el interpretador aguafuertes

 

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Villa Celina(*) -8-

" El canon de Pachelbel o La chinela de Don Juan"

Juan Diego Incardona

 

 

 

 

1

Esta es la historia apretada, al tallo, de las flores silvestres que crecían entre las baldosas y el cordón de la vereda en la esquina de “Las dos villas”, sobre Chilavert y Rivera; ésta es la historia interpretada, una versión de sonidos mezclados, de los músicos de la Sociedad de Fomento en la “Noche de cuerdas”; ésta es, los sábados, la historia empujada, a la pared, de los puestitos de la feria sobre la calle Martín Ugarte, cuyos carteles escritos con tiza anunciaban los precios populares; ésta es, murgón, señora, señor, qué murga, ¿vio?, la historia bailada, a la lluvia, de los pasistas y las chicas emplumadas de La Matanza; ésta es la historia, en fin, desmenuzada entre los dedos como si fuera la preparación de una masa, una que bien podría ser agarrada por ustedes, aunque no sepan nada de mí ni hayan leído los relatos de Juan Incardona acerca de este barrio, exagerados pero en gran parte verdaderos, asunto que en realidad no importa, al menos no para mí, Huck Finn del Riachuelo, porque díganme quién no ha mentido alguna vez; ésta es, ojo de la mirilla, la historia de una tormenta en carnaval y un concierto de verano, días que se empujan en desorden o que son arrastrados por la zanja hacia la General Paz y sólo hasta allí, para que las anécdotas no se escapen del Conurbano Bonaerense; ésta es —escuchamos al mundo sentados en el techo—, de los techos, la historia recitada a la chinela de don Juan, mi papá, rey de las roscas para la industria del plástico, donyoanino en la tormenta para los vecinos, que vuelve a casa con un pie descalzo.

—¡La chinela! ¡La chinela! –Había gritado mi madre.

La chinela se iba como un barquito rápido en dirección a la General Paz. Recordar su imagen flotando es graciosa, pero en ese momento, por el vendaval, por los rayos, teníamos miedo. La calle parecía un río. “Dejala”, le pedimos, porque era peligroso.

Hay que volver atrás. Era sábado y habíamos ido al corso de Tapiales con mi mamá, mis hermanas y la familia de Rosa.

Las formaciones desfilaban al compás de los bombos de las unidades básicas y los redoblantes de las bandas de rock; los pasistas ensayaban coreografías improvisadas y los faroles alargaban sus sombras hasta las banquinas de pasto, donde perros devotos ladraban al cielo; la gente traspasaba por la excitación los límites apenas demarcados; los chicos de la Villa Lucero, de la 2 de abril, de Las Achiras, organizados en pandillas, se atacaban entre ellos con ferocidad y aún a la gente mayor que los retaba, en vano, porque apenas se alejaban, enseguida volvían, desobedientes, a cobrarse venganza y levantar de nuevo la violencia, como si fueran tribus de naciones salvajes, comandados por reyes sanguinarios, armados con bombitas de agua y espuma, implacables en su avance, moviendo las manos frenéticamente y acaso galopando sobre sus mal alimentadas piernitas, escupiendo y gritando, pateando tachos y cualquier cosa que se cruzara en su camino, alborotando la fiesta en competencia con el desfile emplumado de la calle, pobres pero poderosos, terror de los vecinos reunidos que acá, allá, eran desbaratados por las corridas.

Mientras las lonas pintadas de Viva Perón se contraían y expandían rítmicamente por los golpes de los murgueros, comenzaron a oírse los primeros truenos de la tormenta, quizás una comparsa apocalíptica que respondía al llamado rabioso del carnaval argentino, y las primeras gotas cayeron sobre la calle Boulogne Sur Mer.

