Era
el goleador uruguayo de un equipo chico del calcio,
que entre liga y liga quedó libre para el asedio de las ofertas,
y no sólo de Europa: Vélez quería escapar de sus
últimas decepciones y volver a existir. Día a día
los débiles caían ante la suba de los números,
y el único rival serio era Sampdoria, pero no se sacaban ventaja.
Como ninguno cedía y el jugador no podía rechazar las
ofertas firmó con ambos clubes.
Nadie quería negociar, y la Asociación Uruguaya empezó
a meter presión. El conflicto pasó al mando central, que
se entrevistó con los bandos por separado, escuchó sus
alegatos, estudió casos similares del pasado y resolvió
la cuestión con su poder absoluto.
El fallo era aplastante: el delantero pertenecía a ambos clubes
por igual, con los mismos derechos y obligaciones, y se le garantizaba
a la Celeste su presencia en cada convocatoria. Largas semanas pasaron
mientras se buscaba una fórmula para cumplir la resolución:
que el jugador viviera un mes en cada país, modificar el fixture,
trasladarlo en un avión supersónico. Nada servía,
hasta que de la confusión surgió una voz escéptica:
-Tendrían que mandarlo por correo electrónico, como archivo
adjunto.
“¿Por qué no?”, dijo alguien. No tardó
en aparecer una empresa hambrienta de notoriedad, que asumió
el compromiso de crear una nueva idea de lo que es un viaje.
El centro del equipo era una evolución del scanner: una máquina
que funcionaba con su principio de barrido, y con su opuesto. El jugador
se acostaba en ella, enfundado en un mameluco de datos, provisto de
sensores de flexión en las articulaciones, cables de fibra óptica,
sensores de posición y orientación, dos guantes con los
mismos cables y sensores, y unas antiparras de plasma para visión
tridimensional, accesorios necesarios para estar y ver
dentro de la computadora. Entonces un rayo de luz lo iluminaba de una
punta a la otra de su cuerpo y un sistema de espejos lo convertía
de la carne, el hueso y el alma a un archivo digital, que era cargado
en una computadora de gran capacidad desde la cual era enviado mediante
un correo electrónico diseñado para soportar ese peso.
Se fabricaron e instalaron tres equipos, y en el mensaje de prueba fue
enviado un gato, vestido con un traje de datos a su medida.
Una vez confirmada su llegada, el jugador se dispuso a viajar. Con toda
la incertidumbre entró en la caja para comenzar el procedimiento.
Minutos después un ícono indicaba que la primera fase
salió bien.
“¿Esto será la nada? ¿Dónde estoy,
dentro de una máquina, en el útero, en otro plano de realidad,
fusionado con el universo, o en dónde? Ahí afuera siento
que están preparando el viaje, escucho sus voces, sus pasos,
ruidos de teclados, pero no los veo. Quisiera tener a alguien conmigo,
acá adentro no es como en un avión. Estoy muy solo…”
Dentro veía muchos autos. Caminó un momento, mirando el
interior de los coches, pero eligió subir a una bicicleta. Se
abrió el correo y después de indicar destinatario, asunto
y escribir unas líneas proféticas se adjuntó y
envió al ultimo capocannonieri.
Empezó a pedalear a través del túnel de fibra óptica
para salir de la computadora. “Otra que fuegos artificiales, si
estoy atravesando una catarata de luces, un carnaval de colores. Y esta
sensación de pedaleo, ni el Fórmula 1 la hubiera superado.”
Así alcanzó la posta del servidor italiano, cansado, y
siguió viaje a caballo, hasta llegar al territorio del proveedor
argentino, y en esa estación tomó un tren que lo llevó
hasta su destino final. Pero más que tren parecía una
alfombra voladora, “y además tengo toda la formación
para mí, y tal vez haya maquinista, pero no importa”. Segundos
después aparecía en la bandeja de entrada.
De: antagonistasfc@antiweb.com.it
Para: emergenciasdelaverdad@vagabundosanonimos.com.ar
Asunto: Envío del delantero
¿Pensaban que la tecnología ya no podía sorprender?
