No
pensé que podría hacerlo; sé que no es complicado
hacerme hervir la sangre, pero ¿hablar de asesinato? Matar a
Juan Carlos Persinni(1) fue casi un acto de justicia, una forma de enmudecer
tantos susurros que me impulsaban a hacerlo, una forma de apartarlo
de mi territorio.
Mi
esposa(2) trabaja por la noche en un hospital, por eso no duerme conmigo.
Yo soy escritor y empleo todo el día en la escritura: escribo
cuentos, poemas, ensayos. Trabajo en mi habitación, un pequeño
cubículo con piso de parquet y paredes algo desgastadas por los
años: allí cuento con mi cama, que me sirve de refugio,
de capullo, cuando solo necesito escuchar mi conciencia; mi escritorio,
donde trabajo, y en el cual descansan mis historias, mis papeles vacíos,
un lapicero que guarda unos pocos lápices, un abrecartas de bronce
y algunas lapiceras. Allí, mi dulce esposa me acerca papel cuando
éste está por agotarse, trae mi comida cuando es la hora,
recambia las sábanas de nuestra cama. Paula sabe tanto de mí(3)
que conoce el momento justo en que comienza a darme esa migraña
aguda que me azota luego de unas horas de trabajo, sabe en qué
momento acudir con aquellas pastillitas sanadoras, cuando las historias
que narro comienzan a superarme, a querer salir y transgredir las barreras
del papel, haciéndome estallar la cabeza. En ocasiones le pido
que se quede un momento a mi lado; ella se sienta por algunos segundos
y luego me deja solo, diciéndome lo mucho que queda por hacer,
y se aleja, abandonándome junto a mis escritos.
En
aquel momento estaba escribiendo un cuento en el que un hombre, asediado
por la locura, es internado en un hospital psiquiátrico. Allí
conoce a su enfermera, y se enamora de ella perdidamente, pero ella
está casada con uno de los psiquiatras que trabaja en el hospital,
y el protagonista de mi cuento no puede soportar verlos juntos. Como
suele pasarme luego de unas horas de trabajo, un agudísimo dolor
de cabeza se apodera de mí, pero aquella vez fue tan intenso
que Paula insistió, a pesar de mi negativa, en llamar al médico.
En unos instantes el doctor Juan Carlos Persinni se presentó
en mi habitación; jamás lo había visto en mi vida(4);
y me encontró en la cama, invadido de dolor, desbordado, gritando
desesperadamente junto a mi esposa, que trataba de calmarme. Paula le
informó que me había dado mi medicación habitual,
como siempre lo hace, pero esta vez no había sido suficiente.
Entonces, el doctor Persinni se hizo cargo de la situación: se
puso sobre mí para intentar calmarme y detener mis bruscos movimientos,
luego, asistido por Paula, tomó con fuerza mi brazo derecho y
me aplicó un calmante inyectable. Paula y Juan Carlos se quedaron
junto a la cama, esperando a que lentamente haga efecto la medicación.
Yo fui calmándome hasta quedar inmóvil, como si estuviese
ensayando un simulacro de mi muerte. Entonces los vi: el doctor Persinni
tomó a mi esposa(5) del brazo y la apartó de la cama,
quizá porque pensó que yo, en mi estado, no podía
darme cuenta de lo que pasaba, pero no era así, yo estaba conciente,
no podía moverme, no podía hablar, pero nada me impedía
comprender lo que pasaba a mi alrededor. De todas formas en ese momento
no imaginé las intensiones de Juan Carlos, no se me había
ocurrido pensar que el doctor quería arrebatarme a mi esposa(6);
solo imaginé que lo hacía para darle consuelo, ya que
Paula estaba muy nerviosa por la situación que acababa de vivir.