Miren el desbande en el barro. Allá se van en todas direcciones. Antes los vimos torturados en los galpones de Camino de Cintura, fusilados en los potreros atrás del Mercado Central, enterrados con la basura que descargan los camiones más allá de La Chacra de Los Tapiales. Es el cardo lo que crece en las comisarías de Madero; es el olor de la orina lo que corre en el Matanza. Miren allá dónde le salió la viuda al gomero; las hormigas de colores voladas en las hojas, por la calle muerta que está llena de autos quemados, van y vienen por los barrios bustos que el tiempo borró sus caras; la calle muerta está llena de turcos quemados como San Emilio. Los que se ahogaban en el río empujados por los gendarmes, tarareando aires que los perros del campito todavía tragan, de esa carne hinchada se levantarán con el calor, vaciarán las villas y llenarán camiones los punteros, para saquear supermercados en diciembre. Cabecita negra de la Virgen de Luján, entre balas perdidas yo no soy más que un chico de la mano del carnaval, que me llamen volador si sé volar, si sé pelear que me llamen hijo.

Nos refugiamos en la parada del 298, que por suerte vino rápido, antes de que se desatara el agua fuerte de la tormenta. La peor parte empezó en el transcurso del viaje. Las callecitas, paulatinamente, se convirtieron en arroyos, después en ríos, y el colectivo tuvo que avanzar muy despacio, hundido y por momentos balanceado por las olas que él mismo producía y que rebotaban contra nosotros desde las paredes de las casas. Pero milagrosamente llegamos.

En la parada, que quedaba a dos cuadras de nuestra casa, nos esperaba mi papá. Bajamos y caminamos con cuidado, porque el agua nos tapaba hasta las rodillas. Cuando alcanzamos la esquina de Ugarte y Giribone, nos encontramos con una situación todavía más complicada: la correntada aumentaba y arrastraba toda clase de cosas. Mi hermana María Laura tuvo miedo y empezó a gritar. Algunos vecinos se asomaron por la ventana.

—¡Cuidado donyoanino!
—¡Vaya por la izquierda que parece más bajo!

Don Jesús, marido de Rosa, salió para ayudar. Se paró en la vereda de enfrente para recibirnos. Mi viejo empezó con los viajes. Iba y venía, vadeando los rápidos de Ugarte. Primero María Laura; después María Cecilia, mi otra hermana; después nos acompañó a mi mamá, a Rosa y a mí. Cruzamos todos agarrados de las manos, despacito, a la altura del almacén de Juanita.

—¡Mamma mia! ¡Che notte espaventosa! ¡Che acqua terribile!

Llovía a cántaros. En las ventanas de las casas los espectadores seguían nuestro cruce con atención.

—¡La chinela! ¡La chinela!
—¡Dejala!

Por suerte pudimos llegar. Saludamos a los vecinos desde lejos y les hicimos señas con los pulgares arriba, para que se quedaran tranquilos. Entramos a la casa.

—¿Qué pasó con la chinela? —preguntó María Cecilia.
—Tu padre perdió una chinela —le contestó mi vieja—. ¡Qué lástima!, las compramos la semana pasada.
—Bueno, lo importante es que estamos todos bien.
—¿Qué pasó con la chinela? —preguntó María Laura.

 

2

Hacía dos o tres meses que en la Sociedad de Fomento ensayaba una orquesta de música clásica. Me enteré porque Eduardo, un amigo mío, participaba tocando el chelo. ¿Música clásica en Villa Celina? El proyecto era un verdadero experimento, tratándose de un barrio donde sonaba permanentemente el rock and roll y la cumbia, a veces algo de tango o folklore.

Una semana después de la gran tormenta aún quedaban árboles caídos y hasta algunos postes de luz sobre las calles. Sin embargo, en Chilavert y Rivera estaba todo preparado para que se lleve a cabo, como el año anterior, la “Noche de cuerdas”, un recital al aire libre donde desfilarían las más variadas agrupaciones musicales, desde bandas como Viejas Locas, Callejeros o Villanos hasta el coro de niños cantores de la escuela 137. También estaban invitados varios conjuntos cumbieros del Copacabana, boliche argentino-boliviano de la calle San Pedrito, una orquesta de tango de Lugano y un conjunto de chamamé. La noche la cerraría la orquesta de la Sociedad de Fomento, que tocaría por primera vez en público. Harían un solo tema, el único que tenían ensayado, según me contó Eduardo.

