalas, se hizo lugar en la mesa, con un Tramontina rayó de ésta hasta hacer un montoncito, lo picó y peinó con el mismo cuchillo hasta tener una raya gorda y larga. Con un billete armó un canuto y aspiró todo de un saque. Tiró la cabeza para atrás y se quedó aspirando con fuerza, esperando que la droga bajara. Cuando volvió a mirar a su padre, le dijo, bueno ahora me voy. Se acercó y con dificultad le quitó la Lüger de su mano rígida. Le dio un beso y se dirigió a la puerta. Antes de posar su mano sobre el picaporte y salir, se detuvo, dio media vuelta, y volvió. Se quedó a unos pocos pasos de él, apuntó la Lüger a su pecho, amartilló el arma y calló de rodillas al piso. Desde ahí, intentó, nuevamente, hacer blanco en el pecho de su padre y no pudo. Entonces se llevó la Lüger a la sien y cerró los ojos. Intentó gatillar el arma pero no podía. Quería terminar con todo ya, pero no podía. Así estuvo durante un rato, de rodillas en el piso, con los ojos cerrados, llorando, con el arma amartillada, intentando volarse la cabeza. Cuando volvió a abrir los ojos, los fijó en los de su padre. Lentamente se levantó, volvió a apuntar al pecho de su padre y abrió fuego. Le pegó dos tiros en el corazón. Guardó la Lüger en su mochila y se fue, no sin antes cerrar la puerta con llave.

 

En la estación de Chilavert compró un boleto hasta Retiro, se lo mostró a los de seguridad para pasar al andén y se paró en la parada de diarios a ver las tapas de Gente, Caras, Pronto, Semanario, H, Playboy, y compró la revista de Luisito Ventura, Paparazzi. Luego caminó por el andén para poder subir a uno de los primeros vagones.

 

Mientras esperaba, con su mirada perdida en la nada, detrás de sus anteojos negros, prendió un cigarrillo. Fue ahí, justo ahí, que vio al cuzco, andando a duras penas entre los rieles del tren, del lado de las vías de donde vienen los trenes de Ballester a Suárez, y siguiendo ese rumbo. Era un cuzquito hecho pelota, que apenas podía caminar y tenía el ojo izquierdo fuera de su cuenco ocular, colgándole. Había cierta dignidad en esa marcha torturada, sin futuro. La Dama de Negro, se preguntó, para dónde estará yendo este hijo de puta, pobre. A su alrededor, empezó a escuchar a otros pasajeros, que estaban como ella, esperando el tren, decir, “ay mira ese perrito”, “lo va a pisar el tren”, “pobre, seguro que lo atropelló un auto”, pero nadie atinó a bajar a los rieles y rescatarlo. Todos se quedaron hipnotizados mirando la marcha torturada del cuzquito que apenas podía seguir con su vida a cuestas pero seguía. Entonces, el cuzquito, cuando estuvo a la altura de La Dama de Negro, torció su cabeza para mirarla. Se detuvo y la miró. Estas muerta, nena, como yo, le dijo el cuzquito a La Dama de Negro, como todos, y lo que sigue es tan incierto y carente de sentido como todo, y ahora que sabés la verdad, ¿qué vas a hacer? La Dama de Negro se iba a arrojar a las vías para rescatarlo, cuando de repente tuvo frente a sí el tren que venía de Suaréz y del otro lado llegó el tren que venía de Ballester. A su alrededor escuchó exclamaciones de pena por la suerte del cuzco y cuando iba a subir al tren, confundida, medio perdida, se dio cuenta que era el tren recaudador de TBA.

 

El tren recaudador venía vacío y con varios policías y seguridad privada, con escopetas recortadas, con pistolas en mano, que se desplegaron por el andén en el perímetro que rodeaba a la casucha de la boletería.

 

La Dama de Negro, sin dudarlo, sacó el control devenidor que le había regalado Jorge Panesi y se autodevino gendarme. Sacó de la cartuchera su automática calibre 38 y avanzó hacia la policía. Cuando tuvo al alcance de la mano a dos de ellos, les dijo, hola, cómo va, y antes de que pudieran responder los fusiló a quemarropa con un tiro en la cabeza a cada uno.

