-Si
quieren se los cuento yo, no tengo drama, lo vi mil veces ya, me lo
acuerdo muy bien, como ustedes quieran -dice y el silencio de los que
nunca tenemos por qué tener que mirarnos y darnos voz da paso
al tener que empezar a mirarnos y esperar a que alguno comience con
algo.
*
La
película -¿importa qué película?- había
empezado hacía casi una hora -sí, yo creo que sí
importa, ¿no?- y el cine, no lleno, más bien vacío,
con espacios varios repartidos entre grupo y grupo -bueno, puede ser
que no importe tanto, que joda en todas, pero peor que pase con algunas-,
respiraba el latir de las luces dibujándose en la pantalla y
en el polvillo estable que -a mí me jode en todas- flota en el
aire de sala de proyecciones no-tan-comercial de Corrientes. Entonces,
estando en escena alguna -¿importa qué escena?- se siente
un oscurecer efímero, ola que recorre el lugar de atrás
para adelante -en un aula yo prefiero en ronda o atrás y contra
la pared ¿importa dónde se sienta uno en un cine?- para
llegar a fogonazo y blanco en la pantalla que en logrado montaje con
agudo sonido -yo estaba al medio de la sexta fila, tenía buen
lugar encima- deja intuir mágicamente un proyector que deja de
proyectar.
Silencio
a oscuras, primero. Luces que se habían atenuado y ahora renacen
de a poco, después. Miradas flotantes en la baba amarillenta.
Comienzo de rumores. Los diálogos de los grupos que se inquietan
ya suben su voz. El rumor ya es ruido en la sala. La luz continúa
baja y la pantalla blanco oscuro -yo no lo podía creer, para
colmo había ido solo a verla-. Alguien hay, escéptico,
que se levanta, se va, genera la inquietud de ir a ventanilla, pedir
entrada para otro día, la plata, respuestas. Se sostiene la situación,
se postergan decisiones, alguno empieza a charlar con el de al lado.
La escena, apagada ya la de la pantalla, tiene en el desamparo de espectadores
un contrapunto asimétrico -te juro que me estaba por ir ya, aunque
no sabía muy bien- cuando surge la voz autorizada del acomodador
para informar que se quemó el proyector, hasta mañana
es imposible seguir con el final de la película, también
se arruinó la cinta. Claro, ahí no quedó otra:
anonadamiento, un uh in crescendo mezcla de estupefacción
y fatalismo que decae pronto en el silencio casi a oscuras del principio,
en las miradas flotantes que se repiten en medio de una luz de baja
intensidad que parece que nadie piensa dignarse a subir o a apagar,
y otra vez los rumores, se acelera el paso a los grupos que suben la
voz y cuando el rumor se torna ruido -y el tipo no sabía dónde
meterse, te juro- y el acomodador se va viendo desnudo estampado contra
ese escenario con fondo de pantalla inútil, salta con su mejor
arma.
-Si
quieren se los cuento yo, no tengo drama, lo vi mil veces ya, me lo
acuerdo muy bien, como ustedes quieran -dice y el silencio de los que
nunca tenemos por qué tener que mirarnos y darnos voz da paso
al tener que empezar a mirarnos y esperar a que alguno comience con
algo.
©Sebastián
Hernaiz