Edu, como le llamábamos en la esquina de Giribone y Barros Pasos, viajaba prácticamente todos los días en el 56 hasta el anexo de Caballito del conservatorio Manuel de Falla. Era uno más entre la innumerable cantidad de pibes que se dedicaba a la música en el barrio, donde había de todo: guitarristas, bajistas, bateristas, pianistas, etc. Pero que hubiera un chelista y una orquesta clásica realmente era una novedad.

Estábamos ansiosos. No veíamos la hora de que por fin llegara el festival. Durante la semana se había hecho mucha propaganda a través de la camioneta de la Municipalidad, que llevaba un parlante atado al techo.

—¡Faltan tres días para la Noche de cuerdas! ¡No se lo pierda! ¡Los mejores músicos de la zona tocarán gratis en la esquina de Chilavert y Rivera! ¡Auspician Farmacia Álvarez, Heladería Zazá, Supermercado Don Pepe...

El día del concierto, los vecinos que vivían cerca de casa, convocados por la Pichi y la hermana del Chino, se encontrarían en la esquina de Giribone para ir todos juntos. Media hora antes, ya había más de veinte personas, sobre todo chicos, esperando impacientes. A las ocho de la noche, se había armado una columna multitudinaria.

Empezamos a marchar por Giribone y después doblamos en la primera hacia la izquierda: Chilavert derecho hasta las Dos Villas. La mayoría ya se había enterado de la odisea que pasamos el día de la tormenta. Nos preguntaban si estábamos bien. Mi vieja les contaba a todos de la chinela de papá y cada vez que lo hacía la gente se moría de risa, no sólo por la anécdota, sino por la manera particular que tiene ella de contar las cosas.

En el camino confluimos con otros grupos, aunque no tan grandes como el nuestro, que también iban para allá. El barrio estaba revolucionado y la noche era preciosa.

Con los pibes empezamos a cantar: “¡Mandarina, mandarina, mandarina, mandarinaaaa, si no sale de su casa no vive en Villa Celina!

El cantito no hacía falta: todo el mundo estaba en la calle.

Llegamos y... “¡La noche de cuerdas se abre a puro tango!”, anunció el presentador.

El grupo de Ugarte y Giribone copó la esquina del club Riachuelo. Allí bailaríamos hasta el agotamiento. Primero la tinta roja en el gris, después un picaflor de amor nos gustaba más, antes un pájaro que vuela en la noche lo hizo sobre la multitud, al rato trepamos todos en el árbol de la vida, y como ninguna fruta estaba prohibida, tarareamos una a una las canciones sin importarnos su género, coronando a cada rato los discursos del cantante de turno con toda clase de exclamaciones de agradecimiento, un rosario de aplausos el sudoeste que ahora atravesaba la General Paz para oírse en Lugano, en Piedrabuena, en Mataderos, y vaya uno a saber adónde terminaba Celina aquella noche.

Los cuerpos comenzaban a sentir el cansancio. Pero nadie se iba, aunque muchos decidieron sentarse en el suelo.

—¡Calentitos los panchos y fría la gaseosa!
—Damas y Caballeros, para cerrar esta noche fantástica tengo el gusto de presentar a la Orquesta Clásica de Villa Celina, que hoy hará su debut ante todos ustedes. ¡Por favor, un fuerte aplauso para ellos!

Primero, fue el ruido de las palmas; después, los acordes se sucedieron en un desfasaje sincronizado, en una extraña contradicción de sonidos preciosos. Una bestia invisible conectó nuestras cabezas al aire y nos inyectó ondas eléctricas.

En el escenario, los músicos de la Sociedad de Fomento se confabularon detrás de una cortina vaporosa y de a poco se convirtieron en detalles sin importancia, en fantasmas, porque la realidad era solamente música, oída por un personaje dotado de mil orejas, rendido a la belleza.

