Noche
fría. Invierno. Ruta.
Regresando
tarde los domingos, las distancias pueden parecer inadecuadas, sentirse
más largas. La calefacción del auto no anda bien, no alcanza
a tapar el chiflido del viento que se cuela por mil lugares. En el sopor
del sueño las cabezas tambalean, los ojos arden, los párpados
se hacen pesados.
*
El
auto trastabilla. Un ruido seco, un golpeteo en el motor: una tos ronca
y metálica y hay que irse a la banquina.
–Fundimos
-dice el que maneja
*
Noche
fría. Invierno. Una luna apenas ilumina cuando las nubes grises
no la opacan. Dos parejas hundidas en pulóveres se miran incrédulas.
El auto ya casi tan frío como afuera. Campo a la izquierda, campo
a la derecha. Ningún otro auto recorriendo la ruta. Campo adentro,
apenas brillando, a distancia indefinible, la única oportunidad,
un dejo de luz. Hay que ir. Dos bajan, dos se quedan: algún auto,
quizás, pero hay que ir a buscar un teléfono, ayuda.
*
Noche
fría de invierno: una neblina blanca sale de las bocas que respiran.
El pasto alto hace inevitable el tanteo incierto: no hay senderos marcados
hasta la casa que se imagina a lo lejos. Caminan en silencio, los dos
con pasos inseguros tan sólo viendo del otro la punta encendida
de los últimos cigarrillos que les quedan.
*
No
era tan lejos, parecen sentir cuando el pasto se transforma en césped
y a menos de cien metros se recorta contra el cielo negro la figura
de una casa con una ventana iluminada. Es la parte de atrás.
No se ven puertas y se acercan.
*
Espantados.
Espantados,
quedan estáticos, incrédulos frente a la ventana que se
les aparece brutal frente a los ojos.
La
ventana es: entre cantidades de gallinas que van y vienen, dos mujeres
de caras demacradas, ojos perdidos, sus cuerpos desnudos, botas de plástico
amarillo en sus pies, largos cuchillos blandiéndose en las manos.
A su alrededor, lo que parecen nenes drogados, aunque podrían
ser hombres adelgazados, idiotas, derroídos. Tras todos ellos,
una vitrina, un gran tarro de vidrio y una nena con sus rubios, casi
decolorados pelos flotando en el formol. Su cabeza cosida al cuerpo
con largos hilos ennegrecidos. Su piel supurando una pelusa oscura.
Dos velas a sus costados.
Las
mujeres son: jugando con los cuchillos hacen suaves tajos en los cuerpos
de los idiotas aniñados a la espera de que las gallinas sigan
el olor de la sangre fresca y salten a picotear el pecho recién
abierto. Las gallinas se amontonan entre graznidos y cloqueos y la mujer
más alta, robusta, de pelo muy muy corto, toma alguna al azar
y extendiéndola, una mano de las patas, la otra agarrando la
cabeza, la ofrece a su compañera que con su metal afilado, en
medio de las risas que comienzan, corta en dos a ese cuerpo emplumado
que se abre en desorden de chorros de sangre y sale disparado a correr
salpicando mientras la mujer robusta le tira la cabeza aún viva
a un gordo que en un rincón se encuentra rodeado de ellas.
El
piso es todo gallinas vivas y degolladas, los disminuidos sangrando,
ahí el gordo goloso tirado entre cabezas muertas, ahí
las mujeres festejando entre la inmundicia.
*
Un
ruido afuera. Espantados, torpes por el espanto, han intentado salir
corriendo y tropezaron contra unos tachos de lata que caen resonantes.
El ruido se esparce por la tierra y parece inacabable en la noche fría,
rebotando en la oscuridad. Bajo la sombra de la luna, la luz de la ventana
aún los ilumina. No pueden no mirar nuevamente y sus miradas
se cruzan inevitablemente con las de las mujeres que se detuvieron alertas
por el escándalo. Un calor en el pecho sube hasta la cara en
un segundo que simula eternidad. El aire parece más frío
contra la cara colorada de terror. Están paralizados. Imaginan
sus rostros blancorrojizos deshaciéndose en pelusas mientras
el choque de miradas fugaces se sostiene perpetuo.
*
Espantados,
vistos, aterrados, dan la vuelta sin saber qué hacer y, milagrosa,
encuentran apenas a quinientos, seiscientos metros más allá,
otra casa, con ventanas que dejan imaginar un hogar encendido, un amparo
hacia el que huir. Sienten el ruido de una puerta detrás suyo
y pasos que suponen de botas amarillas, pasos chapoteantes, pantanosos,
de ritmo militar, pesados pero constantes. No queda opción: sumergirse
nuevamente en el campo desconocido es captura asegurada.
Espantados,
corren como nunca en sus vidas, sin mirar atrás. Corren sintiendo
el calor del aire blanco que exhalan chocar con sus caras en la carrera
y llegan rápido a la construcción de la que viene la luz:
un viejo galpón de madera y metal. Urgentes de ayuda se asoman
a la ventana. Un horno de hierro cargado de brasas ilumina tenuemente
el interior y deja ver un granero inmenso, de techos altos, con vigas
aquí y allá que lo atraviesan.
Espantados,
ven en un rincón amontonados decenas de hombres-niños
enflaquecidos, desnudos, de ojos saltones, lampiños, con cabellos
delgados hasta lo invisible, con brillos de baba saliendo de sus bocas,
apenas oscilando pegados unos contra otros. Ven gallinas picoteando
pies que cuelgan de sogas en el resto del galpón, ven sogas sosteniendo
cuerpos degollados, ven la paja del piso llena de sangre. Ven los cuerpos
colgantes, mutilados, apenas iluminados por el brasero que desde el
rincón embebe todo de fuego. Ven a las gallinas que caminando
sobre gallinas degolladas picotean los pies pálidos entre el
barro sanguinolento.
Espantados,
sienten las manos congelarse. Ven los cuerpos colgando, las gallinas
sacudiéndose la sangre de sus plumas. Ven la paja del piso enrojecida,
plagada de charcos de sangre. Ven el fuego consumiéndose al fondo
del granero. Se imaginan adentro. Sienten sus miembros helándose,
se saben incapaces de seguir corriendo. Espantados, ateridos frente
a la ventana monstruosa, escuchan el redoble de los pasos acercarse.
Resignados, imaginan el calor de respiraciones en la nuca. Ven los cuerpos,
gallinas, el frío, sangre, el fuego. Recuerdan a la nena en la
vitrina. Imaginan el fino filo aterciopelado de la daga chorreando caliente
sangre de sus cuellos; creen entender.
***
Sebastián
Hernaiz