el interpretador narrativa

 

Sebi el niño esclavo

Inés de Mendonça

 

 

 

 

Comíamos carne con verduras, al horno, con ese juguito que parece mezcla de grasa y baba de chauchas. Mamá la hacía siempre así: asquerosa.

Parecía cruda, o hervida, que es como lo mismo pero al revés. Horrible. Comíamos, digo, por decir, porque estábamos ahí en la mesa mirando la puerta de atrás de la casa, abierta a medias y con el mosquitero corrido.
Mirábamos como hipnotizados, ya cansados de lo que habíamos comido durante toda la mañana. La panza hinchada hasta el cuello, sin poder movernos. Era domingo. El día de las tortafritas de once a una y de escuchar tangos a todo volumen para despertarnos mejor.

Atrás de la puerta estaba el patio, que bajaba como de costado, inclinándose más del lado izquierdo que del derecho. Más allá del patio estaba la casita de las cosas. En ese lugar guardábamos todo lo que tenía utilidad sin servir especialmente para nada. Unas tijeras de podar que mi papá no usaba nunca, los patines rotos de Lolo, las chinches que habían sido parte de un trabajo mío del colegio, la plancha de la abuela -la de carbón- y más que nada revistas acumuladas por mi tío durante años. El tío era raro cuando estaba vivo.

Un poco después de la casita estaba el gallinero. Teníamos pocas gallinas pero servían para comerse los huevos y cada tanto alguna horneada también.

En mi casa, increíblemente, no se comían asados.

Mirábamos la puerta entreabierta porque había sombras, en el patio, a esa hora, y era más fácil no comer si estábamos ocupados.
Era así: mamá quería que comiésemos porque nos hacía bien, pero sabía que estábamos rechonchos de grasa y dulce, y que no iba a lograr que probáramos bocado. Después de media hora se terminaba todo y ella se llevaba esa carne hilachosa y fría. Todo era tranquilo desde ese momento. No más peleas, no más gritos, no más tangos. Una tarde completa para tirarnos en el pasto mientras ellos dormían.

No jugábamos mucho. Los de al lado sí, pero nosotros nos habíamos acostumbrado a esperar a que se hicieran las siete para escuchar la radio y, hasta ese momento, no lográbamos ponerle voluntad a nada. Nos aburría jugar en el patio porque nos quedaba chico. Lo único que podía llegar a interesarnos era ir al fondo e investigar. Leer las revistas, ordenar las herramientas de metal y las maderas. Y, claro, de vez en cuando, hacerle visitas a las gallinas.

Ese día, al salir al patio, sin hablar y con ganas de internarnos en el refugio, vimos a Sebi.

Sebi era bueno, pero era mudo.

Quisimos querer a Sebi, pero no pudimos. Lo habían traído los de al lado.
Era un primo. Un primo lindo, con rulos rubios, cara de bueno, actitud de bueno, buen Sebi. Pero aburrido. Lo vimos a través de la parecita de ladrillos, los chicos esos estaban jugando sin parar, nosotros: en estado perfecto para no hacer nada. Lolo, muy impaciente, intentó escapar pero ya nos habían ojeado. Nos llamaron y tuvimos que ir.

Saltamos la pared y se hizo evidente que les daríamos cabida en la casita. Finalmente íbamos a jugar con ellos después de tanto tiempo.
Saltamos otra vez pero para nuestro lado y el sol estaba en su punto justo. No dijimos nada, aunque sabíamos qué hacer. Primero fuimos de tour con las revistas. Los nenes se reían mucho. Sebi no. Le mostrábamos imágenes de autos de carrera y asentía. Le mostrábamos tejidos al crochet y asentía. Le mostrábamos tapas de moda con chicas en ropa interior y asentía. Tendría doce años. Ellos menos y gritaban con cada una de las fotos. Le mostramos una de animales y Sebi se puso a señalar. Era el momento. Los llevamos al gallinero.

No hicimos nada de lo que solíamos. Simplemente entramos y atamos a Sebi, mientras los otros seguían en su cotorreo. Comenzamos a cantar, era uno de los tangos que había puesto papá en el equipo a la mañana. Cantábamos lento y Sebi no se reía. Estaba quieto, sin expresión. Le pedimos que pestañease y lo hizo. Le pedimos que moviese los dedos y lo hizo. Le pedimos que girase y no lo hizo porque estaba demasiado agarrado con nuestras sogas.

Dijeron que había venido por todo el verano. Eso era malo para él.
A partir de ese día lo atamos bastante más. Y combinamos con lo de las gallinas. Los más chiquitos se reían y lloraban, pero nos lo traían una y otra vez. Siempre a la siesta. Dejamos de prestarle atención a la radio y volvimos a comer. Fueron cuatro domingos de sol. Era nuestro juguete.

Hicimos experimentos. Nos gustaba combinar “cosas” de la casita con “cosas” de las gallinas. Ponerles chinches en el piso. Acercarles el gato hasta que se pusieran como locas. Pincharlas. Atarlas con las soguitas de la ropa y darles vuelta como trompos. Encender mínimas fogatas con palos y hojas en el piso, y oírlas aletear desesperadas. También obligar a Sebi a mirar o a comer o a moverse. Después del primer mes ya no necesitábamos atarlo, respondía a una mirada, y eso era mejor, porque podíamos pedirle cosas dentro del radio completo de la casa. Traía jugos y traía el diario. Se reía a pedido y hasta saltaba la parecita de ida y de vuelta más de seis veces seguidas.

Lolo se fue, ese año, a vivir con su otra mamá. A Córdoba. Yo me quedé solo, sin hermano y sin esclavo. Y fue uno de los inviernos más tristes de mi vida.


Inés de Mendonça

 

 
 
el interpretador acerca del autor
 
             

Inés de Mendonça

Nació en Buenos Aires en 1978. Estudia Letras en la UBA.
(Hace mucho!) Intenta con la poesía y la narrativa mientras flota en los
pasillos de diversas oficinas, robando horas de computadora y tinta
gratuitas.

Fueron publicados algunos de sus poemas en ARDE FILO, revista de
estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras en 1998, y "Miro una serie de patos" en la antología de poesías ganadoras del concurso "Poesía en el Subte" editado por La Nación.

Publicaciones en el interpretador:

Número 5: agosto 2004 - Tres poemas

Número 7: octubre 2004 - Poemas

Número 7: octubre 2004 - Vientres abiertos y las entrañas colgando Excusas para hablar de la lectura en “La Caverna de las ideas” de José Carlos Somoza. (ensayo)

Número 11: febrero 2005 - Peso (poesía)

Número 12: marzo 2005 - Primera vez (poesía)

Número 14: mayo 2005 - Mi gusto argentino (imagen)

Número 14: mayo 2005 - Totalidad Tonalidad (poesía)

Número 15: junio 2005 - Retumbe en modulado (narrativa)

 
   
   
 
 
 
Dirección y diseño: Juan Diego Incardona
Consejo editorial: Inés de Mendonça, Marina Kogan, Juan Pablo Lafosse, Juan Pablo Liefeld.
sección artes visuales: Juliana Fraile, Mariana Rodríguez
Control de calidad: Sebastián Hernaiz
 
 
 
 

Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Michael Kvium, As Domestic as Milk (detalle).