En un momento, la melodía entró en una especie de letargo y apenas podía escucharse, hasta que, finalmente, la música terminó. Ahora llegaba el eco.

Supongo que los músicos esperaban el aplauso, pero ese amontonamiento de bocas era una boca muda, ese ejército de manos era una mano paralizada. El presentador no aparecía. El tiempo pasaba y la tensión iba en aumento, hasta que, de pronto, una voz se alzó en el medio de la gente:

—La chinela. La chinela.

A los gritos:

—¡La chinela! ¡La chinela!

Todos se dieron vuelta. Mi madre, eufórica, le señalaba un auto a mi papá.

—¡Ahí abajo! ¡Al lado de la rueda!

El grupo de Ugarte y Giribone empezaba a entender. Mi papá fue hasta el auto estacionado, se agachó y metió la mano. La gente se acercaba hasta nosotros.

—¿Qué pasa?

Mi viejo se puso otra vez de pie, ante la expectativa general, y levantando los brazos les mostraba a todos, agitada como un pañuelo, la chinela de la tormenta.

—¡La chinela! ¡La chinela! —repetíamos los de Ugarte, y empezamos a aplaudir y a gritar, y de este modo el aplauso se generalizó en las cuatro esquinas.

Los músicos agradecieron, levantando los instrumentos. Nosotros alzamos a mi viejo y lo llevamos en andas. La chinela agitada una y otra vez contra la negrura de la noche me resultaba una especie de animal inquieto, que acaso trataba de desatarse de su cadena, o un pájaro que quería batir alas nuevamente, o un pez que estaba a punto de ser devuelto al mar.

—¡Otra! ¡Otra! —pedía la gente a los músicos de la orquesta.

 

 

Dedicado a Juan Incardona, mi papá.

Febrero 2006

 

 

(*)Villa Celina se encuentra en el sudoeste del Conurbano Bonaerense, en el partido de La Matanza. Aislada entre las avenidas General Paz y Richieri, tiene ritmo pueblerino y aspecto fantasmagórico. Barrio peronista como toda La Matanza, su vida social gira en torno a los clubes, la Sociedad de Fomento, la Parroquia Sagrado Corazón y las escuelas del estado. Debe su nombre a Doña Celina, señora que poseía gran parte de los terrenos que hoy conforman el barrio. A mediados del siglo XX, Villa Celina fue poblada por españoles e inmigrantes del sur de Italia, como mis abuelos José y Lucía, Juanita, la almacenera, o Antoña, su cuñada. Las primeras casas fueron construidas por los mismos inmigrantes, edificaciones generalmente bajas, con fachadas provistas de una puerta y dos ventanas, una en la pared exterior sobre la vereda, otra dentro del habitual porche. Con el tiempo, se construyeron barrios de monoblocks obreros o militares en sus zonas periféricas, como el Barrio General Paz, el Barrio Richieri, los edificios Estrellas o los bajitos de tres pisos que están cerca del Mercado Central, fondo mítico donde aún se conserva La Chacra de los Tapiales, construcción colonial declarada Monumento Histórico Nacional en 1942. En las últimas dos décadas, el barrio recibió grandes oleadas de personas de origen boliviano, lo que ha generado que un sector de Celina sea denominado “Pequeña Cochabamba”. En su centro geográfico, frente a la escuela 137, se encuentra el famoso Tanque de Celina, de estructura tubular y bastante alto, con escalera caracol en su interior. Desde sus elevadas tejas se domina toda la zona y hasta pueden verse otros barrios que pertenecen a Celina, como el Barrio Urquiza, Las Achiras y el Barrio Sarmiento, además de los vecinos Madero, Tapiales y Lugano. En mi infancia y adolescencia, durante la década del 70 y el 80, aún perduraban grandes extensiones de campo y potreros (hoy esos terrenos prácticamente han desaparecido) que propiciaban la aventura y el juego infantil en toda su dimensión. Quienes crecimos en Celina, hemos jugado en el campito hasta la oscuridad total y las nubes de mosquitos en la cabeza. Sus jóvenes frecuentan las esquinas, siempre con botellas de cerveza Quilmes en la mano y marihuana, a veces con una guitarra, a veces con una pelota de fútbol para el partido nocturno sobre la calle. Es un barrio de fierreros (hay uno o dos talleres mecánicos por cuadra) y de músicos. Tango y rock and roll siempre presentes, ahora también cumbia. Sus bandas siempre fueron numerosas, algunas conocidas como Viejas Locas (Piedrabuena y Celina), Callejeros y Villanos. En sus noches se percibe una fina niebla, iluminada parcialmente por los viejos faroles del alumbrado, se escuchan ladridos de perros (que abundan), tiros lejanos y muy cercanos, y una especie de rumor difícil de clasificar que interrumpe frecuentemente el diálogo en las veredas, quizás una especie de pasado, un sonido de pasado, un gol de Tino en el campito mezclado con la risa de los pibes del grupo “Perseverancia” y las puteadas de Carlitos el borracho.

