“La
tortura es una anécdota. Cualquiera es capaz de torturar en una
situación
extrema. Es una objeción pelotuda. Si ellos peleaban con el Código
bajo el brazo,
como decía el general Corbeta, perdían la guerra. Lo que
no tiene perdón es
asesinar a prisioneros inermes. Yo nos los perdoné.”
Rodolfo Galimberti
“La
vieja generación frustrada y aturdida de viejos libidinosos,
jinetes sin caballo, muertos de miedo, troskistas putos de mierda,
montoneros de la nada,
la caja craneana rellena de pasto pampeano,
la izquierda bien pensante,
soberbios y megalómanos
que se dejaron arrastrar por una pulsión de muerte heróica,
la clase media con culpa,
vamos a hacer la revolución con una guitarra,
con guano y estiércol,
o con El Capital en ediciones Claridad,
una lectura obsoleta, pero necesaria dijeron,
para hacer la revolución lo mejor es la soberbia.
Y los reventaron a palos,
y los mataron como se mata a un insecto vidrioso con un diario enrollado,
y ahora se esconden o no hablan, y cuando hablan,
siguen pregonando el miedo y la muerte
y todas sus imposibilidades.”
Juan
Terranova
El Ignorante
La
lectura de la serie de textos aparecidos en la revista La intemperie
que volvemos a publicar en este número nos ha generado una serie
de debates tanto dentro de el interpretador como a nivel individual.
Quizás el primer problema que afrontamos tiene que ver con el
lugar de enunciación: ¿hasta qué punto nosotros,
pertenecientes a una generación post-setentas, nosotros que no
empuñamos un arma ni pertenecimos a ninguno de los bandos que
se enfrentaron en nuestro país disputándose el poder a
través de una guerra violenta que dejó miles de muertos,
nosotros que no matamos ni fuimos cómplices de quienes mataron,
podemos opinar sobre lo ocurrido? ¿hasta qué punto nuestra
voz es válida para reflexionar sobre lo acontecido si no
estuvimos ahí, si no fuimos atravesados por esa experiencia?
Mi respuesta: nuestra opinión es tanto o más válida
para pensar desde este presente lo que pasó y para aproximarnos
al legado irresoluto de ese proceso histórico. Nuestra “carencia”
es nuestra mejor herramienta: no estamos contaminados ni resentidos
por la derrota, no tenemos cicatrices que coarten o delimiten nuestra
visión, no debemos construir relatos para auto-justificarnos
ni inventar respuestas para lavar culpas. Estamos atravesados por circunstancias
históricas muy diferentes: ellos fueron protagonistas en esa
guerra, y nosotros, concebidos en el campo de batalla o en sus ruinas
humeantes, somos sus hijos. Hijos que tenemos el derecho y la obligación
de hablar sobre los errores y aciertos de nuestros padres. Y debemos
ser escuchados.
Desde esta distancia leo a Jouvé y no dejo de sentir lo mismo
que Del Barco. Y es justamente eso, un sentimiento. En él es
un sentimiento de arrepentimiento, de culpa frente a las muertes provocadas
por quienes compartían sus ideales. En mí es una mezcla
de asombro y horror. De incomprensión total ante un suceso absolutamente
ajeno a mi existencia. Tomar un arma, apuntar, jalar el gatillo, MATAR
a un enemigo o peor aún, a un compañero quebrado. Me supera.
No puedo sino recurrir, entonces, al intelecto. Convierto los hechos
en datos e intento ubicarlos en una secuencia que me permita llegar
a una respuesta aceptable. Pienso en las veces que me hice esta pregunta:
si pudiera acabar con la vida de alguno de los hijos de puta responsables
de este estado de las cosas, si supiera que matándolo (cuesta
utilizar el verbo asesinar) evitaría la muerte de cientos o miles
de personas, si tuviera la certeza de que esa muerte contribuiría
a la construcción de un mundo mejor …¿lo haría?
Pienso en el riojano o en el presidente yanqui de turno….dudo..
y sin embargo en ese hipotético escenario no puedo hacerlo: el
problema es irresoluble, ya que la certeza no existe. Sólo es
posible intuir, especular sobre las posibles consecuencias de ese acto.
Y al no tener certezas el riesgo a tomar es demasiado alto. Matar supone
una condena sin retorno, sin posibilidad alguna de reparación.
Es cortar el hálito de vida de un hombre por siempre jamás.
Todo tiene remedio, menos la muerte. Matar supone erigirse como juez,
dueño de una verdad superior, dueño de certezas. Y esas
certezas instituidas como ideales o cuestiones de fe han sido causa
y origen de la mayoría de los crímenes de la humanidad:
la Shoá, las incontables guerras santas, la
guerra fría, la guerra sucia, … la guerra
en casi todas sus formas. Concuerdo con Del Barco: “no existe
ningúna "idea" o "ideal" que justifique la
muerte de un hombre, ya sea del general Aramburu o de un simple policía.”
Sin embargo, en mi opinión sí existe una causa que justifica
la muerte del otro: la auténtica defensa propia. Ante una agresión
que pone en serio riesgo nuestra vida o la de nuestros seres cercanos
es legítimo evitar esa muerte a costa de la muerte del agresor
si esta es la última y única alternativa. En esta perspectiva
podría pensarse que ambos bandos actuaron en defensa propia,
en defensa del pueblo unos, en defensa del país,
los otros. Y en la lógica que los movía es incluso posible
que la mayor parte de los protagonistas del enfrentamiento armado estuvieran
convencidos que su causa era una causa justa. Sin embargo en el momento
decisivo decidieron no respetar la vida: frente a múltiples alternativas
posibles eligieron la muerte del adversario, atentaron contra el “no
matarás”. No pretendo con esto poner en el mismo nivel
a todos aquellos que fueron partícipes de esta guerra. Sería
ridículo hacer el ejercicio de comparar al Che, por ejemplo,
con Videla o Astiz, o incluso con Galimberti, Perdía o Firmenich.
Simplemente creo que una muerte evitable es una muerte innecesaria y
que una muerte innecesaria es un error irreparable, haya sido quien
haya sido el responsable.
Hasta aquí estas palabras pueden parecer un alegato pacifista
que propone el poner la otra mejilla al agresor. Nada más lejano
a mi opinión. La violencia es necesaria e inevitable en todo
proceso de resistencia. No es posible mantener la calma mientras condenan
a la mayor parte del mundo a la miseria, mientras se construye una sociedad
cada día mas injusta y menos igualitaria, mientras se intensifica
la explotación y el abuso del hombre por el hombre. La lucha
por la liberación debe ser constante y feroz, pero debe tener
ante todo un límite infranqueable: el respeto por la vida, por
sobre cualquier otro valor humano.
Juan Pablo Lafosse
6 de junio de 2005