Hablaron un momento y el doctor Persinni la tomaba con ambas manos casi
a la altura de los hombros, acariciándola hacia arriba y hacia
abajo, luego se abrazaron un momento; en ese instante hubiese querido
poder saltar de la cama y moler a palos a Juan Carlos, pero por más
que lo intenté fue inútil, la droga que me había
aplicado el doctor me dejó inerte. El abrazo duró unos
segundos, luego ambos salieron de mi habitación, dejándome
yacente en mi cama, de la que fui incapaz de levantarme hasta el día
siguiente.
Cuando
me hallé libre del efecto de la droga que me había aplicado
el doctor, comencé a pensar en la forma de deshacerme de Juan
Carlos: primero consideré la posibilidad de sugerirle a Paula
que de allí en más me atendiese otro médico, pero
inmediatamente llegué a la conclusión de que mi esposa(7)
pondría en duda las razones de tal reacción. No menos
sospechoso sería el hecho de que me negase rotundamente a tener
asistencia médica en el momento en que sufra algún arrebato
de dolor semejante al que me tocó sobrellevar el día anterior;
de todas formas estaría imposibilitado para hacerlo. Sin llegar
a ninguna conclusión abandoné aquellos pensamientos para
dedicarme a la escritura.
Me
senté en mi escritorio y continué con mi cuento. El personaje
principal toma la decisión de matar al esposo de su enfermera,
y para ello necesita un plan. Él sabe que quiere asesinarlo,
pero no sabe cómo hacerlo. Paula entró a la habitación
trayéndome un vaso de agua y mi píldora diaria; justo
a tiempo, ya había comenzado aquel dolor de cabeza. Tomé
la pastilla, y tratando de que mi esposa(8) no sospechase nada, le pregunté
acerca del doctor Persinni. Ella me contestó que era un excelente
médico, y me preguntó si necesitaba que lo llamase. Inmediatamente
me negué, pero de todas formas, sospechaba que ella ya lo había
hecho. Cuando Paula salió de la habitación, casi pude
sentir la presencia de Juan Carlos; imaginé que ella lo había
llamado, o que él había venido sin invitación(9),
tal vez con la excusa de preguntar acerca de mi estado. Sea por lo que
fuere, yo sentía su presencia, y en el momento en que Paula abandonó
mi habitación, me acerqué hasta la puerta y me asomé
por la mirilla: los vi a ambos frente a frente, ella con esa expresión
en la cara que denota el comienzo del llanto, él, contemplándola
con una mirada benevolente y compasiva, como las que dan los comensales
de un velorio a las personas en desgracia. Se estrecharon luego en un
abrazo, mientras él le susurraba unas palabras en el oído,
las cuales provocaban en Paula una leve sonrisa, pero sin borrar la
congoja de su rostro; hasta que, finalmente, vi cómo sus miradas
volvieron a encontrarse, para concluir la escena besándose. Ya
no cabía ninguna duda, Paula me engañaba, y lo hacía
en mi propia casa, delante de mis narices(10).
En
ese momento la impotencia se apoderó de mí, casi como
cuando Persinni me aplicó el calmante, fui incapaz de abrir la
puerta y sorprenderlos(11). Pero en cambio, un millón de voces
me sugirieron hasta ensordecerme una solución que acabaría
con el problema: asesinar a Juan Carlos Persinni.