 

De repente el lugar se llenó de confusión y caos. La Dama de Negro se movió con precisión y sangre fría. Individualizó a un tercero y lo bajó. Tomó la escopeta recortada de éste y disparó bajando a un cuarto. Todavía faltaban tres. Dos ya se habían refugiado en el tren con la recaudación de la boletería y el tercero estaba escondido en el quiosco de revistas. El tren ya empezaba a andar y ella corrió para subir a él. Cuando estaba por perderlo, se arrojó al vagón por una de las puertas y el que estaba escondido en el quiosquito le apuntó dándole en la espalda. Las puertas se cerraron y el tren empezó a andar a toda marcha. La espalda le dolía pero el poncho negro anti balas que usaba le había amortiguado el impacto. Rápidamente se hizo devenir policía y se levantó. Cambió el cargador de su 38 y dolorida, se dirigió al vagón donde se encontraban los otros policías. Éstos estaban comunicando por celular lo que acababa de suceder a sus superiores y no se percataron que ese que venía hacia ellos no era un compañero. La Dama de Negro pudo haberlos matado desde donde se encontraba, pero no lo hizo, se acercó y cuando los tuvo al lado, recién entonces, apuntó al primero y le voló la cabeza, y al segundo, le pegó una patada voladora que lo tiró contra una de las puertas. Éste intentó desenfundar el arma de la cartuchera y antes de lograrlo La Dama de Negro estaba sobre él pegándole en la cara hasta matarlo a golpes.

 

Después se volvió a devenir ella misma y fue a buscar al que conducía el tren de caudales de TBA. Era un tipo de mediana edad y al verla se sorprendió. Ella no dudó, le ordenó, acelerá, poné el tren a full y no pares hasta Retiro. El tipo, quiso explicar que si hacían eso se iban a cruzar con algún otro tren, chocar y descarrilar. Dale la máxima velocidad que alcance este cacharro. El otro dudó. La Dama de Negro lo obligó a morder con sus muelas el frío odio de su 38, y le preguntó, ¿vas a hacer lo que te ordeno o no? En sus ojos vio miedo y duda. Es una lástima “beiby”, no te iba a hacer nada y gatilló. Los sesos del pobre infeliz salpicaron los vidrios de la cabina del maquinista.

 

La Dama de Negro estudió los comandos y al cabo de un instante puso el tren a volar sobre las vías. Después volvió al vagón y traspasó toda la plata a un solo bolso. Intentó calcular a ojo cuánto habría, suficiente, dictaminó. Y se fue a sentar a un asiento a fumarse un pucho tranquila.

 

Cuando el tren estaba por llegar a Belgrano R., agarró la recaudación, su mochila y fue a una de las puertas. La abrió con una llave que colgaba de un panel que estaba al lado de una de las puertas y se arrojó, achicándose toda sobre sí misma como si fuera un bichito bolita y tomándose la cabeza, a un campito que hay a una o dos cuadras antes de llegar a la estación de Belgrano R. El golpe contra el pasto fue brutal. Rodó y terminó contra un paredón que la detuvo y la hizo rebotar. Así permaneció un par de minutos semi inconsciente.

 

Al volver en sí, como pudo, se levantó. Le dolía todo. Se intentó sacar el polvo y el pasto que tenía por todo el cuerpo y sacó Carilinas. Se las pasó por la cara y éstas quedaron manchadas de sangre. Como no había tiempo que perder, buscó en su mochila el control remoto devenidor. Se fotoshopeó para maquillar un poco el bochorno que era su cara y se hizo devenir ella misma para que nadie notara que estaba toda sucia y rota.

 

Del campito bajó a la calle y caminó paralelo a las vías hasta encontrar la calle Pampa y empezó a subir por ésta rumbo a avenida Cabildo.

 

Necesitaba un Chino Loco para formularle algunas preguntas y un lugar donde guardarse para pensar qué debería hacer ahora.