 

 

 
 
el interpretador acerca del autor
 
               

Juan Diego Incardona

Villa Celina, 1971.

Publicaciones en el interpretador:

Número 2: mayo 2004 - Eyeston (narrativa)

Número 3: junio 2004 - Super Dios (narrativa)

Número 4: julio 2004 - Maldita Ley Interpretación acerca del artículo 194 del Código Penal en relación a los cortes de ruta y la criminalización de la protesta en Argentina (ensayo en colaboración con María Cecilia Incardona)

Número 4: julio 2004 - La voz de la señora Chamberlain (narrativa)

Número 5: agosto 2004 - El estanque de agua inmutable (narrativa)

Número 5: agosto 2004 - Beth o La lucha por la casa Acerca de La furia y otros cuentos (1959) de Silvina Ocampo (ensayo)

Número 6: septiembre 2004 - Bartleby, el oxímoron Ensayo sobre Bartleby, el escribiente (1856) de Herman Melville.

Número 6: septiembre 2004 - Canción para muertos (narrativa)

Número 7: octubre 2004 - Internet (narrativa)

Número 9: diciembre 2004 - Ampere -1- (narrativa)

Número 10: enero 2005 - Ampere -2- (narrativa)

Número 11: febrero 2005 - Ampere -3- (narrativa)

Número 12: marzo 2005 - Ampere -4- (narrativa)

Número 13: abril 2005 - Ampere -5- (narrativa)

Número 14: mayo 2005 - Ampere -6- (narrativa)

Número 15: junio 2005 - Villa Celina -1-: "Los reyes magos peronistas" (aguafuertes)

Número 15: junio 2005 - Ampere -7- (narrativa)

Número 16: julio 2005 - Ampere -8- (narrativa)

Número 17: agosto 2005 - Villa Celina -2-: "El hombre gato" (aguafuertes)

Número 17: agosto 2005 - Ampere -9- (narrativa)

Número 18: septiembre 2005 - Ampere -10- (narrativa)

Número 18: septiembre 2005 - Villa Celina -3-: "El ahorcado" (aguafuertes)

Número 19: octubre 2005 - La gargantilla (aguafuertes)

Número 19: octubre 2005 - Ampere -11- (narrativa)

Número 20: noviembre 2005 - La música rota (narrativa)

Número 20: noviembre 2005- Villa Celina -4-: "El hijo de la maestra" (aguafuertes)

Número 21: diciembre 2005- Villa Celina -5-: "El ataque a Villa Celina" (aguafuertes)

Número 22: enero 2006- Villa Celina -6-: "El malasuerte" (aguafuertes)

Número 23: febrero 2006- "Electrofilia" (narrativa)

Número 23: febrero 2006- Villa Celina -7-: "Bichitos colorados" (aguafuertes)

 
   
   
 
 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Foto del Tanque de Villa Celina.