Mi
personaje hila en su mente un plan para matar al esposo de su enfermera:
un ataque de ira desenfrenada, un desborde de locura que atare a la
mujer de su deseo, que ante la imposibilidad de amedrentar tal efusión
de furia, llama al médico, a la víctima, el cual es asesinado
allí mismo por su propio paciente. Paula entró en mi habitación
y me encontró convulsionando en la cama, arrancándome
desgarradores gritos que debieron escucharse en todo el barrio. Cuando
se acercó hasta mí salté de la cama hacia el suelo,
sin dejar de gritar, y comencé a correr por todo el espacio de
la habitación, golpeando y derribando todo lo que en mi carrera
encontraba: algunas sillas que quedaron volteadas en el suelo, los papeles
de mi escritorio, el lapicero, que cayó junto a la cama y mis
zapatos, que despegaron por el aire, para culminar su vuelo al golpear
contra la puerta. Ante la imposibilidad de controlarme, Paula corrió
en busca de Juan Carlos, quien raudamente se hizo presente—demasiado
rápido, a mi parecer. ¿Se encontraría cerca de
casa?(12). Quizá antes de recibir el llamado de mi esposa ya
se encaminaba hacia aquí, buscando, tal vez, concretar otra aventura
con Paula.-- Persinni, asistido por mi esposa, intentó sujetarme
de la cintura, mientras yo luchaba con mis brazos por liberarme, y mientras
lo hacía, golpeé a Paula, por lo que el doctor Persinni
le ordenó que abandonase la habitación. En su segundo
intento por detener mi erupción de locura, Juan Carlos alcanzó
a tomarme por la espalda, inmovilizando mis brazos con los suyos, y
así, entre gritos y patadas, me arrastró hasta la cama.
Allí me detuvo hasta que mostré algunos signos de calma,
entonces procedió a aplicarme un calmante inyectable, y luego
se alejó de la cama, levantó una silla que había
quedado tirada y se sentó a descansar, dejando caer su cabeza
sobre mi escritorio. Antes de que los efectos del calmante me impidiesen
movilizarme deslicé mi mano, tomé del suelo el abrecartas
que había tirado en el piso durante mi desquiciada carrera por
la habitación y lo oculté entre mi ropa. Tratando de no
hacer ruido, y haciendo un gran esfuerzo para mantenerme en pie, me
levanté de la cama, caminé hasta donde estaba el doctor
Persinni y atravesé su espalda con el abrecartas de bronce.
De
esta forma lo hice. Luego me senté junto a mi escritorio y comencé
a escribir mi confesión, a narrar la forma en que asesiné
al doctor Juan Carlos Persinni(13).
Pablo
Nicotera
Notas
(1)Esto no es completamente cierto, diría, para ser fiel a los
hechos, que este dato es impreciso.
(2)Más
que impreciso, este dato es falso, más bien imaginativo.
(3)Esto
se debe a su trabajo, pienso que en esta situación dos personas
pueden llegar a saber mucho acerca de la otra persona, como si conociesen
de toda la vida.
(4)Porque
hacía muy poco tiempo que trabajaba allí.
(5)Mi
esposa.
(6)Es
muy difícil decir si un hecho es verdadero o falso. Si quien
lo afirma cree que lo que dice es la pura verdad ¿puede considerarse
falso de todas formas?
(7)Puede
ser un hecho imaginativo, pero definitivamente no es falso. Pienso que
si una persona cree decir la verdad, no puede decirse que lo que afirma
es falso.
(8)Por
supuesto, si alguien cree decir la verdad, no miente.
(9)No
necesitaba invitación.
(10)Este
hecho, al igual que los anteriores, carece de veracidad fáctica,
pero no de veracidad imaginativa, por lo tanto, no se trata de una mentira.
(11)De
todas formas no podría haberlo hecho, ya que estaba cerrada con
llave.
(12)Trabajaba
allí, por eso estaba cerca.
(13)Este
es otro hecho que responde a la veracidad imaginativa. Luego de ordenarle
a Paula que abandone la habitación del hospital, sujeté
a mi paciente, lo conduje hasta su cama, donde le apliqué hadopidol
inyectable, y, acto seguido, me senté a descansar. En un descuido
de mi parte, me sorprendió por la espalda clavándome el
abrecartas, creyendo que había terminado conmigo. Yo simulé
mi muerte para que no intentara darme más puñaladas en
la espalda y me dejé caer al suelo, pero al ver que él
se dirigió hacia el escritorio y comenzó a escribir, me
di cuenta del peligro que corría mi esposa trabajando aquí,
junto a este paciente, entonces, lentamente y con cuidado, me arranqué
el abrecartas de la espalda, y al ver que él había terminado
de escribir y ya el calmante comenzaba a surtir efecto, debo confesarlo,
lo apuñalé sobre su escritorio.