 

Al llegar a la librería de viejos El Banquete, entró y fue derechito al fondo y encaró a su dueña. Hacía años que compraba libros ahí y ésta le preguntó a La Dama de Negro cómo andaba. Bien, le respondió, he conocido mejores momentos que nunca viví, pero bien. Y le preguntó si tenía un Chino Loco. Un qué... preguntó desconcertada la dueña de El Banquete. Un I-Ching, nena, un I-Ching, ¿tenés? Lo tenía. La Dama de Negro sacó del saco de recaudaciones un puñado de billetes que era mucho más de lo que valía el libro y lo dejó sobre el mostrador. Dijo, “vay vay”, y se marchó, sin esperar respuesta ni que la otra le diera el vuelto. 

 

En la esquina de Ciudad de la Paz se quedó parada, pensando a dónde ir. Entonces recordó que Roberto Petinato tenía sus oficinas por ahí. Ellos se habían hecho grandes amigos en la época en que Petinato se dedicaba a escribir cuentos y tocar música y cagarse de hambre. Por ese entonces Petinato había editado un libro por Ediciones de La Flor y como a La Dama de Negro le había gustado lo incluyó como bibliografía obligatoria en su comisión y lo contactó a Petinato para invitarlo a dar una charla a sus alumnos. Así había comenzado una amistad que ya llevaba largos años.

 

En Cabildo encontró un teléfono público. Llamó. Petinato estaba descansando para ir en un rato al canal para grabar su programa de trasnoche. Le explicó suscintamente su situación y le pidió que la guardara un par de horas en su departamento. Éste, claro, le dio su dirección y cuando La Dama de Negro aventuró un: pero mira que... la dejó hablando sola, le colgó.

    

El edificio quedaba a unas cinco cuadras y cuando llegó a la puerta Petinato estaba esperándola. Le abrió y subieron a su departamento. La Dama de Negro intentó explicarle detalladamente su día, pero Petinato le dijo, ya vi todo por la tele, lo acabo de ver, no están hablando de otra cosa que de vos en todos los programas, nena. Ella buscó un sillón y se desplomó en él. Y Petinato, que había ido a la cocina, volvió con dos whiskys, le pasó uno, y le dijo, linda cagada te mandaste. Ella sólo le pudo sonreír amargamente y con el torso de la mano le acarició el rostro. Gracias, bombón, dijo.

 

Petinato ya se tenía que ir, pero le dejó las llaves de su departamento oficina y le dijo que dispusiera de él, que durante los próximos días no lo pisaría, que se cuidara y que cualquier otra cosa en que la pudiera ayudar no dudara en llamarlo.

 

Cuando se quedó sola, se trajo la botella de whisky a la mesa ratona, prendió la tele –era verdad, todos los canales sólo hablaban de ella— y sacó al Chino Loco. Durante una hora, estuvo haciéndole preguntas, que éste, no vaciló en responder. La pregunta importante, la que nos interesa acá, que le formuló al Chino Loco, contenía solo una palabra: Uma. Y el Chino Loco ésto le respondió:

Éste signo señala el tiempo en el cual todavía no se ha consumado la transición del desorden al orden. La transformación, por cierto, ya está preparada, puesto que todos los trazos del trigrama de arriba guardan relación con los del trigrama de abajo. Pero todavía no se hallan en su sitio. Mientras que el signo anterior se asemeja al otoño que forma la transición del verano al invierno, este signo es como la primavera que, partiendo del período de estacionamiento del invierno, conduce hacia el tiempo fértil del verano. Con esta esperanzada perspectiva concluye el Libro de las Mutaciones.

 

El Dictamen.

 

Antes de la Consumación. Logro.

Pero si al pequeño zorro,

cuando casi ha consumado la travesía,

se le hunde la cola en el agua,

no hay nada que le sea propicio.

 

Las circunstancias son difíciles. La tarea es grande y llena de responsabilidad. Se trata nada menos que de conducir al mundo para sacarlo de la confusión y hacerlo volver al orden. Sin embargo, es una tarea que promete éxito, puesto que hay una meta capaz de reunir las fuerzas divergentes. Sólo que, por el momento, todavía hay que proceder con sigilo y cautela. Es preciso proceder como lo hace un viejo zorro al atravesar el hielo. En la China es proverbial la cautela con que el zorro camina sobre el hielo. Atentamente ausculta el crujido y elige cuidadosamente y con circunspección los puntos más seguros. Un zorro joven que todavía no conoce esa precaución, arremete con audacia, y entonces puede suceder que caiga al agua cuando ya casi la ha atravesado, y se le moje la cola. En tal caso, naturalmente, todo el esfuerzo ha sido en vano.

