continúa...
Y
escucho miau, miau, miau, gato del demonio, Pulccino, vení para
acá, y acto seguido la cara barbus del vecino se asoma a través
de la medianera y su presencia detiene la infancia y con voz ronca y
barbaricus me dice ¿lo vio a mi gato Pulccino?, y entonces me
agarra un extranjero muy particular, mezcla de obiratio y estado rationalis
subordinado, y sin titubear ni mirar al piso le digo por favor, venga,
que su gato se metió en mi pieza y no quiere salir, quizás
a usted le hace más caso, y el camello respondió su sanata
y su disculpa y me dijo voy para allá, al rato sonó el
timbre, tomé rápidamente dos amoxidal 500 y me dirigí
hacia la puerta con la pinza rosario escondida entre los dedos y le
abrí y le dije por acá, y el vecino se lamentaba por su
gato y tenía tiempo de comentar su parecer acerca del clima y
entonces realizo el doceo sin prisa y lo hago ingresar a mi dormitorio
y estupefacto se pone a mirar la pintura de mi padre y me acerco decidido
y con una sonrisa levanto suavemente la mano, mostrándole la
pinza, que él descubre sin preocupación, y cuando llego
a la altura de su cara se empieza a poner inquieto y casi trágico
y me dice ¿le pasa algo?, y le respondo miau, miau, miau, y le
hago un pungo con la rosario hasta el fondo del ojo izquierdo y empieza
a caer lentamente, con barbus patético, con rollo blando, con
recuerdo colocado y melancolía definida, y vida y sangre, descansemos
hoy, y lo acompaño con la pinza bien metida en el fondo de su
caverna, que genera leche y una especie de uva, y para variar le hago
rosca y doble vuelta hasta que por fin su cuerpo toca la stativa y el
piso final del cansancio y yo canto el idiota, ya nada puedo hacer por
él, él se quemará, y en la negrura de la poesía
grasa y la palabra aceitosa, en la vagina de apertura lenta, en el pozo
sin malacate, en la televisión desenchufada lo reciben y lo meten
en una ambulancia donde todos sangran y prenden la sirena y los violines
y se rajan a la mierda del infierno, y aunque nadie lo llamó,
aparece Ayax que viene a curiosear y le pregunto qué quiere y
señalándome con la cabeza me muestra la parte superior
del ropero y entonces miro y descubro a Pulccino con actitud irónica,
y que lo observen los de afuera, que aunque pensaba quemarlo ilimitadamente
cuando lo encontrara, decidí implementar un obrogo debido a su
cara pedante que me causó tanta simpatía que ya no me
dieron ganas de llevar a cabo las intenciones intrínsecas, así
que le dije bajá, no te vamos a hacer nada, de ahora en más
ésta es tu casa, y después lo miré a Ayax para
buscar su aprobación y noté que la idea le gustó,
así que a otra cosa mariposa y la re concha de la lora con el
cadáver del vecino interrumpiendo el paso en mi pieza y sin demasiado
entusiasmo salí al patio y fui al cuartito de las herramientas
para buscar el hacha y el serrucho y empezar la limpieza y la subdivisión
interminable.
Extrañaba
a la chica gótica, y despedazar, despedida, despechugar los mil
cuerpitos del vecino, y Ayax, Pulccino y los gorriones me acompañaban
y me cebaban el mate, y la fábrica en miniatura producía
mil hombres, y cantaba una palabra, dame una palabra.
Mientras
tomaba mate, mi rostro resplandeció y una visión me chupaba
la conciencia a través de su bombilla mágica, y a pesar
de la Sombra voyeur, pude verme junto a la chica gótica en el
Cementerio Marino y todo era canto, ola polimorfa y orbicus, pero el
intercipio se acabó pronto cuando me cambiaron el canal y el
zapping me puso en el bar de Florio: yo estaba chupando mi ginebra y
escuchando todo cuando una señora petisa que vendía flores
le ofreció su venta a un camello que estaba sentado cerca de
mí con su novia, y cuando la vieja les preguntó si querían
un ramo, ellos le respondieron no, gracias, somos artistas.
—¿Quiere
que le sirva agua?
—No, gracias, soy artista.
O también:
—¿Quiere que le sirva agua?