Todavía no vieron nada. Los hombres marcharán adonde lo
ordene el dinero, y el tiempo y la distancia ya no serán rivales.
Archivo adjunto: Analizar y descargar archivo
Cheva .GOL
Después de comprobar que el número de células enviadas
y recibidas era el mismo, un haz de luz del receptor lo materializaba.
De este archivo no se creaba una copia con cada envío, ni tampoco
podía ser enviado al mismo tiempo a los dos destinatarios.
Esa noche debutó con dos goles para vencer a Racing por 2 a 1.
No tuvo tiempo para festejar y escuchar los primeros cantitos de su
hinchada, ya que horas después fue devuelto para enfrentar a
Lazio. Nuevamente vistió su traje de buceador de la red para
experimentar la angustia del dibujo avasallado por la goma y deslumbrarse
por los neones del regreso. Por cierto, Sampdoria goleó 4 a 0,
y se anotó con un gol.
Al principio, la creación del vehículo más eficaz
de la historia se quedaba con toda la atención. Las masas se
movilizaban ante cada envío y llegada del futbolista, y los medios
explicaban cómo viajaba, pero su capacidad goleadora quedaba
relegada y sus actuaciones no superaban las coberturas del día
después del partido. Con el tiempo se volvió un fenómeno
publicitario, y no pasó mucho para que el Real Madrid quisiera
contratarlo. Esto le dolía, pero cuando salía a la cancha
se transformaba, peleando en vano con sus goles para superar ese segundo
plano.
Meses después se sacaron conclusiones sobre el invento: al permitir
la teletransportación su producción masiva iba a causar
una crisis de magnitud bíblica al terminar con todos los vehículos
conocidos. También se difundió una leyenda que negaba
el viaje afirmando que todo era teatro para tapar algún escándalo,
y que el de Vélez era el doble del verdadero goleador.
Con cerca de 70 goles en la temporada lograba que Vélez estuviera
a pocos puntos del título y que Sampdoria hiciera un buen papel
en la liga y llegara a la Copa UEFA, además de conseguir la clasificación
uruguaya al Mundial. A veces sus desempeños no alcanzaban para
ganar, lo amonestaban y alguna vez fue expulsado. El asunto era que
sentía que no pertenecía a ningún lugar, siempre
de paso, sin identificarse con sus equipos ni disfrutar las ovaciones,
un peregrino de internet a quien las luces del maravilloso viaje ya
no lo alegraban, al tiempo que tenía la plata, los goles y vivía
lo más parecido a la ubicuidad que se había logrado. De
esta tensión trataba de sacar fuerzas para romperla. Esa preocupación
no le duró mucho, ya que a poco de iniciado un partido el líbero
del Milan lo lesionó, sacándolo de las canchas por cuatro
meses.
Se perdió la vuelta olímpica con Vélez, el final
de las eliminatorias y las últimas fechas de la liga. A fin de
año viajó a Uruguay, y semanas después cruzó
el charco para recuperar ritmo en la pretemporada y los torneos de verano.
Al curarse tuvo que volver a Italia. Ya completa la carga, mientras
buscaba en qué viajar, se produjo un apagón. Los operadores
esperaron, pero al final se fueron a sus casas. Al otro día volvieron.
-¿Dónde está?
-¿Qué cosa?
-¿Qué va a ser? El jugador.
-Revisá bien.
-¿Y ese mensaje?
¿Buscan a su goleador, chicos? ¿No les alcanza con todo
lo que le hacen al fútbol?: los jugadores que no sienten la camiseta
y venden los títulos por la plata, los Galácticos,
que gracias a Dios fracasaron en todo, el antifútbol que saca
campeones a los equipos y ahora esto de tratar al goleador como a un
paquete. ¿Quieren seguir atacándolo? Espero que esto los
frene. Sí, tal como están pensando, anoche corté
su luz y cuando se fueron encendí la compu y eliminé el
archivo.
©Ariel
Bustos