Los
fin de año cargados siempre de felicidades, felicidades
para vos también, que empieces bien el año y todo eso
mientras todos siguen haciendo la suya igual que siempre pero con los
mejores deseos de que ahora llueva seco o de que las cucarachas se suiciden
higiénicamente, porque obvio, es mejor para todos. Todos los
putos año nuevo festejando que hace un año pasó
lo mismo, que la tierra está en el mismo punto que hace un año,
como si no pasara todos los días, a cada momento, eso mismo.
Puro cotillón de cuerpos domesticados. En cada casa, en cada
almacén, en cada una de las puertas de edificios de cada cuadra,
un pedazo de plástico imitación pino nórdico se
decora de más plástico imitación frutas del bosque,
nevisca en su forma industrializada hecha de restos de tiritas de papelucho
blanco abrillantado y lamparitas imitación deseos maravillosos
para el año que comienza. El famoso arbolito de navidad. Regulado
en sus días de armado, su desarme, su función de núcleo
de regalos de la familia que deja el televisor por un día para
rodear otro pedazo de cosa y continuar unida. De la TV al arbolito y
del arbolito a la TV. Para un navideño no hay nada mejor que
otro navideño.
Tres
de la tarde. El hall de mi edificio decorado por un arbolito. Bastante
feo. Bastante arbolito. Con luces, guirnaldas, bolas de colores y una
estrella en la punta para no escapar de la normativa habitual. Una bola
chiquita, beige, casi dorada, mezcla de moneda esférica con cáncer
cultural, cruza de testículo de toro con adorno de las ruindades
cotidianas, pan dulce estrujado contra la cara de una vieja decrépita.
La tomo entre mis manos y es un comienzo irresistible. La bola sale
con facilidad de la rama que la alberga, preparada para durar varios
años, para reponer el rito cuando corresponda, la bola entra
y sale del alambre peludo sin dificultades. La guardo entre mis cosas,
alegre, dudoso, y sigo mi camino. Rebeldía sutil, dorada. Apenas
de las más pequeñas decoraciones doradas. Una granada
tirada contra sí misma, un espejo en un cuarto oscuro. Un camino
irrefrenable.
Cinco
de la mañana. La gente duerme, la noche se pierde entre almohadas
que albergan cansancios cotidianos, diurnos. Los horarios similares
cayendo agotados sobre las almohadas. De la noche al día y del
día a la noche, para un madrugador no hay nada mejor que un despertador.
Una bola plateada, una roja, una fucsia. Medianas, la plateada sólo
un poco más grande, tan sólo un poco. El árbol
va llorando bolas a mis manos que lo acarician, apenado, pedacito de
plástico olvidado en medio de una noche, solitario entre paredes
hoscas, retraídas. Otros arbolitos desperdigados por la ciudad,
iguales, en las noches vacíos de sentido, defendiéndose
por cantidad, por plaga en la ciudad, pero inútiles ante el paralelismo
de almohadas que los desamparan, que los dejan frágiles goteros
de bolas de colores, purpurinas indefensas que cargan las heridas hasta
el día, la pérdida de las bolas que fluyen una a una a
mis manos que las ultrajan, bellotas descolgadas que se hunden en la
noche desguazando el decorado.
Seis
de la tarde. Contemplar los alambres raídos que duplican su fracaso
en algún espejo, en cada bola restante. En la punta, la estrella,
un poco inclinada, casi temerosa, diríase, pero es impresión
mía eso, me parece. El día la defiende, los árboles
impuestos en cada rincón la defienden. Pero está inclinada,
descolorida, apenas armoniosa.
4
de la mañana. Descolorida, está un poco inclinada. Estrella
apagándose en la noche. La contemplo con placer, recuerdos de
normalidad navideña, de navegar dentro del pesebre. La deslizo
con cuidado del fierrito erecto que la mantiene erguida. Estrella hueca,
aderezo del menú del delivery navideño. Edulcorante anual
brillante sobre el plastiquito. La sostengo con cuidado sobre mi palma,
la estrella gastada pierde su sentido sin su tronquito, la observo inquieto.
Cuesta despegarse de ella, el palito desolado denuncia el sin sentido,
el sin estrella. La dejo perdida entre las otras bolas, sin su elevación,
hundida en medio de la oscuridad del medio, en una ramita doblada hacia
adentro, apuntándose a su propia sien. Estrella apagándose
en la noche.
©Sebastián
Hernaiz