—Sí, por supuesto, soy artista.
Ya
estaba oscureciendo y pronto vendría Roque a buscarme para que
vayamos otra vez al bar de Florio, que el decachinno, que la exposición
de la vieja y la concha de tu madre, así que me puse a juntar
las herramientas y a prepararme, que la noche tenía que ser noche
noche, y como no toleraba más a los artistas, revolví
en los cajones buscando el cuchillo SAE 9260 largo, que todavía
tenía la hoja manchada, después guardé una botellita
de ácido nítrico, la falcula, las pinzas y el alambre
y fui a la cocina para buscar otra caja de Amoxidal 500, y sensaciones
opuestas en la puta madre que te parió, porque descubrí
que no me quedaba más; agarré 50 pesos, salí de
mi casa y empecé a caminar la náusea por Felipe Vallese
hacia la farmacia.
Plurivocus
del campo de visión que se alargaba sobre la interrupción
dinámica de los ciudadanos astutos, chica gótica, chica
gótica, mi amperítico pegaba media vuelta y se metía
en tu casa para violarte y masticarte los labios negros, mujer noche
de la ola polimorfa, pero no me convenía el círculo del
extranjero ni el crimen instantáneo, porque te amaba y tenía
que esperar, tenía que contar los días y llevar a cabo
la propiedad transitiva, así que continué con mi antítesis
y avancé ligero entre la mierda hacia la cruz verde de la otra
esquina, metiendo los ojos en las distancias empedradas y en los cipreses,
cantando si el sol besa tus ojos ni cuenta te das, pero lamentablemente
una gorda pandora me bajó el circumbolo de un ondazo cuando se
atrevió a rozar mi cuerpo sin explicación en su caminata
y entonces yo la miré fijamente y me pareció reconocerla
de algún lado y el extranjero no se hizo esperar y repleto de
sonido y furia le grité ciudadana, ahora vas a ver, y me abalancé
sobre ella con el pungo preparado y cuando ambos caímos al piso
la ataqué con el fierro en la cachufleta a fin de extinguir su
breve candela pero imprevistamente su voz empezó a vociferar
charlatanerías y lamentos, molestos aunque bastante graciosos
debido a su tono soprano, pero lejos de perdonarla, me puse de pie y
empecé a patear su cabeza que poco a poco iba cobrando forma
de pera y entonces escucho unas risotadas cercanas y al darme vuelta
para mirar veo sentados en una vereda a cinco jovencitos huscarles que
festejaban mi acción y la incentivaban con su vociferatio; estaban
todos vestidos de negro y con polleras gruesas que se alargaban más
allá de sus rodillas, sus manos agitaban una especie de pincel
extraño a modo de campanilla, sus cabellos eran largos y desprolijos.
Decidí acercarme cantando abrázame madre del dolor y cuando
llegué a la vereda noté que todos abandonaban sus pinceles
cerca de mis pies y luego, amablemente, me saludaban; yo lo agarré
a uno del cuello y le hice el persero hasta que escupió todo
el irroro y cayó muerto; todos comenzaron a reírse a carcajadas.
Preferí
continuar mi camino y llegar de una vez por todas a la farmacia para
comprar amoxidal, y ya estaba a punto de cruzar la calle cuando inesperadamente
un colectivo me pasó tan cerca y vehemente que casi me atropella,
y aunque pude evitarlo, igual me salpicó la ropa con el aceite
del zanjón y la re concha de tu vieja la petera y sin dudar ni
especular empecé a correr atrás del omnibus hasta que
por fin lo alcancé en la parada; por suerte tenía la puerta
abierta, así que subí y lo encaré al conductor,
que no entendía nada del asunto, y lo agarré de los pelos,
arrastrándolo hasta la mitad del pasillo; sólo quedaban
dos pasajeros, sentados en el fondo y leyendo el diario; el chofer mantenía
su pasividad y su cara de sapo, yo le salté encima de la hojarasca
de pensamientos hasta que el apud se llenó de chocolate y cuando
le hice cobrar todo el viaje, del substillo llegó la ambulancia
y la sirena, los violines y las horas que bajan.