En forma análoga, en tiempos anteriores a la consumación la reflexión y la cautela constituyen la condición fundamental del éxito.

 

 

La Imagen.

 

El fuego está por encima del agua:

La imagen del estado anterior a la transición.

Así el noble es cauteloso en la discriminación de las cosas,

a fin de que cada una llegue a ocupar su lugar.

 

Cuando el fuego, que de todas maneras puja hacia lo alto, se halla arriba, y el agua, cuyo movimiento es descendente, se halla abajo, sus efectos divergen y quedan sin mutua relación. Si se desea tener un efecto, es necesario investigar en primer lugar cuál es la naturaleza de las fuerzas que deben tomarse en consideración y cuál es el sitio que les corresponde. Cuando a las fuerzas se las hace actuar en el sitio correcto, surtirán el efecto deseado y se alcanzará la consumación. Pero a fin de poder manejar debidamente las fuerzas exteriores, es menester ante todo que uno mismo adopte un punto de vista correcto, pues sólo desde esa mira podrá actuar adecuadamente.

 

 

Se le hunde la cola en el agua.

Humillante.

 

En tiempos de desorden se siente uno tentado a descollar cuanto antes, a fin de realizar algo notable. Pero semejante entusiasmo no conduce más que al fracaso y a la humillación, mientras no haya llegado el momento de actuar. En tales épocas será prudente guardar reserva, para eludir así la afrenta del fracaso.

 

 

En verdadera confianza se bebe vino.

No hay falta en ello. Pero cuando uno se moja la cabeza,

en verdad la perderá.

 

Antes de la consumación, en el umbral de los tiempos nuevos, se junta uno con los suyos, en plena confianza mutua, y deja que transcurra el tiempo de la espera disfrutando de una copa de vino. Puesto que la nueva época ya esta en ciernes y comenzará inmediatamente, no hay falta en ello. Sin embargo, al proceder así, es necesario cuidarse de exceder la justa medida. Si en un exceso de ímpetu travieso se vierte el vino sobre la cabeza, se pierde la situación favorable, por falta de moderación.

Arriba se halla Chen, el hijo mayor, abajo Tui, la hija menor. El hombre toma la delantera, la muchacha le sigue gozosa. Se describe así el ingreso de la muchacha en la casa del hombre. Hay en total cuatro signos que describen las relaciones entre cónyuges. El Nº 31, Hsien, “Influjo omnívoro” describe la atracción que se ejerce recíprocamente en una joven pareja. El Nº 32, Heng, “La duración” describe las condiciones duraderas del matrimonio. El Nº 53, Chien, “La evolución” describe los procesos demorados y ceremoniales al consertarse un matrimonio correcto. El Kuei Mei, “El casamiento de la muchacha” muestra finalmente a un hombre de edad mayor seguido por una joven muchacha que se va a casar con él.

 

 

El Dictamen.

 

La Desposada.

Las empresas traen desventuras.

Nada que fuera propicio.

 

 

Una muchacha recibida en la familia sin ser esposa principal debe conducirse con particular cautela y reserva. No debe intentar por sí sola desplazar al ama, pues esto implicaría desorden y acarrearía condiciones de vida insostenibles.

Lo mismo es válido para toda clase de relaciones libres entre la gente. Mientras que las relaciones legalmente ordenadas evidencian un firme nexo entre deberes y derechos, las relaciones humanas electivas destinadas a perdurar se fundan puramente en una actitud de reserva inspirada en el buen tino.

El principio de tales vínculos por inclinación tiene máxima importancia en todas las relaciones del mundo. Pues de la alianza de Cielo y Tierra procede la existencia de la naturaleza toda, de modo que también entre los hombres la inclinación libre constituye el principio primero y último de la unión.

 

 

La Imagen.

Por encima del lago se halla el trueno:

La imagen de la muchacha que se casa.

Así el noble, por la eternidad del fin

reconoce lo perecedero.

