Pensar
que lo habíamos casi logrado, la puta que a esto
estuvimos de lograrlo. No había portero en la ciudad que no fuera
anarquista revolucionario. Toda una ciudad con sus ascensores, sus portones
y sus desinfecciones de alacenas bajo el poder de la Federación.
La puta, a esto, a esto, el plan era perfecto. La
idea fue de Tito, un portero del barrio de Almagro que hacía
un tiempo que atendía algunas horas nuestra biblioteca. Tenía
varios colegas, dijo, que aunque no venían nunca a las reuniones,
se los podría charlar. Y así empezó todo. Los planes,
las charlas, el mapa ampliado de cada barrio llenándose de más
chinches cada día. Cada chinche era, según los planes,
un edificio nuestro en que manejábamos la repartija de diarios,
los deliverys, las baldeadas de veredas. Era inédito, el gremio
de porteros cada vez más fuerte, las reuniones masivas, había
comisiones por tareas que no paraban de idear planes y todo sin recurrir
a mucho más que a las herramientas habituales de un día
de un encargado de edificio. Almagro era un bullicio invisible de porteros
acodados en sus puertas disparando miradas cómplices que pronto
se expandieron por Boedo, Balvanera, Caballito, Villa Crespo, Flores,
Mataderos, Palermo, Barracas, Belgrano, Floresta y fueron dejando toda
Buenos Aires cubierta de chinches, sin un portero ajeno al plan.
Las
tiradas de diarios iban a ser cambiadas por las falseadas en la famosa
imprenta de la Federación. Nota de tapa falseadas, inestables,
variadas al día siguiente, invertidas, tergiversadas. Algunas
dosis extras de lavandina en la baldeada matutina continuarían
desestabilizando a quien se acabara de enfrentar –sutil trabajo
de óptica mediante- a su rostro mínimamente deformado
en el espejo del ascensor. Todas las veredas con etéreos narcóticos,
noticias estrambóticas en la primera plana de los diarios leídos
en el subte camino a la oficina donde sí señor, desde
temprano que no hay agua, pero estamos trabajando para solucionarlo
pronto, señor, o ascensores que se paran o van y vienen
o no vienen nunca.
Ah,
en fin, cada comisión elaboraba planes y hacía pequeñas
intervenciones de práctica esperando el día;
perfeccionaban ideas, sumaban otras. Calefacciones, sacado de la basura,
distribución de cartas, falsos anónimos. Tito no cabía
en sí de la alegría. Trabajaba todo el tiempo con mapas,
planos de edificios importantes, planillas con datos, con cálculos,
con números, con los nombres de porteros y ubicación cuando
el grupo ya empezó a crecer más. Se sumaban porteros del
Gran Buenos Aires, del interior, uruguayos, chilenos, bolivianos, una
delegación de anarquistas de Noruega y varios grupos de españoles,
franceses, ingleses, alemanes e italianos. Después empezaron
a llegar de otros rubros y se hizo inmanejable. Llegaban, primero, mucamas,
hoteleros, cocineros, portamaletas; luego, barrenderos y el gremio entero
de panaderos y libreros libertarios. Tito manejaba como podía
las listas que crecían y crecían. Los planes se difundían
cada vez más y se sumaban habilidades, puntos a conflictuar,
tácticas inauditas, el pan de la mañana, los libros de
los nenes, el orden de los taxis, el sistema de inmigraciones, el alto
de la almohada, el cajón de las medias, cada uno aportando sus
ejercicios rutinarios. Los porteros día a día se sonreían
unos a otros al baldear las veredas y limpiar el ascensor era una aventura.
Surgían saludos cómplices con el panadero, el canillita,
el verdulero, los libreros. Repartir los diarios, destapar un baño
eran nomás ensayos expectantes. Cada uno practicando los ritos
cotidianos a la espera de el día. Cada vez más
gente, cada vez más listas, cada vez más en la espera.
Cada vez tuvieron que ir surgiendo más centros donde se hicieran
las reuniones, más ideas, más comisiones, más y
más, más y más territorios, más y más
distancias: los mapas se deshacían perforados por las chinches
que lo iban llenando todo. Los planes se mandaban por escrito describiendo
las actividades ideadas, se hacían reuniones de delegados, los
proyectos circulaban de reunión en reunión, las comisiones
enviaban pilas y pilas de proyectos, se pasaban los datos de cada uno
de los nuevos miembros de la Federación y se archivaban las listas
por nombre, orden y habilidades. Se empezaron a votar proyectos, a elegir
directores de reuniones, asesores, técnicos, coordinadores. Quedaban
tan sólo algunos pueblos sin todos los oficios y ocupaciones
incluidos dentro del plan, pueblos remotos, menores. Cada uno ensayaba,
repetía impostadamente sus actividades, a la espera. Subirse
a un colectivo era enseguida falsear la voz al pedir el boleto y que
todo el pasaje alzara sus cabezas cómplices. Un kilo de pan,
un libro de cuentos, comprar el diario no eran más que un preparativo,
una falsa cotidianeidad simulada en pos de su ruptura. Pasaba el tiempo
y cada día parecía que cada uno era el mejor en su oficio.
Simulando cada detalle, fingiendo cada minuto, repitiendo actividades
día a día en una perfección imitada por cada colega.
Cada uno iniciando a su sucesor en sus actividades, eternizando las
habilidades necesarias para el día. Cada padre brindando
su vida y la de su progenie a los preparativos. El hijo del panadero
aprendiendo a amasar a la perfección, niños baldeando
veredas cual sus padres, verduleros saludando con sus hijos en complicidad
a sus clientes. El día, el día, cada
movimiento, cada gesto a la espera de el día, cada uno
con sus parlamentos ejercitados, aplicado en su lugar, indiscutibles
conocedores de sus ceremonias cotidianas.
Hoy
ya no queda nadie, casi nadie por fuera de la Federación. Casi
todos ocupan sus lugares, pocos hay que no. Mi padre, Tito, murió
el año pasado seguro de que pronto podría llegar el
día y que yo lo podría ver. Pero surgen imprevistos,
siempre los hay en planes como éste.
Algunos,
suponemos, ya no saben del plan original, el de los porteros anarquistas
de Almagro. Las reuniones, luego de masivas, fueron perdiendo gente,
el tiempo corría pronto y había que prepararse, trabajar
el oficio, representar el papel en espera del día, amasar
panes, baldear veredas. Sólo quedamos en las reuniones, planeando,
mientras los otros ensayaban sus funciones, los directores, los electos,
uno por barrio, un director general cada 10 barrios, un coordinador
cada diez directores generales, dos diputados por ciudad, dos senadores
por provincia y un presidente de la Federación.
Antes
mi padre, y ahora yo, ocupamos este cargo. Siete mandatos él,
hasta que enfermó, y tres yo. Y seguimos trabajando en espera
del ansiado día, claro que sí, pero es tan difícil…
Tanta gente desconocida, tantos directores, diputados, coordinadores,
senadores en el medio, es tan difícil... Aparte de los tantos
que lo habrán olvidado y de los jóvenes, que no saben
el plan y habría que enseñarles, empezar de nuevo, todo
otra vez. La verdad es que quedamos pocos realmente con la causa. Y
claro, aunque aprendimos bastante bien a estar así, también
hay que poder mantener la práctica, los porteros baldeando calles,
los panaderos con su pan, los maestros enseñando.
Todavía
quedan algunos, en lugares remotos, menores, a los que nunca les llegó
el plan, pero los estamos buscando para ayudarlos, para que no queden
afuera. Hay que seguir practicando, el día, el día,
hay que estar listos.
©Sebastián
Hernaiz