Otra
vez hice la caminata hacia la farmacia, amperítico en la calle
ondulante y sorteando las interrupciones dinámicas, escuchando
aquí y allá los gritos y las bocinas, oyendo el clamor
que proviene de las casas que generan monstruos, uno, dos, tres, cuatro,
encima del polvo, uno, dos, tres, cuatro, rigatio, uno, dos, tres, cuatro,
la llave abierta del gas, uuuuuuuuno, doooooooos, treeeeeeees, cuaaaaaaaatro
cuadras hasta que por fin llegué; atravesé la puerta y
me dirigí al mostrador, donde me atendió el viejo de siempre,
y le pedí lo mío, pero lejos de responderme, guardó
un rato de silencio y hasta puso cara de preocupación, entonces
le dije imbécil cuántas veces se lo voy a repetir, tráigame
dos cajas de Amoxidal 500, y mirando hacia abajo por fin me da su respuesta
y me dice no queda más; el ignis se me subió al ojo y
me puse recalesco y formicatio y le dije viejo del orto, cómo
que no hay más, y me mira con su temblor y me dice no se preocupe,
le puedo vender el genérico, la droga es amoxilina 500, y que
te parta un rayo viejo forro, quiero amoxidal 500 y no me digas que
no tenés ni me vengas con la sanata, y rápidamente me
dice, ahora con un poco más de entusiasmo, no entiende que no
tengo, qué quiere, que lo invente, y carajo en este país
de juguete, es que nadie hace bien su trabajo, y me puse a mirar para
todos lados hasta que vislumbré delante de mí una botella
de no sé qué mierda azul y se la partí en la cara
y le dije forro hijo de mil puta, traeme lo que te pido, y entonces
se puso a llorar y no aguanté más: salté el mostrador,
le hice un consputo y lo empujé contra los estantes, que cayeron
en efecto dominó, y me agaché y lo ahorqué hasta
que se quedó sin aire, cantando toma el tren hacia el sur que
allá te irá bien.
Saqué
el punto muerto y salí de ahí, la calle estaba llena de
santurrones y a mí me agarraba la antiades por reprimir los deseos,
pero estaba apurado, así que guardé los pungos y la iracundia
para después y caminé tan tranquilo como pude dos cuadras
hacia el norte hasta que llegué con mi prisa a la farmacia alternativa
de los Escobitas, que me atendieron con eficiencia y dispensando mi
necesidad, y aunque me mostré agradecido y pagué con propina,
no me faltaron ganas de sacarle las esquirlas a uno, al más alto
y gangoso, que no paraba de repetirme su agradecimiento glotal por la
compra, pero el santo artificial me esposó al extranjero y me
sacó de ahí, que Roque debería estar por llegar
en cualquier momento, así que cedí a la corrupción
psicológica y me largué como un fenómeno hacia
mi casa.
Cuando
llegué a mi puerta Roque ya estaba haciendo el circumverso en
la vereda con cara de citus y con un poco de ansiedad me saludó
diciendo qué haces Jael, qué hacés Roque, le respondí,
¿vamos?, me preguntó, vamos, le dije, pero esperame que
agarro unas cosas y le hago un tingo al inodoro, bueno, me dijo, y entré
cantando sé que caen las palabras como pétalos de un mal,
realicé un mundatio breve y arreglé la apariencia, le
dejé comida a Ayax y a Pulccino, que ya parecían amigos,
regué las plantas del patio, me tomé un amoxidal 500,
agarré la mochila negra con las herramientas y salí otra
vez; ¿cómo vamos?, le pregunté, me parece que lo
mejor es salir para Primera Junta y tomar el subte, ¿te parece
bien?, sí, le dije, y juntos caminamos hacia Rojas por la perspectiva
e inevitablemente pasamos cerca de la casa de la chica gótica,
que tenía las persianas bajas, y me moría por tocarle
el timbre, pero me impuse un imperativo categórico y seguí
adelante intentando no mirar, y parece que Roque se dio cuenta de algo
y por eso me preguntó ¿te pasa algo?, pero le respondí
nada y continué silencioso la romería, cantando abre tu
mente al sol, todo irá mejor antes de despertar, y estimulé
mis facultades en el Cementerio Marino y los cadáveres exquisitos.
continuará...
©Juan
Diego Incardona