 

El trueno excita las aguas del lago que reverberan a su saga en las olas rutilantes. Es esta la imagen de la muchacha que sigue al hombre de su elección. Empero, toda unión entre humanos encierra el peligro de que subrepticiamente se introduzcan desviaciones que conducen a malos entendidos y desavenencias sin fin. Por lo tanto, es necesario tener siempre presente el fin. Cuando los seres andan a la deriva, se juntan y se vuelven a separar, según lo disponen los azares de cada día. Si, en cambio, apunta uno a un fin duradero, logrará salvar los escollos con que se enfrentan las relaciones más estrechas entre los humanos.

 

 

La muchacha que se casa como concubina.

Un cojo que puede pisar con firmeza.

Las empresas traen ventura.

 

Los príncipes de la antigüedad establecían una firme jerarquía entre las damas del palacio, subordinadas a la reina como suelen estarlo las hermanas menores respecto a la mayor. Procedían éstas con frecuencia de la familia de la reina, y ella misma las conducía hacia su esposo.

Esto significa que una muchacha joven, si de común acuerdo con la esposa ingresa en una familia, no ocupará exteriormente el mismo rango de aquella; modestamente, se mantendrá en segundo plano. Pero sabiendo cómo integrarse en la relación total, adquirirá una posición enteramente satisfactoria, y se sentirá protegida por el amor de su esposo, al que da hijos.

El mismo significado se presenta en las relaciones entre funcionarios. Un príncipe tal vez disponga de un hombre que es su amigo personal y al que brinda su confianza. Este hombre, con buen tino, deberá ocupar un segundo plano a la vera del ministro oficial de Estado. Pero aun cuando, debido a semejante posición, se encuentre impedido como un lisiado, podrá con todo llevar a cabo alguna obra gracias a la bondad de su naturaleza.

 

La mujer sostiene el cesto, pero no hay frutos en él.

El hombre apuñala a la oveja, pero no fluye sangre.

Nada que fuese propicio.

 

Durante el sacrificio ofrendado a los antepasados, a la mujer le correspondía dar los frutos en un cesto, y al hombre degollar personalmente el animal del sacrificio. En ese caso las formalidades se cumplen solo superficialmente. La mujer toma un cesto vacío, el hombre apuñala una oveja ya sacrificada anteriormente, con el sólo fin de guardar las formas. Pero esta actitud frívola, nada devota, no promete dicha alguna en el matrimonio.     

 

Cuando se sentó frente a la computadora, entró en Yahoo y abrió su cuenta. Tenía mil correos de Chicas de Letras y algunos amigos preguntando por ella y cómo poder ayudarla y que acababan de ver todo por la tele. Ella se limitó a chequear algunos y luego escribió un mail. Era breve: Quiero verte. Y escribió la dirección de Uma Thurman y cuando lo iba a mandar, se dio cuanta que ella no respondería o respondería ya tarde. Pensó, entonces, en mandarle un mail explicándole todo, por qué necesitaba verla ya, pero así no tenía sentido nada y cerró su cuenta de Yahoo. 

 

Ya eran las seis de la tarde cuando llamó al jefe de los Pitufo-Bolivianos, a Papá Pitufo. Ahora estaba todo bien con los Pitufo-Bolivianos, durante mucho tiempo no, pero ahora sí. Lo que había sucedido es que éstos habían perdido terreno y se habían transformado en los malos, en el chivo expiatorio, desde que Julio Benito Barreda había articulado una mega alianza entre las más altas esferas del gobierno, La Mafia China, los sojeros y sus Agro Negocios y la gente de Sociales. Y como éstos querían copar Puán y borrar del mapa a los Pitufo-Bolivianos, las Chicas de Letras y los Pitufos habían tenido que aliarse para no sucumbir ante el poder demoledor de esa máquina infernal que había pergeñado Julio Benito Barreda.

 

Lo primero que le dijo Papá Pitufo cuando atendió, fue un largo rosario de insultos. Cuando se cansó de putearla, le informó, dame 48 horas y te armo un plan de fuga y después aunque te busquen no te van a encontrar. ¿Podés aguantar 48 horas?

 

¿Me queda otra, Papá? Sí, claro, creo que puedo, dijo La Dama de Negro.

 

Ok.

 

No, pará. Necesito algo más. Del otro lado de la línea se escuchó un silencio como toda respuesta. Necesito que me localices a Uma Thurman y me la traigas, necesito verla.

 

¡¡¡A quién!!! Pero vos estás reloca. Vos me estas pidiendo que te secuestre a la amante de Julio Benito Barreda, a Uma Thurman, y ni más ni menos que para entregársela a la mujer más buscada de la Argentina hoy. No, nena, estás reloca.

 

No, para, Papá, necesito hablar con ella antes de desaparecer.

 

Y yo necesito muchas cosas y no digo nada... Por ejemplo, ahora, necesitaría que entre por la puerta Pamela David y me interrumpa la charla que estamos manteniendo para decirme, “papi, me muero de ganas de chuparte la pija, si no te chupo la pija ya, me muero”, y yo apartarla fingiendo fastidio y decirle, “no me jodas, nena, ¿no me ves que estoy trabajando?, hacéme un favor, sentáte en ese sillón que está ahí y mientras yo trabajo vos hacéte una paja, pero eso sí, no dejés de mirarme mientras te la hagas, andá, por favor, andá, perra, y por favor no gimas ni emitas sonido alguno porque me vas a distraer y no voy a poder seguir con mi trabajo, ¿entendiste?”. Eso necesitaría yo en este preciso momento, ¿qué me contás, eh?  

 

Mirá, Papá, estuve hablando acá con el hijo de puta del Chino Loco y tengo que verla.

 

Y qué te dijo ese Chino Loco.

 

Giladas, qué me va a decir ese Chino hijo de puta, pero hasta ahora siempre que lo consulté, siempre eh, me cantó las cuarenta...y necesito verla, por favor, “plisss, Fader, plisss”.

 

Esta bien, a dónde te la llevo.

 

Ahora estoy en el depto de Peti pero no me quiero quedar acá porque lo voy a dejar pegado y no quiero. Estoy en Belgrano. ¿En cuánto creés que me la podes conseguir?

 

Supongo que si todo sale bien y solo está custodiada por un par de guardaespaldas, tipo diez de la noche te la entrego con un moñito para regalo.

 

Bien, yo voy a estar a las diez de la noche en el primer piso de la confitería Manhatan.

 

Después arreglaron algunos trámites operativos para las próximas 48 horas y la fuga y colgaron.

 

Hasta las diez de la noche La Dama de Negro ocupó su tiempo en bañarse, perfumarse, fotoshopearse, mandar un mail a Charles Bronson y dormir una pequeña siesta reparadora.

 

A las diez y media de la noche, La Dama de Negro, ya iba por el tercer whisky. Tenía sobre las rodillas su automática, oculta debajo de una servilleta y fumaba como loca. Cuando vio aparecer por el descanso de la escalera que conducía al primer piso de la confitería Manhatan a Uma Thurman del brazo de Charles Bronson. Y detrás de ellos venía El Duende Japonés y La Gorda Derrida, que se ubicaron en una mesa cercana a la escalera desde donde podían controlar todo el movimiento de la parte inferior de la confitería.

 

Charles Bronson y Uma Thurman al llegar a la mesa se detuvieron. La cara de La Dama de Negro se iluminó, y, de repente, los años, los cadáveres, los golpes, la sangre, toda la mierda que estaba tatuada en su cara se desvaneció. Intentó disimular, sin lograrlo, la alegría de ver a Uma Thurman frente a ella y haciendo un ademán con su mano derecha la invitó a sentarse.

 

Charles Bronson le informó a La Dama de Negro que había en la zona ocho Pitufo-Bolivianos monitoreando todo, pero que tenían orden de no intervenir salvo expresa indicación de Papá Pitufo. Que tenía media hora, ni un minuto más, para charlar con Uma Thurman y que después él, con El Duende Japonés y La Gorda Derrida, tenía que entregársela a los Pitufo-Bolivianos y ellos se encargarían del resto. Después se fue a sentar a una mesa que daba a un ventanal desde donde se podía ver toda la avenida Cabildo.

 

Acá seguirían cinco páginas de archivo Word del diálogo que mantuvieron La Dama de Negro y Uma Thurman. Pero como este diálogo es muy íntimo y no tengo ganas de inventar uno apócrifo ni de maquillar el real, que cada cual reponga las palabras que  faltan en las cinco páginas que siguen.